Lunes, 07 de enero de 2019

Elías era un hombre semejante a nosotros, con pasiones parecidas a las nuestras. Fue un profeta muy particular en el Antiguo Testamento, uno que oraba para que descendiera fuego del cielo y así acontecía sobre los capitanes que inquirían su presencia ante el rey Acab. También desafió a los profetas de Baal, la divinidad pagana que hechizaba a Israel, diciéndoles a ellos que clamaran a gran voz porque tal vez su dios estaba ocupado en cosas muy privadas. El dios no pudo responderles a sus seguidores, como era de esperar de cualquier falsa divinidad, por lo que ese día degolló a muchos de ellos. Elías había orado para que no lloviese en aquella tierra por varios años y la sequía destrozó los campos; volvió a orar por lluvia y ésta se hizo torrencial.

Su vida sigue siendo una historia de emociones para los lectores que buscan encender su fe. El Dios de la creación estaba con el profeta porque éste vivía en la presencia de Jehová. Ese fue su secreto para su cotidianidad. Pero eso no lo hacía invencible ante las calamidades, ya que como cualquiera de nosotros sucumbió ante la amenaza de otro ser humano, en este caso la reina Jezabel, esposa del rey Acab. La amenaza de muerte que ella había proferido contra el profeta bíblico lo sumergió en una profunda depresión, como si hubiese olvidado cuando oraba para que descendiera fuego del cielo y consumiera a los capitanes junto a sus cincuenta que lo buscaban. Así somos los seres humanos, capaces de resistir grandes inclemencias hasta que de repente nos vemos apocados por una amenaza que suponemos es demasiado para nosotros.

Fue entonces cuando Elías deseó morirse y clamó a Jehová para que le quitara la vida. El confesó que no era mejor que sus padres, que lo ideal sería partir de esta tierra porque el batallar contra la maldad y terquedad de un pueblo lo había agotado. Sin embargo, el Dios que todo lo puede no le hizo caso a su petición sino que más bien lo confortó con sueño y comida. Todavía tenía mucho terreno que recorrer y ciertas cosas de importancia por hacer. Este hombre de Dios un día pensó que solamente él había quedado ante Jehová, que el resto del pueblo donde servía había extinguido por completo la fe en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. La respuesta obtenida fue sorprendente: Me he reservado para mí 7.000 hombres que no doblaron su rodilla ante Baal.

Esa fue la cantidad que escuchó y así se escribió en la historia del profeta. Si recordamos el censo de Israel en la época del rey David, el número de personas sin contar mujeres y niños estaba alrededor de los 3 millones. Se supone que en la época de Acab había más gente y si uno saca el porcentaje derivado de la relación entre los siete mil hombres reservados para Jehová y la cantidad de pueblo en Israel sabe que el porcentaje es ínfimo. Si todavía lo compara con el resto de la población del planeta para entonces (algunos expertos han calculado en 50.000.000 de personas) el porcentaje baja considerablemente.

Esa cifra fue suficiente para que el profeta se sintiera acompañado con los seres que no pudo ver. Jehová los había reservado para Él, pero no le dijo al profeta quiénes eran ni dónde estaban en el reino de entonces. Jesucristo dijo algo parecido a sus discípulos cuando los conminó a no temer ya que el Padre les había preparado su reino a ellos. Los llamó manada pequeña, un concepto que se apareja con otros dichos de Jesús: la puerta angosta, el camino estrecho, el esfuerzo para entrar al reino de los cielos, el hecho de que ese reino solamente es arrebatado por los valientes. Asimismo, el Señor habló de los escogidos como unos pocos, no muchos, agregando que lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.

Si para Dios es posible salvar a todos los hombres sabemos que no lo hizo de esa manera. Solamente escogió un pueblo que es numeroso en su sumatoria a través de los tiempos de la historia humana. Pero sigue siendo una manada pequeña en comparación con el mundo por el cual el Señor no rogó (Juan 17:9). Nuestra soledad se ve incrementada cuando vemos que no tenemos eco en aquello que hemos creído y que confesamos, pero nos consuela saber que el profeta Elías también sintió algo parecido y fue sustentado con la revelación de Jehová.

A ese profeta también le tocó vivir en el exilio, en Sarepta, junto a una viuda y a un hijo de ella. Allí fue testigo una vez más del poder del Dios al que servía. La harina no escaseó nunca, ni el aceite, muy a pesar de la sequía en que estaba aquella región. Un milagro providencial para el sustento de aquellas personas, lo que nos recuerda a nosotros la promesa del Señor en cuanto a buscar el reino de Dios y su justicia y tener por añadidas todas las cosas de las que nos haga falta.

Hay un Salmo que habla de algo parecido. Allí leemos que si nos deleitamos en Jehová Él nos concederá las peticiones de nuestro corazón (Salmo 37:4). El Señor conoce nuestros pensamientos y nuestros suspiros no le son ocultos. Lo más íntimo de nuestras almas está al descubierto ante sus ojos, de manera que sabe aún la palabra que no ha sido proferida por nuestros labios.

Ciertamente, el Señor sabe de qué cosas tenemos necesidad aún antes de que le pidamos algo. Pero se agrada en escucharnos, se goza en que acudamos a la cámara secreta -ese sitio sagrado en nuestros espacios que hemos reservado para la comunión íntima. Una vez que nos ha escuchado tendremos una recompensa pública. Eso es una promesa que cualquier creyente que haya orado puede constatar como válida y certera. El Dios de amor que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por su pueblo (todos nosotros), nos dará juntamente con él todas las cosas. Se añade a la promesa otra parecida, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad tenemos aquello que hemos pedido. Nos ha dicho que no nos dará una serpiente, ni una piedra, ni un alacrán cuando nos acerquemos a Él. Ya que Él es bueno nos dará todo lo que necesitemos.

No podemos pedirle el mundo a Cristo puesto que él no rogó por el mundo, pero sí podemos pedirle por el pueblo que vino a salvar. Recordemos que sumados todos sus miembros conforman una gran multitud incontable para nosotros. Esa fue la visión de Juan en su libro El Apocalipsis, como si los 7.000 hombres reservados para Jehová fuesen una multitud junto al profeta de Dios. Pedir por las ovejas siempre será una oración oportuna, ya que en relación a las cabras lo único válido de pedir será la protección de Dios para nuestras vidas. Del mundo no podemos recibir sino odio, el mismo que le tiene al Creador. Jesús fue odiado por ese mundo porque mostró con su vida y palabras que las obras que salían de allí eran malas. El contraste entre la luz y las tinieblas hace que los hombres prefieran permanecer a oscuras, para que no salgan a la evidencia ni su justicia ni su actividad.

Dios ha declarado que la justicia humana es como trapos de mujer menstruosa. Ha dicho igualmente que no hay quien busque a Dios, no hay siquiera quien haga lo bueno, que no hay justo ni aún uno. Es dentro de esta perspectiva que debemos vernos como seres humanos, en una total inhabilidad para agradar a Dios o para serle atractivos. Sin embargo, en su misericordia Dios ha mostrado su gracia para con sus elegidos y en el tiempo oportuno llama a cada uno por su nombre. Claro está, ha diseñado la predicación del evangelio como el mecanismo de su llamada, como el instrumento que usará su Espíritu para cambiar el corazón de piedra por uno de carne. Esa es la razón por la cual seguimos anunciando este evangelio, para que todo aquel que es creyente no se pierda, sino que tenga vida eterna.

La soledad de Elías nos recuerda a nosotros que hay una camino único que transitar. Todos nos sentiremos pocas o muchas veces en soledad. Los caminos angostos no permiten que muchas personas se encuentren en un mismo sitio a la vez, ya que cada creyente ha de atravesarlo con cuidado y sin mirar a los lados o atrás. Pero el camino al reino de los cielos tiene sus remansos, cuando en las congregaciones de los justos la comunión alienta a cada quien a seguir adelante. La vida de Elías nos hace entender su deseo por querer partir (morir) lo cual es muchísimo mejor, como también dijo Pablo en una de sus cartas. Todos los que han experimentado el contraste del mundo con el del reino que vendrá prefieren partir y estar con Cristo.

Pero como Pablo entendió que era mejor aún seguir con los hermanos para ayudarlos en este transitar diario, asimismo Dios le mostró a Elías que su tiempo no había terminado en esta tierra. Es por ello que en lugar de una reprensión por el clamor del profeta lo que recibió fue la consolación y el reposo del Creador. Y en esa soledad que nos acompaña a diario podemos valorar mejor la relación con el Dios de la vida eterna. Es en la soledad cuando no hay ruido colectivo, es dentro de ella cuando escuchamos mejor la voz que nos habla por medio de la palabra escrita o por medio del Espíritu que nos habita.

El Dios de Elías está con nosotros, mostrándonos que hay un sinnúmero de hermanos que existen aunque no los veamos. Este recorrer nuestro por esta vida durará hasta que el último de los consiervos se nos una o se complete. Mientras tanto oremos como el profeta del Antiguo Testamento, que tenía pasiones semejantes a las nuestras, pero oró por sequía y Dios la envió sobre la tierra, y después oró por lluvia y Dios la envió sobre la misma tierra. Dios no es un Dios de contradicciones y no nos pondrá a orar por cosas que no nos habrá de dar. Estemos atentos para no desmayar, para desear su presencia que sería la mayor dádiva que podamos recibir.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com 


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 6:24
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios