Viernes, 09 de noviembre de 2018

¡Ay de los que anhelan el día de Jehová! ¿Para qué queréis este día de Jehová? Será día de tinieblas, y no de luz. Será como el que huye de un león y choca con un oso; entra en casa y apoya su mano en la pared, y le muerde una serpiente. ¿No será el día de Jehová para él tinieblas y no luz, oscuridad y no resplandor? (Amós 5:18-20). Con este discurso poético Amós describe el grave problema en el que se encuentran decenas de miles de seguidores del cristianismo. Al igual que Juan el Bautista al enfrentar a los fariseos que deseaban ser bautizados, Amós advierte a los supuestos prosélitos de la religión que para ellos no hay esperanza. Juan le preguntó a los fariseos quiénes le habían enseñado a huir de la condenación venidera, en tanto Amós les decía que aquellos que hablaban de la segunda venida del Mesías se encontrarían con una terrible sorpresa.

Jesucristo al final de los tiempos les dirá a muchos supuestos creyentes que nunca los había conocido. El alegato de esos simpatizantes y profesos del evangelio tibio será que ellos tienen muchas obras que mostrar, como el hecho de haber realizado milagros en el nombre de Jesús junto con grandes señales de poder espiritual. De seguro, los destinatarios de Amós, de Juan el Bautista y de Jesucristo, en esta temática planteada, son oidores olvidadizos, semilla junto al camino caída también en pedregales y zarzas. Estos son los que edificaron con materiales nobles o innobles pero sobre la arena movediza, sobre un fundamento que no es ni la persona ni la obra de Jesucristo.

Hoy día es posible darse cuenta en el internet, en los folletos que reparten por las calles, aún en las sinagogas de tradiciones religiosas, que existe un gran interés por el fin de los tiempos. Se habla de señales que se cumplen, de la esperanza de huir de la condenación venidera, como si el evangelio fuese una piedra mágica usada como salvoconducto para la vida eterna. Pero lo triste y terrible del mensaje de los profetas bíblicos es que hay receptores que confunden las palabras presentadas en las Escrituras, que son aprendidas sin entendimiento, sin que se desentrañe su sentido. Fue Jesucristo quien recomendó escudriñar las Escrituras, fue Pedro quien presentó el error de los indoctos e inconstantes, los cuales tuercen las Escrituras porque las suponen difíciles de entender.

Parte de las señales que pretenden exhibir estos hombres de religión son los dones especiales y espectaculares dados a la iglesia naciente. Ellos olvidan que la Escritura vino en su forma completa para orientar y dirigir los aspectos básicos de la vida cristiana. La información divina respecto al evangelio fue claramente expuesta por los apóstoles y profetas de los tiempos en que se escribiera la Biblia. Sin embargo, la gente no queda satisfecha con lo que allí se dice y añade nueva información bajo supuesta revelación por medio del éxtasis aprendido en sus prácticas religiosas. Los seguidores de la santería o de las religiones esotéricas también hablan en lenguas, como igual lo hacen grupos católicos que veneran a la Virgen y se suscriben a la tradición antes que a la Escritura; asimismo hacen grupos protestantes, pretendiendo todos ellos que hablan por el Espíritu de Dios.

Estudios presentados en diversas universidades del planeta han demostrado por grabaciones realizadas a los hablantes en lenguas que existen elementos fonéticos, léxicos y gramaticales similares en todas las emisiones de voz de estos grupos carismáticos. Eso debería llevar a la reflexión de la gente que se embelesa con los supuestos dones sobrenaturales. Además, ¿no les parece suficiente el mensaje pleno de la Escritura? ¿Por qué, entonces, añadir un poco más de información a lo que se considera perfecto? Pablo nos habló en una de sus cartas que lo perfecto vendría y ya cesarían las lenguas y la profecía. Por otro lado, el contexto histórico de las lenguas, así como su razón por las cuales aparecerían en un momento específico en medio del pueblo de Israel, fue descrito por Isaías y por el apóstol Pablo (1 Corintios 14).

Las lenguas eran una señal de castigo divino, una referencia para el pueblo judío acerca de que el Señor no les hablaría en su lengua materna sino en lengua extranjera. El libro de los Hechos nos relata las tres oportunidades en que se dieron las lenguas como señal especial que acompañaban a los creyentes que recibían el Espíritu Santo, pero en todas ellas había un grupo de judíos presente. Jesucristo no habló en lenguas y los apóstoles no hicieron énfasis en ellas como señal de conversión o consagración; más bien Pablo dijo que él hablaba en lenguas más que muchos de los feligreses pero que prefería hablar dos o tres palabras con entendimiento. Su carta a los Corintios lleva un poco de orden a la iglesia para evitar el desastre generado por los que se ufanaban en tener ese don.

El puerto griego de Corinto era conocido por la religiosidad de muchos paganos que también hablaban en lenguas a sus dioses. Caían en trance y decían cosas que solamente ellos comprendían. El desorden en la iglesia incipiente no esperó la maduración de la feligresía por lo que el apóstol tuvo que dar directrices para que se conservara el orden en ella. En ninguna otra carta apostólica se menciona el hablar en lenguas, dado que no se daba tal situación en ninguna otra congregación. Pese a esa información muchas sectas de hoy día reclaman el hablar en lenguas como una propiedad de todo creyente, mostrando como prueba de lo que hacen lo que Pablo escribió. Lo triste es que no se dan cuenta de que el apóstol amonestaba a la iglesia de Corinto y les declaraba el orden que ellos debían tener. Pablo dijo que las lenguas cesarían (y las profecías también) por lo cual en casi 20 siglos de historia eclesiástica no se menciona ese don como una señal que debe acompañar a la iglesia. Apenas en el siglo II de nuestra era hay una breve referencia a los montanistas (seguidores de Montano) en unos momentos en que se intentó imponer esta costumbre ya quedada atrás. Montano fue expulsado de la congregación y manifestó junto a sus mujeres seguidoras una conducta dañosa. El volvió al profetismo (el arte de profetizar en sentido sobrenatural) y a la escatología (la doctrina acerca de que el fin está cerca o de que el mundo se va a acabar). Transportado en éxtasis enunciaba sus dictámenes proféticos y buscaba reavivar lo que había sucedido en la iglesia primitiva como señal especial. Ellos recomendaban esperar en un determinado lugar el descenso de la Jerusalén celestial, ordenaban ayunos extraordinarios y excomulgaban a los que habían cometido ciertos pecados sexuales después de haberse bautizado. No fue sino hasta comienzos del siglo XX cuando se inicia de nuevo en los Estados Unidos de América esta costumbre de las lenguas y el profetizar revelaciones divinas, una vez que se da forma y comienzo a lo que se conoce hoy como pentecostalismo.

Amós se refiere en el texto mencionado a la gente que anhela el día grande de Jehová y que se llevará tremenda sorpresa. Como quien huye de un león o de un oso pero en su huída tropieza en un muro y lo muerde una serpiente. Ese día será de oscuridad y no de luz. Asimismo hay personas que huyen del mundo y se refugian en las sinagogas religiosas, como deseando preservarse de las malas costumbres de la ética pagana. Gritan por doquier que ya las señales se cumplen, que el día del Señor está cerca, que hay que prepararse. Ellos en lugar de tener la esperanza bienaventurada en relación a la venida del Señor se dan a la tarea de identificar al Anticristo. Han pasado décadas tras  décadas identificando erróneamente a tal o cual personaje de la historia como la abominación desoladora, sea el hombre de pecado o el inicuo engendro de Satanás. Ellos huyen del león y del oso pero son picados por la serpiente.

¿Cuál es la esperanza bienaventurada si se la pasan pensando en el Anticristo? La tarea del creyente no consiste en estudiar a Satanás en sus múltiples manifestaciones sino en aprender a discernir la doctrina del Señor. Sin la doctrina de Cristo Satanás es una fortaleza inexpugnable, sin el conocimiento del Siervo Justo no hay redención posible. Al conocer la doctrina del Señor la esperanza bienaventurada se convierte en una realidad de paz para el creyente, las acechanzas del diablo son descubiertas y nos damos cuenta de que así como el diablo no tiene nada en Jesús tampoco lo tiene en nosotros. No se puede servir a dos señores, a Belial y al Señor Jesucristo, ya que no hay comunión entre las tinieblas y la luz; de la misma manera no somos llamados a dedicar tiempo para pensar si un determinado actor de nuestra historia presente es o no es el Anticristo que habrá de manifestarse, porque el interés mostrado en verificar el morbo que se siente por la presencia diabólica distrae de la comunión con la doctrina y con la persona del Señor.

Aprendamos a andar en la luz para disipar con ella las tinieblas, verifiquemos la presencia del Señor en nuestras vidas, por intermedio del estudio de las Escrituras (que dan testimonio de Jesús), las cuales también contienen la esperanza de la vida eterna, para poder descubrir las maquinaciones de Satanás. Si se continúa huyendo del oso y del león sin saber adónde huir, poco importa que se reclame como cierto el día grande de Jehová, la gente terminará con el veneno de la serpiente en su sangre y su casa fundada en la arena se hundirá.

De vieja data es la suposición de la fe y el descanso en la ignorancia. Jesús le decía a los judíos que si ellos le creyeran de verdad a Moisés también le creerían a él, ya que Moisés había escrito del Señor que vendría. Agregó Jesús que en realidad ellos no creían en los escritos del hombre que tanto mencionaban (Moisés) por lo cual tampoco creerían en él (Juan 5: 46-47). Sin embargo, los judíos insistían en que creían en el Padre celestial, en el hecho de que ellos no eran politeístas como los paganos. Pablo señaló que los judíos eran ignorantes respecto a la justicia de Dios, que es Cristo, por cuya razón oraba para que pudieran llegar a creer en el evangelio (Romanos 10:1-4). Hoy día no es distinto, millares son los que confiesan creer en el Cristo de la Biblia, recitando incluso textos de la Escritura, testificando con su asistencia a las reuniones semanales que adoran a un dios que no puede salvar. Esta gente insiste en que ese dios que adoran tiene el nombre de Señor, que es el Padre eterno o Jehová y aún confiesan creer en el Hijo como Redentor.

Los judíos hacían algo parecido, se aferraban al hecho de ser hijos de Abraham, a su cultura monoteísta, a su conocimiento de la ley de Moisés. Pero ignoraban que Moisés los acusaba por cuanto él sí que había creído en el Señor que vendría. Lo que se hace hoy día es una separación entre la persona y la doctrina del Señor, con la pretensión de creer en el Hijo de Dios pero bajo la ignorancia de sus enseñanzas. La gente se plantea como recurso argumentativo la dicotomía del corazón y la mente, en la pretensión de creer con el corazón pero desdeñando la inteligencia de las enseñanzas teológicas de Jesús. Esta gente solo abraza la ética de Cristo pero abandona gran parte de su doctrina. Se insiste en creer en una expiación universal bajo el olvido de lo que el Señor dijo respecto al propósito de su muerte (Juan 17: 9).

Los judíos todavía huyen de sus enemigos que los odian sobremanera, como quien huye del león y del oso, pero tropiezan en el muro de sus lamentos. Allí la serpiente los muerde por su apego a la ley de Moisés y por su ignorancia respecto a la justicia de Dios. De igual forma muchos de los que se refugian en las filas del cristianismo por causa de sus situaciones de salud, de problemas económicos, de carencia afectiva, por ejemplo, tropiezan con la palabra (para lo cual también fueron destinados) y finalmente la serpiente (el diablo) les inocula su veneno mortal. Ese día de Jehová será para ellos día de tinieblas y no de luz, de oscuridad y no de resplandor.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:58
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