Martes, 20 de noviembre de 2018

Cristo murió y resucitó de acuerdo a las Escrituras, por eso nos conviene saber el significado de lo que esa idea sugiere. Las Escrituras son muy específicas en relación al alcance de la expiación del Señor, delimitada a su pueblo (Mateo 1:21) y no a favor del mundo (Juan 17:9). La perversión del evangelio no redime a nadie, la combinación de la gracia con las obras contamina el resultado de la evangelización. El castigo sobre el crimen es la justicia, pero si alguien intenta decir que Jesús derramó su sangre por toda la humanidad sin excepción ha interpretado erróneamente el evangelio. Al mismo tiempo implicaría suponer que gran parte de los redimidos se pierden eternamente al hacer nulo el trabajo del Señor.

El Antiguo Testamento ilustra sobre el sacrificio del Sumo Sacerdote de Israel (el Israel espiritual que creía en el Mesías prometido), tal expiación se hacía en favor de ese remanente dejado por el Señor. En aquellos actos expiatorios jamás se representó a los amorreos, a los jebuseos, a los heteos ni a ninguna otra tribu de la tierra. Es decir, desde siempre Dios fue claro al dejarnos conocer su voluntad para con su pueblo, aunque los falsos maestros enseñen un evangelio diferente. Jesús murió de acuerdo a las Escrituras, no de acuerdo a los que venden engaños para beneficio de las masas.

Hay un intercambio que se da entre el predicador de ilusiones y la feligresía deseosa de ser agradada. El falso maestro llama bueno a lo malo y dice que es malo lo bueno. A cambio de torcer el evangelio recibe diezmos, ofrendas, reverencia, sentido de pertenencia al grupo. De esta forma ambos sectores se construyen apoyados uno en el otro, los que tienen comezón de oír y los que satisfacen la curiosidad. Su fuerza ha sido tan grande que ellos han permeado la masa como la levadura al pan. Las doctrinas de demonios (como las Escrituras llaman a esas enseñanzas) siempre buscarán encadenar a sus oidores a rituales que demuestren la destreza humana en materia del espíritu.

No hay condenación para los que están en Cristo. Esto es libertad plena, pero decir que Cristo espera porque usted lo siga con su mano levantada para mostrar la aceptación de su oferta, es una perversión del evangelio. ¿Por qué es que usted coopera y otros no lo hacen? De seguro es porque hay una cualidad superior en usted de la que otros carecen. Pero eso es añadir obra a la gracia, lo que resulta en el desvarío de los ilusos que caminan hacia la perdición final. Los maestros que tuercen las Escrituras son los que dicen que Jesús no murió de acuerdo a ellas. Suponen que una muerte universal es más justa y agregan democracia a la obra de Dios. Como si Él no fuera el Despotes del que habla el Nuevo Testamento, como si no fuese el Creador Todopoderoso que ha decretado el fin desde el principio.

Si Dios todo lo ordenó es porque todo lo colocó en su sitio. Él hizo al malo para el día malo, Él creó el infierno para el diablo y sus ángeles, así como para todo aquel que allí se dirige. De la raza humana quiso escoger a una manada pequeña para darle su reino. Sometió al mundo a vanidad por causa del que la sujetó a esperanza. A Esaú odió desde antes de ser concebido, de manera que endurece a quien quiere endurecer. Lo mismo hizo con Faraón y con Judas Iscariote, con Caín y con Jezabel, con el rey Acab y con miles de millones que han vivido fuera de su gracia. Quiso Él honrar al Hijo con la salvación de un pueblo que le otorgó. Y todo lo que ha hecho lo ha realizado para la alabanza de su gloria: a unos para que su nombre sea exaltado y se conozca por siempre el poder de su ira y su justicia contra el pecado, a otros para que sea reconocido como misericordioso, como el que tiene clemencia de los que ha querido tenerla.

El Dios de las Escrituras es demasiado poderoso, no hay quien se le resista. Por su mismo poder muchos lo aborrecen porque anhelan ser libres de Él y pretenden levantar su puño contra sus mandatos y contra su evangelio. De allí que también odien a los que Él ha escogido para ser objetos de su gracia, ya que detestan que uno lleve en el rostro la huella de su amor. Si el nombre Jesús significa Jehová es salvador o Jehová salva, eso quiere decir que su función como Dios-hombre redentor es perfecta. Lo que hace Dios no necesita repetición ya que todo es consumado en forma plena. Por esa razón sabemos que Jesucristo no hizo a los hombres salvables, como si les hubiera otorgado la salvación en forma potencial. Más bien lo que hizo fue redimir en forma concreta a todo su pueblo de todos sus pecados.

Morir de acuerdo a las Escrituras implica seguir el patrón ordenado desde los siglos por el Padre. Sabemos que ni una jota ni una tilde faltará respecto a lo que fue escrito bajo la inspiración del Espíritu. Uno puede preguntarse acerca de la razón por la que el ángel le dijo a José en su visión que no podía colocarle otro nombre al niño por nacer. No podía llamarse Jacob, por ejemplo, ni Moisés, ni Aarón, ni Elías. Ese niño tenía que llevar el nombre con un significado específico para una función particular. El ángel ha podido dar el nombre de la criatura por nacer y no decir nada más pero añadió una expresión aclaratoria: porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Esa frase es absolutamente restrictiva, está referida a un grupo particular de personas, lo cual deja por fuera a otro renglón de seres humanos.

Claro está, los adversarios de la gracia irresistible y soberana argumentan que ese pueblo se va formando por las personas que aceptan al Señor como Salvador. Ellos dicen que ese grupo de personas es abierto para todo aquel que lo desee, pero que hay muchos que no están dispuestos a recibirlo. Sin embargo, el hecho de que la humanidad haya sido declarada como muerta en sus delitos y pecados no permite abrir a todo el mundo la posibilidad de ser salvo. Mejor aún, ninguno de los seres humanos sería salvo a no ser que el Padre lleve a algunos hacia el Hijo. Si no hay quien busque al verdadero Dios, si no hay justo ni aún uno, si la paga del pecado es la muerte, ¿cómo pudo haberse gestado una salvación potencial? Ese trabajo sería inútil y el Hijo de Dios hubiese sido un fracaso total.

Pero hay quienes todavía insisten y sostienen que Dios habilita a cada persona en un ejercicio misterioso bajo el cual se despoja por un instante de su soberanía. De esta forma cada quien recibiría la oportunidad de aceptar o de rechazar a Jesucristo. Ante esta declaratoria habrá que responder que son muchos los que jamás oyeron sobre el evangelio y han muerto en sus delitos y pecados. Asimismo, la Biblia no respalda tal aseveración sobre un Dios que se despoja de su gloria y soberanía por un instante o por muchos instantes para que los seres humanos decidan.

Todavía hay quienes responden que Jesús murió por los que el Padre sabía que se salvarían, con el argumento de que Dios miró a través de los tiempos en los corazones de los hombres la disposición de la voluntad humana. Eso es una falacia agregada a las anteriores, ya que Dios no necesita averiguar el futuro por cuanto Él lo ha creado. Es Dios quien endurece a los seres humanos y es Él quien redime a los seres humanos de acuerdo a la declaración que Pablo escribió en su Carta a los Romanos. Sabemos también que un hombre muerto en el espíritu no tiene voluntad para desear lo bueno, acostumbrado como está a hacer lo malo.

Conforme a las Escrituras también vivió Judas Iscariote. De él fue escrito que comía del pan del Señor, que otro tomaría su trabajo, que Satanás estaría a su diestra, que sería el traidor (Salmo 41:9; 109:8). Incluso Zacarías  escribió de él como el que echaría las piezas de plata en el templo o en el lugar del tesoro de Jehová (Zacarías 11:12-13).  De igual forma uno infiere que si el Faraón de Egipto fue levantado para mostrar en él el poder de Dios ante toda la tierra, eso sucedió conforme al Autor de las Escrituras (como ellas mismas dicen); asimismo, el resto de la humanidad también cumple el objetivo para el cual fue reservado: Unos son tratados como vasos de honra mientras otros son guardados como vasos de ira para el día de la justicia de Dios.

Cuando se pregona el evangelio de Cristo muchos subestiman la información que la Escritura exhibe en sus páginas. En paráfrasis de la ironía de Zacarías podemos decir que ha sido un hermoso precio con el cual se ha apreciado el sufrimiento del Señor en la cruz, dado que el mundo no puede discernir el valor existente en la vida y en la obra de Jesucristo. Jesús vivió como el Cordero sin mancha, haciéndose pecado en la cruz por causa de su pueblo. También murió de acuerdo a las Escrituras, como Cordero para la expiación a fin de ver linaje. Esto demuestra que no hizo una expiación al azar o potencial que dejara al libre arbitrio de los hombres muertos en delitos y pecados. Si tal cosa hubiese hecho de seguro nadie sería salvo, ya que como seres naturales carecemos del discernimiento adecuado para las cosas del Señor.

Innumerables discípulos (alumnos prosélitos) seguían a Jesús por causa de sus milagros (en especial el de los panes y los peces). Se sentaban a escuchar los discursos de Jesús, pero un día oyeron lo que no les gustó. Jesús hablaba de la exclusividad para ir hacia  él, acerca de que nadie podía seguirlo a no ser que el Padre lo llevara hacia él. Citaba un texto de la Escritura que decía que serían enseñados por Dios y entonces irían a él (Juan 6: 45) y de igual forma les reiteraba que solamente los que el Padre le enviara vendrían definitivamente hacia él para redención eterna (Juan 6: 37, 44, 45, 65). Pero aquellos extraños discípulos murmuraban diciendo que esa palabra era dura de oír (Juan 6:60), por lo que Jesús los increpó diciéndoles: ¿Esto os ofende? (Juan 6:61).  Sin lugar a dudas que las palabras de las Escrituras son una ofensa para todo aquel que no ha sido llevado por el Padre hacia el Hijo. Es cierto que Jesús murió exclusivamente por todos los pecados de su pueblo y no por el mundo por el cual no rogó, puesto que todo lo hizo conforme a las Escrituras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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