S?bado, 29 de diciembre de 2018

Aunque es Jesucristo el Salvador de los elegidos, la admonición de la Biblia nos exige ocuparnos de la doctrina para poder salvarnos a nosotros y aún ayudar a otros a salvarse. Eso no quiere decir que uno se salva a sí mismo, ya que nadie podrá dar el rescate por los pecados del prójimo, ni por los de uno. Tampoco podrá pagar aunque sea una sola de las más pequeñas faltas del alma. Pero ese giro argumentativo de Pablo a Timoteo indica una hipérbole acerca de la necesidad de ocuparse de algo que es de suma importancia. De la misma forma Jesús habló de su doctrina y de la doctrina de su Padre. Isaías menciona el hecho del conocimiento del Siervo Justo (acerca de tener ese conocimiento) para poder alcanzar la redención y, como la Escritura se interpreta con la Escritura, Pablo también dijo que no era posible invocar a aquél de quien no se ha oído.

Dios habló en forma directa por sus profetas, uno de los cuales escribió que el pueblo de Dios perecía por falta de conocimiento, que como el pueblo desechaba conocer  la verdad el Señor también lo desecharía. El ocuparse de algo implica estar interesado en inquirir sobre su esencia, indica la diligencia que la persona debe tener respecto a su objeto de interés. Muchos de los discípulos de Jesús se fastidiaron de esa ocupación y en su apresuramiento dijeron que lo que el Señor decía era una dura palabra de oír.

La murmuración de aquel grupo de personas que escuchaban a Jesús los desvió del camino en que andaban. Ellos se retiraron con murmuraciones pero el Señor los dejó ir sin rogarles para que recapacitaran. En realidad aquella gente no había sido enseñada por el Padre para ir hacia el Hijo, por eso no andaban de buena voluntad y su corazón permanecía cerrado a la verdad. Ocúpate de la doctrina, le decía Pablo a su compañero de lucha evangélica. La advertencia a Timoteo nos asegura a nosotros que con esa ocupación nos podremos salvar a nosotros mismos de los lobos rapaces que deambulan cerca de los apriscos para devorar las ovejas. Los falsos maestros no podrán penetrar la coraza del entendimiento del creyente que juzga la Escritura con la Escritura. El examinar los espíritus para saber si son o no son de Dios implica un juicio crítico que debemos hacer con el entendimiento.

En realidad el Espíritu de Dios nos conduce a toda verdad y nos enseña. Con el conocimiento que también proviene de la Palabra Revelada tenemos el rasero para el juicio que debamos hacer de las palabras y enseñanzas de los que intentan persuadirnos. Ejemplo de lo que decimos puede ser el hecho de que Jesús enseñaba la doctrina de su Padre, nos decía que nadie podía ir a él a no ser que su Padre lo llevara. Eso fastidió a muchos de los que lo seguían de cerca, que lo escuchaban en sus sermones y que presenciaron varios de sus milagros. De allí que como el Señor sabía lo que pensaban les dijo con énfasis lo que ellos no deseaban escuchar: Por eso os digo, que nadie viene a mí si no le fuere dado del Padre (Juan 6).

El mundo nos odia porque no somos del mundo, porque también odió al Señor. ¿Cuál mundo es el que nos odia? El que no ha sido redimido. Está el mundo del que le habló Jesús a Nicodemo, el que el Padre amó de tal manera y en forma muy grande, con amor eterno como para enviarle a su Unigénito Hijo para que todo aquel que es creyente en él no se pierda sino que tenga vida eterna (dentro de ese mundo están la ovejas que ya han creído y la que van a creer, éstas últimas nos pueden odiar mientras no tengan el llamamiento eficaz). Está también el otro mundo por el cual el Señor no rogó la noche antes de su expiación. No te ruego por el mundo (Juan 17:9). Esto que dijo Jesucristo forma parte de su doctrina de la gracia.

Entonces, ¿cómo es que hay infinidad de personas que pretendiendo ser creyentes o cristianos siguen una doctrina diferente y contraria a la que enseñó Jesús? Ellos dicen que Jesús murió por cada miembro de la raza humana, muy a pesar de que no rogó por los que son del mundo. Pese a que el Señor agradeció y pidió por los que el Padre le había dado, esta gente que niega la doctrina de Cristo asegura que el Señor ama a cada uno en particular. ¿Cuál es ese amor eterno que Dios le tuvo a Judas? ¿O dónde está el amor eterno hacia el Faraón de Egipto, hacia Esaú o Jezabel? ¿Acaso ha amado Dios a aquellos de quienes no escribió sus nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo?

Cada ministro del evangelio y cada creyente en Jesucristo debe tener cuidado de sí mismo. Esa es la recomendación que se deriva de las palabras de Pablo a Timoteo, para que no se extravíe en errores y herejías. La infección de las malas enseñanzas, las cuales provienen de los extraños, son el producto de la inoculación de los argumentos fraguados en el pozo del abismo. La Biblia llama a ese cuerpo de enseñanzas falaces doctrinas de demonios. El rebaño de las ovejas debe ser alimentado con el conocimiento y con el entendimiento doctrinal de Jesucristo. Esas doctrinas del Señor son las mismas del Padre que lo envió, pero son igualmente las que enseñaron los apóstoles y de las que Juan celosamente nos encomienda habitar en ellas. En realidad el discípulo amado decía que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo, que los que le dicen bienvenidos a los que no traen esas enseñanzas del Señor se hacen partícipes de los errores de esos supuestos creyentes.

Hoy día abundan las personas que pregonan las falsas enseñanzas. Suponen que porque hacen frente a otros grupos cuya herejía es más evidente que la que ellos exhiben ya se hacen diferentes. Pero en realidad son ciegos que guían o siguen a otros ciegos. Ambos caerán en el mismo hueco del engaño final, de la apostasía reservada para los que no creyeron en la verdad sino que se gozaron en la injusticia. Es Dios quien les envía un espíritu de estupor (engaño) para que crean definitivamente en la mentira y se pierdan. Una y otra vez el Señor decía su cuerpo de enseñanzas a los que lo seguían pero ellos no creyeron a la verdad sino que murmuraban contra el Señor por lo que les enseñaba. El Señor los dejó ir en su error, ya que en ningún momento pretendió ablandar las palabras que eran duras de oír. Esas eran las palabras de su Padre, la doctrina que le había sido encomendada para enseñar.

Tener cuidado de nosotros mismos y de la doctrina parece ser el mensaje clave de Pablo a Timoteo, a los líderes de la iglesia, a cada miembro de la grey. Hay que considerar lo que se predica, hay que cotejarlo con la Escritura para ver si no hay desvío alguno. El llamado se ha hecho para permanecer en la verdad que se ha recibido de parte del Señor y sus apóstoles. Una conducta intachable estimula mucho y da un buen ejemplo para la congregación, pero resulta de inutilidad absoluta si proviene de un extraño. La buena conducta de los que predican el evangelio anatema no ha salvado un alma en toda la tierra, pero la doctrina del Señor es la clave para la redención por medio del conocimiento del Siervo Justo. Por supuesto, la buena conducta en los que enseñan la verdad de Dios (sin mezclas de mentiras que provienen del extraño) es un perfume grato que motiva a la grey de Dios.

Jesucristo no rogó por el mundo, no rogó por los apóstatas, no rogó por los que el Padre no amó desde la eternidad. No pidió por los réprobos en cuanto a fe, no suplicó por los que están representados en Esaú. No rogó por los que objetan su palabra, como el objetor de Romanos 9 que acusaba a Dios de injusto por lo que hizo con Esaú. El Señor rogó por aquellos que están representados en Jacob, por los que él como Cordero sin mancha vino a expiar en el Calvario. Jesucristo rogó por los que el Padre le había dado y le daría, los cuales son los que vino a representar en la cruz cuando expió todos sus pecados, de acuerdo a lo que fue dicho en Mateo 1:21.

El contraste entre los que son del mundo y los que son de Dios impactó en gran medida a los discípulos del Señor. Ya sabemos cómo espantó a muchos de ellos que dijeron que esa palabra era dura de oír, de acuerdo a lo que relata Juan en su capítulo seis de su evangelio. Pero dentro de sus escogidos estabas Judas, no el Iscariote, que le hizo una pregunta acerca de esos dos grupos de que hablaba Jesús. Señor, ¿qué hay porque te hayas de manifestar a nosotros, y no al mundo? (Juan 14:21). La inquietud de este discípulo lo llevó a preguntarle al Señor la razón de esa división entre ellos y el mundo, entre el mundo amado por Dios y el mundo al cual el Señor no vino a redimir. El había captado con rectitud la doctrina del Señor, por lo que su pregunta fue reverente. Los otros, de los que relata el capítulo seis del evangelio de Juan, se retiraron murmurando.

Ambos grupos entienden de lo que Jesús hablan. Están los que murmuran y objetan su palabra, los que la tuercen por causa de que les aturde en sus oídos y en sus almas. ¿Cómo puede ser que el Padre no haya amado a Esaú sino que lo haya odiado desde la eternidad, sin mirar siquiera en sus obras buenas o malas? Los que así piensan suponen que ellos no tienen mecanismo alguno para saber si fueron o no fueron amados, de manera que tuercen la Escritura y dicen que odiar es amar menos, que si Dios odió fue porque vio las malas obras de los réprobos en cuanto a fe. Pero en realidad eso no es lo que la Escritura dice en Romanos nueve. Están también los que no objetan las palabras del Espíritu de Dios y pueden inquirir como este Judas (no el Iscariote) que quiso saber el hecho de la manifestación del Señor en exclusividad a un grupo de personas y no al mundo que no podía nunca recibir el Espíritu de Verdad (Juan 14:17).

La diferencia entre los escogidos para vida eterna y el mundo que Dios no ama se manifiesta también en el guardar las palabras del Señor -que son las mismas del Padre (Juan 14:23-24). El que tuerce la doctrina de Cristo lo rechaza a él porque ha sido previamente rechazado por Dios. Ninguno de sus discípulos escogidos rechazó la enseñanza del Señor, aunque entre ellos hubo como entre nosotros hay quienes cometen errores: hay quienes dudan como Tomás, quienes lo niegan a veces como Pedro, quienes se sienten miserables por el pecado como Pablo, los apasionados como Santiago, los que se dieron a la fuga cuando el Pastor fue apresado. Pero ninguno de ellos ni de los que hoy día somos de Cristo negamos su doctrina. Esa es la diferencia entre los que son del mundo y los que son de Dios. Todavía existe el llamado al arrepentimiento y a creer el evangelio de Cristo, por lo cual predicamos esta palabra hasta el fin de los tiempos.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:02
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