Martes, 06 de noviembre de 2018

¿Sabía usted que la libertad de Adán era idéntica a la libertad de Esaú? Es la misma que tenemos todos, ninguna en absoluto. Pero muchos teólogos han fallado en su afán de congraciarse con la voluntad humana, por cuya razón han pregonado que el hombre posee libertad en su voluntad como para escoger su destino eterno. Algunos han llegado a suponer que Adán en su estatus de inocencia era libre para escoger el mal o el bien, pero que después de la caída quedó con una libertad solamente para el mal. De esta forma continúan su argumentación diciéndonos que cuando el hombre es convertido al evangelio de Cristo recobra la libertad para hacer el bien.

El problema es que el mundo relativo en el cual nos desenvolvemos nos crea ilusiones de interpretación. Decimos que somos libres porque en nuestras relaciones con los demás seres humanos tomamos decisiones; elegimos entre una vestimenta azul o verde, por ejemplo, o entre un tipo de alimentación diferente al de otros compañeros. El análisis de la libertad humana debería enfocarse hacia nuestra relación con el Ser Supremo, para descubrir si en verdad somos o no somos independientes del Creador.

Distintas confesiones de fe han declarado casi lo mismo, que el hombre posee libertad plena en su voluntad para poder decidir entre el bien y el mal, ya que de otra forma no hubiese sido posible condenar a los seres humanos si estuviesen privados de su libertad. Acá vemos cierta dualidad en el planteamiento, lo cual condiciona la soberanía divina a la libertad humana. Adán pudo haberse quedado en el huerto para siempre sin que hubiese caído, pero como lo venció la curiosidad de conocimiento entre el bien y el mal se decidió por aceptar la oferta que la serpiente le hizo a Eva. Aseguran que tanto Eva como Adán fueron seres libres para tomar uno u otro destino, de lo contrario Dios no sería justo por el castigo infligido a la raza humana, ya que ¿quién puede resistir a su voluntad?

Fijémonos un momento en lo que tal argumento presupone, para ver si la Biblia nos permite tomar tal camino. La suposición argumentativa Si Adán se destruyó a sí mismo, lo hizo porque era libre, deriva en una serie de contradicciones con las Escrituras. Para empezar, Pedro escribió inspirado por el Espíritu de Dios que el Cordero (Jesucristo) estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo. Fijémonos por un momento en esa declaración del apóstol, la cual presupone que Dios tenía en mente la caída de Adán. De otra manera ¿cómo pudo preparar al Hijo para semejante trabajo si Él hubiera quedado a la expectativa de un Adán que pudiera no haber pecado?

Si en realidad Dios es de una sola mente (Job) y todo en Él es un Sí y un Amén, el Cordero estuvo inquebrantablemente preparado para manifestarse en los tiempos presentes del apóstol Pedro. Adán tenía que pecar para que ese Cordero se manifestase, de otra manera los propósitos del Ser Supremo serían quebrantados por la posibilidad de un Adán incorruptible. La gloria de Cristo como Redentor de su pueblo se hubiese visto obscurecida ante los principados y potestades, ante los ángeles del cielo, ante sí mismo como Hijo y como Logos eterno. No podemos decir que Dios previó que Adán pecaría, de tal forma que preparó al Cordero como un plan por si acaso Adán caía. Más bien tenemos que decir que Adán tuvo que pecar porque jamás fue libre de su Creador, jamás fue independiente, ni tuvo libre voluntad para no caer.

Algunos saltarán de sus sillas para decir que Dios no tienta a nadie, ante lo cual respondemos que es cierto, que Dios no puede ser tentado ni tienta a nadie. Pero Dios no tentó a Adán en el Paraíso, fue la serpiente enviada por Dios mismo. Él dijo que había hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que hizo a los réprobos en cuanto a fe para mostrar en ellos su ira por el pecado y para exhibir la gloria de su justicia y poder (Romanos 9). Esa era la firme voluntad del Creador, de otra forma otra cosa hubiese sucedido. Si hubiese acontecido que Adán no pecara, el Cordero no hubiese sido preparado desde antes de la fundación del mundo. Y si Adán tenía que pecar el lector sabrá sacar la conclusión de quién lo hizo pecar, más allá de que Dios no tenga que ser el tentador.

Si Adán no hubiese pecado la humanidad entera hubiese estado agradecida a su padre terrenal, no al Cordero de Dios por su justicia.  Pero no nos quedemos con el pecado de Adán, vayamos un poco más atrás y pensemos en el pecado de Lucifer. ¿Cómo fue que Dios hizo al malo para el día malo? Sabemos que lo hizo, de manera que también Lucifer tenía que pecar ya que fue destinado para tal fin. De otra manera, ¿cómo destinar al Cordero Divino para la redención de su pueblo? Si no hubiese habido el pecado de soberbia en Lucifer, ni él ni sus ángeles hubiesen caído; por consiguiente, la humanidad no hubiese caído en Adán y Jesucristo no hubiese obtenido su gloria. La Escritura ha declarado que todas las cosas fueron hechas por él y en él, de manera que al decir todas las cosas entendemos que Adán antes, durante y después de su caída fue hecho por él y en él, lo mismo que Lucifer. Un ser puro sin inclinaciones hacia el mal de repente manifiesta una tendencia maligna ante el Dios Soberano. ¿Cómo pudo acontecer algo en forma independiente del Creador? En ninguna manera, todo lo que ha acontecido es porque Dios lo ha deseado (Todo lo que quiso ha hecho Dios), de la boca de Jehová sale lo bueno y lo malo (Jeremías), porque aún antes de la fundación del mundo ya el Cordero había sido ordenado para la expiación. Dios no puede ser sorprendido en nada.

Pero los que se escandalizan al entender que la única respuesta bíblica es que Dios es el autor de todo cuanto existe, sea bueno o sea malo, porque ese ha sido su deseo de acuerdo a su grandeza y propósitos eternos, responden siempre haciendo grupo con el objetor de Romanos 9. Los defensores de Esaú han enarbolado el argumento de que Dios no puede culpar a quien no es libre, ya que nadie puede resistirse a la voluntad de Dios. Muy bien, se puede trasladar el argumento hacia atrás en el tiempo para decir que Dios tampoco puede condenar a Lucifer, ya que no fue libre para resistirse a la voluntad de Dios. Tampoco puede Dios inculpar a Judas Iscariote, ya que no tuvo libertad ni poder para resistirse a la voluntad del Creador. Y así el argumento será el mismo una y otra vez, en cada uno de los réprobos en cuanto a fe, sea que se hable del Faraón, de Caín, de Jezabel, o de cualquiera cuyo nombre no fue escrito en el libro de la Vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

Hay rebeldía en los teólogos que intentan traer dualidad en los asuntos de la soberanía de Dios. La dualidad entre libertad y responsabilidad, por ejemplo, con lo cual suponen que si el hombre no es libre para decidir no puede ser juzgado culpable de la decisión que tome. Ese argumento es idéntico al del objetor levantado en Romanos capítulo nueve, no tiene nada de novedoso y sigue siendo la objeción perfecta del hombre rebelde.

¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos traman cosas vanas? Se presentan los reyes de la tierra, y los gobernantes consultan unidos contra Jehová y su ungido, diciendo: "¡Rompamos sus ataduras! ¡Echemos de nosotros sus cuerdas!" El que habita en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos. Entonces les hablará en su ira y los turbará en su furor (Salmo 2:1-5). Acá se hace cierta la desaprobación y la ruina de los que intentan romper las cuerdas de atadura para con el Altísimo. La rebeldía de la pretensión de independencia para con el Creador será objeto de la risa de Dios, en un antropomorfismo que presenta el escritor bíblico. Estas naciones y pueblos son los mismos que fueron apuntados para tropezar en la roca que es Cristo, y si así lo fueron no son libres. Su pretensión de libertad al proferir que no quieren al Ungido es motivo de la risa divina.

Los pueblos de la tierra se reúnen y en un mismo espíritu traman igual argumento. Es el mismo que se usa en la defensa de Esaú, siempre con la pretensión de libertad. Una rebelión natural que manifiesta no someterse a las obligaciones para con el Dios de todo cuanto ha hecho, pero que responde a los afectos corrompidos de la naturaleza humana. La humanidad caída no desea que el Hijo de Dios los gobierne, toma su ética como impropia y se vuelca hacia la relatividad de la moral. Interesante resulta que en estos tiempos de apostasía eclesiástica muchos detestan la doctrina de Jesucristo, aunque dicen amarlo como el Salvador de sus almas. Asimismo fue descrito en este salmo, que las gentes gritarán diciendo que no desean sus coyundas.

Conocer la verdad nos hace libres, pero en esa libertad en Cristo sabemos que no somos jamás independientes del Creador.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 6:21
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