Lunes, 24 de diciembre de 2018

Son varios los textos de la Escritura que relatan la autoridad que tiene el Creador sobre todas sus criaturas. De Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan. El corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina. Jesucristo aseguraba la noche previa a su muerte en la cruz que el Padre le había dado esa autoridad sobre todo hombre. De inmediato aclara que él les daría vida eterna pero solamente a los que el Padre le había dado. Es interesante que el Mesías prometido, la Simiente anunciada en el Génesis para golpear en la cabeza a la serpiente, revele su autoridad recibida sobre todo hombre (toda la humanidad) pero que al mismo tiempo especifique que le daría vida eterna no a todos los miembros de esa humanidad sobre la cual tiene autoridad, sino tan solo a los que el Padre le había dado (Juan 17:1-3).

Más adelante, todavía orando en el Getsemaní, Jesús insiste en que ruega solamente por ellos, por los que el Padre le dio y le daría por la palabra de aquéllos, pero que no rogaría por el mundo. Es decir, a pesar de tener autoridad sobre el mundo, sobre toda persona que habita en esta tierra, decide salvar solamente a los que el Padre le dio (Juan 17:9). Esto lo hace en concordancia con el propósito de su venida, de acuerdo a lo que el ángel le dijo a José en una visión descrita por Mateo, que su nombre Jesús (Jehová salva) implicaría que salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

Los creyentes tememos como el apóstol Pablo que, así como la serpiente engañó a Eva por medio de su sutilidad, las mentes de los que se dicen creyentes se corrompan y se desvíen de la simplicidad que hay en Cristo. ¿Cuál es esa simplicidad del Señor? Su claridad teológica y la sencillez de sus palabras que no traen confusión ni ambigüedad alguna. Ellas dicen lo que en realidad dicen, sin posibilidad alguna de equívocos. Pero cuando llegan los predicadores que anuncian a otro Jesús, muchos miembros de la audiencia eclesiástica reciben otro espíritu junto con otro evangelio (2 Corintios 11:3-4).

Sabemos que Jesús nos habló del trigo y la cizaña, de dejarlos crecer juntos para el día en que los ángeles del cielo discriminen entre uno y otro y arrojen la cizaña al fuego. Por eso entendemos que en la iglesia como reunión social y local hay cabras que se introducen y lobos que llegan con piel de cordero. La constante admonición a la congregación de Dios se hace para que no seamos sorprendidos cuando eso acontezca, para que estemos firmes y no caigamos ni seamos movidos por cualquier viento de doctrina.

Una de las enseñanzas más comunes y perversas que se han introducido en la sociedad cristiana ha sido la universalidad de la salvación. Los textos arriba mencionados del evangelio de Juan son cambiados en su simplicidad. A pesar de que las palabras siguen diciendo lo que ellas anuncian, los intérpretes privados de las Escrituras desdicen de tal simplicidad y comienzan a decir que el Padre le dio a toda la humanidad al Hijo para que la redimiera. Que lo que pasa es que muchos no quieren la redención y por lo tanto no contribuyen con su voluntad para aceptar a Jesucristo como Señor y Salvador. Las palabras de Jesús respecto a no rogar por el mundo son ignoradas, o reinterpretadas. Los falsos maestros aseguran que el mundo por el cual Jesús no ruega es el mundo que él sabía que se iría a perder, pero que los demás que se salvan lo hacen porque Dios vio en los corredores del tiempo que ellos colaborarían con su salvación.

Si eso fuera cierto, ¿para qué predestinar a los que ya se iban a salvar por fuerza de su propia voluntad? Además, la Escritura es enfática cuando con otros textos nos asegura que la humanidad entera murió en Adán, en sus delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al Dios de las Escrituras). ¿Cómo puede un muerto en delitos y pecados colocar su voluntad a disposición del evangelio de Jesucristo? Por otro lado, el Espíritu inspiró a Pablo para que escribiera la Carta a los Romanos, donde leemos que Dios odió a Esaú desde la eternidad, sin mirar en sus obras buenas o malas. De igual forma anuncia que Dios endurece a quien quiere endurecer pero que tiene misericordia de quien quiere tenerla.

Los que dicen creer el evangelio y aseguran que han nacido de nuevo no podrán hacer filas con el objetor levantado en Romanos 9. Ese objetor se enoja por causa de lo que Dios hizo con Esaú, él dice que es un acto injusto ya que Esaú no pudo resistir la voluntad de Dios. Así podríamos añadir a un sinnúmero de personas que fueron destinadas para tropezar en la roca que es Cristo: Faraón de Egipto, Acab el rey, Saúl el primer rey de Israel, los que murieron bajo el diluvio universal, Caín el que mató a Abel, innumerables pueblos y naciones paganas que desconocieron el mensaje del evangelio anunciado en forma embrionaria en el libro del Génesis, todos los cuales son denotados como réprobos en cuanto a fe, los mismos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la Vida del Cordero desde la fundación del mundo.

Todo el mundo que perece en las tinieblas del error desconoce al Señor y a su doctrina. Ellos levantan el leño con su imagen grabada, y le ruegan a un dios que no puede salvar (Isaías 45:20). Poco importa que sea un leño de verdad con la imagen de lo que suponen una divinidad, como poco importa que esa imagen sea lo que ellos dicen ser el Cristo que vino a la tierra. Tampoco importa si esa imagen no es externa sino que está en la mente de las personas que desconocen al Señor. Tal vez han oído hablar de él, o han aprendido de memoria textos de la Escritura, o conocen la doctrina de la gracia y la asumen como verdadera, pero si el Espíritu no los ha hecho nacer de nuevo serán semejantes al conglomerado de personas denunciadas por Pablo. Ellos siguen otro evangelio y a otro Jesús, obnubilados por las palabras de sus falsos maestros que vienen con ropaje de piedad, mostrando una apariencia de buena conducta pero negando la fe con sus actos y con su doctrina asumida.

Juan nos ha escrito en una de sus cartas que los que no viven en la doctrina de Cristo no tienen ni al Padre ni al Hijo, por lo cual decimos que tampoco tienen al Espíritu que es dado como garantía de la redención final. También dice Juan que si alguien tiene comunión con los que no traen la doctrina del Señor participa de sus malas obras, lo cual los hace igual a los que anuncian un falso evangelio y son llamados por esa razón malditos (anatemas).  El evangelio esencial es el que contiene la doctrina del Señor, que es la misma doctrina del Padre. Si alguien desea conocer tal doctrina que la lea en las Escrituras, donde es anunciada con mucha simplicidad.

No será posible para alguien que se dice creyente llegar a creer por un instante un evangelio diferente o extraño. El Señor lo ha dicho en forma sencilla y diáfana, que sus ovejas oyen su voz y lo siguen, que al extraño no seguirán (Juan 10:1-5). ¿Cómo puede alguien recibir el mensaje del falso maestro y seguir a un falso Jesús con sus enseñanzas torcidas, y si después llega a creer el verdadero evangelio contar como válido todo su anterior extravío? Eso lo cuenta Pablo como basura, como pérdida total. Nadie nace de nuevo a partir de un falso evangelio, nadie logra ser salvo con las palabras del falso maestro que anuncia a un falso Jesús. A eso es a lo que se refiere Isaías con rogarle a un dios que no puede salvar.

No hay tal cosa como vivir en un falso evangelio y llegar a creer el verdadero evangelio porque alguien le predicó la buena doctrina, pero alegar al mismo tiempo que cuando vivía con la falsa creencia él sabía que era creyente. Eso es un contrasentido, un oxímoron o una contradicción de términos o conceptos. Jesús aseguró que el árbol malo dará un mal fruto en todo momento. Los falsos maestros no han hecho posible la salvación de ninguna de las almas de sus seguidores. El que ha nacido del Espíritu seguirá por siempre al buen pastor que dio su vida por las ovejas, pero no seguirá jamás una falsa doctrina, a un falso Jesús, a un extraño maestro (Juan 10:1-5). 

Nadie ha podido ser regenerado por el falso evangelio expuesto en Gálatas 1:8-9. Los alegatos de la vida nueva en Cristo, en base a la buena conducta, a la memorización de textos bíblicos, a los rituales de la religión, a la propaganda de la fe que se dice tener, son inútiles como tan inútil es rogar a un dios que no puede salvar. En Romanos 5:5 se habla del amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. No puede ser que los que viven bajo un falso evangelio tengan el Espíritu de Dios, dado exclusivamente a los que Él ha regenerado. Por lo tanto, ese amor del cual habla el texto mencionado solamente lo tienen los que Dios ha enseñado para que acudan al Hijo. Los otros, los que conforman el mundo por el cual Cristo no rogó, no tendrán jamás ese Espíritu ni ese amor de Dios.

Estos réprobos en cuanto a fe han sido odiados por Dios desde la eternidad, de la misma forma en que Dios odió a Esaú. En realidad Dios está airado contra el impío todos los días, pero a los justos les será dado lo que desean. En cambio, los que Dios ha amado con amor eterno tienen una misericordia prolongada, nunca extinguida y no perecerán jamás. Hay, sin embargo, pueblo de Dios que todavía no ha sido llamado eficazmente de las tinieblas a la luz, para ellos se anuncia este evangelio y a ellos el Señor les dice que huyan de Babilonia, que no se entretengan con la Gran Ramera, que no la reformen de ninguna manera. El llamado es a salir de allí hacia el reino de Dios.

Jesús llamó a uno de los que sería su discípulo y éste le dijo que esperara a que enterrara a su padre. La respuesta del Señor fue contundente: deja que los muertos entierren a sus muertos. Nosotros sabemos que un muerto físico no puede enterrar a otro muerto físico. Acá se habla de los muertos en el espíritu que no tienen a Cristo, los cuales se encargarían de dar entierro a otro que ha muerto físicamente y que ya era un muerto espiritual. Con esto recordamos la Escritura, que el que oye hoy la voz del Señor no endurezca su corazón, que el llamado es individual y no necesariamente familiar. Hay muchos que suponen haber creído en las doctrinas del Señor pero se aferran a sus padres, a sus familiares y amigos, como queriéndolos salvar junto con ellos. Hay que tener cuidado con esa actitud porque no se puede servir a dos señores a la vez. Aunque esas palabras del Señor pudieron parecerle duras al futuro discípulo el llamado eficaz del Señor no puede desconocerse.

Jesús dijo: Sígueme. Pero él dijo: --Señor, permíteme ir primero a enterrar a mi padre. Y Jesús le dijo: --Deja que los muertos entierren a sus muertos; pero tú, ¡ve y anuncia el reino de Dios! Entonces también dijo otro: --Te seguiré, Señor, pero primero permite que me despida de los que están en mi casa. Pero Jesús le dijo: --Ninguno que haya puesto su mano en el arado y sigue mirando atrás, es apto para el reino de Dios (Lucas 9: 59-62).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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