S?bado, 29 de diciembre de 2018

Isaías fue uno de los profetas emblemáticos del Antiguo Testamento, visitado por Dios para la revelación de su palabra. Lo mismo fue Pablo (en tanto apóstol) en el Nuevo Testamento, a quien Jesucristo se le manifestó en forma personal, apartado incluso desde el vientre de su madre. Ambos personajes hicieron lamentos públicos en sus escritos por la maldad albergada en sus corazones. No que Isaías o Pablo hayan pensado que sus corazones eran perversos más que todas las cosas, que no habría quien los comprendiera del todo, como había escrito Jeremías respecto al hombre sin Dios. Ellos estaban muy claros en sus mentes acerca de lo que el Señor había hecho en sus vidas, de cómo Jehová había quitado aquellos corazones de piedra y había colocado corazones de carne, de acuerdo a lo relatado por el profeta Ezequiel.

Pero algo pasaba tanto en Isaías como en Pablo, para hacer el lamento por la tendencia al mal que todavía habitaba en ellos. Ciertamente, el hombre redimido a quien sus pecados le han sido cubiertos, no tiene de que lamentarse. Aunque el creyente siga pecando tiene un abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo. Sin embargo, el corazón contrito y humillado tiene la lucidez suficiente para mirar los pecados que le rodean, los que comete a diario, los reiterados, por lo cual puede proferir también la exclamación que dieron estos dos grandes hombres de Dios.

Pablo dijo que él se sentía miserable, que el bien que quería hacer no hacía empero el mal que odiaba eso hacía (Romanos 7:24). Isaías hablaba de sus labios corruptos y de los que lo rodeaban, gente inicua que también tenían labios corrompidos. Vivimos en el mundo, aunque no seamos del mundo, por lo cual estamos sometidos a ver y oír expresiones de inmundicia. De la misma forma, la ley del pecado que está dentro de nosotros nos lleva a cometer aquello que no queremos hacer de acuerdo a nuestro hombre interior. Por eso dijo Pablo que el creyente está atrapado por momentos en esa ley natural y pecaminosa que lo vende al pecado y a la carne.

Hay un salmista que también decía algo parecido, él clamaba a Jehová para que librara su alma del labio mentiroso y de la lengua fraudulenta. La lengua engañosa es como agudas saetas con brasas de enebro, eso lo sentía el poeta bíblico que habitaba entre las tiendas de Cedar. Siempre hay un contexto para cada quien, de acuerdo a los que le rodean o de acuerdo a lo que su mente le dicta a pesar de desear hacer el bien. El salmista argumentaba que su alma había morado mucho tiempo con los que aborrecían la paz (Salmo 120), y el justo Lot compungía su alma por las fechorías que veía a las puertas de Sodoma y cuando estaba cercano a Gomorra.

Isaías hablaba de acuerdo al contexto de su oficio como profeta, como el que hablaba en nombre de Jehová. Sus labios pudieron atascarse de la inmundicia en tanto guardaran silencio o dijesen en forma más suave lo que Jehová le había ordenado contra su pueblo. Pero de igual forma pudo proferir palabras deshonestas con su boca, como nos advierte la Escritura que no hagamos. Recordemos que cuando se nos dice que no profiramos palabras corrompidas también se nos indica que debemos decir todo lo bueno y todo lo amable, así como pensar en todo lo justo y que tenga alguna virtud. El hablar y el pensar van de la mano, pero Isaías no vivía solo sino rodeado de supuestos hermanos espirituales (la nación ante quien era profeta) que también estaban corrompidos. La influencia del mundo en la vida del creyente siempre estará presente en forma externa (lo que el mundo hace y dice) y en forma interna (lo que nuestra vieja naturaleza nos recuerda). Por dos vías somos atacados a cada momento, lo cual genera tropiezo a diario y nos lleva a hacer el mal que no queremos hacer.  

Isaías vivía en medio de un pueblo de labios impuros. Los labios impuros no hablan siempre con malas palabras sino que también pueden ser identificados como labios mentirosos. De Juan el Bautista los judíos decían que tenía demonio porque no comía ni bebía, mientras de Jesucristo afirmaban lo mismo porque comía y bebía. Muchos judíos en los tiempos de Jesús en la tierra le dijeron que él tenía demonio, que hacía milagros por Belzebú, mientras otros murmuraban cuando afirmaban que su doctrina era dura de oír. Eso también es inmundicia de labios, el proferir palabras contra la doctrina que viene de arriba. El objetor bíblico levantado en Romanos 9 es otro inmundo de labios,  ya que decía que Dios era injusto por lo que hizo con Esaú. Incluso Pedro cuando le dijo al Señor que no le aconteciera lo que tenía que suceder fue tratado como si Satanás hablase por medio de sus labios.

Es de gran dolor el tener que trabajar o vivir en medio de la gente de labios inmundos, que tiene conversaciones vergonzosas (las que jamás deben mencionarse delante de nosotros). Cuánta verdad hay en la admonición acerca de que ninguna palabra corrompida debe salir de nuestra boca, sino la que sea necesaria y útil para dar solaz a los que nos oyen. David llegó a decir que él odiaba a los que odiaban a Jehová, porque sabía el daño que esa gente le hacía a su alma. Mientras podamos debemos alejarnos de las puertas de Sodoma, de los que tienen labios corrompidos y corazones inicuos. Claro está, nuestro deber está igualmente con ellos al anunciarles el mensaje del evangelio, ya que esa es la única vía para que los que son de Dios oigan el llamamiento que el Señor les hará llegado su tiempo.  Porque todavía estamos en el mundo el Señor rogó al Padre para que nos guardara del mal que hay en ese mundo (Juan 17). Justo es reconocer el contexto en que Isaías habló lo que sabemos, cuando vio al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, con serafines que cubrían sus rostros y pies. Uno de ellos daba voces diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos. Toda la tierra está llena de su gloria (Isaías 6:1-2). Frente a tal santidad el profeta se sintió muy bajo como para siquiera presenciar tal visión, ya que sus ojos había visto al Rey, al Señor de los Ejércitos.

El que el Espíritu de Dios habite entre nosotros contrasta más con la vieja naturaleza que heredamos de Adán y con lo que en nuestros contextos sociales ocurre. Al estar en la gloria de la bondad de Jesucristo, en la plenitud de su gracia, también vemos por contraste nuestras impurezas. La ley del pecado que hay en nuestros miembros nos hace cometer lo que al Espíritu contrista en medio nuestro, por lo cual nos sentimos deprimidos cuando cometemos abiertamente el mal contra nuestro Dios. Si el creyente pasa más tiempo con la gente del mundo que en la presencia del Señor, se hace proclive a tener labios inmundos, a hacer lo malo que no desea hacer. No os dejéis engañar: Las malas compañías corrompen las buenas costumbres  (1 Corintios 15:33); No te entremetas con el iracundo, ni te acompañes con el hombre de enojos, no sea que aprendas sus maneras y tomes lazo para tu alma (Proverbios 22:24-25).

Cuanto más tiempo pasemos en compañía de personas perversas, más seremos proclives a la impureza de labios. La contaminación es rápida, el despertar de la vieja naturaleza no se hace esperar ante el estímulo que surge como si la serpiente estuviese de nuevo frente a la humanidad en el jardín del Edén. Los enemigos del hombre están en su propia casa, la afinidad que tenemos con los impíos (compañeros de infancia, de estudios, de trabajo, familiares) nos lleva a la intimidad de corazón con ellos. En ocasiones nos convertimos en sus amigos y los hacemos a ellos partícipes de nuestros secretos, por haber sido incautos y por no haber evitado la comunión con el mundo. La Biblia nos lo dice por doquier, que no debemos asociarnos con este tipo de personas. Hay gente muy apasionada que habla de cualquier cosa y por esa vía de la pasión nos envuelve y nos hace ser partícipes de sus actos y situaciones de habla. El hombre furioso -de acuerdo al ejemplo bíblico- nos atrapa en su iracundia y nos puede hacer caminar con él. A tal persona debemos evitar, como a todos aquellos que hablan con palabras impropias, corrompidas, llenas de desesperanza.

Que la experiencia compartida de Pablo, de Isaías, de David, de Salomón, y de tantos otros santos hombres de Dios, nos permita reflexionar sobre lo que tenemos que hacer para evitar caer en las trampas de los iracundos, de los que son inmundos de labios, de los que nos conminan a hacer lo que no queremos hacer. Que no seamos oidores olvidadizos y fracasemos cabizbajos por andar al lado de los que transgreden la ley de Dios. Feliz el hombre que no se ha sentado en silla de escarnecedores sino que en la ley de Jehová está su delicia. Será como árbol plantado que da su fruto a su tiempo y su hoja no cae.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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