Lunes, 24 de diciembre de 2018

La doctrina de Cristo, la cual recibió de su Padre, fue la misma que entregó a sus apóstoles. Tal doctrina, o cuerpo de enseñanzas, engloba el tema del Nuevo Pacto con su sangre, es la culminación de todo lo que se enseñaba en la Ley de Moisés, la que le fue dada por Jehová. La ley, decía Pablo, se convirtió en el Ayo que nos lleva a Cristo; como el autor a los Hebreos dijo, aquellas cosas se hicieron bajo mandato de la ley como una sombra de lo que habría de venir. Jesucristo enseñó como nadie más la doctrina del infierno de eterna condenación y como nadie más expuso la doctrina de la gracia.

Él dijo que ponía su vida por las ovejas, que los que no entendían su palabra y no podían ir a él era porque no formaban parte de su rebaño o de sus ovejas. La condición de oveja precede a la redención del alma, ya que el Padre no redime ni a una sola de las cabras. El Señor aseguró que ponía su vida por los que el Padre le había dado, que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo enviara. Asimismo aseguró que no rogaba por el mundo, es decir, dejó por fuera de la expiación y representación en el madero a un gran lote de personas, a todos los réprobos en cuanto a fe preparados para la condenación eterna.

Esa doctrina enseñó Jesús en muchas oportunidades, y fue la misma que siguieron enseñando sus discípulos. A muchos de sus seguidores les pareció dura palabra de oír y por esa razón se retiraron de su presencia dando murmuraciones. Ellos se sintieron ofendidos, como cualquiera que tenga su orgullo herido, como cualquiera que tenga en alto su libertad de elección y subestime la soberanía absoluta del Dios Creador. La Biblia tiene como tema principal la gloria del Dios Eterno, su poder y sus actos soberanos. Ella nos dice que el Señor hace como quiere y que no tiene consejero ni quien le dispute; nadie podrá preguntarle qué haces o inquirirle por las razones de sus acciones.

Pero la Biblia no fue escrita para los impíos. Ellos se gozan en contradecirla, en buscar argumentos en contra de lo que encuentran como escandaloso. En realidad fue escrita para los elegidos del Padre, si bien está abierta para que cualquier persona pueda indagar acerca de lo que es la fe de los creyentes. Impíos y creyentes pueden leerla, pero para unos será una gran parábola mientras para los otros será la palabra de Dios que habla. Ella nos habla del Hijo de Dios que fue preparado como Cordero para la expiación de su pueblo desde antes de la fundación del mundo. Eso forma parte de la doctrina del Padre que vino a traernos Jesucristo.

Adán fue creado en un estado de inocencia, pero si comprendemos el texto enunciado por Pedro respecto al Cordero preparado desde mucho antes de que Adán fuese formado del polvo de la tierra, podemos comprender que el propósito de Dios era que el hombre cayera en pecado. De otra manera ¿cómo hubiese quedado ese Cordero si Adán no hubiese pecado? Por esa razón decimos que parte de la doctrina del Padre enseñada en las Escrituras es el hecho de que Dios hizo al malo para el día malo, que Adán tenía que caer en pecado para que se manifestase el Cordero que se llevaría toda la gloria en la redención del pueblo escogido.

Cualquier persona puede transgredir la ley de Dios, ya que eso es parte de la naturaleza pecaminosa humana heredada de su padre Adán. Eso lo hacemos a diario, incluso los que ya hemos sido redimidos por la sangre del Hijo, pero hay ciertas cosas que el creyente no puede cometer. El irse tras una doctrina extraña, apóstata, propagada por los falsos maestros, es uno de los asuntos que el verdadero creyente no puede cometer. No hablamos acerca de que no debe sino de que no puede. Si leemos Juan 10:1-5 podemos ver que las palabras de Jesucristo son muy específicas al respecto. Allí leemos que las ovejas que son del buen pastor no se van jamás tras el extraño (tras el evangelio diferente y anatema), ya que la voz de los extraños les es desconocida.

Por esa razón el apóstol Juan también escribió en una de sus cartas que el que se extravía y no vive o habita en la doctrina de Cristo, no tiene ni al Padre ni al Hijo. Así de simple, tan importante es Jesucristo como su cuerpo de enseñanzas. No es posible decir que se ama a Dios con el corazón, que se tiene a Cristo en el corazón, pero que se puede defender una doctrina un poco diferente a lo que él enseñó. Los pecados de un creyente pueden ser cuantiosos, pero el desviarse de la doctrina de Cristo no es propio de los creyentes. Quien tal haga está demostrando que no tiene ni al Padre ni al Hijo, por lo tanto tampoco tendrá al Espíritu.

Ni los argumentos de los falsos maestros, ni las persecuciones humanas de cualquier índole, podrán apartar al creyente de ese cuerpo de enseñanzas del Señor. El Espíritu que nos ha sido dado como arras de nuestra salvación final nos anhela celosamente, nos lleva a toda verdad, intercede por nosotros, nos ayuda a pedir como conviene. Pero la advertencia de Juan prosigue y nos asegura que darles la bienvenida a nuestra casa (templo de Dios, sitio de reunión, vivienda, aposento, etc.) será una manifestación de rebelión a Dios de parte nuestra. Eso sería caer en la trampa de los falsos maestros, lo cual -como ya dijimos- es un imposible para la oveja del Señor. Por lo tanto, quien en tal trampa caiga ha de comprender que no tiene ni al Padre ni al Hijo, que no ha nacido de nuevo.

El falso maestro o el que no trae la doctrina del Señor es un inductor de mentiras, es un anticristo, alguien que niega a Jesucristo. Los que tuercen aunque sea un poco la Escritura están diciendo que Jesucristo es un mentiroso, como es el caso de los adventistas que vienen con ropaje de creyentes pero aseguran que el infierno no existe como fuego eterno para tormento de las almas perdidas. Incluso llaman a Dios mentiroso, cuando aseguran que el chivo expiatorio del Antiguo Testamento representa a Satanás, con lo cual afirman que Satanás cargó con nuestros pecados. Lo mismo hacen los Testigos de Jehová, quienes van de puerta en puerta advirtiendo sobre el fin del mundo, pero aseguran que Jesucristo es el hermano mayor y no es el Hijo de Dios, que no es Dios mismo.

Existe igualmente una extensa variedad de falsas enseñanzas en torno a la Biblia que trae maldición a quienes las reciben. El falso evangelio de la expiación universal es una doctrina de las más comunes, aceptada por la mayoría de las iglesias auto denominadas cristianas. Eso le pasó a los Gálatas insensatos, hechizados y obnubilados por el evangelio de las obras. Ellos habían comenzado por la gracia pero la combinaron con un poco de obras y pensaron que se hacían mejores. El resultado fue la maldición implícita de ese falso evangelio. Juan dice que no debemos ni saludar a los que pregonan falsas doctrinas, mucho menos decirles que Dios los bendiga (no le digamos paz, cuando no la hay). ¿Cómo puede alguien desear bendición para los que traen el evangelio maldito de los Gálatas insensatos? El que les desea paz o les dice bienvenidos se hace participante de sus malas obras.

Los que dicen que Jesucristo es el que salva y no el habitar en su doctrina en forma perfecta se engañan a ellos mismos. La doctrina de Cristo ha sido revelada en la Escritura con perfecta claridad, ella resulta tan evidente que ningún verdadero creyente podrá obviarla. Incluso los que no creen podrán aprender de la Biblia lo que el Señor enseñó, si bien podrán escandalizarse o decir que es una doctrina dura de oír. La realidad es que la utilidad de la doctrina de Cristo sirve para establecer la diferencia entre la manada pequeña y la gran multitud de los que moran en el mundo.

Las doctrinas de la gracia son la base de la fe cristiana, son un asunto de vida o muerte del alma humana. El verdadero evangelio siempre porta como estandarte las enseñanzas de la gracia, impartidas por Jesús, por sus apóstoles y por el resto de las Escrituras. El otro evangelio, el diferente y maldito, se enfrenta a esas doctrinas diciendo que son duras de oír. Por ello inventan todo tipo de subterfugio para hacer más llevadero el peso de lo que les disgusta, tratando de suavizar los dictámenes de Dios con los argumentos de una expiación universal. Al intentar democratizar la redención de los hombres los hace partícipes junto con Dios en un sistema teológico integral. Ellos hablan de un trabajo conjunto entre Dios y los hombres, dicen que Dios hizo su parte pero que ahora a la humanidad le toca hacer la suya. Aseguran que Dios no condenó a nadie sin mirar en sus pecados, más bien salvó a muchos porque vio que se iban a arrepentir.

De esta manera estos servidores de Satanás prestan su trabajo para el engaño de las almas, para robar el sosiego de los que parecen encontrar alivio en las Escrituras. Por supuesto que no podrán arrebatar a ninguna de las ovejas del Señor, pero son un estorbo en las congregaciones cuando se introducen encubiertamente. Debemos decir que aún esos predicadores del evangelio anatema (maldito) han sido puestos por Dios para extravío de los que no creyeron a la verdad sino que se gozaron en la injusticia. Lo que ellos niegan de entrada -que Dios haya ordenado todo cuanto acontece- en realidad forma parte de su propia maldición, porque como dijo Pedro: han sido puestos para que tropiecen en la roca que es Cristo. O como también dice la Escritura, que algunos de ellos son réprobos en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda.

Pero pese a esa carga de maldad que llevan sobre sus hombros, aún se anuncia para ellos el evangelio de Cristo. El que creyere será salvo, el que no creyere ya ha sido condenado. Dios tiene muchas formas de llamar a su pueblo para que huya de Babilonia, para que escape de los juicios a la Gran Ramera. El que oiga su voz que no endurezca su corazón.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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