Jueves, 01 de noviembre de 2018

Contrario a lo que se piensa acerca de que la gracia es una licencia para pecar, la Biblia está llena de exhortaciones para el creyente. Al mundo no se le ordena a estar sobrio, ni a velar, ni a orar en forma continua, es al creyente a quien se le pide, se le exhorta y se le estimula a hacer aquello. El mundo es libre para tener la compañía que desea, ya que entre ellos habita la locura que proporciona el andar lejos de la ética del Señor. Pero aún más, la Biblia reconoce que el mundo tiene incapacidad natural como para desear buscar a Dios; si acaso surge la religión para desear la divinidad, ésta tendrá que ser configurada a su medida.

Es por ello que resulta irónico el que se nos acuse de vida ilícita, cuando la gracia que se pregona en la Escritura está dada para que andemos en buenas obras. No que las buenas obras nos acercan a la gracia, sino que por la gracia de Dios se nos instituye el que seamos semejantes a Jesucristo. Es por eso que se dice que las buenas obras fueron preparadas de antemano para que anduviésemos en ellas. No es el mundo el que anda en esas buenas obras, no es el mundo el que se dirige al verdadero Dios en sus plegarias, por lo tanto tampoco es al mundo al que se le exhorta para andar como Jesucristo anduvo.

Sabemos que las malas compañías echan a perder las buenas costumbres, por eso es que nosotros nos hacemos tanto daño. Y es que no podemos huir del mundo, ni negarlo, ya que somos parte de sus habitantes aunque nuestra ciudadanía no se encuentra en él. Somos más bien extranjeros y peregrinos que caminamos hacia la ciudad celestial; pero en este andar cotidiano se nos ha pedido evitar la comunión con ese mundo que nos odia por causa de Jesucristo. Por esa razón se nos ha dicho que estemos despiertos a la justicia, para que no pequemos (1 Corintios 15:33-34). El abandono de la compañía del Señor nos produce el letargo espiritual que nos lleva a la caída moral en las más de las veces.

Algo parecido le aconteció al rey David, que en el ocio del reposo miró a la doncella que le despertó en él la lascivia. Conocemos los resultados tenebrosos de su conducta, de su amargo lamento por el pecado cometido. Pero esto es algo que nos acontece a todos, si bien no todos cometeremos los mismos errores que David. Pablo se lamentaba del mal que no quería hacer, por lo cual descubrió que tenía una ley en su cuerpo que era la del pecado. Elías el profeta fue descrito por Santiago como un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras. Jonás fue el profeta desobediente, Isaías decía de sí mismo que era inmundo de labios, y aún los sacerdotes o sumos sacerdotes del pueblo de Israel tenían que hacer expiación por sus propios pecados.

Si Jesucristo nos enseñaba acerca del perdón entre nosotros, que debíamos excusar a nuestros hermanos hasta setenta veces siete (como dando a entender un número enorme de veces en que debemos perdonarlo), ¿cuánto más no nos perdonará el Padre si acudimos a él a través de Jesucristo como nuestro intercesor? Pero esa gracia no es una licencia para el pecado, como ya lo señalamos antes; es más bien una motivación para desear apartarnos de él, para aborrecer el hacer lo malo, para desear hacer lo bueno.

Es conveniente recordar el fundamento de la fe sobre el cual hemos edificado nuestra casa. Pablo nos hablaba de los materiales nobles e innobles con los cuales hacemos nuestro edificio. Los materiales innobles se destruirán por el fuego, pero los nobles como oro, plata o bronce, o tal vez piedras preciosas, se mantienen como tales a pesar del fuego. El decía que aquellas personas que edificaron con materia innoble serían salvos de todos modos como quien se salva de un incendio. Ah, pero dijo algo más, lo cual es la clave de la enseñanza de su texto: que todos ellos habían edificado sobre un mismo fundamento, el cual es Jesucristo.

Nadie puede decir que Jesucristo es su fundamento si no tiene su doctrina; de no ser así no tendrá ni al Padre ni al Hijo, en palabras del apóstol Juan. La enseñanza o cuerpo doctrinal de Jesucristo es vital para asumirlo como fundamento; Cristo no es una palabra vacía, no es un amuleto por el cual podamos ser salvos. Jesús quiere decir Jehová salva, en cumplimiento de lo que fue escrito en Mateo 1:21 (que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados). El vino a enseñar la doctrina de Su Padre, de manera que nos conviene conocer lo que dijo para comprender las razones de su muerte en la cruz. Es muy importante que indaguemos acerca de a quienes vino a salvar Jesucristo.

En la parábola de las 10 vírgenes todas tenían muchas cosas en común, pero cinco de ellas poseían lámparas sin combustible. No tenían el aceite necesario para alumbrar su vida o su camino. Esas vírgenes fueron llamadas insensatas, muy a pesar de haber escapado de la corrupción del mundo, de su contaminación, de la inmoralidad propia del paganismo, por el solo hecho de haber conocido ciertas cosas del Señor Jesucristo. Pero como dijera Pedro, esa gente que escapó temporalmente de la corrupción del mundo (habiendo gustado los bienes venideros) conocían al Señor y Salvador Jesucristo; sin embargo, Pedro no dijo que esas personas conocían a su Señor y Salvador Jesucristo. Simplemente conocían al salvador de otros, al Señor de todos, de las cinco vírgenes sensatas (2 Pedro 2:20). Hay mucha gente que se refugia en las iglesias porque son atraídos por la ética cristiana, y desde esa trinchera se libran de muchos vicios mientras aprenden cosas importantes para la vida diaria. De esta forma se logra escapar temporalmente de la corrupción del mundo, por intermedio del conocimiento del Señor, si bien no lo conocen como su Señor y Salvador.

El creyente es uno que ha sido despertado del letargo espiritual natural en que vivía, por cuanto de la muerte ha pasado a la vida. De esta manera ha escapado del destino miserable del infierno para venir a gozar de la alegría eterna, de la inefable bendición celestial.  Ahora vive para tomarse seriamente la vida con solemnidad y gratitud. En un primer momento aprendió a vivir según el mundo, teniendo por gozo los bienes pasajeros, la sabiduría humana, la falsamente llamada ciencia, pero habiendo sido llamado eficazmente se da cuenta de que todo aquello que estimaba de valor no es más que algo que debe ser tenido como pérdida. Como creyente posee los más grandes incentivos para continuar por los derroteros que Dios le ha señalado.

Sin embargo, es posible que caiga de nuevo en la vanidad de la vida y que mire por momentos hacia atrás (como la mujer de Lot), pero si su fundamento es Jesucristo será sostenido para que siga al buen pastor. En materia de doctrina no habrá marcha atrás, ya que eso ha sido no un requisito sino una promesa y una característica de su nuevo estatus: no seguirá al extraño porque no reconoce su voz (Juan 10:1-5). Si de la abundancia del corazón habla la boca, jamás confesará un falso evangelio que lo haga a él anatema porque el árbol bueno no podrá dar malos frutos. Elías era un hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras pero no se comportó jamás como Balaam, el de la galería de hombres malos de la Biblia. David cometió errores tenebrosos pero jamás siguió a otro Señor que no fuera el que lo redimió y lo llamó eficazmente. Pedro cayó al negar al Señor pero fue sostenido para que su fe no fallara. Podríamos nombrar a tantos otros personajes de la Biblia que pasaron por situaciones similares sin que encontráramos a ninguno de ellos perdido eternamente.

En cambio, tenemos a Jezabel y a su esposo el rey Acab, a Judas Iscariote, a Caín y al Faraón, a Esaú, a todos los demás réprobos en cuanto a fe, todos ellos como habiendo sido destinados para tropezar con la roca que es Cristo. Puede decirse que profesaron cierta fe en el Dios de las Escrituras, que tal vez lo conocieron de cerca, o que gustaron de los bienes venideros alejándose de cierta contaminación del mundo, pero jamás se dirá que fueron nacidos de nuevo.

El tiempo de despertar del sueño porque la salvación está ahora más cerca que antes, así como el llamado a apartarse del pecado y a santificarnos más, se dice siempre en relación a los escogidos de Dios. Al mundo se le da otra referencia, que siga en su contaminación (el que es inmundo que se vuelva más inmundo -Apocalipsis 22:11) pese a que seamos conminados a reprender sus obras. Recordemos siempre que el Señor vino a llamarnos del mundo, de manera que todavía hay gente que será llamada pero que permanece en ese lugar. Claro está, el mundo no podrá presentar su propia justicia para ser aceptado como parte de la iglesia como cuerpo de Cristo; la única forma en que pueda ser alguien alcanzado para tal fin es si es llamado eficazmente por el evangelio del Señor.

Del mundo venimos todos, algunos hemos sido limpiados con la sangre del que murió por nosotros en la cruz, otros serán sin duda también llamados cuando llegue el tiempo oportuno, pero  muchos otros continuarán por siempre el sendero de la impiedad. El evangelio de la gracia sigue anunciándose hasta que el número de los consiervos se complete, y sabemos que esa gracia no es una licencia para pecar sino una licencia para vivir. Por eso también fue escrito: ¿Cómo viviremos aún en el pecado, si ya hemos muerto al pecado? (Romanos 6:2). El pecado ya no es nuestro placer, más bien nos parece abominable; caer en el pecado es como vivir con nuestro enemigo, por lo cual no podemos ya estar bajo los dictados de la naturaleza corrompida. Sabemos que el pecado no se enseñoreará más de nosotros, sino que el aguijón de la muerte fue vencido; pero si aún pecáremos, como parece verse en la vida de cada creyente, abogado tenemos para con el Padre. El Siervo Justo que justifica a muchos por su conocimiento siempre intercede por su pueblo.

La gracia abomina el pecado y se muestra su enemiga, por esa razón el Espíritu se contrista en nosotros cuando tropezamos una y otra vez en los errores que creemos superados. También por eso nos sentimos miserables, como Pablo, pero reconocemos de inmediato que Jesucristo nos ha librado de la consecuencia eterna del pecado. La gracia también es enemiga de los que fabrican obras para justificación, aunque ella nos prepara para buenas obras como fruto inequívoco de que estamos bajo su beneficio. Tenemos ciertamente licencia para vivir.

César Paredes

[email protected]

destino.blogcindario.com


Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 4:30
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios