Viernes, 30 de noviembre de 2018

Todos los que sirven a un dios que no puede salvar son anticristos. Ellos pertenecen a la religión maldita, y son malditos o anatemas de acuerdo a lo que dice Pablo en su carta a los Gálatas. Los que confían en tales dioses caminan a su perdición eterna, como la Escritura afirma. La razón es muy simple por cuanto ellos no siguen al Dios de la Biblia ni al evangelio que Él ha anunciado. Predicamos que la particular y eficaz redención hecha por Cristo fue realizada en pro de los elegidos del Padre. Estos son los que han sido escogidos desde antes de la fundación del mundo, los que son llamados el pueblo de Dios y por los cuales el Señor vino a poner su vida. Esa es la causa por la cual el ángel en la visión de José le ordenó colocarle al niño que iría a nacer el nombre Jesús, no el de Jacob o el de Israel, ni permitió que lo llamaran Eleazar o Isaac, ni tampoco Abraham, ni que le colocaran ningún otro nombre judío. Jesús significa Jehová salva, Jehová es el Salvador, porque Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

No le sucede ningún mal a los justificados por Dios. Todos los escogidos de Israel daban el pago por la expiación, en el Tabernáculo de Dios, de acuerdo a lo que Jehová le dijo a Moisés. Ese rescate por cada persona impediría la mortandad entre ellos, cuando hubieren sido contados (ni uno más y ni uno menos); ese pago correspondía a un monto específico (medio shekel o medio siclo conforme al siclo del santuario). El rico no daría más, pero el pobre no daría menos de lo indicado, de tal forma que a través del tiempo sería un memorial a los hijos de Israel (el Israel de Dios), delante de Jehová, para hacer la expiación. Esta ofrenda por el pecado vino a ser sombra de lo que habría de venir, ya que en Cristo se consumó lo que la ley esperaba. Jesucristo es la ofrenda por el pecado, el medio schekel, igual para el rico como para el pobre. Igual para los apóstoles como para los fieles más pequeños del reino. Pero así como no se daría esa ofrenda por los que no fuesen censados en aquella época, tampoco en la época en que vino a la tierra el Hijo de Dios daría su vida por los que no constituyeran su pueblo.

Jesús así lo hizo, como se ordenó para el antiguo Israel a través de Moisés. Oró por los que el Padre le había dado y le daría, pero no rogó por el mundo. Eso equivale a lo que el Israel en la época de Moisés hizo con su propio censo ordenado, habiendo dejado por fuera a los amorreos, a los jebuzeos, a los heteos, a tantos otros pueblos y naciones que Dios no tomó en cuenta para hacerlos objeto de su gracia y amor. Ese pago hecho por Jesucristo ya no fue en plata o en oro sino con su sangre derramada en la cruz del Calvario; pero ese pago en favor de su pueblo vino a ser la ofensa para muchos que se burlan o que lo tienen en baja estima, que no son su pueblo.  Isaías aseguró que por su conocimiento el Siervo Justo salvaría a muchos, no a todos; Jesús aseguró que aunque muchos serían llamados al evangelio pocos serían los escogidos. Ni siquiera todos son llamados, de tal forma que muchos mueren sin siquiera conocer una palabra sobre el evangelio de Dios.

La sangre de Cristo no fue derramada en vano por los Esaú del mundo, por las Jezabel enemigas de Dios. No fue hecho ese sacrificio en favor de los réprobos en cuanto a fe, pero sí fue hecho por los pecadores terribles de la tierra, aquellos que no podían redimir ni una sola de sus faltas debido a la naturaleza de sus almas. Estos son los escogidos del Padre, los llamados eficazmente por el evangelio y por el Espíritu de Dios, los que oyen y creen porque su tierra fue labrada y abonada por el Señor. Los redimidos lo somos en forma igual unos y otros, lo cual sugiere que el Señor sufrió lo mismo por todos los que conforman su pueblo. La medida exigida por el precio de la expiación en el Antiguo Testamento fue específica, igual cantidad para ricos como para pobres. Esta fue una cantidad no exigida para los pueblos vecinos (excluidos del llamado de Dios); de igual forma Jesús moría por su pueblo para salvarlo de sus pecados (Mateo 1:21), no lo hizo por el mundo no elegido para salvación. Solo que a partir de entonces el evangelio se extendió a los gentiles (al mundo no judío) y los judíos fueron endurecidos para que nosotros fuésemos injertados en las ramas principales.

Me refiero a los judíos como nación ya que hay personas de esa nación que han llegado a creer porque han sido igualmente llamados por Dios, cuyo precio por el pecado fue cancelado por Cristo en la cruz. Las almas valen igual ante Dios, a pesar de las circunstancias que el mundo impone para diferenciarlas. De allí que si las almas valen igual el precio es el mismo por cada una de ellas. Aunque unos pecados sean más grandes que otros, más monstruosos socialmente, todos los pecados tienen una consecuencia infinita porque se han hecho contra un Dios infinito. Pero quiso Dios igualar a las almas pecadoras y pagar por sus pecados un mismo precio, habiendo dejado por fuera a todos aquellos que escogió para ser objeto de su ira y justicia. El precio por el pecado infinito ha sido la sangre de un Mesías infinito, un pago equivalente a la falta cometida. El Cordero de Dios sin pecado alguno fue hecho pecado por causa de su pueblo que vino a redimir.

La redención del ladrón en la cruz, un malhechor sedicioso, que había sido metido en prisión y a quien le correspondía la horrenda muerte de la crucifixión por causa de sus crímenes, fue la misma que la que se hizo por el apóstol Juan, denominado el discípulo amado. La redención del sangriento Saulo de Tarso -después Pablo- fue la misma que se hizo por Mateo o por Pedro, porque se pagó un mismo precio por todos los pecados que fueron perdonados, los cuales han sido llevados al fondo del mar para que el Señor no se acuerde más de ellos. Por esa razón tenemos un abogado para con el Padre, de manera que nos defienda del Acusador de los hermanos. Nuestro medio shekel fue pagado de una vez y para siempre.

Es significativo que aquellos shekels recogidos fueron destinados para el servicio en el santuario, porque de una u otra manera nos debemos al santuario de Dios. Allí está nuestro oficio como redimidos, en la adoración y en la alabanza del nombre del Redentor. La maldición de Dios se ha apartado de los redimidos (porque de acuerdo a lo dicho a Moisés, una vez efectuado el pago no habría más mortandad entre los israelitas censados). Esta acción redentora debía ser recordada por el pueblo de Israel, la vieja liberación, el pago por sus almas que apuntaba a su futura redención. Pedro el apóstol señala que no fuimos redimidos con cosas corruptibles, como oro o plata, quizás haciendo alusión a lo que simbolizaba el medio shekel, o por las tradiciones de los padres -lo que se hablaba del medio shekel. Ahora, decía Pedro, hemos recibido la verdadera redención con la preciosa sangre de Cristo, el cordero sin mancha, ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:18-20).

De lo dicho hasta ahora también se desprende que ante Dios somos tenidos en igual estima, ya que el precio de nuestra redención fue el mismo. No hay más pecadores que otros en el reino de los cielos, por cuanto todos fuimos limpiados. Es verdad que algunos recibirán mayores premios que otros pero hay una figura en el libro de Apocalipsis que nos expone a los siervos de Dios colocando sus coronas a sus pies. Es decir, una vez obtenido el reconocimiento por nuestra labor en el reino de Dios mientras anduvimos en estos cuerpos, pareciera ser que nos veremos todos con la misma igualdad que supone la igual redención para todos. La jerarquía clasista de este mundo caído no podrá ser sostenida ante la presencia de Dios, ya que no podemos pasar la eternidad lamentando por lo que no hicimos acá, más bien la pasaremos conociendo al Padre y al Hijo (Juan 17).

Aunque no todos somos igual de pecadores, todos pecamos siempre y debemos por lo tanto asumir la paga del pecado. Sin embargo, la igualdad del pago por el alma de cada redimido advertía el igual sacrificio que se haría en el Calvario. La idea del censo ordenado en ese entonces se relaciona con el número de los escogidos del que habla la Biblia. Hay un número específico, ni uno más ni uno menos (hasta que el número de los consiervos se complete). Equivale por igual a la oración hecha por Jesús la noche antes del pago por el pecado de su pueblo (el medio shekel por cada alma), ya que el Señor no incluyó más gente del número de los escogidos. Rogó por ellos pero no por el mundo (Juan 17:9). El hecho de que hubiera que pagar por la redención significaba que nadie se escapaba de la contaminación del pecado heredado de Adán. Esto es lo que se ha denominado teológicamente como depravación total (si bien no es absoluta, ya que cada quien puede pecar en mayor o menor grado y cantidad). Pero el hecho de que el pago fuese el mismo para todos significaba que el sacrificio de Cristo sería igual para todos los que redimiría (no pagó más por unos que por otros). Pero asimismo decimos una vez más que como aquel pago del Antiguo Testamento fue hecho por el Israel de entonces (el que fue censado de acuerdo a lo ordenado por Dios a Moisés), y no fue realizado por los pueblos circunvecinos y lejanos, de la misma manera el sacrificio de Cristo estuvo circunscrito a su pueblo (Mateo 1:21) y no se hizo extensivo al mundo (Juan 17:9).

Queda por lo tanto deshecha la falacia de los que universalizan la expiación de Jesús hacia todo el mundo sin excepción; misma falacia de los que pregonan que fue suficiente para todos pero eficaz solamente para los escogidos. En la economía salvadora de Dios no hay desperdicio alguno, como quedó demostrado por el pago específico del medio shekel por el número de los censados. De igual forma quedó demostrado en el Nuevo Testamento en los textos que hablan del Pastor que da su vida por las ovejas y no por los cabritos. Fue Jesús quien dijo que no podían creer en él porque no eran de sus ovejas, de manera que la condición de oveja precede a la de creyente. Esto demuestra una vez más el claro propósito de Dios de redimir a un pueblo para la alabanza de su propia gloria. A Jacob amó pero a Esaú odió. ¿Qué, pues, diremos?¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera, pues tendrá misericordia de quien Él quiere tenerla pero endurecerá a quien quiere endurecer. ¿Y tú quién eres para que alterques con Dios? (Romanos 9). La redención fue cancelada con un precio igual para los favorecidos. Por esa razón el Señor al expirar dijo: Consumado es.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:18
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