Viernes, 23 de noviembre de 2018

La gracia pasa a ser un salario de deuda para todo aquel que proclama su libre albedrío frente a Dios. Si el hombre puede mejorar su condición natural (de hombre muerto en sus delitos y pecados), sin duda habrá hecho un gran esfuerzo que merece la gracia como deuda. Por supuesto, la gracia ya no sería gracia sino más bien un salario. Precisamente, lo que diferencia a la persona con libre albedrío de otra que teniéndolo no lo ejerce debidamente, coloca al cielo e infierno como recompensa o destino.

El corazón de algunos permanece como mármol inamovible, como si Dios no pudiera quebrantarlo y hacer que se convierta. En cambio, los que se dispusieron por cuenta de su esfuerzo voluntario presentaron un terreno labrado sin pedregales ni espinos para que la semilla de la palabra germinase. Demás está decir que la labor en aquel campo agrícola de la parábola fue hecha por el pecador que odia por naturaleza a Dios, que no puede cambiar su costumbre de hacer el mal y que es injusto por naturaleza. Pero a este gran grupo de supuestos creyentes hay que preguntarle ¿cómo es que pudo reaccionar estando tan muerto como Lázaro en su tumba?

No podrán decir que fue en virtud de la voz de Cristo, porque los otros siguen muertos en sus pecados. Debe haber algo propio de ellos que los ha hecho más honorables que los demás, de manera que éstos son los de buena voluntad sobre la tierra. Ante esta situación expuesta muchos textos de la Biblia deberían ser cambiados, como el que habla de un Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla, o que endurece a quien quiere endurecer. Asimismo, habría que cambiar  lo que dijo Jesucristo respecto a que nadie podía ir a él a no ser que el Padre lo llevare.

A esta gente de la gracia como salario habrá que reconocerles que ellos ocasionaron su propia salvación, siendo distintos de los otros pecadores de igual condición. Es en este punto en que el libre albedrío hace que Dios comparta su gloria con otros, violentando su dictamen y acusándolo de mentiroso por decir cosas inciertas a sus profetas. La diferencia entre estos supuestos conversos y Judas Iscariote no es el que la Escritura se cumpla sino la desgana del discípulo-diablo y la buena voluntad que los otros exhiben. Ni que hablar de Esaú, quien se condenó solo a sí mismo, como el Faraón de Egipto o Jezabel la reina. Incluso Lucifer deberá cambiar su teología y creer la mentira del libre albedrío que ha vendido a la humanidad.

La infalibilidad de Dios está en entredicho al desconocer Él los designios humanos de última hora. Ya que esos designios son inciertos para el hombre mismo, quien es voluble en toda su existencia, Dios llegaría a conocer y dejaría de conocer cada vez que los hombres cambian sus decisiones. De allí que la Biblia continuará cambiando una vez más y ahora podrá decir: Depende del hombre que quiere y que corre y no de Dios con su voluble voluntad. A Jacob amé y a Esaú amé un poco menos, porque desde que nacieron han estado haciendo cosas que no logró entender.

Si la gracia era un don de Dios ya no lo es más al ser gracia como salario. Este regalo ya no baja del cielo de un todo sino que es el producto de una combinación de esfuerzos entre el Dios que ofrece un favor y algunos hombres listos que se aprovechan de esa oferta. Los del libre albedrío sostienen que la Biblia expone que hay personas que resisten al Espíritu (Hechos 7:51; Mateo 23:37). De nuevo, textos fuera de contexto. Los duros de cerviz e incircuncisos de corazón resisten siempre al Espíritu Santo, como lo hicieron sus padres siglos atrás. Ellos resistieron la predicación del evangelio -el medio de la gracia soberana- al perseguir a quienes lo proclamaban. Ellos le caían encima a los profetas enviados por Dios para proclamar su reino (Hechos 7:52). Lo que no se puede resistir es al nacimiento de lo alto que procura el Espíritu de acuerdo a los que el Padre ha elegido y según el propósito de la redención alcanzada por Jesucristo.

Saulo de Tarso es un ejemplo muy claro de la imposibilidad de resistir al Espíritu de Dios. Cayó del caballo y fue cegado por una gran luz, cuando escuchó la voz del Señor: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Ya sabemos la respuesta de aquel hombre, lo que demuestra que no pudo oponer resistencia al Espíritu de Dios que lo disponía para la obra que iría a realizar desde entonces.

El texto de Mateo mencionado arriba nos habla del lamento de Jesús sobre Jerusalén. El quiso preservarla de su ruina temporal como metrópoli, pero con sus palabras dejó claro que la gente podía resistirse a ellas, al mensaje general del evangelio, al anuncio de los profetas y demás mensajeros del Señor. En ningún momento se lamentó Jesús por el hecho de que resistían al esfuerzo divino por redimir a ese pueblo de sus pecados. Todo lo contrario, más bien Jesús les hablaba en parábolas para que no comprendieran, para que no se arrepintieran y tuviera él después que salvarlos. El hizo referencia a la profecía de Isaías acerca del corazón de ese pueblo engrosado y pesado para oír. Jesús está hablando de la casa de Jerusalén que sería desolada con destrucción temporal.

La referencia de Jesús en este texto de Mateo va dirigida a los gobernantes de Jerusalén. El Sanedrín que se encargaba del gobierno civil y religioso de Jerusalén es el objeto de su lamento, los que tradicionalmente se habían dedicado a matar y a apedrear a los profetas de Dios. Ellos tenían a su cargo a los maestros de la ley de Moisés pero no conocían lo que esa ley anunciaba sobre el Mesías. Ese es el lamento del Señor sobre un conglomerado de personas que poseía una información privilegiada pero desconocía los detalles de lo que debían hacer con eso. Por eso su ironía en otro momento, no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén.

Jesús les mostraba su afecto humano a un pueblo que Dios había formado para ser el portador de las buenas nuevas. Esta buena noticia estaba en medio de ellos y no la lograron entender. Como humano tuvo el sentimiento de dolor y tristeza, porque la Escritura dice: fue probado en todo. Es el mismo sentimiento que un ministro del evangelio puede tener frente a sus familiares y amigos, sabiendo que están endurecidos y que rechazan el evangelio. El ministro puede comprender la voluntad de Dios, que no tiene misericordia si no la quiere tener, pero más allá de ese entendimiento puede sentirse triste por la dureza de los corazones de sus seres de afecto.

Esa disposición afectiva del ministro es similar a la que mostró Jesús en torno a la ciudad. En ningún momento se pretendió decir que él quiso la redención eterna de esa gente pero que ellos fueron más duros que su voluntad. Todo lo contrario, Jesús no se puede contradecir: él no rogó por el mundo, solo por los que el Padre le había dado (Juan 16:9), vino a salvar a su pueblo de todos sus pecados (Mateo 1:21) y afirmó que nadie viene a él a no ser que el Padre lo traiga (Juan 6:44). La gracia salvadora de Dios es irresistible, como Dios mismo. El objetor levantado en Romanos 9 se ha preguntado si Dios es injusto al inculpar, ya que nadie puede resistir a su voluntad. Esa es la teología bíblica, que Dios ha hecho todo lo que ha querido, que no hay quien detenga su mano y que nadie, absolutamente nadie, puede resistir a su voluntad.

Es por ello que los que pregonan el libre albedrío reclaman la gracia como salario. Como si Dios les adeudara su buena pro, su decisión personal, su esfuerzo por correr y querer, como si ellos no estuviesen muertos en delitos y pecados. Ellos son los etíopes que mudaron su piel o los leopardos que se despojaron de todas sus manchas, ellos son los que se acostumbraron a hacer el bien a pesar de haber pasado demasiado tiempo haciendo el mal. Todo eso lo han hecho -según ellos afirman- de buena gana y por esa razón Dios los tomará en cuenta. Los demás, los que no aprovechan la gracia ofrecida, se condenan a sí mismos porque -según ellos dicen- Dios es amor y no condena a nadie.

En otros términos, los defensores del libre albedrío tienen una tarea legendaria al obligarse a arreglar los innumerables textos de la Escritura que dicen todo lo contrario a lo que ellos afirman. Pero el espíritu de estupor que han recibido de parte del mismo Dios de las Escrituras no los deja ver la viga de su ojo, no les permite discernir lo bueno de lo malo, lo amargo de lo dulce. A ellos les dirá el Señor en el día final, apartaos de mí, nunca os conocí. El Señor nunca tuvo comunión con ellos porque él detesta la soberbia y la resiste, de manera que considera anatema a todo aquel que vaya con las enseñanzas del extraño. Si dirá que no conoció a estas personas no será porque no se dio cuenta de quiénes eran, sino que dice tal expresión para ilustrar la comunión que nunca tuvo con ellos.

Asimismo la Escritura ha dicho que a los que antes conoció a éstos también predestinó. Ese conocer es el de la comunión, el del amor de Dios. No porque Dios haya conocido que estas personas serían salvas, como si viera dentro de sus corazones a través del tiempo, sino porque Él las escogió en amor y las hizo un pueblo para su gloria. Estas personas fueron formadas en la eternidad como vasos de misericordia, de acuerdo a las profundidades del conocimiento y de la sabiduría de Dios. A los otros, a los que nunca conoció, los formó desde la eternidad como vasos de ira preservados con mucha paciencia para el día de su ira y justicia. De nuevo, oh profundidad de los secretos y de la sabiduría de Dios. Insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos (Romanos 11:33).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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