Lunes, 12 de noviembre de 2018

Pablo nos ha dicho que cada persona redimida debe entender que su suficiencia proviene de Dios. Nada tenemos que no hayamos recibido y aún nuestra vida ha sido una obra divina, de tal manera que el hombre no puede jactarse de sus propias obras, o en sí mismo, como si tuviese algo que haya adquirido en virtud de sus méritos. Claro está, muchos se levantan para advertir que ellos han hecho un gran esfuerzo en la vida a fin de alcanzar la posición que ahora ocupan, pero justo es responderles que aún los esfuerzos humanos son el producto de la energía divina.

Dios en nosotros obra el querer como el hacer e incluso el impío también es movido por la voluntad divina para hacer todo su cometido. No existe algo como dos dioses o dos voluntades supremas, una de las cuales controla a los malignos y otra a los redimidos. Es el Dios Soberano de las Escrituras el que ha hecho al malo para el día malo, el que tiene las llaves de la muerte, de manera que cada deceso en la tierra es producido por el designio de lo que le parece correcto. Pero hay quienes pregonan la autonomía de Satanás como si fuese un ser independiente de su Creador. Los hombres de religión que aseguran que el diablo tiene independencia del Soberano Dios se afianzan en la supuesta libertad que la criatura debe tener para poder asumir responsabilidad. Por esta vía llegan a decir que Satanás hace como quiere pero que Dios combate cuerpo a cuerpo con Él, para impedirle que nos someta en forma plena. Nada más alejado de la letra de la Biblia por cuanto aún Job fue sometido al designio satánico por voluntad divina. Incluso el rey Acab cuando fue engañado por el espíritu de mentira sufrió la consecuencia de lo que Dios había declarado en su contra. Judas Iscariote traicionó al Señor cuando Satanás entró en él, pero se había dicho que tenía que ir de acuerdo a las Escrituras. En el Antiguo Testamento dos relatos sobre un mismo suceso nos muestran dos perspectivas de un mismo asunto: se dijo que Satanás indujo a David para hacer el censo en Israel pero también se escribió que fue Dios quien así lo dispuso.

La Biblia despliega en sus páginas la obra maestra del Todopoderoso en su universo, en especial en la tierra. La historia de la redención humana comienza antes de la fundación del mundo, cuando el Cordero de Dios fue preparado para nuestra causa. Nosotros no habíamos aún nacido pero nuestros nombres fueron escritos en el libro de la Vida de aquel Cordero, habiendo sido amados eternamente aunque por breve tiempo fuimos colocados bajo la ira de Dios.  Hay quienes están bajo esa ira en forma permanente, con un destino diferente al del pueblo de Dios, colocados como presa para la matanza y para el día del justo juicio del Eterno. En esto también se muestra la profundidad de las riquezas de la sabiduría divina, lo insondable de los pensamientos del Todopoderoso cuyos juicios son justos.

Por eso fue escrito que nosotros no somos suficientes para pensar que tenemos algo por nuestra propia causa o mérito. Sabemos que nuestra suficiencia viene del Señor, no sólo en cuanto a que se nos dio esta vida corpórea en este mundo sino también por cuanto se nos hizo nacer de nuevo. Lo que resultaba imposible para el hombre en cuanto a la redención de su alma ha venido a ser una realidad concreta para el Dios del cielo y de la tierra. No adscribimos para nosotros algún poder particular, ni la auto-suficiencia de intelecto o de trabajo, de espíritu o de voluntad, más bien hemos de reconocer que nuestra fe y esperanza en Dios han sido un favor concedido (Efesios 2:8). Ni aún pasando años de estudio acerca de las Escrituras llegamos a tener esa suficiencia requerida para comprender la mente del Señor. Simplemente el trabajo del Espíritu que habita en nosotros nos lleva a toda verdad, más allá de que tengamos que orar, escudriñar la Palabra y entregarnos al ejercicio de las obras preparadas de antemano para andar en ellas.

Hablamos de la insuficiencia del creyente y del incrédulo, aunque a muchos les suene raro que los que han pasado de muerte a vida tampoco tengan de qué jactarse. Si alguno se gloría que lo haga en la cruz de Cristo, lo cual ya supone que la suficiencia proviene de lo alto. Prueba de esta falta de habilidad espiritual es Pablo, quien cuando era fariseo y conocedor de la ley de Moisés era también un craso ignorante respecto de la justicia de Dios. Aunque había estudiado a los pies de Gamaliel (célebre maestro de la ley) desconocía lo que había hecho Jesucristo. Esto a pesar de estar viviendo en los inicios de la propagación de este evangelio y de la reciente resurrección del Señor. Aunque esa insuficiencia le impedía ver con claridad las Escrituras, le fue dada la gracia de Dios y pudo comprender que él era perseguidor (enemigo) del Señor a quien suponía conocer.

Más tarde Pablo escribió su epístola a los Romanos donde describe su situación de miseria como creyente: el bien que deseaba hacer no hacía, empero el mal que aborrecía eso hacía. Es decir, en sus fuerzas seguía siendo insuficiente, sin tener nada de lo cual gloriarse. Por esa razón agradecía a Dios por Jesucristo, el que lo podía liberar de ese cuerpo de muerte vendido al pecado.  La Biblia nos habla de Nicodemo, un era fariseo y maestro de la ley que al mismo tiempo era un gran ignorante de la vida eterna. Desconocía lo que significaba el ser circunciso de corazón, había olvidado lo que se había escrito respecto a que Dios daría un corazón de carne en lugar del de piedra y pondría un espíritu nuevo para amar sus estatutos. Jesús le recordó al maestro de la ley que eso era lo que la Escritura decía, pero se lo dijo con otras palabras: le era necesario nacer de nuevo (Juan 3).

Dios ha predestinado para vida eterna a los que quiso desde la antigüedad, pero ha ordenado igualmente que se predique el evangelio por todo el mundo. Ha dicho que el que creyere será salvo mas el que no creyere ya ha sido condenado. Pablo dijo que la única forma en que la gente puede invocar el nombre del Señor para ser salvo es si lo llegan a conocer, por lo que es necesario que se predique este anuncio; de otra manera ¿cómo oirán sin haber quien les predique? Es decir, la predestinación divina no niega en ningún momento el pregón del evangelio, no supone un abandono por parte de la gente, ya que también ha sido dicho que es necesario que la gente se arrepienta y crea en el evangelio. A nadie se le ha ordenado que averigüe primero si su nombre ha sido escrito en el libro de la Vida del Cordero sino más bien se ha dado un lineamiento general del deber de arrepentirnos y creer en el evangelio.

Pero aunque seamos insuficientes para poder añadir a la estatura un codo, para crecer en la gracia por cuenta propia o para entrar al reino de los cielos, se nos ha dicho que sólo los valientes arrebatarán ese reino. Hay una pragmática de la vida eterna, hay un hacer nuestro que se apoya solamente en la suficiencia de Dios. Nada bueno se obtiene de la pelea con nuestro Hacedor, nada prudente aparece en las filas del objetor. Hemos de dar nuestro corazón a Dios (Proverbios 23:26) pero no somos suficientes para hacerlo; sin embargo, cuando lo hacemos nos damos cuenta de que fue por el poder de Dios que lo pudimos hacer.

Estadísticamente Saulo de Tarso tenía menos posibilidades de ser salvado que Nicodemo. Eso es lo que se puede pensar si miramos la redención como una actividad soberana basada en las cualidades humanas. Nicodemo era un maestro de la ley muy diplomático, que acudía a Jesús de noche sin que fuese visto por los miembros del Sanedrín. Tenía pláticas amenas con Jesucristo y mostraba gran interés por el profeta que recién conocía. Saulo, en cambio, era un fariseo seguidor de la letra de la ley, ajeno al espíritu de la norma que perseguía como fanático a los creyentes hasta la muerte, incluso llegó a estar presente en el apedreamiento de Esteban. Pero Jesús se mostró ante Saulo y le dijo que él era el Señor a quien perseguía, que horrible cosa le era dar coces contra el aguijón. Las palabras que retumbaron en el corazón de Saulo fueron: ¿Por qué me persigues?

En cambio a Nicodemo le fue dirigido un reclamo: ¿Eres tú maestro de la ley y no sabes estas cosas? (Las cosas del nacer de lo alto). El nacer de nuevo lo da el Espíritu de Dios pero el perseguir al Señor lo hacen sus enemigos. La pregunta que hoy surge es si usted se considera enemigo de Dios, si usted persigue a Jesucristo o si lo sigue persiguiéndolo, como quien objeta su expiación hecha solo por su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). La respuesta usted la conoce, pero es justo recordar que aún Pablo, quien estadísticamente estaba más lejos de Jesús que Nicodemo, fue alcanzado por la gracia irresistible de Dios. Ese Jesús cuando llama recomienda que el que oiga hoy su voz no endurezca su corazón.

El ladrón en la cruz también había cometido muchos males pero fue alcanzado por la gracia soberana de Dios. Ya en su lecho de muerte, yaciendo colgado del madero, miró a Jesús y lo reconoció como el Señor, le pidió que se acordara de él cuando volviera en su reino. El supo muchas cosas de Jesús, que volvería, que era el Dios eterno a quien debía llamar como Señor.  Supo que Jesús moría sin tener culpa alguna en sí mismo, en cambio él se reconoció a sí mismo como pecador por cuanto dijo que él y el otro ladrón allí crucificados merecían tal castigo. Tal vez ese ladrón había leído las Escrituras cuando era un niño, tal vez había sido enseñado por sus progenitores en los caminos de la ley de Moisés (o alguien en la cárcel le había contado lo que sucedía con el Galileo). Lo cierto es que aunque no era un maestro experto en esa ley mosaica le fue dado el que abriera sus ojos para que viera la misericordia de Dios a su lado. Él estuvo tan perdido como Saulo de Tarso y como Nicodemo, pero tanto a él como a Saulo le fueron dadas la gracia de la justicia de Dios.

Jesús es la puerta de las ovejas, el Buen Pastor que llama a cada una de ellas por su nombre. El sabe que somos insuficientes para alcanzar el reino de los cielos, pero reconocer nuestra incapacidad es un buen principio de sanidad mental. Hay palabras sencillas que son encomiables, como aquellas del pecador arrepentido: Sé propicio a mí pecador. Dios resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes. Nadie podrá dar el rescate por su hermano, ni podrá solventar uno solo de sus pecados ante los ojos del Altísimo. En vista de esa limitación que nos agobia el Creador se ha provisto un Cordero desde la eternidad para redimir a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Ese es Jesús el Cristo, el Mesías esperado pero no reconocido por los suyos. El fue encontrado por el que no era su pueblo histórico, de manera que fuimos injertados en los que se consideraron como los originales. Esa inclusión nuestra es gracia sobre gracia, producto del amor eterno con el cual nos amó el Padre. Nuestra insuficiencia nos lleva a decir con el apóstol Pablo:  ¿Quién te distingue? ¿Qué tienes que no hayas recibido? (1 Corintios 4:7).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 8:13
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