Lunes, 07 de enero de 2019

Más allá de que exista la predestinación de las almas, la Biblia es enfática en cuanto a que los creyentes deben mirar por donde caminan. Hay dos caminos, uno ancho que lleva a la perdición eterna y otro angosto que conduce a la vida eterna. Ningún creyente podrá afirmar con la Biblia en la mano que poco importa cómo anda en esta vida si ya todo ha sido predestinado. Asimismo, nadie podrá afirmar tampoco, como si fuese inspirado por la Escritura, que caminar rectamente lo conducirá al cielo.  Ciertamente Dios predestinó las almas desde antes de la fundación del mundo, razón por la cual se le objeta su justicia. Así piensan los objetores de la soberanía absoluta de Dios, que el pobre de Esaú no tuvo ninguna oportunidad de elegir el camino hacia la vida eterna. Esaú fue odiado por Dios aún antes de ser concebido, antes de que hiciese bien o mal, por lo cual se objeta la justicia del Todopoderoso, mientras la criatura alza sus manos en contra de su Hacedor.

Jacob fue amado con amor eterno para que anduviera de acuerdo a la justicia de Dios. Una vez convertido -cuando se enfrentó a Dios y luchó con Él- de acuerdo al relato bíblico, quedó preparado para caminar la vida de justicia que el Creador demanda. Hay un cambio de corazón, el de piedra es mudado por el de carne, para poder desear andar en los estatutos del Señor. Todo otro esfuerzo se hace inútil, ya que el que intenta en su carne caminar de acuerdo a la ley divina tropieza y se hace responsable de la violación de toda la ley. Asimismo, todos los que hemos sido predestinados como Jacob lo hemos sido para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. No se dice en la Escritura que fuimos ordenados para vivir una vida reprochable sino para andar en las buenas obras preparadas para nosotros. Sin embargo, tampoco se sugiere bajo ningún respecto que nuestra conducta nos hace aptos para el reino de los cielos.

Hay un equilibrio en nuestro andar, hay una tensión importante entre la conducta del creyente y la atracción del mundo. En el mundo tendremos aflicción, precisamente por lo atractivo que se hace para nuestra naturaleza pecaminosa lo que contemplan nuestros ojos. Día a día somos sometidos al discurso del mundo, a su feria continua de valores que se nos predica por los diversos medios destinados para la realización de esa comunicación. Pero el Espíritu que mora en nosotros nos anhela celosamente, de tal forma que se contrista en nosotros cuando hacemos lo que no debemos. La vida de pecado se convierte en un fardo que molesta en el diario caminar del creyente. Por esa razón Pablo se pregunta: ¿cómo viviremos aún en el pecado? (Romanos 6: 1-2).

Aunque hayamos sido predestinados para vida eterna siempre tenemos la admonición de la Escritura para andar conforme Jesucristo anduvo. Él es el modelo de nuestra vida, el ejemplo a imitar para caminar rectamente. Pero no se trata solamente de mostrar una conducta proba, de acuerdo a la dignidad enseñada en la Escritura, sino de creer la doctrina que Jesucristo enseñó. Los fariseos se comportaban bajo los preceptos morales de su tiempo, mostrando una conducta inspirada en los libros de la ley de Moisés. Tenían un gran celo por Dios pero no creían la doctrina del Señor. Es por esa razón que Pablo habla mal no solamente de ellos sino también de los judíos que seguían sus enseñanzas (Romanos 10:1-4). El apóstol para los gentiles los consideraba perdidos, si bien oraba para que creyesen y fuesen salvados de su vana manera de vivir y creer.

Pablo llegó a decir que si un ángel del cielo viniese a la tierra a enseñar otro evangelio -como si lo hubiera- el mismo ángel debería ser tenido por maldito al igual que su evangelio extraño. Agregó que cualquiera que acepte el evangelio extraño o lo proclame está bajo la misma maldición. El apóstol era celoso de la doctrina de Cristo y de la doctrina apostólica, que era la misma que el Padre había mostrado a través de los profetas y de su Hijo el Cristo. Una doctrina es un cuerpo de enseñanzas, de manera que no hacen bien quienes se quedan con la parte moral de las enseñanzas de Jesús pero abandonan su criterio teológico. Ninguno en el Nuevo Testamento habló tanto del infierno como Jesús, de manera que hacen mal los que niegan la doctrina de la condenación eterna. Pero Jesús habló y repitió la enseñanza de la predestinación hecha por el Padre, de su muerte en la cruz solamente en favor de su pueblo, de acuerdo a lo que enseñan las Escrituras. El dijo que nadie podía venir a él a no ser que el Padre lo traiga, de manera que los que no vienen a él es porque el Padre no los envía.

En una oportunidad los discípulos le preguntaron a él por la razón de hablar en parábolas.  El Señor les respondió que así habría de ser para que no entendieran sus palabras y no se arrepintieran y él tuviera que salvarlos. Toda la Escritura parece una gran parábola para muchos que la leen, sin siquiera comprender que la soberanía de Dios es el tema central de sus letras. Desde el Génesis mismo se exhibe a un Creador que hizo los cielos y la tierra en forma soberana, sin consultar a nadie, sin mediación de la voluntad del hombre. Y a lo largo de toda la Biblia se despliega su poder y se refuerza su omnipotencia para la alabanza de su gloria. Incluso se llega a decir que Él hizo al malo para el día malo, que preparó los vasos de ira para mostrar su justicia y poder por los siglos de los siglos. Así castigará el pecado de la humanidad y de los ángeles destinados para tal fin, pero se enfatiza que todo lo que acontece proviene de su voluntad sempiterna. Y de nuevo, esto molesta al hombre natural, a los que se dicen creyentes porque conocen las Escrituras de memoria pero las tuercen para su propia perdición. El hombre natural no acepta con agrado la palabra de la cruz, la palabra de la predestinación, porque él sigue viviendo en la especulación filosófica del libre albedrío. En realidad reclama como verdad la promesa de la serpiente de ser como dios.

El hombre natural piensa que si no hay una buena conducta no hay redención, pero eso lo sostiene por cuanto cree en las obras humanas. No quiere aceptar que la justicia humana es como trapos de mujer menstruosa, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios de las Escrituras). La humanidad se ha fabricado un ídolo que corresponda con la idea de lo que anhela sea el Dios de las Escrituras. De esa forma los seres humanos han universalizado la expiación para mostrar más popularidad entre los habitantes del mundo, para asegurarse a ellos mismos el haber creído. Ellos afirman que hubo un día y una hora en que levantaron la mano, en que decidieron por cuenta propia seguir a Cristo, en que dieron un paso al frente, pero poco les importa cuál Jesús es el que siguen. Hay falsos evangelios -como nos lo dijo Pablo- y hay falsos maestros, mas las falsas doctrinas no han logrado salvar un alma.

Es tan cierto lo que decimos que cuando alguien es llamado de las tinieblas a la luz cuenta por basura su tiempo anterior a esa llamada. No hay salvación progresiva en Dios, no hay lucha entre el Espíritu Santo y la criatura, como si el hombre fuese suficiente para resistir a Dios. Todo lo contrario, aún el objetor levantado en Romanos 9 nos muestra que nadie puede resistir a la voluntad de Dios. Entonces, si eso lo dice el objetor mayor los demás objetores deberían aprender que es vano resistirse a Dios. Cuando Dios llama a alguien para que lo siga lo hace siempre con el verdadero evangelio (Jesús lo dijo en el Getsemaní, que daba gracias por los que habrían de creer por la palabra de los que ya habían creído la verdad). No dijo el Señor que agradecía por los que creerían por la palabra de los falsos apóstoles, de los falsos maestros, de los falsos Cristos. Más bien agradeció al Padre por los que le había dado y le daría, porque todo ese conjunto de personas era del Padre: tuyos eran y me los diste (Juan 17:6).

En resumen, hay dos caminos, uno que lleva a la vida eterna y que es de difícil tránsito porque a su alrededor están los burladores del mundo, los perfeccionistas que nos señalan nuestras faltas, los legalistas que se aferran a las obras. El otro camino es más amplio, es cómodo en todas sus veredas, ya que allí no hay tanta crítica y se hace de acuerdo a la lógica religiosa de los seres humanos. En ese camino amplio caben las obras humanas, el hacer y dejar de hacer, las conductas perfeccionistas que se enrostran frente a la justicia de Dios. En ese camino amplio están los falsos maestros que muestran un Dios más benevolente, más democrático, más participativo con el hombre. Ese Cristo del camino ancho dice haber muerto por todos en general, sin salvar a nadie en particular. Por esa razón en el camino ancho cabe toda la gente que está contenta con haberse anotado ella misma en el libro de la vida.

Jesús recomendó que examináramos las Escrituras porque allí estaba la vida eterna. La vida eterna consiste en conocer a Dios y a Jesucristo el enviado, de manera que si alguno quiere esa vida debería comenzar por aprender la doctrina de Cristo. Esa doctrina abarca la persona del Señor como Cordero para la expiación de los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), pero abarca también el trabajo consumado en la cruz. Todos aquellos que fueron incluidos en la oración intercesora de Jesús la noche antes de su expiación podrán agradecer esa vida eterna preparada por Dios en virtud del trabajo del Señor en la cruz. De hecho Jesús no rogó por el mundo, por lo tanto no pudo morir por ese mundo por el cual no rogó. El oró por los que el Padre le había dado y le daría, los cuales son enseñados por Dios para poder acudir al Hijo. Ese es el Jesús que predicamos y del cual testifican las Escrituras. Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque os digo que muchos tratarán de entrar y no podrán (Lucas 13:24).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:48
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