Martes, 08 de enero de 2019

Muchas personas se inquietan acerca de su salvación, pensando que tal vez la pierdan o que por causa de su poca fe terminen en apostasía. Bien, la pregunta que surge de inmediato es si es lícito para el creyente tener tales cavilaciones. Primero que nada hemos de comprender que la salvación no se gana, por lo tanto tampoco se pierde. La redención total que de sus elegidos hizo Cristo es garantía única para la tranquilidad del alma. En segundo lugar tenemos que recordar que Jesucristo afirmó que estamos escondidos en sus manos y en las manos de su Padre, el cual es mayor que todos.

Si eso no fuera suficiente todavía quedan muchos textos por meditar. Por ejemplo, sabemos que nadie puede ir al Hijo si el Padre no lo envía, y que la promesa de Jesús fue que ninguno de los enviados por el Padre sería echado fuera. El Espíritu inspiró a Pablo a escribir que nadie podrá acusar y condenar a los escogidos de Dios, ya que Dios mismo es el que justifica. Jeremías subraya el hecho de que hemos sido amados con amor eterno, mientras Ezequiel aseguraba que se nos ha dado un corazón de carne para andar en los estatutos de Dios.

Jesús dijo que él vino a poner su vida por las ovejas, dando a entender que los cabritos no tienen parte con él. Asimismo afirmó que no se puede ir a él si no se tiene la cualidad de oveja, asunto que no nos compete en cuanto a voluntad humana se refiere sino que está vinculado con lo que el Padre ha creado. Fue Él quien hizo los vasos de honra y de deshonra, unos para ser objeto de su misericordia y otros para ser objeto de su ira. Fue el Padre quien amó a Jacob y odió a Esaú aún antes de ser formados, de ser concebidos, de que hicieran obra alguna.

Desde el inicio de la humanidad uno puede corroborar que hay dos grupos que la dividen. Está el grupo de Caín, el cual era del maligno, cuya ofrenda al Creador fue hecha con sumo esfuerzo. Eran sus obras las que presentaba Caín, pero no agradó a Jehová. Está también el grupo de Abel, el cual ofrendó de las primicias de sus ovejas, asunto que agradó a Jehová. No que Caín haya ofrendado a otro Dios, sino que el Dios de la Biblia no se agradó de él porque, como dice la Escritura, Caín era del maligno. Cualquiera pudiera objetar que Caín no sabía que su ofrenda no iba a ser grata, que era lógico que ofreciera el fruto de su labranza, pero lo cierto es que ante Dios tal objeción es inútil.

Algo parecido aconteció cuando apareció el objetor en Romanos 9, ya que decía que era una injusticia de Dios el condenar a Esaú. El pobre de Esaú no podía hacer nada más que seguir el guión que estaba escrito de él, no podía nunca luchar o batallar contra la voluntad de Dios. La resistencia a la voluntad de Dios es algo inútil, inservible, por lo cual la objeción fue respondida de la única forma en que el Espíritu pudo hacerla. Una pregunta surgió de inmediato: ¿Quién eres tú para que alterques con Dios? Lo que sigue es una declaración de la esencia humana, barro en manos del alfarero. La potestad de Dios no se discute, es absoluta como su soberanía dura por siempre.

Importante es entender que lo que la Biblia nos intenta decir es que somos criaturas ínfimas sin justicia alguna. No somos nada, somos menos que nada, como para que el Altísimo se siente a debatir con nosotros. Dios quiso hacer el mundo de la manera como lo vemos, y la Biblia afirma que todo lo que quiso Dios hacer eso ha hecho. Es más, el Señor declara que él hizo al malo para el día malo, que aún lo malo que acontece en la ciudad el Señor es quien lo hace. Por otra parte, otro de sus profetas se pregunta ¿quién es aquel que dice que sucedió algo que Jehová no mandó? De la boca de Jehová sale lo bueno y lo malo.

Bien, con eso en mente, la criatura no tiene otra salida sino callar y humillarse ante la presencia del Todopoderoso. Estamos seguros de que uno anuncia el evangelio y otro lo oye, pero es Jehová quien decide abrir el corazón de sus elegidos para que comprendan el mensaje de salvación. Los demás escucharán las Escrituras como una gran parábola, como una cantidad de argumentos que aparentan estar en contradicción, como si la Biblia fuese un cúmulo de paradojas. Es por esa razón que surge la interpretación privada, la herejía (opinión propia) para dar satisfacción a las elucubraciones de la teología del engaño.

Nada más plano que las palabras de Jesús recogidas en los evangelios, nada más sencillo que comprender lo que se lee en forma clara en las Escrituras. Pero para un gran número de personas esto no es más que una parábola incomprensible, algo que puede objetarse porque no pueden concebir a un Dios como el que es revelado en las páginas de la Biblia. Ellos prefieren al otro dios, el que es más democrático, el que respeta a las personas y que también cree en el libre albedrío humano. En realidad ellos prefieren al dios que no puede salvar, al Cristo que murió por todos en la cruz pero por nadie en particular. Ellos asumen como cierto el que Jesús hizo su parte en el madero pero que a cada quien le toca hacer la suya. Es decir, ellos siguen la teología de Caín.

Es más fácil escuchar paz, paz, cuando no la hay (Jeremías 6:13-15; Ezequiel 13:9-16). Claro está, dentro de la teología de Caín se vale hasta la duda, ya que la redención depende en última instancia de las obras de los humanos y cuando de obras se trata siempre hay algo más que se puede hacer. Pero es natural que exista la duda en ese camino de Caín, ya que están sirviendo a un dios que no puede salvar. Isaías los denuncia como personas que no tienen conocimiento (por lo cual el conocimiento de la doctrina de Cristo es de suma importancia). Fue Jehová quien también declaró que mucho pueblo se debilitaba por falta de conocimiento. Las personas que llevan su ídolo, sea de madera o de yeso, de metal o de cualquier material, ya sea concreto o abstracto, en su cuerpo o en su imaginación, desconocen al Dios de las Escrituras.

La gente puede saber mucha Biblia, puede conocer y repetir sus textos, pero si han imaginado a un dios diferente al Dios que ella declara está sirviendo al dios que no puede salvar (Isaías 45:20-21). Así son todos los que buscan salvación por sus propios méritos, o añadiendo algo de su trabajo. Estos suponen que si Jesús hizo posible la salvación para toda criatura humana es un Dios más justo que si hubiese salvado solamente a sus elegidos. Por esa razón se adhieren a ese Jesús que imaginan en sus corazones, porque lo creen más justo que el que declara la Biblia. De igual forma sostienen que son ellos los que en definitiva deciden si se salvan o se pierden, anulando lo que fue dicho de Jacob y Esaú, en tanto prototipos de la raza humana elegida para salvación y perdición eterna.

Ahora bien, si en realidad esta gente sostiene que ellos colaboran con Dios en su salvación, la redención no sería ya de gracia sino por obras. Es decir, habría una sinergia entre Dios y el hombre, un trabajo conjunto que anularía el trabajo único y consumado del Señor en la cruz. Por otra parte la oración hecha por Jesús en Getsemaní no tendría sentido, ya que al no rogar por el mundo el Señor sale al día siguiente a morir por el mundo por el cual no rogó. Y tampoco tendría sentido la doctrina de Cristo, cuando se afirma por la Escritura que nadie puede venir al Hijo si el Padre no lo trae, y el que a él viene (por esa vía) no lo echa fuera. Entonces, preguntamos: ¿Por qué tanta gente en el infierno si en realidad Cristo murió por todos? Si Jesucristo murió por cada ser humano del planeta fue porque el Padre envió hacia él a todo el mundo, sin excepción. Y si Jesús afirmó que no los echaría fuera, ¿qué hace tanta gente -enviada supuestamente por el Padre hacia el Hijo- en el infierno de fuego?

De allí que haga falta el arrepentimiento, el cambio de mentalidad respecto a quien es Dios y quien es el hombre. Dios es soberano absoluto, hace como quiere y tiene misericordia de quien quiere pero endurece al que quiere endurecer. El hombre es una criatura sin justicia alguna, sin el deseo de buscar al verdadero Dios, de manera que jamás podrá por cuenta propia descubrir el camino de la salvación. Todo cuanto desea es aportar su grano de arena a la obra de Cristo, cosa que equivale a la ofrenda de Caín. Estamos seguros de que cuando Dios enseña a alguno en relación a quién es el Hijo lo envía para que tenga vida eterna. Jamás será rechazado por Jesucristo y nunca se irá tras la doctrina de los extraños (Juan 10:1-5).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 15:05
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