Mi?rcoles, 09 de enero de 2019

Se ha escrito que la humanidad se beneficia sobremanera por causa del trabajo redentor de Jesucristo. Cada favor que el incrédulo recibe en esta vida se debe a lo que fluye bajo la cruz de Jesucristo, lo cual ha sido denominado como gracia común o gracia genérica. Esa creencia se ha repetido incesantemente en las llamadas iglesias cristianas, pero no por su repetición se hace una verdad. Más bien bastaría con mirar de cerca a algunos de los réprobos señalados en las Escrituras para verificar que tal gracia nunca ha existido. Pensemos por un momento en Judas Iscariote, un hombre cercano al Redentor, un aprendiz de las enseñanzas del Maestro. El mismo tuvo dones especiales cuando fue enviado con los 70 a sanar y echar demonios fuera, pero su nombre no estuvo jamás escrito en el libro de la vida del Cordero, inmolado desde la fundación del mundo.

El lector podrá preguntarse de qué le sirvió al Iscariote servir junto a los demás discípulos de Jesús. Podrá indagar igualmente si la gracia salvífica (única gracia que deriva de la cruz) lo tocó en alguna oportunidad. Es claro que Judas fue llamado el hijo de perdición, de quien además se dijo que mejor le hubiera sido no haber nacido. Pero eso lo dijo Jesucristo no solamente de Judas, también lo refirió a todos aquellos que ganan el mundo pero pierden su alma. De nada les aprovecha tal ganancia cuando la gracia de Dios no toca al hombre en su profundidad. Pero tampoco lo toca en la superficie, ya que Dios está airado todos los días contra el impío y ha odiado eternamente a todos los Esaú del mundo. Entonces, ¿por qué hablar de gracia genérica?

Resulta indudable que tal proposición es otra de las tantas herejías que provienen de las hijas de la Gran Ramera, de la Babilonia universal, la cuna de las religiones adversas a Dios. Para el Dios de la Biblia solo hay gracia o desgracia, pero no hay ni desgracia genérica ni gracia genérica, de tal forma que su amor eterno prolonga su misericordia en todos los que Él ha escogido para tal fin. Los demás, los réprobos en cuanto a fe, han sido destinados para que tropiecen en la roca que es Cristo. Así le aconteció a Judas Iscariote, de manera que su vida terminó en el suicidio como un epílogo de lo que le sucedería a su alma: la muerte eterna.

Hay una gran confusión en los que no quieren mirar de cerca las Escrituras. En ellas leemos que Dios provee su sol para justos e injustos, asimismo lo con la lluvia y se infiere que con el aire, con la vida de cada ser viviente. La providencia de Dios la hace Él de acuerdo a sus planes eternos, pero no debemos confundir providencia con gracia. Dios proveyó que Judas Iscariote estuviese sano para la época en que Jesús estuvo en la tierra, le proveyó entendimiento y lenguaje para que pudiera entender las palabras de Jesús. Dios impidió que muriera antes de tiempo, que se ahogara en el mar en forma inoportuna, que se volviera demente y no supiera lo que hacía. Dios proveyó cada circunstancia para que el hijo de perdición cumpliera su rol escrito y el Hijo de Dios pudiera ser traicionado y entregado por treinta piezas de plata, tal como lo profetizaron las Escrituras. Pero esa provisión divina sobre la vida de Judas Iscariote no podrá jamás llamarse gracia común, simplemente su providencia se hizo para la desgracia del traidor.

Lo mismo podrá decirse de Jezabel, la reina malvada esposa del rey Acab. El hecho de que llegara a ser una mujer de poder político y económico no puede señalarse como gracia genérica. ¿Habremos de decir que los Césares romanos también tuvieron gracia genérica por el hecho de ser gobernantes con poderes especiales? Todos ellos murieron en su idolatría, todos ellos murieron sin Cristo. Entonces, ¿cuál gracia genérica? Podríamos hablar un rato de Caín, de quien la Biblia asegura que era del maligno. El hecho de que Dios le haya colocado una marca para que no lo matasen no implica que le mostrara su misericordia. Eso es simple providencia divina. Aún el hombre de pecado del que hablan las Escrituras deberá manifestarse con gran poder y persuasión, pero los herejes de la gracia genérica hablarán también que eso es gracia de Dios. En ninguna manera, y justo es decir que han estado equivocados los que supusieron y dijeron que cuando Jesús le lavaba los pies a Judas (poco antes de ser entregado) le estaba dando la oportunidad de arrepentirse. ¿Puede alguien imaginarse que Jesucristo, siendo Dios y sabiendo todas las cosas por cuanto todo lo hubo predestinado junto con el Padre, deseaba que Judas se arrepintiera? Si eso hubiese acontecido y deseado la Escritura no se hubiera cumplido. Bien, pues tal proposición la hizo Calvino en sus comentarios de la Biblia. Al parecer la gente se vuelve más piadosa que Dios, lo cual no es más que arrogancia y suspicacia para declarar a Dios injusto. Sí, porque injusto hubiese sido para ellos que Dios no le hubiese dado la oportunidad a Judas de arrepentirse de hacer semejante maldad, o que Esaú no hubiese tenido la manera de hacer algo contrario a lo que Dios había decidido de él.

El resentimiento por la supuesta injusticia de Dios los lleva a decir disparates teológicos, como que Cristo murió por todos, sin excepción (gracia genérica) pero que murió eficazmente solo por los elegidos. De esa manera ellos suponen que concilian distintos grupos con pensamiento diverso. Lo que hacen en realidad es negar las Escrituras y torcerlas para su propia perdición. Porque no hay ninguna excepción, la teología de las obras niega la gracia y la de la gracia soberana niega las obras. O se vive en la teología de Abel o se muere en la teología de Caín. ¿Cómo puede valorarse que el favor de Dios fluye hacia el réprobo en cuanto a fe a partir de la expiación de Jesucristo? Tal pensamiento lo que hace es viciar el propósito del trabajo de Jesucristo en la cruz, como si él hubiese venido a la tierra para hacer favores en virtud de la excelencia de su trabajo. Todo lo contrario, en la economía de Dios no hay desperdicio alguno, hay un equilibrio absoluto. Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21), por lo cual no rogó por el mundo (Juan 17:9). Ese Jesús enseñó que nadie podría ir a él a no ser que el Padre lo llevare, pero agregó que los enviados de Dios no serán echador afuera. Es decir, si el trabajo en la cruz fue consumado, ya no se le puede añadir nada más.

Aquellas personas que el Señor dejó por fuera de su oración intercesora la noche previa a su muerte en la cruz no tienen en ninguna manera el beneficio de su gracia. No hay dos tipos de gracia en las Escrituras, una más poderosa que la otra, una presta a salvar y otra inútil que no redime. Decir eso es afirmar una herejía, sin que importe el tamaño de la fama teológica de los que tal exabrupto afirman. La Biblia en ninguna de sus páginas sugiere una gracia común, mucho menos una gracia preventiva que precede a la gracia salvífica. Eso es un invento de la Contrarreforma Protestante, una creación de Luis de Molina (el Jesuita), una reafirmación de los que administraron la teología herética dentro del protestantismo. No en vano algunos han sugerido que la Reforma no fue otra cosa que Catolicismo Reformado. El mandato del Señor no fue dedicado a revestir a la Gran Ramera, ni a maquillarla para embellecerla, sino que fue a huir de las bancas de Babilonia, a alejarse de la compañía de los hermanos que viven en las Sinagogas de Satanás. Ellos son hermanos entre sí, pero nosotros no debemos decirles ni bienvenidos. Todo aquel que no traiga la doctrina de Cristo y que no viva en ella no tiene ni al Padre ni al Hijo. Por lo tanto, tampoco tendrá al Espíritu de Dios que es dado como garantía o arras de la salvación final.

¿Qué gracia preventiva o común tuvo Abraham para el momento en que fue llamado por Dios? ¿No venía de una religión politeísta? Así cada uno de los creyentes han sido llamados de las tinieblas a la luz, no se dice que estaban con luz a medias, sino que siendo muertos en delitos y pecados fuimos llamados a la vida. Lázaro no estaba medio muerto o medio vivo, no estaba muy enfermo, simplemente había muerto. Ese es el modelo de resurrección que por analogía se ha de emplear para los que Dios llama en forma irresistible. No hubo ningún proceso lento en la resurrección de Lázaro, no fue resucita por un breve tiempo para preguntarle si quería volver a la vida. Bien, eso es lo que sugieren los herejes de la gracia común, ya que suponen que Dios despierta al pecador con la gracia genérica derivada de la expiación de Jesucristo para que ellos decidan por su cuenta si siguen al Señor o si lo rechazan.

Lo que la Escritura dice es algo muy opuesto a esa herejía. La Biblia señala que es Dios quien tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero que endurece a quien quiere endurecer. Y esto lo dice justamente como explicación del texto enunciado acerca del amor eterno por Jacob y del odio eterno por Esaú. Los que protestan ante esta actitud soberana del Creador ya han tenido su respuesta en el capítulo nueve de Romanos. Allí se lee que el hombre no es más que barro en manos del alfarero, que no tiene potestad alguna para reclamar la razón de hacer un vaso para honra y otro para deshonra. Es Dios quien predestina todo cuanto acontece y es Él el autor de la salvación. El hombre es simplemente un sujeto pasivo que debe dar gracias por el don que resulta imposible para cualquier ser humano, pero que solo es posible para el Todopoderoso. Lo que Él haya hecho con los réprobos en cuanto a fe es de su más absoluta incumbencia, pero no podemos decirla qué haces, o ¿por qué, pues, inculpa?

La soberanía de Dios hace que el hombre sea responsable en el sentido en que tiene que dar cuentas ante el Creador. En Él vivimos, nos movemos y somos, no tenemos escapatoria. Con semejante Dios nos conviene estar en paz para que nos venga bien. El que oye su voz que no endurezca su corazón, sino que esté presto para oír lo que Dios haya querido indicarle. La gracia divina o es gracia o no lo es, lo genérico, lo común, es un engaño de los herejes de la religión.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:34
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