Mi?rcoles, 12 de diciembre de 2018

Alguien dijo que lo más cercano que los creyentes en Cristo estarán del infierno será cuanto estén en esta vida. En cambio, añadía, los réprobos en cuanto a fe lo más cercanos que estarán del cielo será en el tiempo que pasen en esta existencia en la tierra. Uno no imagina a ciencia cierta lo que es el cielo y lo que es el infierno, apenas puede hacerse una idea de lo que vendrá para las almas que han pasado por este planeta. La Biblia habla de la gloria inefable, de cosas que oído no oyó ni ojo vio, de lo inenarrable que puede ser describir la patria celestial. Eso fue lo que intentó decirnos Pablo al contarnos lo que le sucedió en una oportunidad, al haber sido arrebatado al tercer cielo (el primer cielo sería la atmósfera, luego vendría la estratósfera y después la morada celestial de los espíritus).

También se menciona en las Escrituras la experiencia tenebrosa que vivió el hombre rico estando en tormentos. El pedía por una gota de agua para refrescar su garganta o su boca, deseaba volver hacia su familia para decirles que era cierto todo lo que se le había predicado acerca de la otra vida. A él no le fue permitido pasar de nuevo a este lugar, ya que está destinado para los seres humanos que vivan una sola vez y después de esto el juicio. Jesús fue uno de los personajes del Nuevo Testamento que más habló del infierno de fuego, donde el gusano no muere (tal vez se refería a la conciencia) y el fuego nunca se extingue. También le reveló a Juan en el Apocalipsis que los ángeles del Señor atormentarían día y noche a la bestia, al falso profeta y por extensión a todos los que vayan al lago de fuego preparado para el diablo y sus ángeles.

Juan el Bautista le dijo a un grupo de fariseos que querían tomar su bautismo como el ritual que suponían venía de un profeta divino que no podían hacer tal cosa. Les preguntó quién les había enseñado a huir de la condenación venidera; por su parte, Jesucristo le dijo a un grupo de personas que ellos morirían en sus pecados. De otros aseguró que no podían venir a él porque no formaban parte de sus ovejas. Claro está, la condición de oveja precede a la de creer para vida eterna. Un cabrito no nacerá jamás de nuevo, no verá la vida eterna, pero las ovejas que son propias del Señor tuvieron un sustituto en el Calvario, alguien que pagó por causa de la redención de sus almas. Fue ese mismo Señor quien aseguró que nadie podría ir hacia él a no ser que el Padre lo trajere; agregó que era Dios quien enseñaba a las personas para que fueran hacia el Hijo.

Esa gente que acude a Cristo lo hará de buena voluntad, en el día del poder de Dios. Es decir, no hay nadie que pueda resistir el llamado eficaz del Espíritu de Dios, ni quien se pueda resistir a lo que la palabra de Dios hace en su corazón. Hay un llamado general que hace el predicador del evangelio de Cristo, como el sembrador de la parábola cuando arrojaba semillas en todo tipo de terreno. Pero ese llamado general no dará el fruto de redención si la semilla no cae en terreno preparado por el Padre Celestial. Eso es el hecho de ser enseñados por Dios para acudir hacia el Hijo, y todo aquel que es enviado no será echado fuera. De hecho ya todos los elegidos del Padre desde antes de la fundación del mundo, de acuerdo al propósito de su voluntad, fueron liberados de la culpa del pecado. Aunque por un tiempo en esta vida no hayan todavía creído, aunque aún estén bajo la ira de Dios, ellos son amados con amor eterno. Es decir, son objetos de la misericordia de Jehová y por esa razón el evangelio les será anunciado y llegarán a creer en el tiempo señalado.

Jesucristo es un claro ejemplo de lo que decimos acá. Al ser el Hijo de Dios que no cometió pecado alguno, fue hecho pecado por causa de su pueblo que vino a redimir. En la cruz él le preguntaba al Padre por qué lo había abandonado. Ese fue el tiempo en el cual el Padre descargó su ira sobre el Hijo como Cordero para la expiación, en los momentos en que llevó nuestras culpas y enfermedades. Con todo, nadie podrá argumentar que el Padre dejó de amarlo aunque sea un instante. Por esa razón decimos que los elegidos de Dios son amados con amor eterno (como le dijo a Jeremías) y por lo tanto tendrán la misericordia del Señor, más allá de que en esta vida todavía estén viviendo bajo la ira de Dios en tanto no han llegado a creer.

La sabiduría de Dios es muy profunda pero su revelación es muy clara, precisamente en virtud de esa sabiduría divina. La Escritura nos habla de Jacob y Esaú, los gemelos hijos de Isaac. Pablo nos aclara que lo que la Palabra decía era que en Isaac sería llamada descendencia. De manera que no son los descendientes según la carne los herederos, sino los que descienden según la promesa. Esa declaratoria del apóstol lo sumió en gran dolor en su corazón, al darse cuenta de lo ineludible de la voluntad de Dios. El tiene misericordia de quien Él quiere tenerla, pero endurece igualmente a quien Él quiere endurecer. El apóstol se pregunta si hay alguna injusticia en Dios, una pregunta retórica que pudiera venir de un objetor de la Palabra. La respuesta que el Espíritu le indica es que no hay ninguna injusticia en Él, ya que Él hace como quiere. Asegura que no somos más que barro en manos del Alfarero, en concordancia con lo dicho por los profetas del Antiguo Testamento. El hacha no puede mover la mano del que corta la madera, como tampoco el bastón moverá a quien lo sostiene. Aún el corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que Él quiere lo inclina. Él es quien hace la adversidad, quien crea el mal, es el que ha hecho al malo para el día malo.

Para el Dios de las Escrituras no ha habido sorpresa alguna en todo lo que ha acontecido en su universo creado. Adán no lo sorprendió con su pecado, ni siquiera Lucifer en el cielo con su rebelión. Si Dios hizo al malo para el día malo es porque hizo a Lucifer para que se convirtiera en Satanás. No dice la Escritura que Él supo aquello porque lo averiguó en algún momento, sino que fue Él quien hizo todo aquello. De esta forma el Hijo estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo para manifestarse en el tiempo en que vino a esta tierra por causa de su pueblo. Y nuestros nombres fueron escritos en el libro de la Vida del Cordero desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

El Señor declaró que nada le aprovecharía al hombre si ganare el mundo pero perdiere su alma. El mundo contiene la vanidad con la cual vive la humanidad sumergida en su soberbia, cargada de ego, en la superstición de su libertad. Como si el hacha moviera la mano del que con ella corta, al igual que el rey de Asiria que fue puesto para cortar pueblos no pocos. Ese rey se sintió valeroso y potente, diciendo para sí mismo todo lo que había hecho por sus méritos. El Señor declaró que cuando ese rey hiciera lo que le había sido ordenado sería igualmente cortado como las naciones que atropelló. La Biblia insiste en que Dios resiste a los soberbios, como resistió al rey Nabucodonosor que se hizo una estatua con su imagen, para que fuese reverenciado como un dios. Fue después de haberlo humillado al colocarlo como una bestia del campo, por un período de tiempo prudencial, que el rey de Babilonia reconoció que Jehová era el verdadero Dios.

La vida podemos verla como la épica de Dios, con personajes muy variados y circunstancias muy particulares, con algunos héroes de la fe y muchos enemigos de la gracia. Pero no olvidemos que a partir de la lectura de la Escritura se nos enseña que el personaje principal de nuestra existencia es el Todopoderoso, junto a su temática esencial la soberanía de Dios.  Esos pequeños héroes de la fe no son más que barro en manos del alfarero, como el resto de la humanidad. Por la gracia divina no hemos sido consumidos, sino que hemos sido guardados como reliquias de redención, habiéndosenos dado el Espíritu como arras de nuestra salvación final.

Ciertamente, hemos sido predestinados para ser semejantes al Hijo de Dios, como sus hermanos coherederos, para que andemos en las buenas obras preparadas de antemano para nosotros. Por esa razón debemos de apartarnos de toda iniquidad los que invocamos el nombre del Señor. No nos ha puesto Dios para ira sino para alcanzar misericordia, ni nos han sido exigidas obras para la redención. Si es por gracia ya no es por obras, y la ley dada a Moisés nos enseñó a través de los siglos que debíamos mirar al Redentor prometido para no ser castigados por las infracciones naturales que siempre cometemos contra ella. No que la ley haya sido abolida sino que sigue vigente como un Ayo que nos conduce a Cristo. Ella es la espada de Damocles que amenaza nuestra cabeza para que podamos aferrarnos más a la gracia de Dios. El viejo pacto legal nos amenazaba por causa de nuestros pecados mientras nos enseñaba a mirar a Jesucristo, como la serpiente de bronce del desierto. El Nuevo Pacto es Jesucristo con su sangre en claro cumplimiento de lo que se prometió, como una realización de la sombra que lo anunciaba.

No estamos bajo la ley sino bajo la gracia, pero no nos es lícito violar la ley divina. Dios al que ama castiga, como los padres azotan a los hijos desobedientes. Pero una cosa es la desobediencia como ocasión de nuestra mala conducta y otra cosa es el desviarse de la doctrina de Cristo. La oveja que es propia del buen pastor no se irá jamás tras el extraño, ni tras su otro evangelio, ni tras las enseñanzas de los falsos maestros y falsos profetas. Ella conoce la voz de su Señor y desconoce la voz de los extraños (Juan 10:1-5). La Biblia nos dice que nos examinemos a nosotros mismos para ver si hemos caído o si estamos firmes; también nos dice que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene ni al Padre ni al Hijo. Por lo tanto tampoco tendrá el Espíritu de Dios dado como garantía de nuestra redención, el que nos guía a toda verdad y gime con gemidos indecibles en clara intercesión por los que vivimos en la doctrina del Señor.

Por lo dicho sabemos que lo más cercano que los creyentes estaremos del infierno es el periodo de tiempo en esta vida con sus mundanas amenazas; la pregunta es ahora si lo más cercano que estarás del cielo será también esta vida que muestra parte de la gloria de Dios a través de la creación. Recordemos que lo que es imposible para los hombres es posible para Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:49
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