Martes, 27 de noviembre de 2018

Conocemos la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo porque la luz de Dios nos ha iluminado. Esa es la razón por la cual el creyente no anda con tapujos (reservas o disimulos) como quien disfraza la verdad, como tampoco adultera la palabra de Dios. Ese resplandor divino nos ha hecho conocer a Jesús sin que sigamos el derrotero de la carne, como los que no han sido regenerados lo conocen. Aquellas personas que siguen a Jesús según la carne debaten sobre el gran líder espiritual con maravillosas enseñanzas éticas, para hablarnos tal vez del hacedor de maravillas en razón de su misticismo. A lo mejor también estiman al Jesús universalista, que hizo un sacrificio por cada habitante del planeta y que espera que cada quien se anime a seguirlo.

Los que militan en cualquiera de los falsos evangelios no han sido redimidos, muy a pesar de lo que ellos digan de sí mismos. La ignorancia respecto a Jesucristo y su obra distancia a la persona del camino de la redención. El Siervo Justo salvaría a muchos por su conocimiento, en palabras de Isaías, de tal forma que mal hacen los que lo ignoran mientras lo celebran bajo la bandera de cualquier falsa doctrina. Eso sería conocer a Cristo de acuerdo a la carne (2 Corintios 5:16), lo que no aprovecha en nada; empero si alguno está en Cristo ha venido a ser una nueva criatura, cuyas cosas viejas ya pasaron (las malas doctrinas, la falsa asunción de la expiación universal, el erróneo creer de que hacemos nuestra parte porque ya Cristo hizo la suya). Sin embargo, no son pocos los que siguen en la ignorancia del evangelio, muy a pesar de haber escuchado la verdad en algún momento de sus vidas.

El evangelio encubierto, oculto, que no resplandece en el rostro de las personas, lo está entre los que se pierden. Hay alguien que ha cegado el entendimiento de los incrédulos (2 Corintios 4:4) y ese ha sido el dios de este mundo. Fijémonos en que en el verso 6 de este capítulo de la Segunda Carta a los Corintios Pablo asegura que fue Dios quien dijo que la luz resplandecería de las tinieblas, el mismo Dios que colocó la luz en nuestros corazones. De manera que en un principio todos estuvimos en oscuridad, en la ignorancia respecto al Hijo de Dios, cuando andábamos muertos en nuestros delitos y pecados, como hijos de la ira al igual que los demás. Fue Dios el que produjo en nosotros este querer y este hacer, por su buena voluntad, por su gran amor con que nos amó. De seguro el mismo Dios hará algo parecido con todos aquellos que tiene destinados como objetos de su amor eterno.

En cambio, en los que han sido colocados para que tropiecen en la roca que es Cristo, en los réprobos en cuanto a fe, de los cuales se ha escrito que la condenación no se tarda, se ha dicho que el dios de este mundo les ha cegado el entendimiento. Porque hay que entender con la razón las Escrituras, de manera que ellas no representen una parábola ininteligible para quienes las lean. Los que están cegados en su entendimiento son capaces de leer lo que se ha escrito en cuanto al evangelio, pero su corazón endurecido terminará configurando un falso evangelio. Estos son los que anuncian de acuerdo a su maldición recibida un evangelio diferente (Gálatas 1:8-9), aunque aleguen tener una nueva vida en Cristo, aunque enseñen cómo orar, aunque prediquen enfáticamente sobre la ética cristiana.

Fijémonos bien en el texto de Gálatas antes señalado, que si los que pregonan un falso evangelio son llamados malditos (anatemas), de igual manera lo son los que los escuchan y los siguen. A esto se refirió Jesús en otro contexto cuando habló de los que caminaban por la tierra en busca de un prosélito, haciéndolos dos veces dignos del infierno venidero. Eran dignos una vez por cuanto ignoraban el verdadero evangelio, pero eran doblemente dignos del infierno por cuanto creyeron el evangelio maldito. De manera que ninguna persona que haya estado en las filas del evangelio anatema podrá tener como provechoso su tiempo en el que anduvo perdido, sino como pérdida. La razón de ello es que no estuvo a salvo en ese territorio por lo cual no podrá alegar a su favor nada de lo que allí hizo. ¡Cuánto más si alega que ahora cree el verdadero evangelio!, lo cual tendría que hacerle pensar que mientras no lo creía no era salvo, de otra forma no hubiese tenido necesidad de creerlo para ser redimido.

Pero existe un gran grupo de personas que dice haber salido del evangelio diferente y aún así alegan que ellos eran verdaderos creyentes en ese tiempo. Si eso es cierto, no tuvieron que salir de allí y allí deberían volver. En realidad no hay dos evangelios pero sí hay muchos evangelios diferentes y anatemas. Todo evangelio que agregue aunque sea un poquito de obras humanas a la gracia redentora de Jesucristo, está añadiendo trabajo al trabajo de la cruz. Aquella expresión de Jesús en el madero Consumado es quedaría sin sentido si los que dicen creer han añadido su voluntad, su paso al frente, su buen corazón para seguir al Señor. La doctrina de la gracia soberana de Dios no es opcional en el creyente, no es algo que se aprende para ocultarlo cuando conviene. Todos los que se avergüencen del Dios que odió a Esaú aún antes de hacer obras buenas o malas, aún antes de ser concebido, hacen fila con el objetor descrito en Romanos 9:14 y 19.

Ciertamente hay muchos que diciéndose creyentes parece ser que el evangelio de la gloria de Cristo no los alumbró en sus corazones. De seguro han creído una de las miles de variaciones confeccionadas para el gusto de las masas, para que no huyan de sus prisiones-sinagogas, para que continúen dando sus contribuciones monetarias, personales o de cualquier índole, no sea que esas casas espirituales se vayan a la bancarrota. Para ellos Simón el Mago ha venido a ser su pastor, el que comercia con los llamados dones divinos, el que les imparte seguridad de palabras cuando confunde lo bueno con lo malo y lo amargo con lo dulce. La doctrina del libre albedrío proclamada como verdad en el siglo V por el monje Pelagio ha venido a ser el sustento común de ese falso evangelio universal. El encanto de la serpiente en el Edén sigue dando sus frutos, ya que la humanidad entera y caída anhela ser como Dios. El primer intento por alcanzar esa meta propuesta ha sido proclamar la independencia de la criatura del Creador, al decir que se es libre de tomar cualquier decisión en materia de voluntad y eternidad.

El evangelio de Cristo sigue escondido en todos aquellos que se pierden por causa de su incredulidad. Al parecer han sido puestos en desfiladeros para que caigan de repente, aunque aún de la Babilonia del mundo Dios llama a los suyos para que huyan de allí. La Gran Ramera descrita en Apocalipsis 17 no ha sido colocada para reformarla sino como ejemplo de lo que Dios destruirá en su tiempo.  Pero al pueblo de Dios se le dice que huya de Babilonia para que no sea contaminado con sus plagas. Mal pueden los que se dicen creyentes del evangelio de Jesucristo seguir apegados a la evocación del recuerdo de Egipto, a sus sandías y ajos, a la comida que les parecía de balde. Los que se quejan del obrar soberano de Dios y se molestan por lo que ha hecho con Esaú, con Judas Iscariote, con el Faraón de Egipto, con Jezabel, con todos los réprobos en cuanto a fe, saben bien que el Señor destruyó a los que anhelaban volver a la tierra de esclavitud.

La elección y la reprobación de la raza humana (de los hombres en particular) no proviene en virtud de mérito alguno. Dios no escoge a nadie por sus buenas obras (porque no hay quien haga lo bueno), como tampoco rechaza a alguien por sus malas acciones (ya que si el hombre está muerto en delitos y pecados no tiene cómo mejorar su obra). Si Dios condenara en base a las malas obras no hubiese habido objeción alguna en lo que Pablo escribió. La objeción se levanta precisamente porque el objetor sabe que Dios no miró las malas o buenas acciones humanas para condenar o salvar, sino que lo hizo todo basado en su firme y libre voluntad. Jacob y Esaú representan a toda la raza humana, de manera que desde la eternidad la raza humana fue dividida en dos partes (no necesariamente iguales en tamaño), de acuerdo al propósito del que hace todas las cosas conforme a su voluntad.

Sin que aquellos seres humanos por nacer hubiesen hecho ni bien, ni mal alguno, se estableció una gran diferencia y separación entre ellos. Unos fueron tomados y destinados como vasos de misericordia mientras otros fueron confeccionados como vasos de ira. Unos van hacia la gloria eterna de acuerdo al evangelio y a la fe en Jesucristo, mientras los otros van a perdición eterna en virtud del falso evangelio, del evangelio diferente, del evangelio anatema, por causa de la incredulidad en ellos. Pero tanto la fe como la incredulidad son la consecuencia del plan de Dios, la aceptación y el rechazo de la primogenitura en Jacob y en Esaú (y por ende en toda la humanidad) son consecuencia inequívoca del plan de Dios desde antes de hacer el mundo.

Dado que no hay derecho sobre la gracia no existe injusticia alguna de parte de Dios. Nadie puede reclamarle el que sobre él no le haya sido otorgada gracia alguna, ya que ella no es objeto de reclamo. Por otro lado, el favor concedido a unos es negado en otros, pero estos que van por el camino de la perdición han sido proclamados injustos, están acostumbrados a hacer el mal, son aborrecedores de Dios, de manera que no hay injusticia en cuanto Dios hace. Desde luego que visto en la perspectiva de la eternidad el objetor reclama, ya que nadie puede resistir la voluntad de Dios. Es decir, el objetor está claro en su mente en que Esaú fue puesto como vaso de ira, por lo cual tuvo que vender su primogenitura. Ese es el reclamo del objetor, que Esaú no pudo resistirse a la voluntad de Dios. Pero la divina respuesta ha sido que el objetor no es nadie para reclamarle a Dios, sino una simple olla de barro en manos del alfarero. La potestad del alfarero es la respuesta contundente para todos los que le reclaman a Dios acerca de su derecho a exhibir la gloria de su poder y justicia, de demostrar su ira por el pecado y contra el pecador. De igual forma Dios ha expresado que Él tiene el derecho de mostrar su misericordia en quienes Él quiere tener misericordia.

No habiendo otra respuesta posible, la teología del otro evangelio da vueltas en sus propias falacias. Ellos argumentan de una u otra manera como si con sus vocablos pudieran torcer un poco lo que la Escritura dice en forma contundente. Es verdad que el pecado acarrea la muerte espiritual, es verdad que su paga es la muerte eterna. Es verdad también que Cristo nos redimió de la maldición del pecado, de la maldición de la ley que nos acusaba, que con su sangre redimió en forma eficaz a todo su pueblo. Es por esa razón que se continúa predicando este evangelio para que todo aquel que llegue a creerlo tenga vida eterna; pero sabemos que el que llegue a creerlo lo hará porque fue colocado para vida eterna desde la eternidad. Y no se nos dice en ninguna parte de la Biblia que debemos indagar primero si fuimos o no fuimos predestinados para salvación, sino se nos dice que debemos arrepentirnos y creer en el evangelio. Por esa razón predicamos el verdadero evangelio y no el de los extraños.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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