Jueves, 17 de enero de 2019

Jesucristo vino a enseñar la doctrina de su Padre, pero dijo que cuando las personas fuesen enseñadas por Dios vendrían a él. Es decir, hay un círculo cerrado que viene a ser irrompible, un hermetismo imposible de quebrantar. El hombre como criatura está sujeto a que Dios como Creador haga con él como desea, pero el Padre Celestial ha formado vasos de honra y vasos de deshonra de la gran masa humana. Aquellos forjados como vasos de misericordia alcanzarán a comprender la enseñanza impartida para que acudan hacia el Hijo. Los otros, los que fueron destinados como réprobos en cuanto a fe, jamás entenderán una palabra completa de la doctrina del Padre. La razón de esta tragedia humana del pecado radica en que nunca fueron enseñados por Dios.

No vayamos a creer que nuestra inteligencia y perspicacia fueron los útiles que nos permitieron la comprensión de aquellas enseñanzas del Creador. Más bien lo necio del mundo, lo que no es, lo poco sabio de entre los hombres, escogió Dios para mostrar en ellos su gracia. Esos alumnos del Padre no tenían cualidades supremas ni en su intelecto, ni en su naturaleza, más bien eran los más connotados perdedores dentro de la humanidad. Lo sabio del mundo y lo fuerte de entre la humanidad ha sido colocado para vergüenza frente a la locura y sabiduría del mundo. Así lo asegura Pablo en su carta a los Corintios (1 Corintios 1:26-31). De allí que los verdaderos creyentes son los únicos que han sido enseñados por Dios, y sabemos que el Todopoderoso no tiene alumnos reprobados, dada su sabiduría eterna para enseñar y para mostrar el conocimiento salvador del Hijo en la cruz.

El círculo del que hablábamos ha sido dibujado enfáticamente por Jesús con sus palabras. Nadie es capaz de acudir a él a no ser que el Padre lo traiga hacia él: ha sido escrito entre los profetas, que serían todos enseñados por Dios. Entonces, los que oyen y aprenden del Padre vendrán al Hijo (Juan 6:44-45). Primero que nada Jesús nos muestra una imposibilidad natural para ir hacia él, pero después nos dice que la única oportunidad que tenemos es si el Padre nos enseña el camino para ir hacia el Hijo. No hay otra forma sino convirtiéndonos en discípulos del Padre. Pero de nuevo, el hombre natural está muerto en delitos y pecados y no desea acudir a Dios, no hay quien haga lo bueno, de manera que continúa con su justicia sucia, como trapos de mujer menstruosa.

La palabra de la cruz es una locura para los que se pierden (los cuales fueron destinados para que tropiecen en la roca que es Cristo). Sin embargo, esa palabra de la cruz vino a ser el poder de Dios en los que envía hacia el Hijo. No hay otro camino para ser salvos, excepto creer en Jesucristo como el Señor que vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Por la vía de la cruz Dios convirtió la sabiduría del mundo en locura, ya que existe un choque natural entre las dos sabidurías expuestas, la divina y la humana. El hombre sumido en su sabiduría natural pretende exhibir sus obras como justicia, pero Dios en su sabiduría las rechaza. Nadie puede dar el pago por su culpa, ni por la culpa de su hermano; así lo entendió Caín después de haber traído la ofrenda ante Jehová, la cual no fue agradable en lo más mínimo.

Abel fue enseñado por Dios y comprendió que lo que le era agradable era la ofrenda que como sombra señalaba al Cordero pascual preparado desde antes de la fundación del mundo para beneficio del pueblo escogido de Dios. Esa es la predicación que hacemos, una locura para la salvación de los que son creyentes; es nuestra prédica la que es locura, pero para los que van siendo salvados dentro de la raza humana Jesucristo vino a ser el poder y la sabiduría de Dios (1 Corintios 1:17-24). Los redimidos lo son como resultado de la enseñanza del Padre, pero el Padre solo enseña a los que el Hijo da vida. De nuevo el círculo se muestra impenetrable a la voluntad humana, salvo que seamos arrastrados hacia él por la gracia divina.

Isaías escribió que por su conocimiento salvaría el Siervo Justo a muchos. Ah, no dijo que por su ignorancia serían salvados, de manera que aquel conocimiento vino a ser impartido por el Padre. Fueron los escritores bíblicos los que nos contaron de ese conocimiento, pero a pesar de la propuesta general que hace la Escritura ante los ojos humanos solamente los que el Padre lleva hacia el Hijo se pueden considerar enseñados por Dios. Los otros, los que leen en parábolas, los que no comprenden la sencillez del evangelio, pretenden hacer interpretación privada de las Escrituras. Por esa vía construyen un falso Cristo, un falso dios, un falso evangelio, para que los falsos maestros y falsos pastores pastoreen sus almas hasta su destino final: la muerte eterna.

La Biblia insiste cada vez más en que el llamamiento santo que nos hace Dios no es de acuerdo a nuestras obras, sino más bien es de acuerdo al propósito de su gracia que nos ha sido dada en Cristo Jesús desde antes de los tiempos. Esa es la única vía para que la muerte no surta efecto en nosotros, sino que sea sorbida en victoria, por la locura de una predicación que nos trae vida y luz a través del evangelio (2 Timoteo 1:9-10).

Si es el conocimiento que el Padre nos da acerca del Hijo lo que nos hace salvos, hay un no conocimiento (una ignorancia suprema) que conduce a la perdición eterna. Así lo describe el profeta: no tienen conocimiento los que hacen del madero una imagen, y ruegan a un dios que no puede salvar (Isaías 45:20). Ese dios no puede oír las oraciones o plegarias, no puede dar respuesta alguna a las necesidades planteadas, no puede ayudar en los problemas que los idólatras poseen. La falta de conocimiento hace debilitar al pueblo y lo hace perecer en la ignorancia. Es también un círculo cerrado que no se rompe por voluntad humana, pero Dios que es rico en misericordia dice de inmediato: Publicad, y haced llegar, y entren todos en consulta: ¿quién hizo oír esto desde el principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino yo Jehová? Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador: ningún otro fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra: porque yo soy Dios, y no hay más (Isaías 45:21-22).

Cristo es Dios junto con el Padre y el Espíritu, no hay otro a su lado. No hay más Salvador que Jesucristo, el cual vino a buscar lo que se había perdido, a redimir pecadores y no gente sana. Dios es un Dios justo que justifica al que cree en el Hijo (Romanos 3:25), el cual expió todos los pecados de su pueblo que representó en la cruz. En muchas ocasiones el evangelio parece estar escondido, pero lo está entre los que se pierden, ya que el dios de este mundo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo. Sin embargo, en otras ocasiones, Dios ordena que la luz resplandezca de las tinieblas y alumbre nuestros corazones, para darnos el brillo del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:3-6).

Es decir, sí hay un conocimiento que debemos tener acerca del Hijo, el mismo conocimiento que el Padre imparte a sus alumnos. Es la doctrina enseñada por Cristo Jesús, la cual nos ha llegado por sus apóstoles, por los escritores de la Biblia, la que nos habla de su persona y de su obra perfecta. Una vez que la persona tiene el conocimiento de Dios implantado en su corazón no podrá irse más tras el extraño (Juan 10:1-5) sino que seguirá por siempre al buen pastor. La seguridad que el buen pastor nos ha dado en cuanto a no seguir al falso maestro, nos impide por igual el profesar un falso evangelio. El Padre enseña, el Espíritu hace nacer de nuevo y el Hijo nos da la vida eterna. Si no fuésemos enseñados por Dios, seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:12
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