Martes, 25 de diciembre de 2018

El que dice que está en Él, debe andar como Él anduvo (1 Juan 2:6). Jesucristo no vino a eliminar la ley sino a cumplirla, de manera que no podemos decir que aquella ley dada a Moisés está muerta. Pero Pablo nos aseguró que no estamos bajo la ley sino bajo la gracia. Es decir, la ley no salvó a nadie, pero hizo posible que el pecado aumentara. Cuando ella dice no codiciarás, el alma humana se precipita hacia la codicia, pero cuando el pecado aumenta sobreabunda la gracia. El resumen de la ley es que ella es un Ayo que nos condujo a Cristo.

Dicho esto añadimos que la ley de Dios encierra una norma moral que es conveniente guardar. No hablamos ya de la ley ceremonial o de la ley civil, ya que andamos en ciudadanías diferentes a la antigua nación de Israel, y tampoco guardamos los sacrificios antiguos que eran una sombra de lo que habría de venir. Jesucristo es el fin de la ley por cuanto la cumplió a cabalidad y quitó su sombra al llegar a ser el Sacerdote y el Sacrificio que nos convenía para siempre.

El cristiano sabe que por las obras de la ley nadie puede ser justificado delante de Dios (Romanos 3:20-28). Al llegar a ser muertos a la ley por el cuerpo de Cristo (Romanos 7:4) descubrimos que si la redención es por gracia entonces no es por obras, de otra manera la gracia no sería gracia. Y si la salvación fuese alcanzada por las obras de la ley, ya no sería por medio de la gracia, de otra manera la obra no sería obra (Romanos 11:6). El Señor nos salvó a través del lavado de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo, pero nunca por las obras de justicia que nosotros hayamos podido hacer.

Aclarado este punto veamos lo que Juan en una de sus cartas nos anuncia. El apóstol dice que el que está en Cristo debe andar como Él anduvo (1 Juan 2:6). Ese es el mandato de exigencia mayor, el rasero por el cual debemos medirnos. Al ser sus seguidores no podemos caminar los senderos de la impiedad, de tal forma que nos equivocamos cuando andamos en lascivias, borracheras, engaños, hechicerías, adulterio, fornicación, inmundicias, pleitos, truhanerías, iras, odios, herejías o cuando hablamos con palabras groseras, corrompidas y maledicentes. Todas las obras de la carne que refirió Pablo, a las que añadió un gran etcétera, conforman la conducta desviada a la que ningún creyente debe acercarse.

Pero no bastaría con no hacer lo malo, ya que la Escritura añade que al que sabe hacer lo bueno y no lo hace le es pecado. Entonces, el código moral de Jesucristo es demasiado alto para cualquier mortal, pero no por ello ha de abandonarse. Somos llamados a cumplir con él, somos llamados a  ser perfectos. Pero cuando pecamos entendemos que tenemos un abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos. Pablo pecaba habitualmente y se sintió miserable por el mal que no queriéndolo hacer sin embargo lo hacía, mientras aquello bueno que deseaba realizar lo dejaba a un lado. Por eso exclamó que era un miserable, pero no se quedó en el desánimo porque dijo que daba gracias a Dios por Jesucristo, nuestro Señor, quien lo libraría de ese cuerpo de muerte.

Ahora bien, el código moral derivado de la ley de Dios es un código ético que nos sirve para orientarnos en este mundo de confusión y pecado. En cambio, los que son de las obras de la ley están bajo maldición. Hay una maldición para los que no permanecieren en todas las cosas escritas en el libro de la ley para hacerlas. De allí que también fue escrito que por la ley ninguno se justifica para con Dios, así que el justo vivirá por la fe. Cristo nos redimió de la maldición de la ley al hacerse maldición por causa de su pueblo. De esta forma llegó la bendición de Abraham sobre los gentiles que están en Cristo Jesús, para recibir la promesa del Espíritu por medio de la fe (Gálatas 3:10-21). Sabemos también que si la ley hubiese sido dada para dar vida, la justicia también vendría por medio de la ley.

Pero Dios ha declarado que Jesucristo es su justicia. Pablo nos ha dicho que Cristo ha venido a ser nuestra Pascua, ya que pasó por alto nuestros pecados y nos perdonó en forma permanente. La celebración de la Pascua en el mundo judío tenía como objeto el recordar la forma maravillosa en que Dios impidió que su ángel de la muerte se metiera en sus casas, las que exhibían en sus dinteles el rastro de sangre de los corderos inmolados. Eso es un pasar por alto, en el sentido etimológico del término Pascua. Pero aquella celebración también tendría el sentido y objeto de apuntar hacia el futuro, cuando Jesucristo (el Mesías por venir) se manifestaría como el Sumo Sacerdote que nos convenía, en tanto justicia de Dios, para quitar con su sangre expiatoria todos los pecados de todo su pueblo.

Y eso es lo que se celebra en la cena del Señor, cuando igualmente conmemoramos su muerte en la cruz del Calvario. Eso fue lo que no comprendieron unos discípulos cuando el Señor les hablaba de la necesidad de comer su carne y beber su sangre, diciéndoles que él era el verdadero maná que había descendido del cielo. Como se retiraron murmurando el Señor les preguntaba si aquello que había dicho los ofendía, por lo cual también añadió: por eso os he dicho, que ninguno puede venir a mí a no ser que el Padre que me envió lo trajere. Y el que a mí viene no lo echo fuera, sino que lo resucitaré en el día postrero.

El legalismo es mortal, como Pablo se lo dijo a los Gálatas insensatos que pretendieron combinar la gracia con las obras. Pero la gracia no es una licencia para pecar, sino que más bien es el don de Dios que nos lleva hacia las moradas celestiales. Él ha dicho que tendrá misericordia de quien quiere tenerla, que se compadecerá de quien Él quiere compadecerse. Esa es la gracia que ha descendido del cielo, ya que no miró en nuestras obras para elegirnos desde la eternidad. Teniendo el Espíritu en nosotros somos llamados a velar y orar para no caer en tentación, somos llamados a seguir en los pasos del Maestro. Hay un cúmulo de buenas obras que fueron preparadas de antemano para que nosotros andemos en ellas, pero sabemos que no por andar en esas obras alcanzamos capacidad alguna para nuestra salvación.

Es muy importante entender este gran equilibrio entre la ley moral de Dios y las obras que se practican como consecuencia de la gracia de Dios en nuestras vidas. Si convertimos esas buenas obras de la gracia en el mecanismo de redención estamos trayendo la ley de Moisés a nuestras vidas y acarreamos sobre nosotros la maldición de la ley. Fue Jesús quien nos garantizó que el árbol bueno siempre dará frutos buenos. Confiemos en sus palabras y preparémonos para andar en sus buenas obras. La paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús. Hemos de redimir el tiempo porque los días son malos.

Recordemos que los santos del Antiguo Testamento no obedecieron la ley para ser salvos, ya que por medio de la ley nadie se salva. Todos ellos (incluyendo a Moisés) fueron redimidos por la gracia de Dios que les fue dada, ya que todos sus sacrificios apuntaban al sacrificio del Mesías que habría de venir. Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, de manera que nadie fue salvo por medio de la ley. Pablo lo dijo una y otra vez, que el que transgrede algún punto de la ley se hace responsable de toda ella. La ley como Ayo o Pedagogo nos lleva a Cristo (tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento). Los injustos no heredarán el reino de los cielos (pero hemos sido declarados justos por medio de la justicia de Dios que es Cristo). Sin embargo, ese apóstol que predicaba la gracia nos dejó muchos textos como advertencia para no huir de la ley moral de Dios:

¿No sabéis que los injustos no poseerán el reino de Dios? No erréis, que ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los robadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos: mas ya sois lavados, mas ya sois santificados, mas ya sois justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:9-11).

Si el código moral de la ley de Dios hubiese quedado eliminado, Pablo no hubiese dado semejante admonición y advertencia. Más bien entendemos que el código moral del cristiano ha de ser mucho más elevado que el de los que pretendían guardar la ley en el Antiguo Testamento, ya que el Señor decía que había sido escrito: no adulterarás, pero él decía que cualquiera que mirare a una mujer para codiciarla ya había adulterado con ella en su corazón. Y cualquiera que se enoja contra su hermano o lo llama necio es culpable de juicio.

Como creyentes, solamente imitando a Jesucristo podemos alcanzar las fuerzas necesarias para apartarnos de las obras de las tinieblas que son predicadas con fuerza desde este mundo donde vivimos. Somos exigidos por Dios para que abandonemos el amor al mundo, de manera que seamos amigos del Altísimo. Los deseos de la carne, la vanagloria de la vida y los deseos de los ojos no convienen a los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. De nuevo, el secreto que no es secreto sino voz pública, para mantenernos alejados de la tentación, es obedecer el mandato del Señor: Velad y orad en todo tiempo. Hagamos que esa conducta sea una norma en nuestras vidas, practiquemos esta buena obra de la vigilancia y la oración en la cámara secreta, para que seamos recompensados en público.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:45
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios