Jueves, 24 de enero de 2019

A todos los que se preguntan de qué nos salva Dios podemos decirles que del error doctrinal en que anduvimos en un tiempo. Creer el evangelio implica salir del error en el cual militamos por el tiempo en que ignorábamos la justicia de Dios. Una premisa general se levanta con vigor en las Escrituras, que el incrédulo tiene por locura la predicación del evangelio porque no puede discernir su mensaje. Así actúa el hombre natural, enemistado con el Dios de la Biblia. Por eso no será posible jamás decir que debemos limpiarnos del error para poder llegar a creer, ya que eso negaría esa premisa bíblica descrita. No es la claridad doctrinal la que nos redime, sino la gracia del Dios Eterno que tiene misericordia de quien quiere tenerla.

Ahora bien, otra premisa general se desprende de lo anterior. Si somos salvos del error doctrinal en que anduvimos mientras fuimos hijos de la ira, lo mismo que los demás, mientras anduvimos conforme al príncipe de la potestad del aire, no podemos presumir de la ignorancia doctrinal como si eso no importara. Una vez salvos del error el error desaparece. Una vez que la luz entra en las tinieblas éstas se extinguen. Dios no nos pide que quitemos nuestra oscuridad para poder ver su luz, más bien nos ilumina para disipar nuestras tinieblas. De allí que nadie que haya creído puede ufanarse de andar a tientas, a obscuras, como si la doctrina de Cristo no importara.

Con esto decimos que si la doctrina no nos salva sí que viene a ser un fruto inmediato de la regeneración. Es a partir del nuevo nacimiento que podemos entender los estatutos de Dios, la doctrina del Padre enseñada por el Hijo. Mientras no estuvimos regenerados la Biblia nos parecía una gran parábola, pero una vez convertidos por la influencia irresistible del Espíritu de Dios que usa el evangelio como mecanismo de rescate logramos entender lo que Jesucristo enseñó. Lo que para el incrédulo era confusión y locura, para el creyente viene a ser claridad y cordura. Imposible que el Espíritu que habita en el creyente lo enseñe con doctrinas heréticas, lo consuele con el dios que no puede salvar, lo redima para dejarlo en la confusión doctrinal. Más bien es un signo inequívoco del creyente el no seguir la voz de los extraños (Juan 10:1-5), lo cual significa que el mensaje de los falsos maestros no será más nunca escuchado y no tendrá ninguna influencia en nuestras vidas. Por el contrario, si alguien sigue la voz del extraño es porque no le ha amanecido Cristo. Como dijo Isaías, a la ley y al testimonio, o como hacían los de Berea que juzgaban todo de acuerdo a las Escrituras (Hechos 17:11).  El creyente verdadero hace como el justo Job decía de sí mismo:  Del mandamiento de sus labios no me he apartado, he atesorado las palabras de su boca más que mi comida (Job 23:12).

De verdad que Dios nos salva a pesar de la doctrina, de nuestra confusión teológica, porque mientras fuimos incrédulos vivíamos en la misma confusión que los demás incrédulos, pareciéndonos mentira la verdad del evangelio. Pero una vez convertidos, de acuerdo a lo enseñado por Jesucristo a Nicodemo, o lo enseñado por Ezequiel en cuanto al cambio de corazón, la confusión es aclarada y somos alejados del error. No tendría ningún sentido que fuésemos rescatados del error teológico para seguir con el error teológico, sería inútil decir que Dios rescata al pecador del abismo de su ignorancia para dejarlo en el mismo desconocimiento respecto a la persona y la obra de Jesucristo. Pero predicamos el evangelio por cuanto es el único medio dejado por Dios para rescatar a los perdidos de su ignorancia, ya que no en vano se dijo que Su Siervo Justo salvaría a muchos por medio de su conocimiento. Así que ¿cómo oirán de él si no hay quien predique, o cómo invocarán al que puede salvar si no han oído nada de ese Salvador Justo?

El objetivo del evangelio es glorificar a Cristo en los corazones de su pueblo, de manera que no será posible tal gloria si se enseñan las doctrinas que traen reproche al mismo evangelio. En realidad lo que Dios no cambia en esta vida no lo hará en la otra; no hay tal cosa como morir en la ignorancia de ese Siervo Justo y ser redimido para aprender de él en la otra vida. La salvación implica el conocimiento del Hijo como consecuencia inmediata de la regeneración. Si de obras se tratase, Pablo hubiese dejado tranquilos a los judíos que tenían sumo celo por Dios pero que ignoraban la justicia de ese Dios al que decían servir. El mismo Jesús hubiese dejado en paz a los fariseos que recorrían tierra y mar en busca de un prosélito, y no les hubiera dicho que lo hacían doblemente digno del infierno venidero. Pero la realidad es que la obra humana es basura delante de la justicia de Dios que es Cristo.

No es que la mala doctrina haga perder el alma humana, más bien el desconocimiento de la verdad es un signo de andar perdido. Tampoco es cierto que la sana doctrina sea la causa de nuestra conversión, sino más bien la buena doctrina es un signo de nuestra redención. De lo contrario habría salvación por mérito intelectual, por conocimiento humano;  no podemos confundir la causa con la consecuencia.  Nadie puede pagar el rescate de su alma, de manera que o somos justificados por Cristo o no lo somos. En eso no hay poder humano que nos haga capaces, pero para Dios todo es posible. Sin embargo, justo es decir que el propósito eterno del Creador ha fijado los términos de todo cuanto hizo, de manera que Jesucristo vino a morir solamente por su pueblo (Mateo 1:21).

Ciertamente Dios ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4), ha colocado la piedra que es Cristo para que muchos tropiecen en ella (1 Pedro 2:8), ha tenido misericordia de quien quiere pero ha endurecido a quien ha querido endurecer (Romanos 9: 18). Jesucristo le dijo a un grupo de discípulos que no se alegraran porque los demonios se le sujetaban, ni por las señales que hacían, sino porque sus nombres estuvieran escritos en el libro de la vida. Sabemos que en ese libro fueron apuntados desde la fundación del mundo todos los que han de creer (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Pero de igual manera Jesucristo vino a salvar pecadores perdidos, no a los que dicen ser justos; el ladrón en la cruz fue un ejemplo real de lo que decimos y aún el apóstol Pablo dijo de sí mismo que de los pecadores él era el primero. De manera que la Biblia no nos manda a averiguar si somos o no somos de los elegidos de Dios, sino nos invita a creer el evangelio y a arrepentirnos de lo que hemos creído que es Dios y de la supuesta justicia que pretendemos tener por nuestro méritos.

Somos justificados por la fe, solamente. La justicia de Dios, que es Cristo, nos es imputada a los creyentes, en el entendido de que el Hijo de Dios haya cargado con nuestros pecados en la cruz. No nos justifica el conocer mucho sobre la vida y obra de Cristo, no nos justifica el aprender de memoria los textos de la Escritura, no nos justifica la religiosidad pretendida en nuestra vida. No se nos pide obra alguna para poder ser redimidos, más bien se nos ha dicho que las buenas obras han sido preparadas de antemano para que andemos en ellas, una vez que hayamos sido alcanzados por la gracia irresistible del Espíritu de Dios. Recordemos que algo que debemos tener claro del Dios de las Escrituras es que es Todopoderoso. Esto implica que nadie puede resistir a su voluntad, de manera que Él hará lo que ha querido con cada quien. Pero de algo también debemos estar ciertos, que el que empezó la buena obra en nosotros la terminará hasta el día final.  Jesús no dejará por fuera a ninguno de los que el Padre le haya enviado, sino que los resucitará en el día postrero. Si dijo que nadie puede ir a él a menos que el Padre lo envíe, feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada y cubierto sus pecado.

La justificación que Dios hace de nosotros no la hace basado en nuestra libre voluntad. En realidad nadie es libre del Todopoderoso, todos debemos rendir cuentas ante su presencia. Hay doctrinas esenciales en la Biblia, las cuales nos conviene conocer pero igualmente creer. El Espíritu que vive en los corazones redimidos no podrá guiarnos hacia la mentira doctrinal, ya que eso sería una contradicción con su esencia. Se ha escrito que Él nos guía a toda verdad, de manera que cualquier herejía que se asome en el corazón de los cristianos profesantes es un signo de la no conversión verdadera. La apostasía es también un signo de no pertenencia al rebaño de Jesucristo, es igualmente un signo de los infiltrados en el redil de las ovejas. Los lobos rapaces, los falsos maestros, los que proclaman falsas profecías, todos ellos son guías de ciegos (Mateo 15:14). Y todos los que siguen a los que pregonan el otro evangelio son catalogados por las Escrituras como malditos (Gálatas 1:8). Dios nos salva a pesar del error pero no nos deja en el error.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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