Jueves, 27 de diciembre de 2018

Hay en medio de la llamada cristiandad una gran separación entre al menos dos grupos, unos que claman el esfuerzo del pecador como la gran diferencia entre perdición y salvación y otros que aseguran que Jesucristo hizo todo en la cruz. Los primeros demuestran con su asunción que tienen de que jactarse, más allá de que su teología también proclama que el Señor hizo todo en el Calvario. Pero a esa acción de Jesucristo ellos le agregan aunque sea un poquito, lo cual invalida el absoluto de la expresión del Hijo de Dios cuando moría: Consumado es.

Para ese grupo bien numeroso existe una cooperación humana con el trabajo divino. Con mucha astucia han declarado que ya Dios hizo su parte, como queriendo decir que no niegan la gracia, ni siquiera la predestinación, pero que el hombre tiene que hacer la suya. Ellos dicen que debemos aceptar la salvación, de lo contrario estaremos perdidos. Y eso pareciera a simple vista muy lógico, siempre que el evangelio fuese una oferta. Pero el evangelio no ofrece mentiras sino anuncia verdades. El anuncio del evangelio es la redención completa que Dios ha hecho para su pueblo elegido.

El esfuerzo del pecador es sustentado en muchos textos bíblicos, los que como siempre son sacados de contexto. Esforzaos a entrar por la puerta angosta, el que persevere hasta el fin será salvo, solo los valientes arrebatan el reino de los cielos. Bien, hay que admitir que la Biblia tiene esas exhortaciones junto a muchas otras para que el hombre de fe no caiga, más allá de que el Padre junto con el Hijo nos guarda en sus manos (Evangelio de Juan). Olvidan quienes separan del contexto esas advertencias que también fue dicho que Agar da hijos para esclavitud, contrario a Sara, que Esaú fue creado para ser odiado desde la eternidad a diferencia de Jacob. Que Dios es el que desde antes de la fundación del mundo creó dos pueblos para demostrar la gloria de su justicia y su ira en uno y la gloria de su misericordia en otro.

Esto lo hizo Dios -de acuerdo a lo que dice la Escritura- sin que operara obra alguna previamente, sin que aquellos gemelos hicieran ni bien ni mal, aún antes de ser concebidos. Y agrega la Palabra Inspirada que de esa manera quedaría demostrado que no depende de las obras sino de la gracia de Dios. La obra humana genera gloria humana (Romanos 9) por lo que el esfuerzo humano implicaría que Dios compartiría su gloria con los seres que están por naturaleza muertos en sus delitos y pecados. Hablar de una gracia que habilita al pecador es asimismo aplicar la obra humana como decisión final para establecer la diferencia entre cielo e infierno.

En este punto cualquier lector de la Biblia podría preguntarse si la Escritura habla de recibir al Señor. Y debemos responder que sí lo dice: A los que lo recibieron les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Pero esa declaración no presupone habilidad alguna en el hombre caído para abrir su corazón a Cristo. Más bien es la consecuencia del trabajo del cambio del corazón de piedra por uno de carne, de lo que habló el profeta Ezequiel. La fe y el arrepentimiento son consecuencia de la regeneración del Espíritu. El que Jesucristo le haya dicho a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo no significa que el maestro de la ley hubiese podido nacer de lo alto por cuenta propia. Asimismo, si la Escritura manda a toda persona que se arrepienta y que crea el evangelio no lo hace bajo la suposición de la habilidad espiritual del ser humano.

Ese es un mandato genérico pero debemos entender lo que significa. Arrepentirse es promover un cambio de mentalidad respecto a Dios, lo cual se ordena aún al mayor de los paganos, ya que lo que de Dios se conoce le fue manifiesto a través de la obra de la creación. La metanoia (arrepentimiento) referida en lengua griega significa un cambio de mentalidad (respecto a Dios y respecto a nosotros mismos),  mientras el evangelio es la promesa  de Dios de salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21; Juan 17:9).  Entonces no hay nada  errado en que la Biblia diga que hemos de arrepentirnos y creer en el evangelio. Si alguien se arrepiente y llega a creer el evangelio es porque ha entendido que eso solo fue posible por la absoluta voluntad de Dios, de igual forma sabrá que nunca le dirá a Dios por qué inculpa a Esaú, si nadie puede resistir a su voluntad. Tampoco se irá jamás tras el extraño, de quien no conoce su voz (Juan 10:1-5).

Hay al menos dos evangelios, uno diferente del otro. El evangelio verdadero anuncia a Jesucristo como quien hizo la expiación de todos los pecados de todo su pueblo. El evangelio diferente anuncia a Jesucristo como quien hizo la expiación por todos los pecados de toda la humanidad. En este último caso, una gran multitud de personas ha descendido al infierno sin que aquella expiación a su favor haya surtido efecto. Desde esa perspectiva ha habido un fracaso en el trabajo de ese Jesús, ya que aunque hizo su parte la criatura humana no ha hecho la suya. Entonces, los que supuestamente fueron salvados por ese Jesús diferente y universalista marcan la diferencia. Ellos tienen de que gloriarse, ellos fueron más perseverantes, más consecuentes, más insistentes que los que una vez lavados sus pecados en la cruz se perdieron de todos modos. Eso es lo que Pablo ha denominado salvación por obras, donde la gracia ya no es gracia sino salario.

En el evangelio de Cristo existe una promesa de redención bajo la sola condición de la expiación hecha con la sangre del Señor, la cual nos imputa su justicia sin que exista la más mínima contribución del pecador. Nadie puede ir a Jesús si el Padre no lo envía, de manera que ese argumento es absoluto y deja por fuera la presunción de que alguien a quien el Padre no haya enviado irá algún día al Hijo. Por otra parte, Jesús aseguró que el que va a él no lo expulsaría jamás. Entonces, con este otro argumento quedarían excluidos todos los que no van hacia el Hijo.

Acá vemos que los que no van a Jesús no son enviados por el Padre, de lo contrario quedaría negada la proposición bíblica expuesta en Juan 6. Y si Jesucristo recibe solamente a los enviados del Padre y los salva (no los echa fuera, los guarda en sus manos), quiere decir que al resto de personas ni los recibe ni los redime. Así se cumple lo que dijo antes de morir, que rogaba por los que el Padre le había dado pero que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). Ciertamente existe la Sinagoga de Satanás, donde todos sus miembros son hermanos en Satanás unos de otros (Apocalipsis 2:9 y 3:9). Desde ese lugar se proclama la falsedad acerca de un Jesús que murió por cada miembro de la humanidad, haciendo una salvación posible, potencial, pero no redimiendo a nadie en particular. En esas sinagogas se predica que los Lázaros en sus tumbas tienen la potestad -bajo el misterio de la gracia habilitante- de decidir con su libre albedrío si aceptan o rechazan la expiación de ese Jesús. Desde esos locales se proclama la salvación que hay que recibir bajo la condición de una voluntad habilitada para tal fin.

Dado que hay dos evangelios (uno verdadero y el otro con sus múltiples variantes siempre falso) contemplamos solamente dos iglesias. Una iglesia estará fundada en la verdad del evangelio de Cristo, como su cuerpo acá en la tierra, como la reunión de los santos escogidos y redimidos por el Señor. La otra es la asamblea que proclama la mentira como estandarte, la que tiene múltiples aristas para el engaño de las almas y que no ha podido hasta el presente redimir un alma con sus falsas doctrinas. Para todos Jesucristo sigue diciendo que él es el Camino, la Verdad y la Vida, que nadie viene al Padre excepto por él (Juan 14:6).

Ese mismo Jesús también ha declarado que los que se gozan en la mentira y no aceptan la verdad recibirán un poder engañoso para que terminen de perderse. Ese espíritu de estupor enviado de parte de Dios los hará persistir en el error, los hará tener lo amargo por dulce, lo malo por lo bueno y la oscuridad por la luz. A ellos el Señor les ha dicho que son de su padre el diablo, que los deseos de ese padre quieren hacer. Ese padre ha sido un homicida de almas desde el principio, porque no hay verdad en él. El habla solamente la mentira (aunque la combine con un poco de verdad, como su falso evangelio combinado con un poco de la doctrina de la gracia de Dios) -Juan 8:44.

Dios no tolera el fuego extraño. Dios no comparte su gloria con nadie, sino que solamente acepta la adoración que Él ha escogido como tal. La acción de gratitud que podamos llevarle a Él proviene de un corazón lleno de su gracia (y si gracia ya no obras), que cree en el trabajo único y exclusivo de Jesucristo en la cruz (donde dijo que todo había sido consumado). Si Dios nos mira como justos es porque nos ha impartido la justicia de Cristo, mientras el Señor tomó todos nuestros pecados en la cruz y pagó por ellos. Ese Jesús que rogó la noche antes de su martirio continúa intercediendo por su pueblo. Ese Jesús que no rogó por el mundo la noche previa a la expiación no está rogando ahora por el mundo.

El esfuerzo del pecador termina por hacerlo adorar a un falso Cristo que murió por todos sin excepción, haciéndolo servir a una falsa iglesia que es denominada en la Biblia como Sinagoga de Satanás. No importa cuanta verdad haya en su teología, pero la mixtura con las falsas enseñanzas que provienen del pozo del abismo (denominada también doctrina de demonios) hace inviable la enseñanza de la poca o mucha verdad contenida. El Señor conoce a los que son suyos y a sus ovejas llama por sus nombres, todas ellas lo siguen y desconocen al extraño. Si alguien sigue a dos señores ya sabe en qué parará su destino, como el ciego que sigue a otro ciego que caerá junto con aquél en el mismo hueco.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 6:50
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios