Mi?rcoles, 09 de enero de 2019

Desde que Aristóteles expuso el argumento falaz como un razonamiento no verdadero, la mente racional que recibe la influencia de sus enseñanzas debería asumir que la mentira es complicada. Sí, más complicada que la verdad, la mentira busca caminos largos para poder persuadir la mente que intenta atrapar. Pero lo que el filósofo griego hizo no fue otra cosa que aplicar el sentido común en el razonamiento. En la teología bíblica sucede algo parecido, la mentira argumentativa es un espejismo que ilusiona, aunque cueste más trabajo comprenderla que la verdad dicha en forma plana.

Jesús oró en Getsemaní poco antes de ser hecho prisionero para ir a la crucifixión. Sus palabras fueron recogidas para nuestro solaz y como énfasis de lo que vino a enseñar. Juan nos cuenta que el Señor agradeció al Padre por los que le había dado, y por los que creerían por la palabra de ellos. Es decir, aquellas personas que él había formado con la doctrina de su Padre tenían la capacidad de transmitir esas enseñanzas. El fruto de su trabajo se vería con creces, ya que muchos llegarían a creer por sus palabras. De los que el Padre le dio ninguno se perdió, excepto el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese respecto a lo profetizado del traidor (Judas Iscariote).

El Señor no perdería a nadie, ya que siendo Dios no le sería posible. Pero el Padre como Todopoderoso también preserva a sus elegidos, de manera que nadie podrá separar de su amor a esas ovejas por las cuales Cristo puso su vida. Jesús afirmó que había recibido potestad sobre toda carne pero que aquel poder se ejercería para darle vida a todos los que el Padre le había dado (Juan 17:2). Esa expresión poder sobre toda carne ha de entenderse protestad sobre todo ser humano. Si Jesús tuvo tal poder en sus manos, ¿por qué no salvó a cada uno de ellos? El solamente les dio vida a los que le fueron dados por el Padre.

La verdad enseñada por Jesús es muy simple. El Maestro fue muy categórico y enfático, él añadió a lo dicho que no rogaba por el mundo (Juan 17:9) -pese a tener potestad sobre toda carne. Desde la eternidad el propósito del Creador fue separar a dos grupos de personas hechas de la misma masa. A unos llamó ovejas y a otros llamó cabritos. A unos los amó de tal manera que les envió a su Hijo para que creyeran en él, mientras a otros los reservó como objeto de su ira y justicia para el día de la manifestación de su poder sobre los réprobos en cuanto a fe.

Ciertamente, la fe no pertenece a todos y ella es un regalo de Dios. Los contextos de la Escritura nos enseñan que cuando el escritor bíblico se pronuncia los términos que usa deben ser entendidos en función de la no contradicción. La verdad no puede contradecirse a sí misma, pero los falsos maestros (los que enseñan falacias por verdad) se esmeran en retorcer el texto con su contexto. Ellos usan el pretexto del ajuste de su doctrina personal para forzar al lector a leer lo que no es sencillo de entender. El apóstol Juan es el autor del evangelio que lleva su nombre, como lo es de las cartas que se conocen como suyas. El fue un testigo ejemplar de lo que vio y oyó del Señor, de lo que palparon sus manos tocante al verbo de vida. Esa cualidad de testigo meritorio no pudo llevarlo a la autocontradicción. Pero los abogados del mal se ufanan en contradecir sus palabras, de manera que cuando el apóstol que relató todo lo concerniente a la elección y predestinación enseñados por Jesús, a lo largo de su ministerio en esta tierra, o lo que significó la muerte del Hijo de Dios junto con la oración hecha en el Getsemaní, no pudo nunca llegar a decir que Jesús murió por todo el mundo, sin excepción.

Sus palabras son tomadas fuera de contexto cuando se lee una de sus cartas. Aquellas personas que así actúan desconocen voluntariamente lo que el apóstol refirió con creces en su evangelio y aún en el contexto de sus epístolas. Juan era pastor de una iglesia compuesta fundamentalmente por judíos conversos al cristianismo, así como Pablo fue llamado apóstol para los gentiles (el conglomerado de fieles fundamentalmente no judíos). Era un mismo ministerio el de estos dos apóstoles pero con grupos muy diversos. Por esa razón Juan escribió en una de sus cartas que Jesucristo era la propiciación por los pecados de ellos (los de su iglesia fundamentalmente judía) y por los de todo el mundo (el resto de los hermanos gentiles y judíos de otras congregaciones). No quiso el apóstol contradecir la doctrina de Cristo ni la suya propia, por lo que si hubiese querido decir que Jesús murió por todo el mundo, sin excepción, habría desmentido las palabras de su Maestro.

Fue Jesús quien lo dijo, que no rogaba por el mundo porque al día siguiente él sería la propiciación por su pueblo (de todo su pueblo gentil y judío). Jamás pudo el Señor morir por todo el mundo, sin excepción, ya que no rogó por ese mundo por el cual no murió. Por eso decimos que la mentira es complicada mientras la verdad es mucho más simple. La mentira implica un mayor esfuerzo intelectual para digerirla, para convencer a otros con el argumento falaz, supone un desgaste intelectual que la verdad no exige. Por esa razón hay muchas personas que pregonan teologías complicadas, como que Cristo murió universalmente por toda la humanidad, incluyendo a cada miembro de la raza humana, pero no saben qué hacer con los que se pierden. Ellos argumentan otro error para tapar el primer error, por lo que dicen que cada quien decide si acepta o no esa salvación en potencia.

Además, muchos de los universalistas de la expiación aseguran que Jesús murió por todos en algún sentido general, pero que su muerte fue eficaz solamente en los elegidos. Esto no es más que un hablar por hablar, un sinsentido que raya en lo falaz. La expiación implica la reconciliación con Dios, el apaciguamiento de su ira por el pecado, la compra de las almas por el precio de la sangre de Cristo. Y si Jesucristo hizo tal expiación por toda la raza humana ninguno de sus miembros debería perderse jamás. Por otro lado, si tal cosa hizo el Hijo de Dios, debió haber rogado por el mundo la noche antes de su expiación. De igual forma Pablo no debió haber escrito el capítulo 9 de Romanos, donde habla de Jacob y Esaú, de la separación de amor y odio que el Creador hizo, del endurecimiento que Él hace de las personas que quiere endurecer. A fin de cuentas, ¿para qué endurecer a alguien si ya el Redentor de la humanidad expió sus pecados en la cruz?

El evangelio no es una oferta de salvación para quien quiera recibirla sino que es la promesa de redención para el pueblo de Dios. Jesús vendría a este mundo a poner su vida en rescate por muchos, no por todos; vendría a salvar a su pueblo de sus pecados. El vino a las ovejas perdidas, no a las cabras monteses. Los que no pueden creer porque no reciben la verdad con amor quedan expuestos a la mentira como pasión. Ellos amarán la falacia como argumento destructor, seguirán al espíritu de estupor enviado por Dios mismo para llegar finalmente a la destrucción eterna. La sencillez de las palabras de Cristo no agrada a la masa que ha sido dispuesta para que se pierda, ya que ella prefiere el argumento complicado, el que le hace divagar por los senderos distantes a la razón.

Hay una ilógica que se instaura en la mente del hombre natural haciéndolo inútil para comprender la sencillez de las palabras de Jesús. En realidad ellos se disgustan con su contenido y por eso exclaman que esas palabras son duras de oír. La murmuración es el hilo conductor de sus vidas, se distancian de las enseñanzas completas de la Escritura e hilvanan una teología destructora. El hombre natural apuesta por una doctrina comunitaria, democrática, amplia, por una expiación universal que deje en manos del hombre la decisión final. A fin de cuentas ha vivido por siglos en la falacia del libre albedrío, una enseñanza nacida en el pozo del abismo.

La mentira sigue siendo más complicada que la verdad. Jesucristo dijo que él era la Verdad, de manera que él sigue siendo sencillo y plano, con unas palabras ciertas. Todo cuanto habló es verdadero y su conocimiento es el que salva, pero el padre de la mentira ama las falacias como argumento. Ese padre mentiroso, maestro de los falsos enseñantes, de los que tuercen la Escritura, es un asesino de almas desde el principio. Cuando habla mentira de suyo habla, y sus discípulos lo imitan y se ufanan de repetir la doctrina de demonios que han aprendido. Jesucristo murió por su pueblo al que vino a salvar, y ninguno de ellos se perderá porque son guardados en las manos del Padre y en las suyas propias. Los demás, los que integran el mundo por el cual no rogó, son los que Dios preparó como vasos de ira para el día de la ira. Ellos tropiezan en la roca que es Cristo, para lo cual fueron también destinados, como afirmara Pedro el apóstol. Ellos no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

Si alguno oye su voz, no endurezca su corazón. El que tiene oídos para oír que oiga.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:42
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