Viernes, 07 de diciembre de 2018

La mano de Jehová estará contra los profetas que ven vanidad y adivinan mentira. Esa gente no será contada en el registro de la casa de Israel, aunque de acuerdo a sus discursos insistan en llamarse pueblo de Dios. Hoy día podemos hablar de los que se llaman cristianos y no lo son, aunque sean expertos simuladores de la piedad. Estos profetas modernos, predicadores de púlpito, seminaristas egresados, doctores en teología, son en su mayoría católicos reformados. Eso fue la Reforma, una reformación o restauración del catolicismo, en clara desobediencia a lo que la Escritura enunciaba: que el pueblo de Dios huyera de Babilonia.

Hicieron bien en algunas cosas, en lo político especialmente, ya que socavaron las bases del papado de entonces y disminuyeron su poder temporal. Sin embargo, insistían en reformar a la ramera, llegando ellos mismos a ser sus hijas herederas. Cuesta mucho hoy día distinguir lo bueno de lo malo, por la gran mezcla que hicieron desde aquella época. Con todo, la Biblia no tiene inconveniente alguno en señalar como vanos y mentirosos a los que dicen paz cuando no la hay. Muchas personas se encargaron de edificar un muro mientras otros han plastificado sus paredes. Aunque adornado con mezclilla el muro igualmente caerá junto con todo lo que le hayan colocado a sus costados. La lluvia torrencial traerá granizo junto con viento huracanado para que el muro sea derribado.  Así desahogaré mi ira en el muro y en los que lo recubrieron con cal. Y os diré: Ya no existe el muro ni aquellos que lo recubrieron (Ezequiel 13:15).

Los teólogos del otro evangelio se creen sabios y piensan que la ley de Jehová está con ellos. Más bien su pluma es engañosa y sus enseñanzas dicen que es bueno lo malo. ¿Qué clase de sabiduría les queda? Pablo les dice que son anatemas (Gálatas 1:8-9). El libro de Apocalipsis presenta a la Gran Ramera como sistema religioso con el cual el mundo entero fornica. El que comparte con sus pecados se contamina y recibe sus plagas (Apocalipsis 18:4), lo cual está en estrecha relación con 2 Juan 9-11. La principal orden que da Dios a su pueblo cuando lo regenera es que huya de Babilonia, no que se quede allí para reformarla.

Hay muchos engañadores que andan por el mundo pretendiendo seguir a Cristo, simulando conocer la verdad. Estos son semejantes a los que en la época de Juan negaban que Jesús había venido en carne. Aquellos gnósticos pensaban que Jesús era un espíritu demasiado puro como para contaminarse con la carne humana, por lo tanto negaban la persona y el trabajo de Jesucristo. Hoy día el gnosticismo continúa con sus doctrinas extrañas, pero hay otras formas heréticas que tomaron su bandera. En tal sentido, éstos también niegan la persona y la obra de Jesucristo al añadir a la perfección del Señor la obra humana. Estos son los que pregonan con gran voz que Jesús murió por toda la humanidad, sin excepción, ofreciendo su vida en rescate por todos.

Al confesar esa herejía llaman a Jesús mentiroso, ya que el Señor la noche antes de su crucifixión no rogó por el mundo. ¿Cómo puede alguien que no ruega por el mundo ir al día siguiente a morir por el mundo? De igual forma desprecian el sacrificio del Señor, ya que si murió por todos, sin excepción, no son pocos los que yacen en el infierno de fuego eterno y su sacrificio por ellos fue en vano. En realidad, como hemos dicho en otras ocasiones, el infierno vino a ser el monumento al fracaso del Señor. Pero Jehová ha dicho: De cierto acabaré con ellos...No quedarán uvas en la vid, ni higos en la higuera. Hasta las hojas se marchitarán, y lo que les he dado pasará de ellos (Jeremías 8:13). Eso es lo mismo que dijo Jesús en otra oportunidad: aún lo que tienen les será quitado.

El verdadero creyente no se perderá jamás, porque es guardado en las manos del Hijo y del Padre, porque es también guiado a toda verdad por el Espíritu. Pero hay muchos que profesan creer el evangelio, que muestran evidencia de su interés por Cristo, pero siendo engañados se apartan de la verdad hacia otro evangelio, el cual es anunciado por personas que predican a otro Jesús y otra expiación. Los Gálatas fueron hipnotizados, encantados, ilusionados con otro evangelio (como si hubiera otro), más bien con uno diferente al que habían enseñado los apóstoles y Jesucristo mismo. Una perniciosa enseñanza los había permeado, ya que habiendo comenzado por la doctrina de la gracia terminaron en la doctrina de las obras. Ellos combinaron sutilmente gracia y obras, anulando de entero lo que habían manifestado creer.

Si recordamos lo que Jesús dijo en Juan 10:1-5, cuando se refería a sí mismo como el Buen Pastor, sabremos la razón de lo que les sucedió a aquellos Gálatas insensatos. Jesús decía que sus ovejas lo seguían a él solamente, que a los extraños no seguirían jamás ya que desconocían su voz. Por lo tanto, es imposible, si creemos las palabras dichas por Jesús, que una oveja (creyente redimido) siga una doctrina extraña. Los Gálatas insensatos no eran ovejas sino cabras con ropaje de cordero que siguieron a los lobos disfrazados de ovejas. Ellos cambiaron la soberanía absoluta de Dios con su gracia irresistible por el libre albedrío y las obras de hacer y no hacer. Ellos supusieron que Dios había hecho su parte con Jesucristo, en una salvación potencial, pero que la gente tenía que hacer la suya propia. Es decir, ellos sumaban su voluntad y buen juicio al trabajo de Jesucristo, ellos añadían la obra humana (la buena conducta que se pregona hoy día, las buenas acciones, las buenas decisiones, el trabajo misionero, las visitas a los enfermos y un gran etcétera que pareciera no terminar nunca) para que el trabajo de Jesucristo fuese completado. El Tetélestai (Consumado es) del Señor en la cruz parecía no tener sentido.

Juan nos ha dicho que debemos tener cuidado con esos falsos creyentes, que no debemos recibirlos para compartir con ellos. Más bien nuestro deber es el de denunciarlos, el de exhibir sus errores para que no tengamos responsabilidad al dejarlos en el engaño religioso en el cual participan. En otras palabras, no debemos decirles paz cuando no la tienen. De suma gravedad es lo que Juan nos enseña en su Segunda Carta: Todo el que se extravía y no permanece en la doctrina de Cristo no tiene a Dios. Es lo mismo que dijo el Señor en el texto de Juan 10:1-5 antes mencionado, que sus ovejas no se irían nunca tras el extraño (o tras la doctrina de los extraños). Quien tal haga es porque no es una oveja propia del Señor; por esa razón Juan completa su texto con la siguiente frase: El que permanece en la doctrina, éste tiene al Padre y también al Hijo.

Ciertamente, los falsos maestros o los falsos creyentes vienen diciendo que andan en el nombre de Cristo, pero al confesar lo que su corazón trae dentro demuestran que son cabras vestidas de ovejas. Ellos no pueden ir hacia el Hijo porque el Padre no los ha enseñado para tal propósito. Todo el que es enseñado por el Padre vendrá al Hijo, y al ser enviado por el Padre el Hijo no será echado fuera. Pero los asalariados, los que simulan creer la verdad, los que vienen en nombre de la gracia soberana pero niegan aunque sea un pequeño porcentaje de ella no tienen ni al Padre ni al Hijo. Por lo tanto no tienen tampoco al Espíritu que es dado como garantía de nuestra redención final.

Negar la doctrina de Cristo es negar lo que él hizo como cordero substituto de su pueblo; es negar la gloria de su persona y la eficacia de su trabajo. Los falsos maestros y falsos profetas no vienen con una bandera enarbolada diciéndonos aquí estamos para predicarles un falso evangelio. Ellos vienen vestidos de ovejas, con discursos aprendidos de la Biblia, nos demuestran que son arduos trabajadores del oficio de la piedad, que conocen ampliamente su ministerio. Ellos vienen igualmente cobijados por el peso de la institución a la cual pertenecen; de igual forma sus voces denuncian ciertas herejías de otros falsos profetas y maestros. Ellos demuestran tener un poco de amor, una muy buena conducta visible, mucha amabilidad. Son capaces de ayudar social y económicamente al prójimo, en especial a los de sus sinagogas; además, hacen confesiones públicas de sus pecados mostrándonos el camino para el arrepentimiento.

Pese a ello, su boca siempre confesará lo que su corazón ha creído. No tardará en dejar de verse su costura por donde se sale el contenido de su alma. El fruto por el cual se les conoce es la confesión del evangelio que dicen creer. Allí están sus mentiras guardadas que no tardarán en descubrirse, ya que no resistirán mostrar sus molestias con los textos de las Escrituras que más les incomodan. Ellos suponen que hacen un servicio a Dios pero en realidad sirven al demonio que los ha inspirado. Al torcer aunque sea un poco la Escritura ya dan muestra de su propia perdición, de manera que lo que predican no podrá salvar ni siquiera a un alma. El falso evangelio no alcanza a nadie para Dios. La palabra de Dios es verdad, Dios es verdadero, el Señor es la Verdad, pero el diablo es denominado padre de la mentira y miente desde el principio. Por esa razón el falso evangelio es demoníaco y enseña doctrinas de demonios, contrario al evangelio de Jesucristo. Nadie podrá decir que ha sido redimido al creer el falso evangelio que es satánico en su esencia; en cambio, todo aquel que ha oído la verdad y ha sido enseñado por el Padre huye de Babilonia, la cuna de la mentira y del engaño religioso, porque ha encontrado la salvación del Señor.

En otros términos, todo lo que haga algún religioso dentro del falso evangelio, si llegare un día a ser llamado por Dios, deberá ser tenido como pérdida. Al igual que Pablo lo dijo de sí mismo, que todo aquel trabajo hecho en contra del Señor y contra los creyentes había sido nulo, incluso el hecho de haber sido enseñado a los pies de Gamaliel (el maestro de la ley), pese a su celo por el Dios de Israel o al hecho de haber sido él mismo un fariseo. Cuando Saulo fue convertido por el Señor no volvió al Sanedrín para ver si convertía a los maestros judíos, simplemente hizo lo que el Señor le dictaminó. No hay marcha atrás como tampoco puede ser posible que una oveja siga jamás al extraño. Seguir al extraño (y sus enseñanzas anatemas) es un indicio claro de andar perdido y de nunca haber creído la verdad.  La mano de Jehová estará contra los profetas que hablan vanidad y mentira, que dicen paz cuando no la hay, que llaman dulce a lo amargo, que dicen bueno a lo malo. Los muros institucionales que levanten, junto a su cobertura (doctrinas) serán destruidos. Asimismo ellos perecerán, para la gloria de la justicia de Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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