Jueves, 08 de noviembre de 2018

Multitudes de personas confiesan creer en Cristo pero a muchos de ellos les será dicho que nunca fueron conocidos por el Señor. A pesar de sus grandes señales, de sus frutos vistosos, de su piedad encomiable, sus almas no fueron jamás redimidas. Ya quisiéramos tener un manual de hágalo usted mismo para andar seguros en los pasos de la fe, pero el buen Dios no dejó nada de reglas enumeradas, ni de escaños que subir, de manera que solamente llegarán a su destino feliz los que Él escogió para tal fin.

Sin embargo, la Escritura abunda en textos que exhortan al creyente a tener una conducta irreprochable. ¿Será esa la prueba de que somos salvos? Con todo hay que tener cuidado, no sea que nos engañemos a nosotros mismos. Por esa razón Pablo también escribió que debíamos examinarnos para comprobar si estamos en la fe. Sabemos que cuando Jesucristo salva nos redime del pecado, del poder de su corrupción y de la culpa que ello acarrea. Pero ¿qué es el pecado? ¿Cuál fue el pecado de Lucifer en el cielo? Al parecer la exaltación del Yo pudiera ser el pecado en su germen, en su genética, que muestra el principio por el cual todos los demás errores son cometidos a diario por la humanidad entera. Fue el deseo de ser como Dios lo que llevó a Lucifer a pecar, pero también fue la misma mentira ofrecida al hombre por la serpiente lo que lo llevó a salir del Paraíso.

A veces la verdad viene a ser más extraña que la ficción, de manera que es conveniente contrastar lo que somos con lo que es verdadero. El verdadero ser con el cual debemos compararnos no es otro que Jesucristo, la Justicia de Dios en tanto Cordero sin mancha. En la medida en que más nos parezcamos a él podemos tener la certeza de que andamos por buen camino. De eso se trata la predestinación, de ser conformes a la imagen del Hijo de Dios (Romanos 8:29), de tal manera que Jesucristo sea el primogénito entre muchos hermanos. La hermandad que tengamos con él se mostrará en las características comunes que tengamos con él. No hay tal cosa como un redimido que sea extraño al Hijo de Dios, que actúe en contra de sus mandatos, que continúe con el Yo en su trono soberano como si fuese independiente del Creador.

Jesús nos dijo que nos negáramos a nosotros mismos, que tomáramos la cruz nuestra a diario, que su yugo era fácil como ligera era su carga. Nuestra lucha contra el mundo comienza cuando el mundo está en nosotros, de tal forma que resulta inteligente batallar contra todo lo que pretenda vivir libre de Dios en nosotros, para que podamos decir con Pablo que ya no vivo yo sino Cristo en mi.

Todos nosotros nos descarriamos como ovejas; cada cual se apartó por su camino. Pero Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros (Isaías 53:6). El apartarse cada cual por su camino equivale a seguir el sendero del Yo; cuando el hombre pasa a ser el centro de todas las cosas Dios es distorsionado y visto como un Ser que debe adaptarse a nuestros propósitos. Acá es cuando la verdad se hace más extraña que la ficción, ya que en materia de religión surgen proyectos grandiosos, humanistas y teológicos, pero que se corresponden con nuestros caminos. Sin embargo, cuando Cristo salva sabemos que Él subyuga nuestra voluntad para darnos un deseo genuino de agradarle a Él. En eso consiste el cambio de corazón, al quitar el de piedra para darnos uno de carne.

Jesucristo no sólo es nuestro Salvador sino también nuestro Señor. No se trata de condicionamiento por obras sino de la no fragmentación de la identidad del Hijo de Dios. Él es Profeta, Rey, Sacerdote, Señor, Salvador Soberano, por lo tanto cuando él nos visita no lo hace en uno de esos roles sino con todos ellos a la vez. Su personalidad no está dividida sino en consonancia y en coherencia con su naturaleza, y es por eso que decimos que el que nos salva es también nuestro Señor. Él una vez dijo que no podíamos llamarlo Señor si no hacíamos lo que nos mandaba hacer, para que no seamos como Simón el Mago cuando creyó y se bautizó, que dio frutos externos de un cristianismo público pero cuya conducta teológica demostró que no tenía raíz su acto de fe. Era una semilla caída fuera del terreno abonado, o caída en medio de espinos o pedregales. Su deseo de hacer negocio con el reino de los cielos le quitó el velo para mostrar aquello que pensaba creer, que suponía asumir con entereza. Ya había sido bautizado y seguía a Felipe, aunque Pedro lo desnudó por su intención malévola que develaba su Yo entronizado para sacar dividendos en el trabajo del evangelio.

Tal vez se podría hacer una taxonomía del Yo para demostrar que Simón el Mago era dominado por el Yo económico (ego oeconomicus), mientras otros fueron vencidos por el Yo prestigioso (ego praestigiosus, como el caso del rey Agripa que casi es convencido por Pablo, al que su majestuosidad no le permitía la religión de los hombres comunes). Por simple curiosidad, lo que ahora se considera prestigioso (de importancia) tiene un origen muy turbio, ya que en el latín tenía el carácter de engaño. De allí viene la palabra prestidigitador, el que hace trucos para engañar a la gente. Y no hay mayor truco contra el alma que la soberbia, el darle un trono al Yo en lugar de darle el honor al Creador Supremo. Son muchos los que se engañan a sí mismos, porque si alguien estima que es algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña (Gálatas 6:3).

Como criaturas debemos todo a nuestro Dios, como creyentes igualmente somos deudores de su gracia, de sus misericordias y providencias. No tenemos nada que no hayamos recibido como para jactarnos de que hacemos buenas obras, pero sorprende ver a mucha gente engañada a pesar de su sinceridad. Hay gente que está sinceramente equivocada, habiendo edificado una estructura religiosa vistosa, pulcra, apetecible a la vista, pero sobre un fundamento arenoso.

Estos que se engañan a sí mismos se llevarán tremenda sorpresa en el día final cuando oigan decir que nunca fueron conocidos por el Señor. Esta es también la razón por la cual la Escritura tiene muchas advertencias y admoniciones para que vigilemos, para que conozcamos al Padre y a Jesucristo, para que seamos sobrios y santos, para que verifiquemos si hemos edificado sobre el fundamento que es Cristo. Los materiales nobles o innobles con que edifiquemos no son el fundamento sino solo representan la composición de la estructura del edificio de nuestra vida cristiana; pero si el fundamento no es Jesucristo, la Justicia de Dios, sino que es otro Jesús con otro evangelio, el río arremeterá contra la arena y derrumbará la edificación que se haya hecho. Para colmo de males no habrá nada que salvar, ni aún los mismos que edificaron por cuanto lo hicieron sobre un falso fundamento.

La gente no puede rechazar los mandatos del Señor y tener del Señor al mismo tiempo la garantía de su salvación. Pero los mandamientos de Jesucristo no son solo referidos a la conducta moral del cristiano, ellos van un poco más lejos. Así como el Señor no está dividido como si fuera a veces Profeta, otras Rey, otras Redentor y otras Señor, el mandato divino tampoco está fragmentado. Hemos de habitar en la doctrina de Cristo, cosa que se considera de extrema importancia. ¿Cuánta gente no basa su fe en la obediencia de los mandatos éticos del Señor? Ellos muestran una conducta casi intachable, son fieles de su religión y constantes en sus trabajos voluntarios para la comunidad. ¿Resistirán ellos un examen para ver si están en la fe?  ¿Conocerán la doctrina del Señor para poder habitar en ella? ¿Dirán ellos bienvenidos a los que no traen la doctrina del Señor, sino que andan extraviados?

La salvación no requiere obra alguna de parte del hombre, ella es un regalo de Dios como lo es la fe y la gracia (Efesios 2:8). Un regalo se recibe, pero no se tiene que recibir por fuerza. Sin embargo, la Escritura no nos ruega para recibir el don de Dios, ni el Dios soberano de la Biblia tiene quien se le resista. Si Él se propuso algo eso hará (libro de Job) ya que es de una sola mente. La Biblia nos enseña que creen todos los que están ordenados para vida eterna (libro de los Hechos), que perecen todos aquellos que no tienen sus nombres escritos en el libro de la Vida del Cordero, inmolado desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Por esa razón la salvación no depende de que usted haga su parte, o de que haga lo mejor para alcanzarla. Abraham fue redimido porque creyó a Dios y eso le fue contado por justicia.

Se nos manda a arrepentirnos (cambiar de mentalidad respecto a muchas cosas, en especial respecto a Dios y a nosotros mismos) y a creer el evangelio (que engloba todo el consejo de Dios, desde Jesucristo como persona hasta su trabajo en el madero, conforme al propósito de redimir a su pueblo de sus pecados -Mateo 1:21). La salvación no es una reforma del alma, no es una educación para vivir mejor en la vida, no nos rehabilita para ser santos. La salvación implica regeneración y ésta es un trabajo del Espíritu de Dios, que como el viento de donde quiere sopla. Es por ello que Jesús le dijo a Nicodemo que era necesario nacer de nuevo para ver el reino de Dios (Juan 3:1-7).

¿Cómo puede el hombre hacer bien acostumbrado a hacer el mal? ¿Cambiará el leopardo sus manchas? Pero cuando el Espíritu Santo viene a la persona elegida por el Padre el corazón es transformado y no puede resistirse al cambio. Esa transformación da frutos para vida, como un testimonio de lo que se ha operado en lo más íntimo del alma. Pero producir esos frutos como si fuera una condición para la redención final es salvación por obras y no por gracia, lo cual es en sí mismo una herejía.

La vida eterna es un regalo que produce frutos en esta vida presente, pero la gracia de Dios no puede ser adquirida por méritos propios o por el Yo entronizado. Se hace necesaria la transformación que viene de arriba, ya que solamente si hemos sido enseñados por Dios iremos hacia el Hijo. Dios nos salva para buenas obras pero no por causa de las buenas obras. En resumen, el Yo se cae por fuerza de gravedad cuando la Biblia nos asegura que nadie puede ir hacia Jesucristo a no ser que el Padre lo lleve (Juan 6:44). En el verso 60 de Juan 6 se dice que muchos de los seguidores de Jesús decían que esa palabra era dura de oír, en el verso 61 Jesús les preguntó si eso que él estaba diciendo los escandalizaba, pero ya en el verso 65 Jesús resumió su discurso: Por esta razón os he dicho que nadie puede venir a mí, a menos que le haya sido concedido por el Padre.

No hay lugar para el Yo en su trono cuando se es enseñado por el Padre (Juan 6:45), lo cual marca la pauta de la vida cristiana. El hecho de que la redención no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia, conduce al hombre redimido a una humildad única al reconocer a Dios como absoluto soberano. Y al conocer que Él endurece a quien quiere endurecer, como lo hizo con Esaú sin que mediara obra buena o mala, aún antes de ser concebido, abate nuestra cabeza a lo máximo, al saber que corrimos con suerte o herencia (Efesios 1:11). ¿Qué tienes que no te haya sido dado? ¿De qué te glorías? Si alguno se gloría, gloríese en el Señor.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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