Jueves, 08 de noviembre de 2018

El animal carroñero por excelencia es el chacal, legendario en la Biblia donde es citado en varios de sus libros. Habita fundamentalmente en lugares solitarios y desolados (Salmo 44:19; Isaías 34:13; 35:7). Yo os he amado, ha dicho Jehová. Pero vosotros decís: '¿En qué nos has amado?' ¿Acaso Esaú no era hermano de Jacob?, dice Jehová. Sin embargo, yo amé a Jacob y aborrecí a Esaú; convertí sus montes en desolación y di su posesión a los chacales del desierto (Malaquías 1:2-3). En la lengua española traducen como aborrecer el verbo odiar, quizás con una carga semántica más suave. Pero el griego dice MISEO - μῑσέω, con su aspecto verbal: EMISESA - εμισησα, para no dejar duda alguna al respecto. Dios odia y no lo hace en un altibajo emocional, porque Él es de una sola mente (Job), más bien porque se propuso odiar desde la eternidad a Esaú y a todos los que representa, aunque también amó a Jacob y a sus representados desde siempre.

Esa cualidad de odio y amor permanente en el Todopoderoso echa por tierra el mito religioso de la gracia genérica. Como si Él amara un poco menos a unos que a otros, dándoles una ligera gracia que será desaprovechada por el hombre caído. No hay base en la Biblia para semejante contradicción en la mente de un Dios que es un Sí y un Amén permanente. Lo que quiso ha hecho, si se lo propuso eso sucederá y no hay quien detenga su mano y le diga ¿qué haces? A través del profeta Malaquías responde a la inquietud del pueblo que no comprendía eso de que era amado por Dios. A pesar de haberlos escogido por sobre todos los pueblos de la faz de la tierra, para ser su pueblo especial, y pese a haberles favorecido en múltiples maneras terrenales y espirituales, habiéndolos sacado de la cautividad y habiéndolos restaurado de muchas formas, ellos decían ¿en qué nos ha amado el Señor?

Por contraste al amor les habla del odio que siente por Esaú. El antimodelo se instaura para resaltar el paradigma del amor, lo cual nos recuerda a nosotros lo que Pablo expuso como razón de Dios. Esaú había sido levantado para mostrar en él la gloria del poder de la ira y la justicia de Dios, sin miramiento a sus obras buenas o malas (Romanos 9). Eso incomodaría a los que leerían su carta, por cuya razón el Espíritu levantó la figura del objetor con la pregunta clásica: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién ha resistido a su voluntad? Esto se conoce como la defensa de Esaú, los objetores que merodean en su casa con pancartas todo el día diciéndonos que Dios no es justo si juzga a un hombre que no es libre para tomar sus decisiones.

Y en base a esta protesta sugerida corre mucha teología contemporánea. Por esa protesta ha surgido con fuerza el dualismo, la tesis de que es necesaria la libertad como razón de la responsabilidad. Dado que el Derecho entre los hombres presume en la mayoría de los casos la libertad humana para actuar sin coerción alguna, de manera que surja la responsabilidad plena en el sujeto, los teólogos han pretendido trasladar la relación horizontal humana hacia la relación vertical divina. Como si Dios pudiese ser juzgado o tenido como responsable ante los hombres, como si Él fuese dependiente de sus criaturas. Pero sucede al revés, el hombre sigue ligado a su Creador ante quien tiene que rendir cuentas.

A Dios no le importa que el hombre carezca de libertad, porque a nadie le pregunta si desea pertenecer a uno u otro grupo. Y así ha sido Él desde la eternidad, ya que Lucifer fue su criatura que hizo en forma perfecta pero después apareció en él maldad. ¿Y qué dice la Escritura al respecto? Dice: Hice al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Y los profetas reclaman para el Señor todo cuanto acontece, sea luz o tinieblas, sea paz o adversidad, sea la muerte o la vida, sea lo bueno o lo malo. Judas Iscariote fue llamado el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese, fue apuntado al igual que Esaú para tropezar con la roca que es Cristo. En contraste están los que tienen sus nombres escritos en el libro de la Vida del Cordero, desde la fundación del mundo.

Dios no mira a través del túnel del tiempo, o en una súper bola de cristal, o a través de los corazones humanos, para saber si alguien lo desea y lo ama, para averiguar quiénes son los que lo odian. Más bien Él ha dicho enfáticamente que ha elegido a la manada pequeña, a un remanente, a los herederos de la simiente santa para vida eterna. Si hubiese basado su elección en lo que descubriría al indagar en el tiempo, no hubiese tenido que predestinar (porque cada quien ya se hubiese considerado potencialmente redimido). La Escritura también enfatiza en el hecho de que no hay justo ni aún uno, no hay quien busque a Dios (al verdadero) ni hay quien haga lo bueno. Ella dice que el hombre, acostumbrado a hacer lo malo ¿cómo deseará hacer el bien? Se pregunta: ¿Mudará el etíope su piel, o cambiará el leopardo sus manchas?

Jacob y Esaú eran hermanos, hijos de los mismos padres, gemelos educados en igual hogar, descendientes de Abraham. Aunque Esaú tenía la ventaja de haber sido el mayor para heredar los derechos de la primogenitura, a Rebeca -su madre- le fue dicho: el mayor servirá al menor.  Antes de que hiciese bien o mal el corazón de Dios se mostraba contra su alma, para contrastar su amor por Jacob. Jacob obtuvo bendición temporal, como vemos por la historia de su vida relatada en las Escrituras, pero su mejor bendición tiene que ver con su destino eterno. El fue receptor de la gracia divina, la única que hace al hombre salvo para siempre. Nosotros somos llamados el Israel de Dios y sabemos que Jacob e Israel son la misma persona, de manera que también podemos ser identificados como descendencia de Jacob, en tanto descendiente de Isaac. La expresión en Isaac te será llamada descendencia (la semilla, la simiente) refiere a Jesucristo. El Señor era la simiente prometida que le daría el golpe en la cabeza a la serpiente. El resultaría herido en el calcañar, solamente, pero aplastaría al dragón antiguo. Por eso somos llamados sus hermanos, ya que Jesucristo es el primero entre muchos hermanos, habiendo nosotros sido hechos parte de su linaje.

Se nos ha dado el conocimiento acerca del Hijo, hemos sido enseñados por el Padre para poder ir hacia Jesucristo, pero una vez que fuimos enviados no seremos jamás echados afuera. Más bien el Señor ha prometido resucitarnos en el día postrero y, como al ladrón en la cruz le fue dada la seguridad de que al morir iría al Paraíso ese mismo día, décimos con Pablo que el morir es ganancia porque implica partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor. Esta es la bendición que Jacob recibió de parte de Jehová (Romanos 9:13) lo cual prueba la soberana elección que Dios hace en amor, un amor independiente de las obras humanas. Esta es también la gracia soberana que no toma en cuenta las obras del hombre para conducirlo a la presencia del Señor. Las buenas obras son un fruto afirmativo de la gracia recibida pero jamás son su causa. El fruto que damos como árbol bueno es lo que brota del corazón (de la abundancia del corazón habla la boca).

Y si alguien cree un evangelio diferente al anunciado en las Escrituras, al enseñado por Jesús y sus apóstoles, viene a ser anatema. ¿Cómo podemos saber cuál evangelio se cree? Simplemente por la confesión del corazón, ya que la boca hablará todo aquello que guarda el hombre como tesoro en su corazón. Eso fue lo que dijo Jesucristo, que del corazón habla el hombre y si es un árbol bueno confesará el evangelio de las Escrituras, pero si es un árbol malo confesará el evangelio del extraño (Juan 10:1-5). En esto han sido amados Jacob y su descendencia, en hacerlos  confesar el evangelio de las Escrituras; en cambio, Esaú, su hermano, siempre estuvo en el camino equivocado, junto al extraño, en la compañía de los chacales del desierto. 

Esaú fue dejado en sus pecados, sin que se le haya perdonado siquiera uno de ellos. Al haber llegado a ser una persona profana que vendió la primogenitura -la cambió por un plato de lentejas- demostró el desprecio que tiene el hombre réprobo en cuanto a fe por las cosas del Espíritu de Dios. El odio es mutuo, la criatura desprecia el evangelio verdadero por cuanto él ha sido despreciado primero por el Creador. Es por esa razón que Dios reclama para Sí mismo su derecho a endurecer a quien Él quiere endurecer. Por esa razón la Escritura también dice que horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo.

A Jacob o a Israel le es dicho que no tema porque Jehová lo ha redimido. Dios lo ha llamado por su nombre y ese Israel de Dios es de Él. Cuando pasemos por las aguas éstas no nos anegarán, si por el fuego no seremos abrasados. La razón de esa promesa para nuestro espíritu se basa en que Jehová es nuestro Dios Salvador. El ha dado a Egipto (el mundo) por pago de expiación, ha castigado a otros pueblos en lugar de a nosotros. Llegamos a ser preciosos para sus ojos, honorables y amados para el Señor. Hemos sido creados para su gloria (Isaías 43:1-7), no para vivir con los chacales en el desierto. He allí la gran diferencia entre el amor y el odio de Dios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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