Martes, 05 de febrero de 2019

Muchos prefieren el argumento de cantidad antes que aceptar con agrado el concepto de la manada pequeña. Pero no podemos negar que es preferible la eterna felicidad de algunos que la eterna perdición de todos. Ejercer el libre albedrío implicaría tenerlo primeramente, pero asumirlo a pesar de su inexistencia es necedad que demuestra la enemistad del hombre con Dios. Eso es lo que la Biblia ha señalado como un corazón en extremo perverso, engañoso más que todas las cosas.

Es importante señalar que las Escrituras nunca nos presentan a Dios como deseoso de la conversión de los réprobos en cuanto a fe. Más bien el evangelio de Jesucristo es la promesa de redención para su pueblo escogido, nunca una oferta libre para que la gente decida. Llegar siquiera a imaginar que Dios desea cosas que no puede alcanzar sería como negar su infinita sabiduría y conocimiento. Pese a lo dicho, no pocos se hacen las preguntas: ¿Y cómo sabe Dios? ¿Habrá conocimiento en el Altísimo?

El llamado que el Señor le hizo a Lázaro (entre otras personas resucitadas) viene a ser el modelo de cómo puede levantarse un muerto. La Biblia ha dictaminado que el hombre caído desde Adán está muerto en sus delitos y pecados. Fijémonos en que Lázaro no estaba enfermo cuando Jesús le ordenó salir de la tumba, sino que estuvo muerto físicamente. De la misma manera el hombre natural no está enfermo, con posibilidades de curarse; más bien se encuentra en la tumba del pecado y necesita del milagro de la redención.

La palabra de Dios es también el mecanismo para que sean llamados aquellos a quienes Él quiere dar vida, a quienes quiere sacar de las tinieblas a la luz, a los que vino a liberar de la cautividad del diablo. Surge la pregunta contenciosa de los que se rebelan por naturaleza contra su voz, los que dicen ¿por qué razón no resucita a toda la humanidad de una vez por todas? Estos objetan la soberanía absoluta de Dios, como si ellos en realidad quisieran de corazón buscarlo y como si tuvieran su propia justicia que desearan aportar. Tal vez suponen que su libertad es lo más importante, ya que con ella pueden decidir a favor del Omnipotente Creador para que éste reciba mayor honor.

Sin embargo, el dictamen divino ha enfatizado en que no hay quien busque a Dios, no hay quien haga lo bueno y no hay justo ni siquiera uno. Entonces, los que objetan a Dios por ser soberano absoluto contravienen su voluntad bajo el pretexto de que ellos son libres y pudieran decidir a su favor. La respuesta que se encuentra en la Carta a los Romanos es abrumadora: ¿Quién eres tú para discutir con Dios? (Romanos 9:20). Es Dios quien redime a los que quiere redimir pero endurece a los que quiere endurece (Romanos 9:18-23).

Ciertamente, Dios de su pura voluntad ha consignado a una gran parte de la humanidad hacia la ruina eterna. ¿Y esto cómo pudiera concordar con su definición de amor y de justicia? Algunos señalan textos de la Biblia que hablan de Dios como de alguien que no quiere que nadie perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento; otros dicen que Dios dijo que no quería la muerte del impío, sino que éste procediera al arrepentimiento. O que Dios quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad. En realidad, eso está dicho en la Biblia, pero hay que tener cuidado con los contextos de cada texto.

Pero Dios nunca ha declarado que desea que cada individuo de la raza humana venga al arrepentimiento. Más bien se ha referido a toda clase de hombres, como reyes, magistrados, nobles, gente pobre, seres comunes entre otros. Nos manda a orar por los que están en eminencia, sin que ello suponga su deseo de redención. En realidad la fe es un don que Él mismo da a quien quiere dar, y para arrepentirse hace falta nacer de nuevo. Este círculo argumentativo no deja oportunidad alguna para que un muerto en delitos y pecados pueda proceder a creer con fe y a arrepentirse como consecuencia de tener un corazón nuevo. Y es que la fe y el arrepentimiento son mecanismos producidos por la regeneración que Dios hace del corazón humano, como hablara el profeta Ezequiel. Es Él quien cambia el corazón de piedra (el cual es perverso más que todas las cosas) en un corazón de carne (dispuesto a escuchar y cumplir los mandamientos divinos).

Entonces, ¿por qué, pues, inculpa? Pues, ¿quién puede resistir a su voluntad? Y así continúa la cadena hasta el último objetor, como su último eslabón, pero todos los que persisten en su objeción no son más que los réprobos en cuanto a fe preparados para tropezar en la piedra que es Cristo. En el contexto de Ezequiel el impío forma parte del pueblo de Israel, su muerte es fundamentalmente física y su vida es temporal. Recordemos la cautividad a la que fueron sometidos muchos como producto del castigo del Señor. Y si se refiriera a la muerte eterna de igual forma Dios no la quiere para los que son sus hijos, aunque actúen impíamente, mas por eso recibirán castigo en esta vida del Dios que los ama. El milagro de la gracia cubrirá a todos los que son su pueblo, aunque hayan cometido impiedad, porque la salvación nunca ha sido por obras sino de pura misericordia divina. Por eso Dios llama para que se arrepienta su pueblo, diciéndole que no quiere que muera. ¿Y quién es el que garantiza fe y arrepentimiento sino Dios mismo?  Sea castigo físico en esta tierra para el pueblo de Dios que actúa impíamente en muchas ocasiones (como actuó David siendo rey de Israel, por ejemplo) o sea castigo eterno para el impío réprobo en cuanto a fe, Dios es el Juez Justo de toda la tierra. ¿Está Dios diciéndole a su profeta que no quiere la muerte eterna del impío que Él mismo ha creado como vaso de ira para demostrar su justicia en su plena gloria? Aún los impíos que se pierden eternamente también reciben muchas veces parte de su castigo en esta vida, como nosotros hemos sido testigos por la historia de la humanidad.

¿No le dice Dios a Pedro que ninguno de los que son sus elegidos perecerá sino que procederán a arrepentimiento? Por cierto, el primer verso de la Segunda Carta de Pedro revela  el destinatario de la epístola (los que han alcanzado la fe en la justicia de Dios y Salvador Jesucristo). De la misma forma Dios nos amonesta a través de la Carta de Pablo a Timoteo para hacer rogativas y hacimientos de gracias por todos los hombres (reyes o presidentes, los que están en eminencia) con el objeto de vivir quieta y reposadamente; de inmediato se nos dice que Dios desea que todos los hombres sean salvos y que vengan al conocimiento de la verdad. El contexto refiere a la inclusión por medio de la oración a ese tipo de personas, pero jamás se refiere a la salvación del alma de cada individuo de la especie humana.

El vocablo salvar no siempre hace referencia a la vida eterna, a veces apunta a la salud física, a la salud social, al bienestar político, etc. ¿Cómo es que Pablo habla de que la mujer se salvaría teniendo hijos? ¿Es que acaso el apóstol cayó en la locura como para afirmar que hay una salvación distinta a la de la cruz de Cristo? Se refiere a la redención social de la mujer en su época, de acuerdo a la función contextual del momento histórico en que vivían. De la misma manera el vocablo TODOS no siempre refiere a cada individuo de la raza humana sino que hace alusión las más de las veces a todo tipo de persona, a la inclusión de los gentiles, al conglomerado judío y gentil, a una hipérbole o exageración del lenguaje. Los fariseos llegaron a decir que todo el mundo se iba tras Jesús, pero ellos no se incluían allí, ni los romanos con su Imperio, ni los saduceos, ni Herodes y su familia, ni un gran etcétera del pueblo en Jerusalén (Juan 12:19).

Hemos de revisar nuevamente Juan 17:9 que nos dice que Jesús no rogó por el mundo por el cual no iba a morir al día siguiente. Jesús no podía morir por el hombre de pecado, el cual se opone a todo lo que sea Dios (2 Tesalonicenses 2:4). Más bien Dios envía un espíritu de estupor o de error para que crean en la mentira todos aquellos que se gozan en rechazar la verdad y por esta vía sean condenados (2 Tesalonicenses 2:11-12). De verdad que Dios soporta con mucha paciencia los vasos de ira preparados para muerte (Romanos 9:22). Como la Escritura no se contradice debemos tener muy en claro que Dios nunca se ha inclinado para que cada individuo de la raza humana sea salvo (pensemos en Judas Iscariote, en el Anticristo, en Caín, en Faraón, en la gente de Sodoma y Gomorra, en la multitud de pueblos rechazados de acuerdo al relato del Antiguo Testamento, a los cuales nadie les llevó la ley revelada en forma escrita, en las multitudes que perecen sin conocer siquiera el nombre de Cristo). Pero al mismo tiempo debemos pensar que Dios garantiza que una gran multitud de toda lengua, tribu y nación ha de ser redimida, sin importar su condición no social, su nivel económico, su cultura o costumbres originarias. Y en eso hay una gran universalidad en la salvación, sin que ello quiera decir que Jesucristo haya muerto por cada uno de los habitantes del planeta. En realidad Jesús vino a morir por todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21).

El perdón divino y la salvación que Jesucristo otorga no están asegurados a nadie que no tenga la verdadera fe, la cual no es una condición para la redención sino un medio para recibirla. Pero aún esa fe es un fruto de la elección de Dios, ya que no es de todos la fe y ésta es un don de Dios. Hay mucha gente mala y perversa, ya que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), por lo cual fue también escrito que la fe, la salvación y la gracia son un regalo de Dios (Efesios 2:8). La elección de Dios significa que no toda la raza humana fue apuntada para condenación eterna, si bien toda la humanidad en un punto ha estado (como algunos siguen estando) bajo la ira de Dios. Esa es la naturaleza humana, enemistad absoluta contra el Creador, pero por la gracia divina a través de la predicación del evangelio los que han sido llamados y los que serán llamados con el llamamiento eficaz conforman parte del rebaño denominado por Jesús como la manada pequeña.

Somos pocos en comparación con el mundo, y andamos por el camino angosto al entrar por la puerta estrecha. El mundo nos odia porque odia la verdad que es Cristo. El mundo ama lo suyo por lo cual acepta a todos aquellos que van en nombre de un evangelio diferente. Allí se tienen afecto unos con otros, allí son bienvenidos todos aquellos que recorren el camino ancho. Pero la palabra de la elección, de la predestinación y de la soberanía absoluta de Dios ha llegado a ser desde siempre una palabra dura de oír. Ella genera murmuraciones y hace que muchos se retiren a formar parte del otro rebaño, el del falso pastor, el de los falsos maestros, de los que predican cosas que alegran los oídos de los que se dan a las fábulas.

No en vano el Señor dejó dicho a los integrantes de su rebaño que no temiéramos por el hecho de ser manada pequeña, ya que el Padre se había agradado en darnos el reino. Ese es el gran amor del que habla Juan en una de sus cartas, por el cual hemos sido llamados hijos de Dios. Es por ese amor que todavía podemos clamar Abba Padre, sin temor alguno y bajo la confianza de la protección divina. Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:09
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