Jueves, 15 de noviembre de 2018

En su Carta a los Romanos Pablo les expresa que la iglesia se debe apartar de los que causan tropiezos contra la doctrina. Esta gente que se desvía de lo enseñado origina divisiones, pero no pensemos que son solamente las que ocasionan al fundar una nueva congregación, también son las que dividen desde adentro la mente de los fieles y generan un cambio doctrinal dentro del seno de los que se reúnen en el nombre de Cristo. Uno podría preguntarse cuál era esa doctrina enseñada por Pablo, por los otros apóstoles y por Jesucristo.

Jesús dijo que él enseñaba la doctrina de su Padre, todo lo que enseñó lo hizo sin ánimos de alcanzar prosélitos. Los que murmuraban por la dureza de sus enseñanzas se apartaban de él y no les impedía que se fueran. También dijo que hablaba en parábolas para que no entendieran y no se arrepintieran, no sea que tuviera que salvarlos. Agregó en uno de sus discursos que nadie podía venir a él si no le fuere dado del Padre, que solamente lo que el Padre le daba vendría a él. Además, la noche antes de su crucifixión rogó al Padre por los que le había dado y dijo en forma clara que no rogaba por el mundo.

Pedro enseñó que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, para que se manifestara en los tiempos en que él vivió entre su gente. Dijo que muchos tropezarían en la roca o fundamento que es Cristo, para los cuales también habían sido destinados. Lucas, al escribir el libro de los Hechos, especificó que creían los que habían sido ordenados para vida eterna, que el Señor añadía a la iglesia los que serían salvos. Juan dijo en su Apocalipsis que los que no tienen sus nombres en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo, adorarán y servirán a la bestia (Satanás en alguna de sus manifestaciones). Además, este apóstol fue testigo del ministerio de Cristo y en su evangelio colocó todo aquello que dijo respecto a la única posibilidad de ir hacia el Hijo.

El autor de Hebreos nos habló del sacrificio de los sacerdotes de Israel en favor del pueblo escogido como portador de la promesa. Dijo que Jesucristo nos convenía como un sacerdote perfecto con un sacrificio único y definitivo. En su contexto, así como los sacerdotes del pueblo de Israel sacrificaban por su pueblo y no por el mundo, Jesucristo dio su vida igualmente por el pueblo suyo. Y así cada escritor bíblico nos relata algo respecto a la soberanía de Dios, a su propósito eterno de reunir todas las cosas en Cristo, de honrar al Cordero y de redimir al remanente escogido.

Pablo siempre se refirió a los predestinados de Dios para vida eterna, a la gracia, a la fe y a la salvación como dádivas de Dios (Efesios 2:8).  También  a los romanos les expuso en su carta dirigida a ellos el tema del Dios que redime a quienes escogió como vasos de misericordia pero que endureció a los vasos escogidos para ira y destrucción. De hecho, Romanos 9 es un capítulo muy duro para la gran cantidad de seguidores de Jesús que después menosprecian la doctrina allí expuesta. Esos también son los que causan divisiones y tropiezos por causa de la doctrina. Algunos de ellos en su desvarío intelectual y espiritual han llegado a decir que Esaú no fue odiado por Dios sino que recibió menos amor que Jacob.

Grandes doctrinarios de la teología cristiana han comenzado a dar coces contra el aguijón al señalar que Dios no es el responsable del endurecimiento de Esaú, más bien señalan que Esaú se endureció a sí mismo. Pasan por alto la gramática al afirmar que la voz pasiva no se colocó en el texto sino una voz media griega que implica una acción reflexiva (lo cual es absolutamente falso en ese contexto). Otros más atrevidos y contumaces aseguran que si eso que escribió el apóstol se interpreta de la forma plana como está escrito significaría que Dios es un diablo o un tirano. Por esa vía algunos han llegado a decir que su alma se rebela y se opone a reconocer que Dios sea el responsable de la sangre del alma de Esaú.

Pese a la claridad de la exposición bíblica, los que causan tropiezo en la doctrina insisten en torcer las Escrituras para su propia perdición. Esa gente hace fila con el objetor bíblico que declara la injusticia de Dios como  un arma contra la elección. No podemos menos que reconocer  que esas personas no sirven a Jesucristo sino a sus vientres. Ellos trabajan con suaves palabras y lisonjas para engañar los corazones de los ingenuos. El apóstol desea que los hermanos no solamente sean sabios para el bien sino que no caigan en el mal. La justificación por las obras de la ley era el tema común entre los judíos conversos al cristianismo, contra ellos Pablo lucha y aún los demás apóstoles desde el primer Concilio de Jerusalén. Hoy día sigue la presencia de la salvación por obras, de hacer y de no hacer, y de manifestación de la voluntad (como dar un paso al frente, levantar la mano, ser movido por la motivación del grupo que ora en silencio con un piano de fondo, mientras escuchan la arenga del predicador).

Hay otros que aseguran que nadie puede ser salvo si no recibe primero a Cristo como su Señor (el señorío de Cristo separado de su rol de redentor). La variedad sigue a los gustos de los predicadores que tuercen la doctrina, ya que están los que niegan el pecado original (Pelagio, siglo V), así como los que proclaman desde siglos el libre albedrío humano como requisito de la responsabilidad ante Dios. Pero ¿no fue acaso ese el argumento esgrimido por el objetor presentado por Pablo en el capítulo 9 de Romanos? Por esa razón llaman a Dios tirano y diablo (John Wesley), o se rebelan contra la idea de colocar a Dios como el que endureció a Esaú (Spurgeon) -en tanto aseguran que si Dios endurece entonces es el responsable de la sangre del alma del endurecido. Pero el Espíritu lo declaró a través de los diversos escritores bíblicos desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento. Incluso respondió la objeción de Romanos 9 al decirnos que no somos sino ollas de barro en manos del alfarero.

Es decir, la Biblia no da pie para la proclamación de la libertad humana, como si la criatura pudiera algún día independizarse del Creador. Más bien nos dice que es el Señor quien hace lo bueno y lo malo, quien ha creado a los malos, quien ha decretado todo cuanto acontece. El conocimiento de Dios no proviene de una búsqueda que Él hace para aprender algo, porque el Todopoderoso y Omnisciente Dios no necesita llegar a conocer. Lo que Él sabe lo conoce porque ha hecho todo como ha sido hecho, incluso el futuro le es tan cierto por cuanto Él lo ha creado. Entonces la pregunta se vuelve a levantar con el puño enrostrado frente al Creador: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? La única respuesta posible es porque así lo ha deseado Él (su alma deseó e hizo), para manifestar la gloria de su ira y justicia en el día en que manifieste su absoluto agravio por el pecado y ya no tolere más la continuidad de este mundo. Por otro lado, el endurecimiento de muchos es una forma de mostrar y contrastar su amor por sus escogidos. El ha dicho que ha dado a Egipto por nuestro rescate, como un símbolo del mundo que es sacrificado para que miremos el gran amor que hemos recibido al ser reconocidos como hijos y herederos de Dios.

Los que no proclaman el verdadero evangelio de Cristo es porque no han llegado a creer en el Señor. Lo que hacen es un trabajo más para sus asuntos religiosos, por lo tanto no podemos esperar de esa gente amor alguno. Ellos trabajan para sus propios vientres, buscando el resultado de sus intereses personales e institucionales. Son vendedores y administradores de franquicias religiosas, nada más. Esa gente vive de las ofrendas y de los inventados diezmos de sus seguidores, venden esperanza infame proclamando como bueno lo que es malo y como malo lo que es bueno. Anteriormente estafaban a las viudas, con la pretensión de hacer largas oraciones con ellas. Son incapaces de vivir de su trabajo a no ser que sea desde la comodidad de un púlpito desde donde proclaman sus falsas doctrinas. Ellos son engañadores, en especial de los más simples, de aquellos que son débiles; trabajan con sus afectos, con sus necesidades emocionales, haciéndoles creer que ellos como líderes son muy espirituales. Citan las Escrituras de arriba a abajo, como su hermano Satanás que también las conoce, pero empleando falazmente la interpretación de ellas.

Los falsos profetas y falsos maestros, los falsos hermanos, son todos ellos entre sí hermanos en Satanás. Ellos siguen falsas doctrinas que son muy variadas, como para que la gente se entretenga en dilucidar cuál de ellas es la verdadera, si bien todas son engañosas. El denominador común entre ellos es que no tienen cuidado por la gloria de Cristo, ya que al servir al Príncipe del mundo no pueden manifestarse divididos contra ellos mismos. Su preocupación final, como nos lo dice Pablo, es el estómago. Eso implica buscar todo lo que les dé dividendos para complacerse a ellos mismos, para engrandecer sus propios territorios. Son capaces de construir Seminarios donde se envía a las personas a aprender sus herejías, de edificar sinagogas para reunir sus asambleas. Allí dan sus estudios de acuerdo a manuales bien estructurados donde los asistentes aprenden de muchas formas la estructura de sus sistemas teológicos.  La Biblia pasa a ser de interpretación privada, para poder dominar a los grupos que allí se asientan.

Con cuanta facilidad los egresados de Seminarios repiten las doctrinas aprendidas después de cuantiosos años de estudio y trabajo intelectual. Si alguno que otro pudiera darse cuenta del contraste existente entre la Escritura y lo aprendido en las aulas de clases teológicas, el gasto económico de sus carreras y el tiempo invertido en ellas resultará de un peso suficiente para continuar metidos en el engaño. No hay otra manera de salir del engaño sino por el llamamiento del Padre. Por supuesto, son muchos los mecanismos que el Señor puede emplear, desde la simple lectura de la Biblia hasta la predicación escrita u oral, o aún la confrontación frente a cualquier persona que conozca la verdad. Esa es la razón por la que anunciamos este evangelio, pues como dijo Pablo: ¿Cómo invocarán a aquel que no conocen? ¿Cómo conocerán sin haber quien les predique?

Los que embisten la doctrina de Cristo lo hacen de muy variada forma, pero los más sutiles pueden hacer más daño. Estos últimos son los que invocan a un dios cuyo nombre es Jehová, cuyo hijo es Jesús y se apoyan en los textos de la Biblia. Pero después que han logrado simpatizar con sus versos y con su vida de aparente piedad comienzan a lavar los cerebros de las personas que los oyen. De esta forma construyen teorías religiosas que animan a los seguidores que han captado y de allí en adelante la religión camina por inercia. Así empezó Arrio, el teólogo hereje de hace siglos, diciendo que Cristo no era consubstancial con el Padre por el solo hecho de ser hijo. Eso llevó a concilios diversos hasta que se condenó esa herejía pero a cambio se pagó un precio que nadie parece haber denunciado. A partir de entonces muchos sostienen que María es la madre de Dios (como si el Creador Eterno tuviese madre). Otros teólogos apostaron por otras doctrinas extrañas (libre albedrío, por ejemplo), o por el volver a hablar en lenguas (el Montanismo y hoy día el Pentecostalismo), pero todos ellos tienen el denominador común de interpretar privadamente las Escrituras. De esta forma la fuerzan a decir lo que les conviene.

En síntesis, la doctrina es demasiado importante como para que la descuidemos. Tan relevante es que Juan recomienda en una de sus cartas a no decir bienvenido a ninguno que no traiga la doctrina del Señor, a ninguno que no habite en ella. Otro denominador común en los herejes es el deseo de imponer su voluntad porque eso de asumir a Dios en forma soberana los incomoda. De allí que sigan diciendo que Adán fue libre en el Edén, que el hombre caído perdió tal libertad pero que el creyente la recupera. Pero nadie puede ser independiente de su Creador, ni siquiera Lucifer -creado para el día malo. El creyente es libre en Jesucristo al conocer la verdad pero jamás será libre de Jesucristo, o del Padre o del Espíritu. Todos estamos como criaturas sujetos a la voluntad divina,  aunque les disguste a los rebeldes.

Si alguien se llama creyente debe comprender lo que significa la persona y la obra de Jesucristo. Jesús es nuestra Pascua, nuestra justificación, nuestra justicia. Su obra está enfocada a lo que hizo y consumó en la cruz del Calvario: dar su vida en rescate por muchos, por su pueblo y no por el mundo. Por eso conviene entender su doctrina con la cual insistió tanto: su oración fue por su pueblo que el Padre le dio y no por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9). Si alguien se desvía de esta doctrina lo hace porque está siguiendo al pastor extraño del cual también hablara el Señor (Juan 10:1-5).   Que cada quien se examine a sí mismo para saber dónde está y en quién ha creído.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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