S?bado, 22 de diciembre de 2018

Jesús le decía a un grupo de judíos representativos de la gente réproba en cuanto a fe que ellos eran hijos del diablo. En realidad hacían lo que habían oído estando cerca de su padre (el príncipe de este mundo). El Señor reconoce a un Padre diferente, el Dios que lo envió a este mundo, el mismo Padre de todos los hijos que le daría en esta tierra por causa de la consumación de su trabajo en la cruz. La simiente prometida en el Génesis y que destruiría al dragón antiguo vendría por la vía de Abraham. En Isaac sería llamado el Cristo, de tal forma que el conglomerado de seres humanos que escucharía el evangelio (la buena nueva de salvación) desde el Antiguo Testamento hasta el Nuevo Testamento contendría el número de los consiervos redimidos.

Por supuesto, Dios levantó a Noé antes de Abraham, así como a otras personas que también serían sus testigos en la preparación del camino para la manifestación del Mesías enviado.  Sin el anuncio del evangelio de la redención los seres humanos no podrán ser alcanzados para tal propósito, como más tarde escribiera Pablo cuando dijo que era necesaria la predicación para que se oyera el evangelio y se conociera a quién se habría de invocar. Eso es lo que la Escritura llama por el Espíritu la locura de la predicación. Empero hay otra simiente, representada en la serpiente del Edén, la cual tiene muchísimos hijos ya ordenados desde antes de la fundación del mundo, de acuerdo a los consejos y propósitos inmutables del Creador.

En este planeta se desarrolla una batalla o encuentro de enemigos signados por estos dos bandos. Los hijos del diablo y los hijos de Dios. De estos últimos hay muchos que no han escuchado todavía el llamamiento santo, la especial invitación del Espíritu de Dios para salir de las tinieblas a la luz. En ese estado en que están son llamados hijos de la ira de Dios, pero jamás se les ha dicho hijos del diablo. Tal vez se parezcan a esos hijos de Satanás por su conducta y por su dureza de espíritu, pero son amados con amor eterno -como le dijo el Señor a Jeremías. Ellos serán pueblo de buena voluntad en el día del poder de Dios, cuando el Espíritu los haga nacer de nuevo.

Jesucristo conocía todas las cosas y sabía quiénes eran suyos y quiénes eran del enemigo de las almas. Por esa razón le dijo a un grupo de personas que aunque eran simiente de Abraham (de la simiente física propia de la nación judía y que no era por fuerza la simiente espiritual) su palabra no cabía en ellos. Las palabras del Señor del evangelio no tienen cabida en los corazones de la simiente del diablo, aunque las oigan y aunque se dispongan a escucharlas. Judas Iscariote es un ejemplo muy evidente de lo que decimos y de lo que decía el Señor, quien a pesar de andar por más de tres años en el ministerio apostólico al lado de Jesucristo era uno de los hijos del diablo.

Jesús estableció una gran diferencia entre los dos padres de la humanidad; mientras él hablaba lo que había visto cerca de su Padre los otros hacían lo que habían escuchado cerca del padre de ellos. Son dos visiones muy distintas con dos influencias definitorias.

Lo que Jesús había visto con su Padre era algo muy diferente y tenía que ver con todo este misterio de la piedad. El ministerio de él en esta tierra era parte de lo concertado desde los siglos, el grupo de personas por el cual rogó la noche antes de su martirio se correspondía con el grupo de personas que venía a representar en el madero (Mateo 1:21). De lo contrario hubiera rogado por toda la humanidad, sin excepción; en cambio, dijo muy específicamente que no rogaba o que no intercedía por el mundo. Ese mundo por el cual no rogó Jesús es un mundo muy distinto al mundo que el Padre amó de tal manera que le envió a su Hijo, para que creyeran en él y en su palabra. En Juan 17:9 uno puede constatar la diferencia entre estos dos grupos de personas, los herederos de la simiente prometida a Eva en el Edén y los herederos de la simiente de la serpiente.

Los hijos del diablo tienen una obra específica que es en esencia el trabajo de los anticristos. Ellos mismos pasan a ser anticristos en la doctrina y en los deseos de odio contra los herederos de la simiente de Dios. El odio contra las ovejas del Señor y contra el Dios de todo cuanto existe tiene muchos matices, pero en definitiva obedece al hecho de que es operado en función del padre de los réprobos (Juan 8:41). Otra característica de estos hijos de Satanás es el hecho de que no pueden reconocer el lenguaje del Señor, no pueden entender su discurso ni su doctrina. Ellos lo escuchan o interpretan como una gran parábola a la que tienen que aplicar una interpretación privada (Juan 8:43). El que es hijo del diablo hace y cumple los deseos de su padre, de manera que comete homicidio  contra el alma humana. El padre de la mentira engaña a sus seguidores pero en ocasiones atrapa con sus artimañas aún a los hijos de Dios. Sin embargo, el Espíritu que nos anhela celosamente nos conduce a toda verdad. Eso le aconteció al apóstol Pedro, quien en una ocasión le dijo al Señor que no le aconteciera tal cosa como entregar su vida y fue reprendido como si Satanás hablara por él.

Sucede a menudo que nos encariñamos con personas (parejas, hijos, parientes en general, amigos) y por ellos y por sus afectos luchamos. En esas batallas pretendemos alcanzarlos por nuestros esfuerzos hacia el entendimiento de la palabra de Cristo, pero terminamos por momentos engañados con sus mentiras (Juan 8:44). Eso les sucedió a muchos israelitas que habían tomado mujeres de los pueblos enemigos y que servían a otros dioses. En un momento dado tuvieron que arrepentirse y sufrir el dolor del desgarre del alma que produce la separación de las esposas y de los hijos. Para evitar esos dolores más nos vale escuchar y obedecer el lenguaje de Cristo y alejarnos de las hechiceras palabras de los hijos de la serpiente.

Dos pueblos existen en la tierra bajo numerosos adjetivos, pero ambos son muy distintos el uno del otro. El pueblo de Dios es conocido como el pueblo del libro o el pueblo del Espíritu. El otro grupo de personas configura el conjunto de enemigos que persiguen a los que hemos sido liberados del yugo de Satanás. Lo mismo acontecía con los hijos de Abraham, Ismael perseguía a Isaac, el hijo de la esclava al hijo de la libre. Con esa alegoría la Biblia nos pone una advertencia de lo que nos acontecerá por siempre en esta tierra, y en la medida en que consagremos nuestros oídos a uno u otro discurso evitaremos conflictos supremos o caeremos en las trampas de los que nos persiguen sin causa.

Son cuantiosas las admoniciones bíblicas para que los hijos de Dios nos dediquemos a poner atención a ellas, de tal forma que evitemos el sufrimiento de la mordedura de la serpiente. Por más que no muramos por cuanto tenemos un antídoto, el trabajo de recuperación es oneroso. La serpiente sibilina ataca de imprevisto, ella se esconde en los terrenos sombríos y espera que su presa esté cercana para dar el certero golpe. Algo parecido hacen los lobos disfrazados de ovejas, de igual forma actúan los falsos maestros, los que tuercen las Escrituras y los que enseñan falsas doctrinas (aunque las ovejas del Señor huyen de estos extraños).  Jesús fue muy enfático y muy claro, él dijo que ponía su vida por las ovejas que le eran propias. No dijo lo mismo respecto de los cabritos sino que a éstos los enviaría al infierno eterno.

El Padre Celestial o Padre de las luces envió a su Hijo a dar su vida en rescate por muchos. Esos muchos serían enseñados por Dios para que acudieran a Jesucristo y nadie puede acudir al Hijo a no ser que sea enviado por el Padre. El Señor no echará fuera a los que son enviados por el Padre sino que los resucitará en el día postrero. El padre de la mentira hace el engaño desde siempre, mata el alma humana y promete una redención universal. Él dice y repite que su hijo murió por todos, sin excepción, que sin salvar a nadie en particular hizo una salvación potencial para todos los que lo deseen. De esta forma propone como verdadero el trabajo conjunto entre dios y el hombre, haciendo posible para todos lo que el esfuerzo humano completaría con una simple manifestación de voluntad.

Los hijos de este padre de la mentira se cargan de odio contra los hijos que Dios le dio a Jesucristo y contra su doctrina. Son capaces de perseguir hasta la muerte o hasta el destierro social a la grey de Dios o manada pequeña. Ellos cambian la verdad por la mentira, lo dulce por lo amargo y llaman bueno a lo malo y malo a lo bueno. Ellos acusan a Dios de injusticia, si fuere verdad que Dios escogió a Esaú como hijo de perdición desde antes de la fundación del mundo, sin mirar en sus obras buenas o malas (Romanos 9). Ellos levantan la objeción contra la Escritura inspirada por el Espíritu Santo (Romanos 9) alegando que Dios es peor que un tirano, menos fiable que un diablo, un Ser que envía arbitrariamente al infierno a seres que no tienen la opción de resistencia (John Wesley). Ellos dicen que sus almas se disgustan, se rebelan, se vuelven contra aquellos que ponen a los pies de Dios la sangre del alma de Esaú (Charles Spurgeon y sus seguidores). De esta forma estos objetores modernos hacen lo mismo que el objetor levantado en Romanos 9,  ya que su rebelión y disgusto va en contra del Espíritu de Dios que fue quien inspiró a Pablo para que escribiera que Dios odió a Esaú aún antes de ser concebido o de que hiciese obra buena o mala.

Dos padres en el mundo son contrapuestos en este escenario presentado por Jesucristo. El uno es el Padre Eterno, el Inmutable, el Creador de todo cuanto existe, el que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:9), el que ha hecho cualquier mal acontecido en la ciudad (Amós 3:6), el que mata y da vida, el que crea la paz y crea la adversidad (Isaías 45:7). Ese es el Dios que no permite nada sino que hace todo cuanto acontece (¿Quién es el que dice que acontece algo que Jehová no mandó? -Lamentaciones 3:37). El otro padre es el que ha practicado el homicidio desde el principio, es el dios de este siglo, el que miente todo el tiempo. Ese padre fue el que le prometió al hombre que no moriría si desobedecía al Creador, con la consecuencia terrible del pecado en medio de la humanidad. Ese es el padre que como serpiente clava sus colmillos para herir en el calcañar (talón) a los herederos de la Simiente y que hirió a la misma Simiente cuando vino a esta tierra. Pero hoy sabemos que el diablo nada tiene en los hijos de Dios, que ha sido destruido (al recibir un golpe en la cabeza), aunque por quedarle poco tiempo se ha vuelto más furioso. Estamos seguros de que es controlado para que cumpla el propósito que Dios tiene para sus planes eternos.

Aprendamos a conocer al Padre Eterno, al Dios que amó de tal manera al mundo que le envió a Su Hijo, aprendamos la doctrina de Jesucristo que es la misma doctrina del Padre que le envió. De esta forma podemos estar más atentos a las artimañas del padre de la mentira y de sus hijos herederos de la injusticia, para evitar el efecto del veneno de áspides que guardan bajo sus lenguas.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 18:25
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