Martes, 18 de diciembre de 2018

El evangelio aparece escrito en el Génesis, cuando Dios promete la simiente que heriría en la cabeza a la serpiente o dragón antiguo que se llama diablo o Satanás. Génesis 3:15 contiene este anuncio, la buena nueva, el camino de redención para el hombre caído. Esa esperanza pasó a través de las generaciones que Dios había escogido para tal fin. No que toda la humanidad sería redimida, ni siquiera todo el pueblo de Israel levantado como nación, en tanto portador de la ley que como un Ayo nos conduciría a Cristo, sino que en Isaac nos sería levantada esa simiente.

Aquella promesa también le fue mencionada a Abraham y a su descendencia -que es Cristo. A ese pacto hecho por Dios no se le cancela ni tampoco se le añade, por cuya razón la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa fuese dada por la fe en Jesucristo a los que creen (Gálatas 3:15-16).  Para nosotros la promesa es el Redentor que vendría y para Jesucristo nosotros vinimos a ser lo que Dios le dio, los hijos que vería, el linaje y herencia que alcanzaría. Por esa razón se ha escrito que se le dieron promesas tanto a Abraham como a la Semilla -Jesucristo.

Desde nuestra perspectiva aquella promesa ha sido cumplida cuando se manifestó el Señor en su primera venida, pero se sigue cumpliendo en la medida en que el Hijo continúa alcanzando su linaje. Son los escogidos del Padre la promesa que le fue dada a Jesucristo, por los que agradeció antes de ir a la cruz. Esa semilla no cayó en espinos, ni en pedregales, ni junto al camino, sino en el terreno de los escogidos del Padre, los que son enseñados por Dios para que acudan al Hijo. De éstos el Señor aseguró que no echaría fuera a ninguno, sino que los resucitaría en el día postrero. Agregó que nadie podría arrebatarlos de sus manos ni de las manos de su Padre. Esa es una seguridad absoluta para todos los que hemos creído, de acuerdo a la fe que nos ha sido dada como don de Dios (Efesios 2:8).

La serpiente fue herida en la cabeza, está destruida aunque todavía vive por un tiempo. De esta manera se lleva a cabo el plan divino de sujetar toda la creación a vanidad por causa del que la sujetó a esperanza. Satanás tiene que seguir cumpliendo el rol de acusador de los hermanos, sigue siendo el tentador que conduce a los muchos al infierno eterno, a los cuales lidera para que la maldad se manifieste en este mundo en sus múltiples facetas. Pero los beneficiarios de aquella Simiente prometida sabemos que el diablo no tiene nada en nosotros, que hemos sido rescatados de sus prisiones de oscuridad, de la ignorancia del evangelio, de la predicación de los extraños.

Pedro nos exhorta a crecer en gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2 Pedro 3:17-18), exhortación que viene precedida de lo que dijo respecto al amado hermano Pablo. Lo que el apóstol para los gentiles enseñaba de acuerdo a la sabiduría dada por el Señor era la gracia frente a las obras, doctrina que los indoctos e inconstantes tuercen. Fue Pablo quien expuso en forma muy clara la predestinación y la reprobación, con el ejemplo de Jacob y Esaú, fue él quien nos instruyó en forma específica en cuanto a la voluntad y soberanía absoluta de Dios respecto a todo cuanto acontece, en especial en materia de elección para vida y elección para muerte eterna. Incluso, en su carta a los Efesios, Pablo declara que la fe es también un regalo de Dios. En otros términos, la doctrina de este apóstol se centra en la gracia divina contra el ego y la supuesta libertad humana.

Hay un ejercicio de la gracia y de la fe, hay una profesión que se debe afianzar, para evitar la fluctuación, la duda, el ser llevado por todo viento de doctrina. Somos llamados a crecer en gracia, ya que en ella tenemos incontables bendiciones. No podemos descuidarnos en esa doctrina porque eso bajaría nuestras defensas. Un árbol fuerte que da fruto a su tiempo comienza por una semilla que siempre será mucho más pequeña que la dimensión alcanzada por él mismo. Pero ese árbol ha necesitado ciertos elementos naturales que le son propios, que sirven para nutrirse, de tal forma que alcance la dimensión natural que le indica su genética. Así nosotros, en tanto hijos de Dios, debemos alimentarnos de esta doctrina enseñada por Jesús y sus apóstoles, la misma que fue predicada en el Antiguo Testamento.

El hecho de conocer más y más acerca de la persona y obra del Señor Jesucristo es una tarea que no presenta ninguna pérdida. Incluso la vida eterna consistirá en conocer a Dios y al Hijo que fue enviado hacia nosotros (Juan 17:3). Si alguien considera aburrido y repetitivo el abundar en este conocimiento (el del Padre y del Hijo, el de la gracia y la fe), ¿cómo puede pretender pasar la eternidad con esa tarea? Los que no soportan la gracia soberana de Dios, la cual da a quien Él quiere dar y retiene de quien Él quiere retenerla, se conforman y deleitan con el evangelio extraño. Ese otro evangelio diferente es el que enseñan los falsos maestros, los que tuercen las Escrituras por ser indoctos e inconstantes. Fijémonos en que la misma Biblia habla contra los indoctos, de manera que es cosa grave para el alma humana ser un ignorante de esa gracia y fe que son dadas sin miramiento a las obras de los elegidos. Ese evangelio espurio habla de una gracia mezclada con obras, de un Jesús que hizo su parte pero que espera ansioso para que la humanidad haga la suya. Esa predicación de los falsos maestros está llena de la maldición divina y es una trampa que hace caer a millones de incautos.

Hay que tener cuidado con el espíritu de estupor que Dios envía a los que no creen en la verdad sino que se complacen en la mentira. Jesús predicaba acerca de la imposibilidad de ir a él si el Padre no es quien lo envía (Juan 6:37), pero sus seguidores murmuraban. De allí que el Señor enfatizó lo antes dicho: Nadie puede venir a mí, a menos que el Padre que me envió lo traiga; y yo lo resucitaré en el día final (Juan 6:44). Pero el discurso del Señor seguía pareciéndoles a sus oidores una palabra dura de oír. Muchos de estos que lo seguían venían por tierra y mar, habían sido beneficiarios del milagro de los panes y los peces y acudían a él para oír sus palabras. Pero aunque esa gente contendía y se incomodaba por la doctrina de Jesús, el Señor no les rogaba que aceptaran lo que les decía, no insistía para que abrieran sus corazones a sus enseñanzas.

Es claro que el corazón de un muerto en delitos y pecados no puede estar dispuesto a las palabras de vida eterna, ya que se hace necesario que el Padre cambie ese corazón y lo abra como lo hizo con la vendedora de púrpura. El resumen de la enseñanza de Jesús en aquel momento fue afianzado con un conector consecutivo que expresa la consecuencia necesaria de la condición o causa de algo. En el contexto en que el Señor hablaba es claro que aquellas personas no habían sido enseñadas por Dios para acudir a Jesucristo, por cuya razón sufrirían una consecuencia terrible. Jesús les dijo: Por esta razón os he dicho que nadie puede venir a mí, a menos que le haya sido concedido por el Padre (Juan 6: 65).

Jesús era la Simiente prometida para nosotros, una semilla incorruptible, como bien dijera Pedro. Pero dado que existen muchos anticristos, y los falsos maestros forman parte de ellos, hay quienes siembran el evangelio con semilla corruptible. El árbol malo que produce esa semilla maligna y enferma no puede dar sino fruto malo, fruto que no es otro sino el evangelio maldito del que Pablo refiere en su carta a los Gálatas. Los que comen de ese fruto del árbol malo son llamados insensatos, hechizados, incautos, por cuanto la semilla híbrida y contaminada les ha hecho oscilar entre la gracia y las obras. El evangelio es uno solo pero la semilla enferma combina varios evangelios (como si hubiera muchos), todos ellos diferentes del evangelio de Cristo. Esa semilla genéticamente alterada contiene ciertos elementos del evangelio verdadero, de la semilla no corruptible, pero es semejante al ropaje de cordero que tienen los lobos cuando pretenden engañar a las ovejas.

Enfaticemos en que un verdadero creyente no pudo ser regenerado a partir de una semilla corruptible. El evangelio diferente, que proviene de los falsos maestros, no ha regenerado a una sola persona. La buena conducta que manifiestan los del evangelio anatema, su doctrina aprendida fuera de contexto, jamás podrá conducir a nadie hacia el reino de los cielos. Jesús lo dijo cuando habló del fruto que proviene de la abundancia del corazón, al referirse al árbol bueno y al árbol malo. Por mucho celo de Dios que tenían los fariseos, o los israelitas que desconocían el verdadero evangelio, ellos andaban perdidos (Romanos 10:1-4).

El Señor tiene pueblo escogido en Babilonia pero les ordena salir de allí y huir de ella. La orden del Señor no se refiere a reformar a la Gran Ramera, como si al cambiar sus ropajes se lavaran sus impurezas. Los verdaderos creyentes siguen la Luz de Dios que vino al mundo, jamás se van tras los extraños (Juan 10:1-5) por cuanto desconocen su voz. Ellos tampoco seguirán al espíritu de engaño enviado por Dios, para los que no creyeron a la verdad sino que se gozaron en la injusticia. ¿Qué mayor injusticia que seguir el evangelio anatema, al falso maestro y a los falsos profetas? ¿Cuánta injusticia no hay en pretender llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno? Todos aquellos que pervierten las Escrituras torciéndolas, lo hacen para su propia perdición.

Si alguno que llamándose creyente no habita en la doctrina de Cristo, o que dice habitar en ella pero tiene comunión con los que traen una doctrina diferente a la enseñada por el Señor, no tiene ni al Padre ni al Hijo. Si alguien que se dice creyente rechaza el hecho de que el Señor haya preparado los vasos de ira para destrucción, desde antes de la fundación del mundo, odiándolos como odió a Esaú, aún sin mirar en sus obras buenas o malas, en tanto Dios soberano absoluto que hace como quiere de acuerdo a sus propósitos eternos e inmutables, el tal proviene de una semilla corruptible. A los tales hay que evitar, si bien también se les predica que dejen de murmurar y que se arrepientan de la concepción errónea que tienen del Dios de las Escrituras.

La promesa que se cumple es esta, que Jesús vino al mundo a salvar a todo su pueblo de sus pecados, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21). Esa promesa se cumplió en parte y en parte se sigue cumpliendo hasta la culminación de los tiempos. En la medida en que el número de los consiervos se complete se podrá decir que todos los escogidos de Dios han sido alcanzados como la herencia prometida al Mesías Salvador. Por eso Isaías escribió de él que vería linaje y sería saciado: con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, y le hirió. Cuando se haya puesto su vida como sacrificio por la culpa, verá descendencia. Vivirá por días sin fin, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada (Isaías 53:10).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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