Martes, 22 de enero de 2019

Si el conocimiento fuese un requisito para la salvación, ¿quién podría ser salvo? El conocimiento que se necesita para alcanzar la salvación lo da el mismo Señor, de otra manera no le parecería locura al mundo la cruz de Cristo. Por su conocimiento salvará mi siervo justo a muchos, dijo Isaías tocante al Verbo de Vida, de acuerdo a lo que el Dios Omnipotente le ordenó que escribiese. Ese conocimiento lo da Dios a quien quiere, pero también es justo decir que Él usa su providencia para que la gente se instruya al respecto. Para eso están las Escrituras, las cuales dan testimonio de Jesucristo y en ellas pensamos que está la vida eterna. Pero ese conocimiento dado por Dios no es lo mismo que una condición previa para ser salvo, es más bien una consecuencia de la redención. Sin embargo, como bien lo dijo la Escritura, por su conocimiento salvará el siervo justo a muchos. Es por ello que conviene conocerlo tanto en su persona como en su obra.

La persona que ha sido regenerada ha sido dotada con la fe en Cristo, lo cual es un fruto inmediato de la regeneración. Es la fe en que solamente Jesucristo es la única garantía de salvación, es la confianza de que la oración de Jesús en Getsemaní lo incluyó como a uno de los elegidos del Padre,  para que ese mismo Jesús muriera al día siguiente en la cruz por él. De allí que la fe viene a ser esa certeza de haber nacido de nuevo, de haber sido regenerado por el Espíritu de Dios, de haber sido instruido por el Padre para poder acudir al Hijo. Ya no hay más tristeza como el mundo la tiene, ya que mientras los moradores de ese mundo -por el cual Jesús no rogó- sirven a un dios que no puede salvar, los creyentes en el Dios vivo conocen a su buen pastor y lo siguen.

El que sigue a Jesucristo sabe que él murió por el pueblo que vino a redimir (Mateo 1:21), reconoce que no merece nada pero que ha sido objeto de la misericordia de Dios. De igual forma entiende que los que moran en el mundo se afianzan en una leyenda religiosa que les ofrece una muerte universal de parte de su dios, una expiación igualmente alcanzada para todos en general pero que no se hace efectiva a menos que la naturaleza pecaminosa humana la acepte. Esa oferta extraña del evangelio universal hace que los que se aferren a la deidad ofrecida sirvan a un dios que no puede salvar a nadie. Si la gracia de ese dios funciona siempre y cuando los muertos en sus delitos y pecados la reciban, entonces ya no es gracia sino salario. Y si es salario o paga ya es producto de las obras humanas, pero nunca un producto de la obra del Dios Justo que justifica a los que son de Cristo.  

La Escritura enfatiza que la diferencia entre cielo e infierno la hace Dios, no la criatura. Para eso apareció la ley del Creador, para mostrar el pecado en el hombre y para que viera su impotencia en redimirse. De allí que se haya escrito que la ley fue nuestro Ayo que nos llevó a Cristo. Por medio de los sacrificios animales se apuntaba hacia el Cordero que moriría por la expiación de todos los pecados de todo su pueblo, por lo cual también se escribió que ese siervo justo salvaría a muchos. Y aunque muchos sean los llamados (y no a todos se llama) son pocos los escogidos, por lo cual también Jesús se refirió a la manada pequeña, al camino angosto, a la puerta estrecha. Esto lo hizo en comparación con los que andan por el camino ancho que lleva a la perdición, el camino cómodo donde caben las teologías humanas, los mitos y las leyendas religiosas. Ese camino ancho contiene a la manada grande, a los muchos que fueron concebidos para que se pierdan en la eternidad.

Tal vez esto que dice la Escritura espanta a muchos, tal vez molesta a demasiadas personas, pero es una verdad que no podemos negar. A lo mejor los que leen las Escrituras como si les fuera una parábola terminan haciendo filas con el objetor descrito en sus páginas. Ese objetor se rebela contra la justicia de Dios y lo declara injusto, por cuanto no tuvo misericordia de Esaú ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe. Ese objetor fue violento contra el Creador pero al menos fue coherente, ya que su objeción aparece justamente por protesta contra lo que hizo Dios contra Esaú, aún antes de ser procreado, aún antes de haber hecho obra buena o mala. Sí, la objeción fue coherente -aunque haya sido inoportuna. Ese objetor reconoció con su objeción lo que millones de objetores modernos no quieren ver, que Dios hizo todo esto aún antes de que el mundo fuese formado. El objetor no se levanta para defender la obra buena o mala de Esaú, él se levanta para protestar la decisión del Creador de condenar a quienes condena aún antes de que la gente haya siquiera sido procreada. Ese es el reclamo del objetor en Romanos 9, por eso decimos que ha sido una objeción coherente, aunque inoportuna.

Los objetores modernos son inoportunos e incoherentes. Su incoherencia descansa en el hecho de suponer que la condenación de Esaú se debió a sus propios méritos (a su mala conducta, a la venta de la primogenitura, a que era un fornicario espiritual). No, toda esa conducta oprobiosa de Esaú fue consecuencia del destino señalado por el Creador que escogió a una gran parte de la humanidad como vasos de ira, confeccionados para el día de la ira y justicia de Dios. Fijémonos en la coherente pregunta:¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién resiste a su voluntad? La lógica del objetor está presente, por cuanto interpreta que la condenación de Esaú ocurre por cuanto Dios lo destinó para ser un réprobo en cuanto a fe. Su inoportunidad estriba en el hecho de ser una criatura y pretender reclamarle a su Hacedor la razón de haberlo hecho de una u otra manera. Precisamente, la respuesta de la Escritura es contra la presunción de soberanía humana, como si el Hacedor de todo debiera rendirle cuentas a la criatura. Como si el hacha moviera la mano del que con ella corta el leño, o como si el bastón moviera la mano del que lo sostiene (estas son palabras de Isaías para referirse al mismo tema en el Antiguo Testamento).

No olvidemos que la Biblia hace un despliegue desde el inicio hasta el fin de sus páginas acerca de la soberanía absoluta de Dios. De igual forma ha declarado en sus líneas que Dios quiso someter a la creación a vanidad por causa del que la sujetó a esperanza. Por esa razón también se lee en sus textos que la gloria de Cristo es el propósito fundamental de esta creación; por lo cual el hombre tenía que pecar para que se manifestase la misericordia divina junto a la justicia de Dios. Sin pecado no habría habido caída humana, sin caída humana no habría habido redención del alma y por lo tanto el Redentor no hubiese hecho historia entre nosotros.

Ese Dios generoso quiso que fuésemos salvados por medio del conocimiento del Hijo. Es por esta razón que se predica este evangelio una y otra vez, para que todos aquellos a quienes Dios despierta de la muerte vean la vida y la disfruten. Así hizo Jesús con Lázaro y lo llamó para que saliera de la tumba. La Escritura está llena de palabras que dan vida, pero solamente para los que la leen de acuerdo al propósito de Dios. Los lectores de la Biblia que solo encuentran en ella parábolas y más parábolas, leyendo no entienden y no pueden convertirse. Se necesita mucho más que conocimiento humano para ser salvo, se necesita el conocimiento del Hijo que solamente lo da el Padre, pues habremos de ser enseñados por Dios primero para ser después enviados hacia el Hijo.

El evangelio está compuesto por doctrinas, todas de Jesucristo y del Padre. Ese cuerpo de enseñanzas que encierra el evangelio es lo que puede redimir al pecador. Pero esa doctrina como tal no es un prerrequisito de salvación, ya que entonces nadie podría ser redimido en tanto hombre natural reñido con la palabra de Dios. Pero todos aquellos que van creyendo el evangelio conocen la diferencia entre cielo e infierno, entre vida y muerte eterna, entre la muerte expiatoria de Cristo y la supuesta redención por las obras del hombre. El que cree el evangelio creerá igualmente en que la salvación depende solamente en los méritos de la sangre del Hijo de Dios, derramada en favor de todo su pueblo. No se le añade nada a la obra del Señor, ni tampoco se le quita. Simplemente el creyente sabe que con la obra de Cristo es más que suficiente para ser redimido. Es por ello que Jesús también dijo que las ovejas que él llama por su nombre lo siguen a él, y ya no andarán más tras el extraño porque no conocen la voz de los extraños.

Ese evangelio del extraño es el que pretende ganar simpatías entre el mundo que anda perdido, ofreciéndole la garantía de un dios que no puede salvar a nadie pero que se presume murió por todos por igual. Ese es el dios en el cual creía el objetor de Romanos 9, el que le parecía más justo que el Dios de las Escrituras. Por ese dios batalló contra el Dios de la Biblia, por esa falsa divinidad defendió lo indefendible, diciendo que el amor universal de su dios era mucho más lógico que el amor específico del Dios soberano hacia su pueblo escogido.  Fue allí donde la sabiduría humana enloqueció, al pretender encontrar injusticia en lo que Dios hacía con lo que era suyo. Él es el Alfarero y dueño del barro, Él hace como quiere sin tener consejero, ni quien le reclame por lo que haga. ¿Quiénes son los objetores que acusan a Dios de injusto? Miren su propia injusticia antes de siquiera hablar, pero reconozcan que el derecho del Creador supera el derecho de la criatura formada.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:35
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