Jueves, 15 de noviembre de 2018

El corazón perverso del inicuo solamente lo puede cambiar el Señor porque el impío no podrá borrar sus manchas como tampoco lo hace el leopardo. Jeremías planteó el problema del corazón que no se puede entender, que habita en las profundidades del pecado, que se posiciona como enemigo de Dios. Ezequiel, por su parte, planteó la renovación del corazón humano cuando Dios lo ha circuncidado a través del acto operativo del nacimiento de lo alto. La Biblia plantea dos aspectos del corazón humano, cuando es totalmente perverso e ininteligible y cuando ha sido renovado con un espíritu nuevo para andar en los estatutos de Dios.

No podemos usar indiscriminadamente esos dos conceptos o categorías del corazón humano. No hace bien al alma y ante todo es una incongruencia teológica el confundirlos. El hombre caído en sus delitos y pecados es declarado muerto en su espíritu, ha sido señalado como el que no puede someterse a los mandatos de Dios porque tampoco lo desea. También ha sido catalogado como el que no hace el bien porque está acostumbrado a hacer el mal. Son dos espacios en donde está el ser humano, uno que le pertenece por naturaleza, de acuerdo a la descripción de Jeremías, y otro que le pertenece por gracia, de acuerdo a lo dicho por Ezequiel.

Pablo escribió sobre la situación particular del creyente en Cristo, sobre la transformación del corazón humano que batalla a diario por causa del germen del pecado que habita todavía en nosotros. Una ley en nuestros miembros nos recuerda de donde procedemos y nos incita a la violación de la ley de Dios. Por otra parte, el Espíritu de Dios nos recuerda que ninguna condenación existe para los que están en Cristo Jesús. Cualquiera pudiera concluir en forma apresurada que la diferencia entre el impío y el creyente es que este último puede pecar tranquilamente porque ya ha sido justificado.

Nada más lejos de la realidad teológica del creyente que suponer una indulgencia para pecar. Pablo también escribió que los injustos no heredarán el reino de Dios. Estos injustos son descritos en una larga lista en su Carta a los Corintios, los que también en Gálatas son reconocidos como los que hacen las obras de la carne. En la enumeración que le hizo a los corintios incluyó a fornicarios, idólatras, adúlteros, afeminados, homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, calumniadores y estafadores. En su carta a los Gálatas mencionó muchas obras de la carne y luego añadió un gran etcétera cuando dijo y cosas semejantes a éstas.

Lo que Pablo le dijo a los corintios es válido también para los gálatas y aún para nosotros: y esto erais algunos (1 Corintios 6:11). Es decir, cualquier creyente puede encontrar alguna categoría de lo que era antes de conocer al Señor que lo redimió, ya que si no encuadra en ninguna de las expuestas en forma específica por Pablo podrá ubicarse en el sector de cosas semejantes a éstas. El creyente estuvo perdido en sus delitos y pecados, anduvo bajo la ira de Dios pero fue después lavado, santificado (separado del mundo) y justificado en el nombre del Señor y en el Espíritu de Dios.

Si ya fuimos redimidos no podemos ser condenados, pero en ningún momento existe una licencia para pecar. No hay tal cosa en la Escritura como el permiso para delinquir, más bien existe una exhortación constante a buscar el reino de Dios y su justicia. Al exhibir esas categorías de pecados antes señalados, incluyendo el gran etcétera mencionado en Gálatas, la Biblia nos recuerda que no conviene caminar en ellos. Ha dicho que los injustos no heredarán el reino de los cielos, de manera que si alguien se cree redimido pero practica el pecado es porque no ha creído realmente. Juan hace una distinción entre pecar y practicar el pecado, diciéndonos que el creyente no peca pero que hay quienes practican el pecado por no ser creyentes (1 Juan 3:8).

El apóstol para los gentiles nos dejó la amarga experiencia de su lucha contra el pecado. Él dijo que el bien que deseaba hacer no hacía, empero el mal que abominaba eso hacía. En la epístola a los Romanos, capítulo 7, podemos leer lo que fue la experiencia de miseria del apóstol. Recordemos que eso lo dijo él de sí mismo siendo creyente, porque el impío no tiene conflicto con la culpa por el pecado.

Pablo se deleitaba según el hombre interior en la ley de Dios (Romanos 7:22) lo cual se contrapone con la actitud de los impíos, quienes no aprobaron tener en cuenta a Dios, por cuya razón los entregó Dios a una mente reprobada, para hacer lo que no es debido (Romanos 1:28). Esto prueba que lo que Pablo escribió en Romanos 7 se refiere a él como creyente, muy a pesar de lo que muchos falsos piadosos piensan respecto a que el apóstol hacía referencia a Saulo (antes de ser convertido). El impío Saulo no podía dar gracias a Dios por Jesucristo, ni mucho menos tener remordimiento por el pecado cometido. Más  bien Saulo se gloriaba en el apedreamiento de Esteban, en la persecución de los creyentes, en el terror y tortura que infundaba como siervo del Sanedrín y en su actitud de fariseo respecto a la ley de Moisés.

Los que asumen tener un corazón depravado que nadie puede entender también suelen (aunque no siempre) creer erróneamente que Pablo hablaba de Saulo en Romanos 7. La falsa piedad los lleva a decir que siguen siendo depravados, pero se contradicen al afirmar que Pablo hablaba de Saulo en el capítulo referido de Romanos. Lo cierto es lo que la Biblia nos indica que Pablo descubrió una ley en sus miembros, una ley diferente que combatía contra la ley de su mente y lo encadenaba a la ley del pecado que estaba en sus miembros. Esto nos sucede a todos los creyentes, pero confiamos en el cambio de corazón hecho por Dios en nosotros. De otra forma no hubiésemos podido deleitarnos en la ley de Dios, ni nos incomodara hasta la miseria esa ley del pecado.

Lo que nosotros éramos lo dejamos atrás, aunque hay todavía quien nos acusa. De Pablo decían que enseñaba a hacer el mal, como calumnia contra su enseñanza respecto a la gracia. Por eso escribió: ¿Y por qué no decir: "Hagamos lo malo para que venga lo bueno"? De esto se nos calumnia, y algunos afirman que así decimos. La condenación de los tales es justa (Romanos 3:8). Pero aunque Pablo no dio licencia para pecar, so pretexto de la gracia predicada, seguía sin entender por qué razón hacía lo que aborrecía. Esa dura lucha fue descrita en la carta mencionada para que aprendamos también de esa reflexión apostólica. Lo que el apóstol era (de acuerdo a 1 Corintios 6:11) ya no lo fue más, pero seguía sintiendo aquella ley que hay en nuestros miembros, la impronta del hombre natural, de la vieja naturaleza caída en Adán. De acuerdo a nuestro hombre interior nos deleitamos en la ley de Dios (por el cambio del corazón de piedra en uno de carne), pero la ley de nuestro cuerpo y alma caídos en Adán todavía ejerce presión para encadenarnos a la ley del pecado.

Esta descripción del apóstol en su relación con el pecado cotidiano nos lleva hacia el consuelo que él experimentó. Se refugiaba en la gracia de Jesucristo, no en la ley que no podía cumplir a cabalidad. El creyente que cae en el pecado puede levantarse una y otra vez (si en realidad ha creído) porque 70 veces cae el justo y 70 veces Jehová sostiene su mano. Y si hemos de perdonar hasta setenta veces siete a quienes nos ofenden, ¿cuánto más no nos perdonará el Señor que murió por nosotros? Así que el llamado a levantarse es constante, para seguir batallando sin tener que dar coces contra el aguijón. 

Hay un principio de corrupción en nuestros miembros, como una ley que demanda obediencia. Esa ley es contraria a la ley de Dios, de manera que hay tensión en nuestro espíritu por causa de esas dos leyes. El que no ha nacido de nuevo solo puede deleitarse en la ley natural que lo domina, en su corazón perverso más que todas las cosas -descrito por Jeremías. En cambio, el creyente puede luchar contra esa tendencia de la vieja ley en nosotros a partir del nuevo corazón y espíritu nuevo -descritos por Ezequiel. Esto último es lo que se conoce como la circuncisión del corazón, el nuevo nacimiento expuesto en el Antiguo Testamento. Nuestro pecado lucha contra la gracia de Dios, como queriendo aprovecharse de ella por la vía del abuso. Sin embargo, lo que Pablo nos dejó como legado personal nos indica que nuestra salida radica en agradecer a Dios por Jesucristo.

Es decir, si la conciencia que tiene el creyente para ver con claridad lo turbio del pecado se quedase nada más que en puro conocimiento, de nada serviría para su alma. Pero ese conflicto suscitado entre el Espíritu y la carne sirve para agradecer a Dios por la redención, por el rescate y por el perdón de pecados que nos dio el Señor. De no haber sido por esa justicia de Dios (Cristo como nuestra Pascua) la muerte seguiría siendo nuestro aguijón. Precisamente por Jesucristo entendemos que no podemos servir a dos señores, no podemos dar rienda suelta a la ley del pecado en nosotros sino más bien debemos aferrarnos a la gracia otorgada para seguir aborreciendo lo malo.

Dentro de la gente más perversa Dios tiene sus vasos escogidos (como se prueba de los corintios). Esa realidad engrandece la gracia de Dios por haber operado en ellos el perdón, la conversión y la justificación permanente. Lo que sucede es que ahora el creyente tiene obligaciones para con el evangelio, hacia una vida proba y honorable dentro de la ética cristiana. El creyente ha lavado los pecados por la sangre de Cristo, no por trabajos ceremoniales, por religión de hombres o por normas institucionales sino por la gracia otorgada. También ha sido santificado por el Espíritu, como un principio de vida espiritual en tanto él es las arras de nuestra redención final.

Por las razones expuestas el creyente siempre habrá de recordar de dónde ha venido, para no ensancharse en su alma y para no volverse vanidoso. Habiendo vivido en el mundo como un habitante natural, ahora ha pasado a ser ajeno al mismo y odiado por él. Ha ocurrido un cambio de ciudadanía, por lo cual camina como extranjero y peregrino hacia una patria mejor. Conviene edificar con materiales nobles sobre el fundamento sólido que es Cristo, pero si los materiales son innobles y es sobre el mismo fundamento la obra será quemada si bien el que edifica será salvo como de un incendio. De estas dos opciones que tiene el creyente, ¿cuál es la preferible?

Ojalá que lo que éramos algunos (de acuerdo a la  descripción de Pablo) no continúe siendo una práctica habitual en nosotros. Si tal cosa sucede conviene reflexionar en lo que dijo Juan respecto a los que practican el pecado. Con ambas reflexiones (la de Juan y la de Pablo) podemos descubrir lo que somos, dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos. Ojalá y lo que éramos siga siendo un pretérito y nunca más se convierta en presente.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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