Martes, 06 de noviembre de 2018

Lo que la gente sacrifica a sus ídolos, a los demonios sacrifica (1 Corintios 10:20). Esa sentencia es definitiva y categórica, bíblica en su totalidad, escrita por Pablo y refrendada por Juan en su Apocalipsis. En el último libro de la Biblia se ha escrito que después de múltiples azotes enviados por Dios a los que moran en la tierra la gente no se arrepentía de la obra de sus manos, de manufacturar ídolos (el trabajo de sus manos), ni de adorar a sus imágenes (Apocalipsis 9:20). Si no han conocido a Dios es obvio que sirvan al que por naturaleza no es Dios, aunque hay muchos que habiendo oído la verdad de muy buena voluntad sirven a la obra de sus manos.

Múltiples excusas levantan los que tributan a sus ídolos, una de las que más resaltan es que ellos no adoran al muñeco sino a lo que representa. Bien, Pablo dijo en forma muy clara que detrás del muñeco adorado o venerado, o que sirve para recordar una santa figura, están los demonios. Cuando estuvo en Efeso y cuando se refirió a Diana, la diosa adorada por sus habitantes, jamás supuso que los de allí creían que el muñeco de Diana era Diana misma. Dios odia la idolatría, como lo haría el más celoso Ser Supremo. Sabemos que los ídolos pueden ser físicos, como una escultura tridimensional o un dibujo de solo dos dimensiones, pero también pueden ser cosas que no se ven con los ojos. Un ídolo es en su esencia una construcción de un útil que se usa para la adoración o veneración, de manera que todo aquello que la persona se imagina por cuenta propia que es Dios pasa a ser un ídolo.

Si la Biblia habla repetidamente contra los ídolos, mal puede una persona que se dice creyente tener una imagen mental contraria a quien es Dios. Es decir, la única imagen posible que se nos da del Dios de las Escrituras es que es Espíritu, que es Todopoderoso, que es Juez Justo y Soberano. Puede haber más atributos, sin duda, pero cualquier concepción que tengamos del Dios de la Biblia debe ser de acuerdo a lo que ella revela. El Hijo de Dios, por ejemplo, vino a salvar a su pueblo de sus pecados, a poner su vida en rescate por muchos, a redimir a todo aquel a quien el Padre le envía. Esa es la imagen mental que podemos tener de él, pero suponerlo como un redentor universal sin excepción, como alguien que vino a morir en expiación por los pecados de todo el mundo -de cada ser humano en particular-, o para salvar a todo el que lo desee (en clara violación a lo que el Padre le da, a lo que el Padre quiere y predispuso) sería hacer idolatría en su nombre.

Incluso hay teólogos reformados que asumen que dado que no tenemos una imagen física de Jesucristo, puesto que de él no quedaron retratos del momento, sería válido imaginarlo de muchas formas: un Cristo negro, uno árabe, uno de la India o de Japón, uno blanco y así de cualquier etnia o cultura. Escuchemos lo que John Piper nos dijo respecto a su duda en cuanto a si es o no es idolatría hacerse una imagen de Jesucristo: ¿Se rompe el primer mandamiento si hacemos una imagen de Jesucristo? Pero Jesús vino encarnado a este mundo por lo cual sabemos que tuvo un rostro. Dios Padre no ha tenido una cara que mostrar, salvo que entendamos que Él y el Hijo son Uno. Jesús tuvo un rostro pero no sabemos cómo luce esa cara, de manera que como no estamos seguros de cómo lucía es obvio que sea válido que haya muchos rostros que se hagan de él. Como ninguna de esas imágenes del Cristo es precisa, es obvio que tengamos una gran variedad de ellas. Es por esto que es legítimo el tener muchas imágenes inciertas de Jesucristo; lo cierto es que (con esas imágenes) ese Jesús está allí para cada cual (John Piper, http://www.desiringgod.org/interviews/what-do-you-think-of-pictures-of-jesus en Chris Duncan https://agrammatos.org/2017/12/30/of-images/).

Este argumento de John Piper es conocido en Lógica como un argumento ad ignorantiam, ilustrado con el ejemplo Los fantasmas fuman cigarros dado que resulta imposible probar lo contrario -ya que nadie ha visto en realidad a un fantasma. Así que como nadie conoce a ciencia cierta el rostro de Jesús se haría válido -ad ignorantiam- el que haya infinidad de rostros hechos en referencia al Jesús que vivió en Nazaret. Como si Dios hubiese deseado que recordáramos al Hijo en base a su figura física y no en base a lo que representa su persona y su obra, como si Dios permitiese la violación de su mandato de no hacernos imágenes para adorarlas o venerarlas.  Al parecer, en la mente del reformado Piper, la costumbre de los pueblos fuerza y justifica la violación del mandamiento, lo cual no es más que una falacia ad populum (el argumento de que la mayoría siempre tiene la razón, o el argumento de la cantidad).

Dios es el que es justo y justifica al impío, basado solamente en la obra de Jesucristo, pero nunca justifica al hombre en un trabajo conjunto entre Dios y el impío. Para Él no es válida la mentira del Ayúdate que yo te ayudaré (o ayúdate con el ídolo que yo te ayudaré). No hay tal cosa como la Didáctica que se sirve de las imágenes religiosas para educar a los creyentes, ya que cuando se le dijo al pueblo de Israel que enseñara aquellas cosas a sus hijos se le dio la orden de escribirlas en las vestimentas y en los dinteles de las puertas de las casas. No se le dijo al pueblo que dibujara a Moisés bajando con las Tablas de la Ley, o que pintara la zarza ardiendo, o que hiciera imágenes tridimensionales para recordar las maravillas de Jehová. Algo tan insólito como lo anterior es el hecho de que muchas congregaciones que se dicen cristianas temen todavía a las imágenes tridimensionales (esculturas) pero ven sin ningún problema el hacer dibujos de Jesús o de los apóstoles (bidimensionales). El alto y el ancho (la bidimensión) no les es ningún problema pero la tridimensión (el alto, el ancho y lo profundo) sí les parece ser una violación al mandato divino.

Dios no necesita que recordemos su poder a través de las imágenes, ya que sabemos por la Escritura que Él tiene el poder suficiente para cumplir sus promesas, de lo contrario no habría nada cierto para el creyente ni para Dios mismo. Satanás no se formó solo sino que como criatura de Dios fue hecho para el día malo (Proverbios 16:4). Por eso la Biblia nos enseña que Dios controla cada cosa que ha creado, cada átomo de su universo, sin dejar nada a la deriva o al azar;  se ha escrito que aún la suerte se echa en el regazo pero de Jehová es su decisión.

Si el antiguo Israel fue escogido como nación no en base a su grandeza sino a que precisamente era el más pequeño de los pueblos (lo que incluía, además, un pueblo con mucha maldad), el Nuevo Testamento nos recuerda que nosotros no somos de los más grandes en el mundo. Más bien lo necio del mundo escogió Dios, lo que no es para deshacer a lo que es. No hay mucho noble ni mucho sabio entre nosotros. Y Jesús declaró que éramos una manada pequeña, lo cual concuerda con la soledad de Elías (¿Sólo yo he quedado?), o con la pregunta de Isaías (¿Quién ha creído a nuestro anuncio?), o con el trabajo de Juan el Bautista (Voz que clama en el desierto). Pero a pesar de esa gran soledad frente al mundo fuimos declarados un pueblo santo, porque Dios es el que justifica al impío y Jesucristo nos justificó con su justicia, siendo él la justicia de Dios. La Biblia insiste en que Dios es fiel (aunque seamos infieles), Él es el que mantiene el pacto de redención, el que nos sacó de la casa de esclavos, librándonos de las manos del Faraón (como representante de esclavitud y como símbolo de Satanás en la tierra). Porque los que son del diablo hacen lo que el padre de la mentira desea y se comportan de acuerdo a sus anhelos; el diablo ha sido homicida de almas desde el principio, y aún es homicida de los seres humanos, de manera que sus seguidores intentan por todos los medios cumplir la voluntad de su padre.

El Dios verdadero es el que declara el final desde el principio, el que dice que no hay Dios fuera de Él. En eso desafía a los ídolos (demonios) y a sus seguidores (los idólatras de la tierra), para ver si sus profecías se cumplen. Ellos son como niños que dan palos a las piñatas, pero que de tanto errar a veces aciertan uno que otro golpe. Con eso se conforman los seguidores de los falsos profetas, pero el Dios del cielo no ha faltado a ninguna de sus promesas o a ninguno de sus dictámenes.

Él es de una sola mente y nadie lo puede voltear. Lo que su alma deseó eso hizo.  Ciertamente él completará lo que ha determinado acerca de mí, y tiene en mente muchas cosas semejantes (Job 23:13-14).  Y aún con los impíos hace como desea, los vuelca contra su pueblo para después tomar venganza. Ese Dios está en los cielos y ha hecho todo cuanto ha querido (Salmo 115:3). En cambio los ídolos están en la tierra, en el corazón de los que odian a Dios, de los que lo desconocen. Los ídolos y quienes están detrás de ellos (los demonios) controlan la mente de los que le sirven, incluyendo a los pastores reformados que defienden el quebrantamiento del mandato contra las imágenes que veneran o adoran. Poco le importa a ese Dios que se excusen en la Didáctica para enseñar asuntos de la Biblia, ya que como la misma hechicería es el pecado de la desobediencia.

Habacuc nos enseñó que el ídolo es un maestro de mentiras: ¿De qué sirve la escultura que talla el escultor? ¿De qué sirve la imagen de fundición, si es maestra de engaño para que el escultor confíe en su obra, haciendo ídolos mudos? (Habacuc 2:18). No les sirve de nada dentro de la simpleza del evangelio, tal vez sirva para que ganen dinero los que hacen el dibujo o las esculturas, para sus traficantes o para los que cobran por su autorización. Pero como deidades son representantes de los demonios, enemigos de Dios, y sus seguidores tienen garantizado el mismo fin que los habitantes del infierno. A no ser que les sea otorgado arrepentimiento para perdón de pecados, pero en cuanto a sus oraciones son vacuas ya que esas figuras ni oyen, ni ven, ni caminan. Además, representan a un dios que no puede salvar. Esas imágenes son maestras de mentira por lo que representan, por ser falsos dioses. Hablar con un ídolo es como hablar con los edificios, como echarse en una piscina de lodo para quitarse el lodo (de acuerdo a uno de los fragmentos de Heráclito). Es decir, que aún un intelectual pagano de siglos antes de Cristo advirtió contra la necedad de los ídolos, pero los religiosos que se ufanan de interpretar en forma privada las Escrituras no ven siquiera lo superficial de las páginas de la Biblia. Así como el teólogo Piper se acomoda al uso de las masas en favor de las pinturas de Jesucristo, al obviar el mandato expreso de no hacerse representaciones para adorar o venerar, los maestros de mentiras tienen excusas de sobra para justificarse ante ellos mismos por semejante desobediencia. Si no oyen las Escrituras deberían oír a su sabio pagano (Heráclito) quien los describió como necios que hablan con los muros de los edificios.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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