Mi?rcoles, 23 de enero de 2019

Dios nos ha hablado en forma diferente a como lo hizo con los de antes, ya que lo ha hecho a través de su Hijo, dándonos a entender que lo que se nos había dicho ha venido a ser completado, algo definitivamente acabado. Lo de antes se anunciaba por medio de profetas que presentaban al Hijo de Dios que vendría, pero cuando el Hijo vino habló también con sus propias palabras lo que habría de escribirse. Además, los escritores del Nuevo Testamento completaron la tarea de la revelación de Dios y el Apocalipsis parece decirlo en forma metafórica y alusiva: a la profecía no se le puede añadir ni quitar (Apocalipsis 22:18-19).

Pablo dijo también que cuando viniera lo perfecto ya las lenguas no serían más necesarias, ni siquiera la profecía (en el sentido predictivo del término). Lo que ha sido completado no necesita complemento. El vocablo usado por Pablo cuando escribe a los Corintios tiene que ver con lo que se completa, pero se tradujo al español más inspirado por el vocablo latino que por el sentido griego. Lo perfecto fue la traducción preferida por algunos pero no la más feliz (perfectus, us, del verbo latino perficio, cuyo significado es concluir, acabar, completar, traer hacia un final, terminar, completar). Téleion sería la transcripción del término griego, el cual significa el final, lo acabado, lo terminado o concluido (1 Corintios 13:10). El texto podría traducirse de esta manera: Mas cuando venga lo completo, desaparecerá lo que es limitado. Por supuesto, no que el étimo latino no tenga sentido, ya que lo que ha sido acabado está perfecto (en el sentido etimológico) por cuanto está realizado o hecho. Pero en español ese vocablo ha tomado un sema que nos distancia del sentido primigenio del vocablo griego usado por Pablo.

La ironía para los Corintios era que lo que más amaban, de lo que más se jactaban, estaba a punto de desaparecer. Ese parece ser el tema que Pablo desarrolla en su Primera Carta a aquella iglesia, cuando desde el verso 1 del capítulo 12 les dice: No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los dones espirituales. De esta manera el apóstol inicia su temática dando lecciones generales sobre el amor, el cual es superior a todos los dones excepcionales de la iglesia naciente. Después el autor de la carta le dice a la congregación que esos dones se van a acabar cuando venga lo que es completo, dado que el conocimiento que tenían en ese momento era en parte (una parte en relación al todo). Hay un juego de palabras en lengua griega, términos que se  resaltan en uno de los versos de Pablo (verso 9 del capítulo 12 de la Primera Carta): la parte, el todo: μερους (merous) τελειον (téleion). En el momento en que vivía el apóstol frente a la iglesia que se estaba formando, a mediados del siglo I, lo que se conocía de la revelación de Dios era en parte (merous). Habría de llegar lo completo (téleion), lo acabado, que en latín fue traducido como perfectum y lo que nos da en español la palabra perfecto.  El término en latín tiene sentido si uno mira su etimología, como ya lo señalamos antes: lo que ha sido hecho. De acuerdo al Diccionario philolog.us, Aristóteles usa el término téleion en el sentido de traer el fruto a la madurez, venir a la madurez, lo cual nos recuerda la idea de lo acabado o terminado y que no tiene más continuidad.

Pablo hablaba de conocer en parte y de conocer totalmente; en realidad el conocimiento no es estático sino dinámico. Esto quiere decir que lo que se conocía en parte apuntaba hacia su fin, hacia su destino final. No había saciedad porque la mente humana no se conforma con un conocimiento parcial, mucho menos el Señor nos daría solamente una parte de su ciencia. Más bien ese conocimiento de las Escrituras fue dado gradualmente a través de los siglos, por múltiples revelaciones obtenidas por los hombres de Dios que escribieron lo que les fue inspirado. Pero al venir el Verbo de Vida, el Logos eterno, Jesucristo entre los hombres, el conocimiento se acerca a su plenitud. Por esa razón le fue dado a la iglesia el Espíritu Santo que nos haría saber las cosas del Padre y del Hijo, pero que también nos guiaría a toda verdad, entre tantas de sus funciones.

Hubo profecías como señal extraordinaria, también lenguas y don de sanidad, entre otros favores concedidos para remarcar el apostolado de aquellos discípulos del Señor (los 11 fueron después 12, ya que otro tomaría el cargo de Judas Iscariote). Los autores del Nuevo Testamento fueron inspirados por el mismo Espíritu que inspiró el Antiguo, de manera que una vez terminado el proceso de revelación ya no hace falta más conocimiento de Dios que el que está escrito en las páginas del libro sagrado. Eso es lo que anunciaba Pablo, que lo que era en parte se perfeccionaría por cuanto quedaría completado. Dado que aquellos primeros cristianos no tenían toda la verdad compilada, su visión espiritual era semejante a la visión que se obtiene al mirarse en un espejo de la época. Esos espejos eran fundamentalmente de metal pulido, de manera que no son comparables con los espejos modernos. La visión era turbia, por lo cual era necesaria la profecía predictiva -como cuando el Espíritu le habló a Pablo para que fuera a España. El libro de los Hechos nos relata casos específicos de revelaciones específicas, pero cuando aparece el libro completo, culminado el libro del Apocalipsis en el año 95 de nuestra era, lo que era en parte se completó y ya no vemos más como por espejo. Recordemos cuánto le costó a Pedro reconocer el favor de la salvación que Dios le brindaba a los gentiles, ya que aquellos primeros creyentes judíos seguían atraídos por el prisma de la ley de Moisés. Pensemos por un momento en que la iglesia de Corinto todavía seguía atada a cierta manera limitada de observar las Escrituras (así como Pedro pensó por un momento que los gentiles no eran dignos de recibir el evangelio).  Pablo también trata en su carta sobre la limitación del conocer en parte, pero les anuncia a los fieles que llegaría el momento en que se conocería en forma completa. ¿Cuándo habría de suceder ese anuncio? Cuando llegase lo perfecto, lo completo, cuando la Escritura fuese completada en tanto revelación de Dios a su iglesia.

Dicho esto enfatizamos el hecho de que la Escritura es suficiente como revelación, de tal forma que ya no son necesarios aquellos dones especiales de la iglesia naciente. Los que no reconocen la suficiencia de la Escritura andan desesperados buscando más revelación, como si lo dicho en las páginas de la Biblia no saciara sus almas. Tal vez para estos buscadores de revelación la Escritura es una gran parábola y no la logran discernir. Por esa razón apareció Montano, entre los años 160 y 170 de nuestra era, con un movimiento extraño que llevó a sus seguidores a estados de éxtasis, dando advertencias proféticas. Se unieron a Montano dos mujeres que profetizaban, cuya popularidad llegó a superar la de su mentor. Ellas se llamaban Prisca (o Priscila) y Maximila, las cuales advertían sobre el inminente final del mundo para lo cual recomendaban esperar el descenso de la Jerusalén celestial. Esta gente extraña enfatizaba sobre el ayuno como vía para tener más compenetración con el Señor y así recibir la revelación anhelada, hablaban de sufrir el martirio como señal inequívoca de pertenencia al reino de los cielos. Dice la historia que esta herejía se propagó rápidamente entre los distintos estratos de la sociedad, incluyendo el ámbito pagano y no solo el ambiente de la iglesia profesante de la época.

Ese movimiento subsistió hasta el siglo IV en Asia Menor, donde tuvo su mayor acogida. Incluso se ha dicho que Tertuliano se adhirió a la herejía montanista. Sabemos que donde hay evangelio debe haber antievangelio, que donde está la verdad aparecerá de inmediato la mentira como contraste, como adversaria. Es por esa razón que aparecen muchos hombres de religión detestando la Escritura como palabra inspirada pero que se niegan a distanciarse del Dios de la Biblia.  De allí que se dan a la tarea de la interpretación privada, de buscar una vía alterna con un dios confeccionado a su placer. Por esa razón aparecieron Montano y su generación de seguidores, como de igual modo han surgido múltiples herejes con sus doctrinas de demonios. Aquel movimiento quedó latente en la historia de la iglesia profesante, hasta que el Movimiento de Santidad, salido de la llamada Iglesia Metodista de Wesley, hizo su irrupción bajo la forma de Pentecostalismo. Al empezar el año 1900 aparece una mujer en los Estados Unidos a la cual le habían impuesto las manos para que recibiera algo especial; esa mujer comenzó a hablar en lengua extraña.

Los de su entorno interpretaron que hablaba en chino, de manera que ya no sería necesario para los misioneros aprender esa lengua. La supuesta iglesia habría recibido de nuevo el viejo don de lenguas, tal vez porque las Escrituras no eran suficientes para aquellas personas. Resaltamos el error de no creer en la suficiencia de las Escrituras, advertimos sobre la importunidad de asumir ese error conceptual. De todas formas, para resumir lo que intentamos decir, podemos dar crédito a los estudios que sobre esas lenguas han realizado expertos lingüistas en diferentes zonas del planeta.  Vemos la similitud de las glosas habladas por los grupos pentecostales protestantes con las glosas habladas por otros grupos llamados carismáticos católicos; de igual forma hay similitud morfemática y fonética entre esas alocuciones extrañas proferidas por esos grupos y las alocuciones de algunos grupos santeros que son paganos y forman parte del sincretismo religioso. Esto nos debería hacer reflexionar acerca de la inspiración de esas lenguas extrañas, de esos supuestos dones que vienen aparejados: lenguas, sanidad y profecía.

Dice el autor de Hebreos lo siguiente: Dios, habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, al cual constituyó heredero de todo, por el cual asimismo hizo el universo (Hebreos 1:1-2). Ya Dios habló, lo que nos queda es escuchar, leer, aprender, pero no buscar más revelación ni andar por las veredas de la interpretación privada. Los que no tienen por suficiente la doctrina de Cristo no viven en ella, de manera que no tienen ni al Padre ni al Hijo. Por supuesto, tampoco tendrán el Espíritu que ha sido dado como garantía de la redención final. Los que desconocen la suficiencia de las Escrituras suponen que ellos tienen igual autoridad que ellas, se arrogan el derecho de añadir o quitar a lo que ha sido expuesto por los padres, por los profetas y por el Hijo de Dios. Jesucristo citaba las Escrituras, corregía a los fariseos diciéndoles que ellos parecían ignorar lo que había sido escrito; de igual manera le dijo a Nicodemo, maestro de la ley, que desconocía a pesar de toda su sapiencia lo que era nacer de nuevo. Ese concepto venía del Antiguo Testamento, cuando se hablaba de la circuncisión del corazón y del corazón de carne que Dios pondría en lugar del corazón de piedra.

Para Jesucristo las Escrituras tenían suficiencia, pero él vino igualmente a completar la revelación que el Padre tenía para su pueblo. Lo hizo en parte cuando estuvo entre sus apóstoles, mientras les enseñaba su doctrina y la doctrina del Padre. De igual forma inspiró con el Espíritu a los escritores del Nuevo Testamento, así como selló la profecía con el Apocalipsis de Juan. Jesús citaba las Escrituras porque las creía suficientes, jamás tuvo que hablar en lenguas para mostrar su santidad, pero los milagros que hizo fueron la señal que el Padre le dio en tanto demostraba que era su Hijo. La iglesia naciente tuvo ciertos dones especiales por un período especial de tiempo, pero como Pablo lo dijo esos dones cesarían. Si la Escritura no hubiese sido suficiente, ¿cómo es que Cristo se las citó a Satanás cuando fue sometido a terrible prueba en el desierto? No en vano el Señor dijo: El que conmigo no recoge, desparrama.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:42
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