S?bado, 05 de enero de 2019

He aquí, él derribará, y no será edificado: Encerrará al hombre, y no habrá quien le abra (Job 12:4). Bastaría esta sola cita en la Escritura para estar ciertos en cuanto al Dios que ella describe, un Ser Supremo Soberano, alguien que hace las cosas y nadie puede deshacerlas. Quizás la forma más contundente de mirar lo que decimos es contemplar la muerte. Con la muerte nadie puede volver a tener esperanza, ya que ella es un absoluto de ausencia de vida. Al menos hablamos de la existencia terrenal y corporal, sin que de momento tratemos el asunto del alma y del espíritu. Pero no es solo con la muerte, una vez que el Señor cierra una puerta nadie podrá moverla, o cuando Él abre un orificio nadie podrá tapiarlo.

La Septuaginta dice algo parecido pero con más fuerza: Si derribare ¿quién edificará? Y si cerrare contra el hombre ¿quién le abrirá? Razón de sobras tuvo el sacerdote Elí, quien le sirvió durante años y pudo conocer al Dios del cielo en gran medida. Al final de sus días cuando le llega el terrible anuncio en contra de sus hijos no se aferró a una discusión inútil con el Altísimo, no se agarró de sus años de trabajo -como si eso fuese una favorable credencial para altercar con el Omnipotente-, simplemente dijo: Jehová es, haga como quiere. La respuesta que Pablo le dirige al objetor de la soberanía de Dios habla del hombre como un vaso de arcilla: ¿Quién eres tú para que alterques con Dios? En otras palabras, el hombre no es más que un vaso de barro en manos del alfarero, un material maleable con el cual trabaja el Creador para hacer copas de honra y copas de deshonra.

No hay más revelación que la Escritura y no hay más interpretación que la derivada del cotejo de sus líneas con ella misma, a través de la guía del Espíritu en el corazón de sus hijos. La lógica de la gramática de la lengua no puede ser distorsionada, como si Dios hablase cosas absurdas y tuviésemos que taparlas. Cuando Él dice que odia es porque Él odia, aunque se haya definido como un Dios de amor. Y cuando Él dice que ama es porque ama con amor eterno, más allá de que sea fuego consumidor y un Dios de justicia que castiga el pecado.

Dios dice que su nombre es Jehová y que fuera de Él no hay ningún otro Dios. Él es el que forma la luz y crea la oscuridad, el que hace la paz y crea el mal (Isaías 45: 5-7). En ese texto hay una referencia a la creación, al día y a la noche, a la luz y a la oscuridad; pero también hay una alusión a la luz moral de los hombres, la cual está dada junto a las tinieblas del corazón humano. Fue Jehová quien también nos dijo que había hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). En medio de la vanidad a la cual la creación fue sometida por Dios mismo le fue dada la esperanza de Cristo, si bien no quiso el Creador que su gracia fuese impartida a cada habitante del planeta. Son muchos los que han muerto sin haber escuchado el evangelio de Cristo y son muchos los que habiéndolo escuchado no lo han entendido. En realidad tal anuncio ha sido como una gran parábola que todavía tratan de desentrañar, dentro del marasmo de la interpretación privada.

El hombre natural no puede discernir las cosas de Dios ya que las tiene como locura. La luz de la gracia del Señor ha de ser discernida espiritualmente, pero en la sabiduría humana estas cosas divinas son ininteligibles, pura fábula, de manera que los hombres las tienen por indignas o por fantasías poco académicas. La humanidad, en general, respeta en mayor medida un mito griego antes que una porción de la Biblia. No obstante, aunque desprecien la Escritura sí aceptan como curioso e importante una ceremonia religiosa que aparente prestigio y que refiera a los misterios antiguos. La mezcla religiosa siempre le será bienvenida al hombre muerto en delitos y pecados, pero la luz del evangelio de Cristo molesta por la exhibición que hace del pecado y de la soberanía de Dios.

La paz que Dios realiza entre Él y el hombre es la que Jesucristo ha procurado como Mediador de su pueblo elegido. Hay una paz espiritual que produce la conciencia visitada por Dios a través de Jesucristo, su justicia que vino a ser nuestra justicia. De otra manera no habría paz alguna, ya que la justicia humana no alcanza para cubrir siquiera una sola de las faltas que hacemos a diario. Es por eso que también se ha escrito que la salvación no es por obras, no vaya a ser que alguien se gloríe, como si pudiera el hombre redimirse a sí mismo. La salvación es de pura gracia divina, sin que medie sinergia alguna, sin que el hombre pueda colaborar en lo más mínimo. O el Espíritu es el que da vida o el hombre seguiría muerto en sus delitos y pecados.

Ya Dios castigó nuestros pecados en la persona de Jesucristo, el cual se ofreció a sí mismo por todos los que conformamos su pueblo. Ese Jesús que fue al madero, la noche previa a su crucifixión, no quiso rogar por el mundo. Él dijo que pedía solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra de aquellos primeros creyentes. Ese conglomerado de personas por el que murió Jesús es el mismo englobado en el mundo amado por Dios, de acuerdo a lo expuesto en Juan 3:16. Pero el conjunto de personas por el cual el Señor no rogó son los que pertenecen al mundo, los que tienen allí su morada, los Esaú que el Padre odió desde la eternidad, los réprobos en cuanto a fe cuya condenación no se tarda. Ellos representan ese mundo al que el Padre le descargará su ira en justicia como castigo por sus maldades. De esa manera vemos dos intenciones claras del Creador: la misericordia sobre un pueblo escogido y la ira de su justicia y poder sobre los que Él apartó para tal fin. Ambos vasos hizo el Señor aún sin mirar en sus obras, aún antes de ser concebidos. Si el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo (aún antes de la caída de Adán), quiere decir que lo que Dios hizo fue hecho sin que mirase en las obras humanas.

El objeto de nuestra predicación es dar cumplimiento a lo exigido en las Escrituras. Que no se podrá invocar a aquel de quien no se ha oído, que hemos de anunciar este evangelio hasta el fin del mundo, para que todo aquel que sea creyente no se pierda sino que tenga vida eterna. Todos aquellos que sean enseñados por Dios irán hacia Jesucristo de buena voluntad en el día del poder de Dios. Ese día es el de la visitación y el del llamamiento eficaz, el día en que la gracia irresistible de Dios llama al pecador-oveja escogido desde antes de la fundación del mundo para ser amado con el amor eterno que lo saca de la ira de Dios. Ese es el día de la prolongación de la misericordia de Jehová, de la alegría en el cielo por el arrepentimiento del pecador.

Si oyes hoy su voz, no resistas en tu corazón; con semejante Dios nos conviene estar en paz y amistad. Es bueno examinar las Escrituras porque en ellas nos parece que está la vida eterna y ellas son las que dan testimonio del Cordero de Dios, preparado desde antes de que el mundo fuese formado pero manifestado en esta tierra desde hace poco más de 2000 años. Un ladrón en la cruz condenado a morir en martirio junto a Jesús le dijo que se acordara de él cuando volviera en su reino. El Señor no sólo se acordará de él en su reino sino que lo llevó ese mismo día al Paraíso. Eso es un acto de misericordia in extremis pero que tuvo su causa en la eternidad, cuando aquel ladrón fue predestinado para alcanzar la gracia del Dios de amor. Con esa historia recogida en la Escritura se siembra la esperanza para los pecadores que andan perdidos y creen que sus pecados son demasiados. Conoce el Señor a los que son suyos y a cada oveja llama por su nombre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 7:49
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