Domingo, 30 de diciembre de 2018

El que se hace deudor de un punto de la ley se hace deudor de toda la ley. Con ese principio básico la ley de Moisés se mostró como una montaña imposible de alcanzar, como si fuese una roca que debiera remontarse cada vez que resbala hasta lo más profundo. Para Dios no hay términos medios, no hay porcentajes en relación a su justicia. Él es perfecto y como tal demanda una justicia perfecta. Por esa razón algunos le preguntaron a Jesucristo si eran pocos los que se salvaban, a lo que respondió el Señor que aquello que era imposible para los hombres era posible para Dios.

Dios es justo pero también es el que imparte justicia. La declaratoria de justicia fue anunciada ante todo el pueblo elegido, ya que habiendo sido justificados para con Dios no tenemos nada que temer, puesto que nadie podrá condenar a los escogidos de Dios. No confundamos la justicia divina que nos declaró justos ante la presencia del Altísimo y la justicia que el Señor aplica a su pueblo que transgrede la norma. El Señor azota y castiga a todo aquel que tiene por hijo, pero ese castigo es correctivo y no pretende consumirnos en la destrucción eterna.

A través de Jesucristo tuvimos remisión de pecados, por lo que cada creyente es justificado de sus transgresiones como no pudo serlo bajo la ley de Moisés. Claro está, bajo esa ley el que transgredía un punto debía responder por toda la ley, por lo cual dijo Pablo que la ley no salvó a nadie sino que fue un Ayo que conducía a Cristo. Como no es cuestión de porcentajes, la justicia de Dios se aplica o no se aplica a los individuos, pero no puede alguien decir que ha sido 99% justificado y que aguarda por cumplir el otro 1% de justificación. Como en la ley de Moisés, o se cumple toda o se transgrede toda, sin términos medios, así también bajo la gracia de Dios o tenemos toda la justificación que Él proporciona o no tenemos ninguna.

¿Qué pasa con aquellos que viven en la mitología de una expiación que es pero que no es? ¿Qué sucede con los que proclaman que Jesucristo expió todos los pecados de toda la humanidad, pero que cada quien es libre para aceptar o rechazar ese perdón? Ellos están colocando porcentajes a la redención del Señor, como si alguien pudiera colocarle porcentajes a la antigua ley de Moisés. Ellos dicen que el Señor hizo su parte (digamos un 99%) pero que a los muertos en delitos y pecados les toca hacer el otro 1%. Con esa decisión tomada se cumple el sinergismo entre Dios y el hombre, la colaboración en la obra divina, la conjunción entre el trabajo inconcluso del Hijo y el trabajo complementario de los seres humanos.

Hacer de la expiación un asunto de porcentajes implica negar la remisión de los pecados a través de la persona y el trabajo de Jesucristo. Vacíos sois de Cristo los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído (Gálatas 5:4). La ley era el conjunto de normas de hacer y de no hacer para cumplir con lo exigido por Jehová en materia de justificación. La circuncisión era la señal del pacto que Dios le dio a Abraham, pero no era el pacto mismo. Los judíos habían hecho del signo y del símbolo la cosa misma que representaba, por lo cual andaban divagando en sus mentes, perdidos en sus elucubraciones y caídos de la gracia. No habían logrado entender que el pacto de Dios se refería a Jesucristo, si bien Abraham sí que le había creído a Dios su promesa de la Simiente y por esa razón le fue contado por justicia. Abraham no basó su seguridad en base a la circuncisión de la carne.

Hoy día son por miles los que se cuentan entre las filas de un evangelio anatema, confuso, mentiroso, que predica acerca de un Jesús que pretendió salvar a toda la raza humana pero que en definitiva no salvó a nadie en particular. Ese falso Jesús es semejante al dios que no puede salvar presentado por Isaías, ante el cual los habitantes de la tierra se inclinan. Los más suspicaces hablan de dos objetivos en la muerte de Jesús, una muerte genérica que traería una oferta de salvación para cada habitante del planeta, con una gracia genérica que suspendería el castigo inmediato y judicial sobre la raza humana. Pero al mismo tiempo se pregona una muerte eficaz en aquellos que en realidad son salvos (sea por la vía de la predestinación o por la vía de la aceptación en base al libre albedrío).

Este error doctrinal, o esta herejía elaborada por intermedio de la interpretación privada, enseña que Jesús murió por todos, sin excepción. Lo que sucede, dicen estos extraños falsos maestros, es que Jesús no murió por todos en forma equitativa sino que en unos lo hizo superficialmente, trayéndoles ciertos regalos de gracia, mientras que en otros lo hizo en forma eficaz, para que aprovecharan la redención eterna. Con ese argumento pretenden validar su tesis del porcentaje, porque cabría la elucubración de averiguar en qué cantidad porcentual murió Jesús de una y de otra manera.

La Biblia nos dice que Caín era del maligno, de manera que hablamos de esencia, como cuando alguien es una cabra y no una oveja. Pero la Biblia también nos habla de la fe de Abel, quien ofreció a Dios un mejor y excelente sacrificio que su hermano Caín. Esa ofrenda de Abel le permitió testificar de su justicia, así como Dios todavía testifica de Abel (Hebreos 11:4). La ofrenda de Abel apuntaba hacia Cristo, como la ley lo haría posteriormente con sus sacrificios exigidos. Dios aceptaría la ofrenda que se haría a través del Cordero, no la ofrenda de las obras y esfuerzos humanos. Caín iba con la intención de agradar a Dios pero en base a sus esfuerzos propios, ya que la faena del agro no era nada fácil entonces.

La simplicidad de la teología bíblica está allí dibujada, en relación a la ofrenda de estos dos seres humanos ante el Dios de la creación. Uno apunta hacia el sacrifico del Cordero de Dios, el otro se regocija por sus buenas obras, por lo arduo de su labor, por el sacrificio propio. Caín no sacrificó un cordero sino que exhibió su propio sacrificio, como si su trabajo expiara sus culpas. Si ante Dios el concepto de sacrificio por el pecado fuese materia de porcentajes, bien ha podido combinar esta ofrenda familiar (la de los dos hermanos) y sacar un promedio que aprobara a ambos. Eso hubiese sido más justo, más equitativo, ya que a fin de cuentas ambos ofrendaron al verdadero Dios. Pero este razonamiento sería semejante al del objetor levantado en Romanos capítulo nueve, cuando se dice que Dios es injusto por condenar el alma de Esaú, mientras éste ni siquiera había hecho ni bien ni mal.

Los esfuerzos de Caín son los mismos de todos los que odian a Dios. Cada uno de los que pretenden salvarse por sí mismos, o colaborando con Dios (en un acto sinergístico), es compañero del objetor levantado por Pablo. ¿Hay injusticia en Dios que rechazó la ofrenda de Caín? ¿Qué sabía Caín acerca de que Dios buscaba ese tipo de ofrenda? ¿No era Caín un trabajador agrícola, lo cual señala como lógico el que ofrendara con el fruto del agro? De nuevo, no es asunto de porcentajes sino de absolutos. Dios es el que redime, no el hombre; Dios es el que señaló al Cordero para la expiación, ningún otro método podrá ser posible. Dios, desde antes de la fundación del mundo, tomó un pueblo para Sí mismo, lo separó del resto del mundo y lo reservó para dárselo como herencia a Su Hijo en tanto Redentor. Fue Dios quien hizo todo aquello, pero fue Él quien además ha exigido que esos hijos dados al Hijo se enteren y lo sean por medio de la locura de la predicación del evangelio.

De nuevo, no es cuestión de porcentajes de evangelios. No hay posibilidad alguna de redención a través del falso evangelio. No hay tal cosa como empezar a ser salvo bajo la enseñanza de los falsos maestros para después llegar a ser completamente salvo por medio de la enseñanza del verdadero maestro. De nuevo, o se es salvo o se es perdido, pero nada de porcentajes. O se cree en el verdadero Señor de las Escrituras o se sirve al dios que no puede salvar. La Escritura nos dibuja dos evangelios en pugna, que acompañarán a la raza humana hasta el fin de sus días. El evangelio de Abel y el evangelio de Caín, pero la Escritura es muy clara en decirnos que Dios no admite porcentajes parciales. Él es todo 100% en todo cuanto hace (un Sí y un Amén), como lo demuestra también el apóstol Juan al decirnos que los que transgreden y no habitan en la doctrina de Cristo no tienen ni al Padre ni al Hijo. Es decir, están perdidos, no han sido redimidos. Fijémonos que Juan no nos dijo que habían empezado a redimirse en un 10 o 30%, sino que están perdidos del todo. No vale de nada para Dios, ni para el alma humana, el combinar las obras con la gracia; la ofrenda de Caín implicaba su propio esfuerzo, así como los que creen en una expiación universal ensalzan su propio esfuerzo.

Llegar a decir que Cristo hizo su parte y que ofrece ante toda la humanidad su sacrificio expiatorio, es invalidar su sentencia en la cruz que dice que todo había sido consumado. Pero también sería negar que él no rogó por el mundo la noche antes de su expiación (Juan 17:9), o negar que haya dicho que nadie podía ir a él a no ser que el Padre que lo envió lo trajere (Juan 6). Y si Jesús dijo que todo lo que el Padre le daba vendría a él y no lo echaría fuera, hemos de suponer que los que no vienen a él nunca han sido enviados por el Padre. De manera que si Jesús expió todos los pecados de todo el mundo, sin excepción, está contraviniendo su propia doctrina y la enseñanza de su Padre. 

La combinación de la gracia y las obras es una fornicación espiritual, ya que la ofrenda perfecta se hizo en la cruz de una vez y para siempre, sin pretensiones de oferta sino como el cumplimiento de la promesa que una vez Dios le hiciera a su pueblo. El evangelio no es asunto de porcentajes, no es oferta de salvación, es más bien un absoluto, un anuncio de la buena noticia de la salvación que le hizo Dios a su pueblo. ¿Crees esto?

César Paredes

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destino.blobcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 10:07
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