Martes, 18 de diciembre de 2018

El evangelio de Cristo, que es el mismo enseñado por los apóstoles e igualmente por los profetas bíblicos, se predica en todo el mundo. Eso no quiere decir que cada persona en el planeta haya escuchado ese mensaje, o que los que lo escuchan llegan a creer por fuerza. Más bien es un mecanismo para que el fragante olor de Cristo se dé para Dios en los que se salvan y en los que se pierden.  Si Jesucristo vino a enseñar la doctrina del Padre, conviene poner atención a lo que dijo en sus múltiples exposiciones recogidas en los evangelios. Los cuatro evangelistas predicaron el evangelio, pero también lo hicieron todos los apóstoles.

Pablo se refería a su evangelio como lo que el Señor le había revelado. Venido a ser el apóstol para los gentiles logró comprender y exponer el tema de la soberanía absoluta de Dios. Dedicó tiempo para que pudiésemos entender la temática de la predestinación. Tanto Jesús como Pablo, así como los demás escritores bíblicos, destacaron la soberanía del Ser Supremo. Jesús mismo, en tanto Dios-Hijo sabía lo que decía al respecto. Por eso los que lo seguían de verdad entendían que no era posible ser creyente y andar fuera de la doctrina de Cristo. Juan nos da una admonición al respecto, cuando menciona la necesidad de habitar bajo la doctrina del Señor.

No hay gracia sin evangelio, es decir, Dios no salva a nadie sin que antes haya sido instruido por Él respecto a la vida y a la obra de su Hijo. Juan el Bautista fue un claro ejemplo de un niño-feto que fue movido por el Espíritu de Dios para que comprendiera que estaba ante el Cristo cuando éste estuvo en el vientre de su madre María. Ese Jesús en el cual hemos creído aseguró que no es posible ser una oveja suya y seguir al extraño. En otros términos, no es viable el hecho de que alguien desconozca la doctrina del Señor y al mismo tiempo se declare creyente.

Igual error cometerá el que diga que es creyente pero que sostiene un evangelio equivocado. Muchos discípulos (alumnos) del Señor, los cuales disfrutaban de sus sermones y se beneficiaban de sus milagros y señales, se apartaron de él murmurando por el hecho de que les hablaba de la predestinación. El capítulo 6 del evangelio de Juan nos cuenta esa experiencia, cuando aquellas personas llamadas discípulos aseguraron que esas palabras de Jesús eran duras de oír.

Pablo le dice a Timoteo que no debe avergonzarse de testificar del Señor, el cual los había salvado a ambos (y al resto de los redimidos) llamándolos con santo llamamiento. Ese Jesús no miraba a nuestras obras sino a su propio propósito y gracia, la cual les había otorgado (tanto a ellos como a todos los demás creyentes) antes de la fundación del mundo (2 Timoteo 1: 8-9).

El propósito del Señor era manifestar la gracia en su pueblo (Mateo 1:21), otorgándonos perdón por su sangre derramada en la cruz del Calvario, siendo él el verdadero pan del cielo enviado por el Padre. Todavía hay gente que murmura frente a esta doctrina pero ellos no escucharán del Señor alguna invitación o ruego, sino las mismas palabras dadas a aquellos discípulos disidentes mencionados en el evangelio de Juan. Lo que el Señor les dijo fue que no murmuraran entre ellos (Juan 6: 43), ya que nadie podía ir a él a no ser que el Padre que lo envió lo trajera ante el Señor. Fueron los profetas los que escribieron que seríamos enseñados por Dios para oír y aprender del Padre, como condición para poder acudir a Jesucristo.

Algunos Gálatas habían creído el evangelio de la gracia pero acabaron asumiendo la doctrina de las obras. Esto pasa cuando alguien pretende combinar la verdad con la mentira, lo dulce con lo amargo, lo bueno con lo malo. La teología de las obras es lo más natural para el hombre caído, de esa manera la persona no se despoja del todo de su ego y puede participar en el concurso de su salvación. La semilla mencionada en la parábola del sembrador, la que no cayó en buena tierra, ni dio el fruto debido y no sirvió de nada, es propia de la teología natural. Así fueron esos Gálatas insensatos, que disfrutaron por un momento del don celestial pero sucumbieron ante las obras de la ley. Recordemos que la ley hablaba de hacer y no hacer, pero cualquiera que errare en un punto se hacía responsable de toda ella.

Fue Jesucristo quien pudo cumplir toda la ley y mantenerse sin pecado alguno. Fue él como Cordero sin mancha quien llevó nuestras culpas y nos curó por medio de sus llagas. Pero ese mismo Jesús no rogó por el mundo la noche antes de su sacrificio, solamente rogó por los que el Padre le había dado y le daría por medio de la palabra de ellos. Esto que decimos acá forma parte del evangelio de Cristo, es doctrina esencial para el creyente. Esto no es un asunto de matiz teológico que puede o no puede asumirse, más bien es básico para cada alma redimida el confesar tal evangelio. El corazón de la persona hace hablar su boca, de manera que por el fruto que exponen se descubre su alma.

Si alguien confiesa un evangelio diferente al enseñado por Jesús y los apóstoles ha de ser considerado anatema. Una prueba de gran relevancia para conocer si alguien está o no está en rebeldía con el Señor sería la lectura de Romanos nueve. Allí se menciona a Dios como quien ha creado los destinos de Jacob y Esaú, dos representantes de la humanidad. Jacob fue amado con amor eterno (al igual que Jeremías y los de su tipo), con misericordia prolongada. Esto fue hecho aún antes de que fuese concebido. Esaú fue odiado con odio eterno (como cualquier réprobo en cuanto a fe), antes de que fuese concebido. La Escritura afirma que Dios hizo estas cosas sin mirar en las obras de ambas personas.

La elección para vida eterna y la elección para condenación eterna cumplen con el propósito eterno e inmutable del Dios soberano. En tal sentido la Biblia afirma una y otra vez que fuimos escogidos en Cristo desde antes de la fundación del mundo. La reprobación para condenación eterna se hizo igualmente sin miramiento a las obras humanas, para que Dios mostrase la gloria de su ira, justicia y poder. Toda la actividad que haga la raza humana en esta tierra obedece a esa determinación hecha por el Altísimo desde la antigüedad. Claro está, no habrá un solo condenado que no tenga la contaminación del pecado que no pudo pagar, o culpa que no pudo limpiar. El capítulo nueve de la carta a los romanos nos asegura que ambas actividades predeterminadas hizo Dios sin mirar en las obras de los hombres.

Esaú vendió su primogenitura, desestimó el privilegio de la bendición de Jehová, la tomó en un precio tan bajo como un plato de lentejas. Judas Iscariote hizo algo parecido con el Señor, lo estimó en un valor muy ínfimo: treinta piezas de plata. Cualquiera que lea en forma desatenta la Biblia dirá que Esaú se condenó por lo que hizo, lo mismo que Judas. Sin embargo, lo que se desprende de la lectura bíblica es que ni Esaú, ni Judas Iscariote, tuvieron elección alguna. Dios dijo que el uno fue odiado desde antes de ser concebido y que el otro iría como hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese. De igual forma hay cuantiosos ejemplos en el Antiguo Testamento que muestran la condenación específica de Dios sobre los hombres réprobos.

Dios se declara a sí mismo como el que hace el mal y crea la adversidad, como quien hizo al malo para el día malo. Pero también hace el bien y muestra su misericordia para con el que Él quiere mostrarla. Todas sus ovejas son enseñadas en la doctrina de Cristo para que vayan al Hijo, de otra forma ¿cómo irían a él si no lo conocieran? ¿Cómo lo reconocerían como el Redentor si no hubiesen oído de él? ¿Cómo manifestarían una voluntad dispuesta si no hubiesen sido transformados por el Padre? He allí la gran diferencia entre los que son condenados y los que son redimidos, el Padre Celestial es quien hace todo aquello.

Por esta razón no pocos objetan la palabra de Dios. Muchos llegan a decir que hay injusticia en Dios, que ni Esaú, ni Judas, ni Faraón, ni Jezabel, ni el rey Acab, ni los habitantes de Sodoma y Gomorra, ni los fallecidos bajo el diluvio universal, ni ningún otro réprobo en cuanto a fe tuvieron alguna oportunidad para tomar la decisión correcta. Si todo fue decidido desde los siglos, ¿quién puede resistirse a ese designio divino? Ante esta interrogante que se fundamenta en la lógica del hombre natural, la Escritura responde que ninguna de las personas que objeta a Dios tiene cualidad alguna para altercar con el Creador. Ellas son ollas de barro en manos del alfarero.

Terrible metáfora la de la Biblia, una que humilla hasta lo más profundo al alma altiva. No hubo argumentación por parte del apóstol, ya que el Espíritu no lo inspiró para defender a Esaú o a cualquiera cuyos nombres no estén escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Esta doctrina es de Cristo, quien además dijo que no rogaba por el mundo (Juan 17:9), que los que no son sus ovejas no pueden ir a él, que él ponía su vida solamente por ellas y no por los cabritos (por el mundo). Jesús sigue diciendo que no murmuremos por el hecho de que él haya afirmado que nadie podía ir hacia él si el Padre no lo enviare.

Bastaría con lo acá dicho para asegurar que la doctrina de la predestinación es un cuerpo de enseñanzas central del evangelio. No es posible creer en Jesucristo y al mismo tiempo ignorar su doctrina de la gracia y redención. Si así fuera, no se hubiera escrito que seríamos enseñados por Dios para ir luego al Hijo. Si no fuese de la manera que lo enseñó Jesús, el Padre dejaría a todos en la ignorancia sobre el Hijo y cada quien andaría en su propia interpretación privada de las Escrituras. Cuando Jesús citó el texto referido a la enseñanza del Padre como requisito para ir hacia el Hijo, se refería a todos los que fueron escogidos para vida eterna. Los demás -el mundo por el cual no rogó- entenderán la Biblia como una gran parábola, un libro de misterios o de fantasía, una especulación religiosa, una acumulación de mitos y leyendas adornadas con rasgos de historia universal.

Esta enseñanza de Dios a todos los escogidos permite que tanto judíos como gentiles vayamos a Jesús con la confianza de la vida eterna. Así es, cada persona que haya oído y haya aprendido del Padre irá hacia el Hijo. Cada uno de los que hayan oído por el Espíritu de Dios acerca del amor del Padre para hacernos hijos, de la gracia pregonada por el evangelio, habiendo sido llamado con llamamiento eficaz, acude de manera irresistible al Salvador de todo su pueblo (ese mundo que amó sobremanera el Padre, de acuerdo a Juan 3:16).

Son estos enseñados por el Padre los que tendrán oídos para oír y ojos para ver. Los demás son dejados fuera del Arca, son los que recibirán el azufre encendido que cayó sobre Sodoma y Gomorra, porque no hay otro evangelio sino el de Jesucristo, el cual habla de la predestinación eterna, inmutable, que no se fundamentó en las obras, ya que la gracia no sería gracia. Y si no es por obras, tampoco podrá decirse que Dios supo de antemano quién se salvaría y quién se condenaría, como si mirara por un túnel del tiempo. Si tal fuera el caso, nuestra decisión independiente de la decisión de Dios sería una obra que contaría para la redención. Esa obra, por pequeña que sea, anularía la gracia y elevaría hacia lo alto al evangelio de las obras (el evangelio diferente y anatema). El que tiene oídos para oír, que oiga; el que tiene ojos para ver, que vea.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:09
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