Viernes, 23 de noviembre de 2018

En ocasiones hemos pasado tiempo con unas peticiones específicas ante el Dios que nos oye. Sucede igualmente que desesperamos porque no hemos recibido la respuesta después de haber clamado por largo tiempo, mientras nos entregamos a la búsqueda de las razones por las cuales nos parece no haber sido atendidos. Pero vemos en la Escritura que hay oraciones respondidas en forma inmediata (Sálvame que perezco), otras en formas más espaciadas (las tres semanas que tardó la respuesta para Daniel el profeta) y otras que tardan años para ver su cumplimiento (el padre de Juan el Bautista).

Es verdad que somos víctimas de la cultura del microondas, de la prisa en la cual vive nuestra sociedad. Queremos ahorrar tiempo para poder invertirlo en cosas que suponemos necesarias, pero olvidamos que nuestro Dios no sufre de ansiedad y por lo tanto no tiene prisa. La oración puede tener múltiples definiciones pero de seguro hay una en que podríamos atribuirle la pausa como una de sus características. Es el momento de conversar con el Señor, es el tiempo de abandonar la prisa. Si dedicásemos un poco más de tiempo cada día para entrar a la cámara secreta, llegaríamos a sentir que somos de verdad dependientes del Dios que nos creó y nos redimió.

En la Biblia hay una parábola que habla de una viuda insistente, la cual por su importunidad fue oída por un juez. Luego se nos dice que si ese juez terrenal y mundano hizo justicia a aquella mujer también nuestro Padre (el Juez de toda la tierra) hará mucho más por nosotros. Debemos buscar, tocar, llamar a la puerta del cielo para lograr aquello por lo cual clamamos. Santiago nos ha colocado el ejemplo del profeta Elías a quien ha comparado con nosotros. Dijo que era un hombre con pasiones semejantes a las nuestras, pero oró a Dios y fue oído muchas veces. Juan nos habla del requisito básico para nuestra oración, el que sea conforme a la voluntad de Dios.

La voluntad de Dios implica todo lo que sea justo, lo que sea digno, que excluya nuestro deleite personal. Claro está, no se nos pide una austeridad absoluta ya que podemos pedir por nuestras necesidades diarias. Cuando se habla del deleite se hace énfasis en lo que es superfluo, pero cuando el Señor nos dejó la oración modelo sabemos que podemos pedir por lo que sea suficiente para nuestras necesidades. Lo que Santiago exhorta es a no pedir para el disfrute carnal, por eso usa el vocablo edoné ἡδονή que significa placer o disfrute carnal.  Hemos de examinarnos para saber si estamos en la fe (2 Corintios 13:5) y aún el Salmo 26:2 también lo recomienda cuando  el salmista exclama: Examíname oh Dios y pruébame. La oración respondida por el Dios de la Biblia es un claro testimonio de lo que hemos creído.

En ese examen conoceremos si estamos confiando en el Dios de las Escrituras. Orar es la más simple acción que podemos hacer, podría comenzar con dar gracias al Señor. Sería una actividad sencilla, secreta, en la que podemos expresarnos de la manera en que queramos. Dios no espera un discurso bien hilvanado, con abundancia de sustantivos de élite, lo que busca es el corazón de sus escogidos. Dame hijo mío tu corazón (Proverbios 23:26) de tal forma que orar implica conversar con Dios. Es así de simple y no tiene que ser en público (aunque también puede serlo). De esta forma todo creyente tiene el deber y el privilegio de clamar al Señor que lo llamó de acuerdo a su propósito.

Los hijos de Dios siempre oran, así como el Señor siempre oró ante el Padre. Cada alegría y cada lamento debe ser objeto de la oración a Dios, en forma constante y en el Espíritu.  Lo que sigue es la confianza en el que escucha nuestras plegarias, en la providencia preparada para nuestras necesidades. El mundo agobia con sus gobernantes, con los abusos de los que detentan el poder político y policial, de manera que los seguidores de Satanás estarán ocupados contra el evangelio del Señor mientras nosotros no tenemos otra alternativa sino orar. El Señor tiene cuidado de nosotros, ha prometido acompañarnos hasta el fin del mundo. Incluso conviene entender la oración como una actitud antes que como un acto, debido a que debe existir una disposición continua en nosotros hacia la comunión con Dios.

Sea hecha tu voluntad, es parte de la oración enseñada por Jesús. Juan nos lo recuerda cuando escribe que si pedimos algo conforme a su voluntad Él nos oye, y si nos oye sabemos que tenemos las cosas que le hayamos pedido. Siempre hay lugar para la batalla del cristiano de manera que cada creyente puede orar en todo tiempo. Cuando David pecó en forma horrible no dejó de orar, simplemente se humilló y suplicó por el perdón y porque le fuera devuelto el gozo de la salvación.  Aún el rey Manasés clamó a Dios desde la cautividad y fue oído, pero los que no oran no serán oídos nunca.

Hemos sido llamados ovejas que no perecerán jamás, en tanto Jesús es el Buen Pastor. Se nos ha dado vida eterna y nadie nos arrebatará de las manos del Señor. Y es que el Señor conoce a los que son suyos por lo tanto siempre les responderá cuando clamen, aunque sea para decirles que esa no es su voluntad sino que deben orar de otra manera. Pero es el Espíritu el que intercede con gemidos indecibles, de manera que él entiende la mente del Señor y nos ayuda aún en nuestras oraciones. Ese es otro estímulo para dedicarnos a la oración, hacia esa actividad secreta que muestra la comunión íntima entre Dios y los que son suyos. Habrá mucha alegría cuando veamos la respuesta a nuestras súplicas, con hechos concretos y no alegóricos, lo cual incrementará nuestra confianza en el Señor y en la actividad de la oración.

Si Dios está por nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros? Ese es el clamor de Pablo en su carta a los Romanos. Dios es el que justifica, de manera que nadie nos puede acusar ni mucho menos nos puede condenar. Cristo es el que intercede por nosotros, de manera que allí sigue el ejemplo y el estímulo para continuar en la oración. Jesús no sólo oró en esta tierra sino que continúa con su intercesión a favor de su pueblo. Jesús nos redimió de la maldición de la ley, por lo tanto tenemos entrada amplia hacia el trono de la gracia para exponer nuestros asuntos. En realidad podemos argumentar con el Señor, exponiendo cada detalle de lo que nos acontece, intentando encontrar la solución a una situación determinada.

Siempre conviene descansar en lo que será la voluntad de Dios. Esa voluntad se ha descrito como agradable y perfecta, de manera que no hay aflicción por pedir conforme a lo que Él quiere. También se ha escrito que Dios conoce nuestras peticiones aún cuando están en nuestra lengua, antes de ser emitidas. Pero eso no es obstáculo para orar sino más bien un incentivo, ya que siendo Omnisciente sabe todo lo que nos acontece. Jesús presentó a Dios como nuestro Padre, de manera que nosotros por el Espíritu lo llamamos Abba Padre (Padre mío, Padre querido). Fuimos adoptados con gran amor y todo lo que hemos de esperar tiene que ser bueno.

Santiago asegura que la oración eficaz del justo puede mucho (Santiago 5:16). No es cualquier plegaria de un pagano, ya que Dios no escucha a los pecadores, tampoco a los que tienen apariencia de piedad pero niegan su eficacia. Ningún falso maestro o ninguna persona que milita en el evangelio anatema tiene la capacidad de orar para ser oído. Solamente aquellos que han sido justificados en Cristo, los que viven en su gracia soberana, son los referidos por el apóstol Santiago. El verso que refiere a Elías como hombre sujeto a pasiones anuncia al profeta como susceptible de cometer pecado, ya que si decimos que no hemos pecado hacemos a Jesús mentiroso. Una cosa es haber sido justificado por el Padre a partir de la fe en Jesucristo y otra cosa es decir que no pecamos.

La oración de Elías fue de mucho poder (no porque no tuviese pecado) precisamente porque había sido considerado justo ante la presencia de Dios. Hay otra característica en la oración eficaz, el orar con fervor, con insistencia. Recordemos que el profeta del Antiguo Testamento clamaba por lluvia y su ayudante miraba al cielo para ver si había llegado aunque fuera una pequeña nube. Así continuaba insistiendo en su oración hasta que vino el torrente aguacero.

Esa oración con fervor es la que produce el Espíritu en nosotros, con fe y entendimiento. Esto es lo que la Biblia llama la oración importuna, como si molestásemos a Dios con nuestra insistencia, tal como la viuda de la parábola hiciera con el juez injusto.

Cuando la iglesia hacía incesante oración por Pedro, el apóstol fue sacado de la prisión por el ángel del Señor. Nuestra insistencia en la oración no es más que una demostración clara de nuestra dependencia del Señor. La oración eficaz del justo es la clara prueba de que reconocemos la soberanía de Dios en cada circunstancia de nuestra vida y su control en el mundo donde vivimos. Estamos seguros de que cualquier cosa que pidamos, si está conforme a su voluntad, nos será dada en el nombre de Cristo. La oración nos procura la providencia divina y rinde tributo al Creador, ya que en tanto somos sus criaturas demostramos que dependemos de su misericordia y buena voluntad.

Empecemos a orar aunque sea un minuto cada día, para ver los resultados que nos permitirán seguir orando con mayor intensidad hasta que el hábito se forme en nosotros. Si Jesús siendo el Dios-hombre oró sin cesar, ¿cuánto más no hemos de hacerlo nosotros como mortales ovejas en medio de lobos? Meditemos en el siguiente texto bíblico: Clama a mí y Yo te responderé; y te enseñaré grandes cosas ocultas que tú no conoces (Jeremías 33:3).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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