Martes, 22 de enero de 2019

Así de fácil, así de simple, para ser salvo solo hay que creer en Jesucristo como Señor. La pregunta acerca de la salvación la hizo un carcelero que estuvo a punto de ser condenado a muerte por causa de que los prisioneros pudiesen escapar. Ese carcelero había visto a Pablo y a Silas cantar con sumo gozo mientras tenían las cadenas de la prisión que los aprehendía como personas sin escape. Pero esa pregunta iba más allá de su temor real de ser muerto por causa de la fuga que hubiese acaecido por causa del terremoto ocurrido, como lo relata el autor del libro de los Hechos de los Apóstoles. Ese carcelero había escuchado algo de lo que decían esos dos hombres ejemplares, presos en forma injusta, por lo cual se arriesgó a hacer la pregunta. ¿Qué debo hacer para ser salvo?

La respuesta fue inmediata y sencilla, lo único que tenía que hacer era creer en el Señor Jesucristo, ese hombre que decía ser el Hijo de Dios, el que fue crucificado y había resucitado al tercer día de muerto. Ese Jesús fue el mismo ciudadano judío que vino a enseñar la doctrina de su Padre, el Dios eterno. Ese Jesús era el mismo Cordero preparado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo reciente en que aquellos hombres vivían. Era el mismo Jesús del que fue dicho que salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Era también el Jesús que no quiso rogar por el mundo sino solamente por los que el Padre le daría por la palabra de sus discípulos. Se trataba de aquel Jesús que había afirmado que el Padre enseñaría a muchos para que fuesen traídos hacia él, de manera que pudiera darles vida eterna.

Por cierto, ni Pablo ni Silas predicaron a un Jesús que no puede salvar, no pregonaron la voz de un dios incapaz de redimir un alma; más bien eran representantes doctrinales del Jesús que está a la diestra del Padre y que intercede todavía por su pueblo. Pablo y Silas no solamente le dijeron que creyera en Jesucristo sino que se pusieron de inmediato a hablarle la Palabra de Dios junto a los de su casa. Es decir, no bastaba con un creer en una palabra vacía sino que era necesario creer en una palabra llena de significado. La persona y la obra de Jesucristo es lo que llena el nombre de Jesús, es su significado mismo. Como persona Jesucristo es aquel Cordero de Dios que quitaría el pecado del mundo, el que sería enviado para el mundo que el Padre amó de tal manera. Es asimismo el Cordero sin mancha, hecho pecado por causa de su pueblo. La obra o trabajo de Jesucristo es la expiación de todos los pecados de todo su pueblo, por cuya razón debe entenderse que Jesús no murió por toda la humanidad, sin excepción, sino solamente por los que el Padre le dio (Juan 17:9).

En tanto humano, Jesús hizo empatía con nuestras debilidades, pero en tanto divino pudo ofrecerse como sacrificio eterno de valor infinito. Por esa doble razón (por ser humano y divino) es el único mediador entre Dios y los hombres (Hebreos 9:14-15). Él es el Mesías anunciado por múltiples profetas, la promesa hecha en el Edén, el Ungido del Padre para salvar a su pueblo elegido. La justicia perfecta que estableció Jesucristo se imputa a cada uno de los del pueblo de Dios. Esta es la razón por la cual somos declarados rectos, justos, delante del Dios que se ha reconciliado con nosotros. La justicia de Cristo satisface la exigencia del Dios Creador y por ello tenemos una buena relación con Él. Juan lo dice de una forma muy particular: Mirad cual amor nos ha dado el Padre para que podamos ser llamados hijos de Dios.

Asumir la persona y el trabajo de Cristo implica llegarlo a conocer, pero nadie puede ser salvo si no cree en ese Jesús del que habla la Biblia. Hay gente que niega el trabajo efectivo, absoluto y consumado de Jesucristo en la cruz. Sepamos que la naturazela humana está caída en Adán, no solamente enferma sino muerta en delitos y pecados. De esta forma podemos comprender que el carcelero de Filipo le hizo tal pregunta a Pablo y a Silas por la sencilla razón de que fue revivido por Dios. Jesús lo enseñó muy claramente, que seríamos todos enseñados por Dios para después ir hacia él (Juan 6). Agregó Jesús que nadie podía ir hacia él si no le fuere dado del Padre, de manera que aquel carcelero fue movido por el Padre para que hiciera la pregunta pertinente a Pablo y a Silas. Después vino una exposición de la palabra de Dios (del evangelio de Cristo) y por consiguiente creyó el carcelero junto con su casa.

Esta es la forma en que se reafirma el trabajo del Señor en la cruz, en favor de su pueblo. Sin embargo, hay quienes niegan el trabajo eficaz de Jesucristo al querer añadir a su obra un poco más. Con ello han llegado a afirmar la blasfemia de una muerte por toda la humanidad, sin excepción, de tal forma que aunque muchos mueren sin salvación alguna ese Jesús extraño al que siguen continúa rogando a la gente para que haga una decisión por él. Esta gente piensa que si no hubo expiación universal tampoco hubo justicia de Dios, en realidad ese conjunto de personas que así piensa y enseña ha llegado a formar filas con el objetor levantado en Romanos 9.

Recordemos que aquel objetor fue mostrado para que sepamos lo que sucede cuando alguien pretende ser más justo que Dios. El alegato de aquella persona fue una defensa del pobre Esaú, el cual fue escogido como vaso de ira aún antes de ser formado, aún antes de hacer bien o mal. Eso no es justo, decía aquel hombre, ya que nadie puede resistir a la voluntad de Dios. Uno entiende que si Caín era del maligno, o que si Judas Iscariote era llamado el hijo de perdición, o que si el Faraón de Egipto fue escogido por Dios para mostrar en él su poder y la fuerza de su ira y justicia, allí habrá injusticia en Dios, de acuerdo a los objetores que se levantan día a día. Sabemos también que tal objeción surge a partir del hecho narrado acerca de un Dios soberano que hace como quiere, que ha escogido los destinos eternos de los seres humanos. El carcelero de Filipo, junto a su casa, fue escogido para vida eterna como vaso de misericordia; no así el conjunto de réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda.

Pero uno se pasa la vida escribiendo sobre este tema, hablándolo aquí y allá, hasta que uno se da cuenta -una vez más- de que no hay quien entienda, de que no hay quien busque a Dios. Pese a ello uno continúa con la tarea de exponer este evangelio cada vez que se pueda hacer, ya que es la única forma en que Dios salve a sus elegidos. No hay vías extraordinarias sino que cada alma a ser salvada deberá oír el evangelio de verdad. Es Dios quien quiso que por medio de la locura de la predicación fuesen salvados todos aquellos que Él escogió desde antes de crear el mundo, cuando llegado el tiempo oportuno escuchen la palabra enviada que no regresará vacía. Y decíamos que era una blasfemia afirmar que la sangre de Cristo fue derramada por todo el mundo, sin excepción, ya que si así fuera Jesucristo murió por todos los pecados de los que yacen en el infierno. Incluye esa lista de pecados el de la incredulidad, de tal forma que aunque no crean serían salvados de todas formas. A tal absurdo se llega con la expiación universal, lo cual contraviene la abundante cantidad de textos que refieren a una expiación particular y eficaz por parte del Señor en favor de su pueblo. Y así también fue escrito: Acuérdate de esto: que el enemigo ha afrentado a Jehová, y pueblo insensato ha blasfemado tu nombre (Salmo 74:18).

El carcelero había entendido que su estado personal era de miseria, ya que temía por el castigo que podría recibir de sus superiores en caso de que los prisioneros hubiesen escapado. Pero aquel hombre temía algo más, cuando escuchó la voz que le decía que no se hiciera daño alguno ya que todos estaban allí todavía. Él supo que su conciencia estaba turbia, se sintió pecador y sin esperanza concreta en sí mismo, de otra forma ¿cómo pudo formular semejante pregunta? Había escuchado a estos dos siervos de Dios cantar en medio de la prisión y atados a sus cadenas, los había contemplado como seres de mucho gozo. De seguro había escuchado lo que todos comentaban en las calles, que por causa de aquel Nazareno una nueva religión había surgido con mucha fuerza entre algunas personas. Pero su pregunta refería algo más a una simple inquisición, se trataba ahora de un asunto de vida o muerte eterna. El había llegado por la convicción que solo Dios puede dar de que como hombre natural estaba perdido y no tenía ninguna cualidad para poder ser redimido.

Es a ese punto al que Dios nos lleva antes de darnos la salida concreta: Su Hijo y la fe que se tenga en él. Pero eso lo da Dios a quien quiere darlo, a sus elegidos -como bien señala la Escritura. Si comenzamos a reclamar que por qué razón no lo hace con todos, hacemos filas con el objetor y eso es un muy mal signo. Nosotros no podemos hacer reclamo alguno ante el Todopoderoso, más bien somos nosotros los que habremos de entregarle cuentas. Los millones de seres muertos en el diluvio universal no deben ser objeto de nuestro reclamo, tampoco el alma de Caín o de Faraón, ni el alma de Jezabel, ni la de Judas Iscariote. No hemos de inquirir ante Dios por las almas cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). El clamor del carcelero no fue contra Dios, no hubo en él objeción alguna por lo que haya hecho el Señor con los que habían sido condenados hasta ese momento. Simplemente él tenía conciencia de que su alma necesitaba redención (la de él, sin importar la de los demás presos o guardias de la prisión, ni la de sus amigos o capitanes). De otra forma sabía que iría a la terrible condenación de la que de seguro había escuchado, además de que por el proceso de conversión que le acontecía reconocía que andaba perdido.

La pregunta del carcelero es la de millones de personas, mientras la respuesta sigue siendo la misma que le dieron Pablo y Silas. Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo, cree en la persona y en el trabajo de Jesucristo como Mediador entre Dios y los hombres, cree en la expiación que hizo Jesús en favor de su pueblo (Mateo 1:21), cree en las palabras de aquel Señor que entre los discípulos dijo que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo trajera, y que a quien él viene (enviado por el Padre) no lo echará jamás fuera. Cree por tanto que tus pecados no te dejarán alcanzar la gloria de Dios, pero que el perdón por su sangre es suficiente para pasar la vida eterna conociendo al Padre y al Hijo, en compañía del Espíritu. Cree en que no hay otro nombre en quien podamos ser salvos, cree en el Dios que es Justo y da la justicia de Cristo a quien quiere dársela. Si crees en ese Dios de las Escrituras entonces huirás del dios que no puede salvar, del Jesús inventado por los falsos maestros, por los herejes de escuela, por los profetas del mal. Ya no escucharás la voz del extraño y seguirás por siempre al buen pastor. A una pregunta simple, una respuesta simple, así le aconteció al carcelero de Filipo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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