Viernes, 26 de octubre de 2018

No son pocos los que dan coces contra el aguijón, sosteniendo que el hombre se endureció solo, que Dios lo dejó a su suerte en este planeta, que solo intervino para escoger a los que iría a redimir. Sin embargo, esa patada contra la púa la dan contra la Escritura, quien muy claramente señala en varias oportunidades la más absoluta soberanía de Dios en todos los renglones imaginables de la conducta humana. Esaú es el prototipo señalado para que veamos la actuación divina, sin mediar obra alguna -ni buena ni mala-, de manera que no tropecemos con la Roca que es Cristo.

En el Antiguo Testamento se habla de un rey que no quiso que Israel pasara por su territorio, pero se dice que fue Jehová quien había endurecido su espíritu y obstinado su corazón para entregarlo en manos de los mismos israelitas poco más tarde (Deuteronomio 2:30). ¿Cómo es eso de que el rey fue endurecido por Jehová? ¿Por qué Jehová inculpa, si no hay nadie quien pueda resistir su voluntad? Así está escrito ya desde antiguo, para que no tropecemos con la Palabra que es Cristo. Incluso se ha hablado de Absalón -el hijo de David-, quien prefirió junto con todos sus hombres el consejo de Husai antes que el de Ahitofel. Pero se dice de inmediato que Jehová había determinado que el acertado consejo de Ahitofel se frustrara, para hacer caer el mal sobre Absalón. (2 Samuel 17:14).

De nuevo, ¿por qué Jehová no tuvo piedad del hijo de David, su siervo? ¿Será que Él no respeta a las personas en el sentido de que no hace acepción de personas? Es decir, parece ser que Jehová hace como quiere, endurece al que quiere endurecer pero tiene misericordia de quien Él quiere tenerla. La razón la dice el mismo Espíritu, para mostrar la gloria de su ira y poder y exhibir la gloria de su misericordia (Romanos 9). Si todo sucedió en la eternidad (mucho antes de que nosotros existiésemos), en los planes eternos del Altísimo, su providencia será manifiesta para que ocurra aquello que su alma deseó. Se había propuesto darle la gloria al Hijo, en tanto Redentor de la humanidad que vendría a salvar; por esa razón Judas Iscariote fue escogido como hijo de perdición. Pero Adán tenía que pecar igualmente, ya que el Justo no hubiese podido tomar la gloria ofrecida por llegar a ser el Redentor de su pueblo. Dios no tiene tropiezos, no hay en Él un azar o un quizás, más bien todo es en Él un Sí y un Amén.

Jehová ha hecho todo como ha querido, sin haber salido a reparar los daños suscitados de repente, como si tuviese muchos planes B para enfrentar los entuertos habidos en su creación. Pero los teólogos no invitados -los que trabajan para el evangelio espurio- se han encargado de hacer una defensa no pedida. Cuando dicen que Dios es demasiado santo como para hacer el pecado, dejan aquello como un misterio ilógico. Jehová, por su parte, ha declarado por medio de sus profetas que Él hace el mal y hace el bien, que Él crea la paz y la adversidad. Incluso lo malo que acontece en la ciudad Él lo ha creado (Amós 3:6). Recordemos al rey Acab y cómo aconteció su muerte, planificada por la voluntad divina. Entonces Jehová preguntó: "¿Quién inducirá a Acab, para que suba y caiga en Ramot de Galaad?" Y uno respondía de una manera, y otro respondía de otra manera. Entonces salió un espíritu, se puso delante de Jehová y dijo: "Yo le induciré." Jehová le preguntó: "¿De qué manera?" Y él le respondió: "Saldré y seré espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas." Y Jehová dijo: "Tú lo inducirás, y también prevalecerás. Sal y hazlo así." Ahora pues, he aquí que Jehová ha puesto un espíritu de mentira en la boca de todos estos tus profetas, porque Jehová ha decretado el mal con respecto a ti (1 Reyes 22: 20-23).

Los teólogos defienden a Jehová diciendo que odiar es amar menos, que Esaú se endureció a sí mismo, que Faraón y Caín se perdieron solos, que cada quien es libre para decidir su futuro. Lo más seguro es que Jehová los haya incitado a hablar de esa manera para que muestren lo que hay en sus corazones. En realidad esos teólogos del evangelio extraño son como el pueblo a quien le fue dicho: "Oíd bien, pero no entendáis; y mirad bien, pero no comprendáis."  Haz insensible el corazón de este pueblo; ensordece sus oídos y ciega sus ojos, no sea que vea con sus ojos, y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se vuelva a mí, y yo lo sane (Isaías 6:9-10).

Y el Señor les dice una y otra vez que Él es quien forma la luz y crea las tinieblas, quien hace la paz y crea la adversidad (Isaías 45:7). Ciertamente, el hacha no mueve la mano que la usa para cortar la madera, ni el bastón mueve al que lo sostiene para apoyarse. De verdad el corazón del rey está en la mano de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1).   Dios no ha permitido el mal en su universo, simplemente lo ha decretado u ordenado. La razón que nos dice la Biblia es que busca su propia gloria en ello. Imaginemos un momento la inmensa gloria de Dios en relación con la redención de sus elegidos. Pero hay más, la enorme gloria que le ha dado al Hijo por haber vencido en la cruz, por haber derramado su sangre como propiciación por nuestros pecados. Es Jesucristo quien vino a ser Su Justicia, nuestra Pascua, lo cual glorifica tanto al Padre como al Hijo. Pero aún el Espíritu Santo lleva gloria en el proceso de redención, simplemente por el hecho de vivificar los corazones y por guiarnos a toda verdad. Además, el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles, por cuanto conoce la mente del Señor.

El mal ha sido decretado en el universo de Dios para que los hijos se muestren humildes, para que acudan a Él en la esperanza de ser socorridos contra la impiedad. Por otro lado, el creyente siempre necesitará la justicia de Jesucristo, ya que eso no es un ropaje que se coloca y se desecha sino un estado judicial a nuestro favor que nunca se desmerecerá. De igual forma, al condenar a los réprobos en cuanto a fe, Dios manifiesta la gloria de su ira y su poder (Romanos 9:22) ante el mundo. Job dijo que Dios era de una sola mente, que su alma deseó e hizo (Job 23:13), de manera que nos conviene pensar en esa verdad con mucha seriedad. El consejo de Dios siempre permanecerá y Él es quien declara las cosas finales desde el principio, y desde antaño las cosas que todavía no habían sido hechas (Isaías 46:10).

Dios no es contradictorio, pero los teólogos no invitados muestran a su dios repleto de paradojas. Esas contradicciones son de su dios o de sus dioses, pero nunca del Dios de las Escrituras. Nuestra fe es razonada, de acuerdo a la lógica bíblica, según el Logos eterno que ha dicho todo cuanto ha querido. Jesucristo dijo que nadie podía ir a él si el Padre no lo traía, de manera que esa enseñanza es muy clara, sin rodeo alguno. Agregó que él no rogaba por el mundo sino solamente por los que el Padre le había dado y le daría, de manera que si dejó a mucha gente por fuera eso hizo y dijo. A muchos hablaba en parábolas para que no entendieran, luego uno puede comprender que no quiere que todos los hombres sean salvos. Ah, pero un momento, en la Escritura se dice que Dios quiere que todos los hombres sean salvos, ¿cómo es eso cierto? Bien, también el Logos nos dejó raciocinio para comprender el contexto de las frases, para saber que todos no siempre es cada uno de una determinada muestra, o la expresión todos los hombres no implica cada uno en particular, sino que de acuerdo al contexto se refiere a muchas categorías de personas.

El Dios de las Escrituras no nos manda a tragarnos sus palabras en ignorancia, como si con esa actitud demostráramos humildad mientras intentamos tapar u ocultar alguna contradicción. Más bien nos recomienda examinar siempre la Palabra y renovar nuestro entendimiento. Pedro dijo que hay cosas difíciles de entender pero que esas cosas doctrinales un poco complicadas son torcidas por los inconstantes y por los indoctos. Eso es un llamado a la constancia en la fe, al estudio de la Palabra, a la diligencia que pongamos para comprender lo que el Señor nos dice. Nunca las palabras de Pedro harían referencia a la haraganería intelectual, a la suposición de que basta con creer con el corazón porque con la mente es difícil la comprensión. Pedro lo dijo muy claro, que son los indoctos y los inconstantes los que tuercen las Escrituras para su propia perdición.

Si el Espíritu habló por medio de Pablo para decirnos que Dios odió a Esaú aún antes de hacer bien o mal, aún antes de ser concebido, entonces no debemos darle vueltas al asunto inventándonos indoctamente verbos con extraño sentido. Así han hecho los del otro evangelio, cuando aseguran que en la Bibliaodiar es amar menos. Se ha llegado a decir que Jesucristo propició por los pecados de todas las personas, sin excepción, pero que su sangre solamente es eficaz en los escogidos. Eso está en contradicción con la lógica divina, lo que sería un desperdicio de esfuerzo en la economía de Dios (en realidad, de su dios), ya que si Jesús no rogó por el mundo la noche antes de su expiación, ¿por qué habría de morir por ese mundo que no vino a salvar?

Dios amó al mundo que él eligió para salvar, no al otro mundo que endureció para la gloria de su poder y de su ira. De unos escribió su nombre en el libro de la vida del Cordero, pero los demás son entregados para que adoren a la bestia, para que en esta tierra exclamen ¡quién como la bestia! Ese Dios de la Biblia es demasiado poderoso como para ofenderlo en nuestros pensamientos, más bien conviene amistarnos con Él para que nos venga bien y tengamos paz.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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