Lunes, 22 de octubre de 2018

Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros y no la forma misma de estas realidades, nunca puede, por medio de los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente de año en año, hacer perfectos a los que se acercan (Hebreos 10:1). Una sombra de lo por venir, que venido lo esperado, aquella queda como recuerdo de la pedagogía divina para con su pueblo. Jehová anunciaba en forma de sombra el sacrificio de Su Hijo como propiciación por todos los pecados de su pueblo que vendría a redimir (Mateo 1:21), pero solo los entendidos entenderían -como diría Daniel el profeta- ya que muchos israelitas se atenían a la forma de la ley antes que a su contenido.

Sabemos que la ley no salvó a nadie, más bien condenaba a todos por cuanto el quebrantamiento de uno de sus puntos responsabilizaba de todo su contenido. Sin embargo, esa ley fue el Ayo que nos condujo a Jesucristo. Solamente acudiendo al sacrificio expiatorio del Hijo podemos librarnos de la maldición de la ley, del pecado y de la esclavitud de Satanás. Ahora bien, la gente huye de la ley pero habiendo sido educada en los mandatos del deber ser siente que debe cumplir con un mínimo de la norma. Ese ha sido el problema de muchos, que dirigiéndose a Jesucristo arrastran su propia justicia.

Dado que Dios no dará su gloria a ningún otro, resulta imposible que la comparta con los seres humanos que se tienen como cumplidores de la ley. Ellos piensan que al menos su decisión por seguir la ética cristiana, por gustar del atractivo del Espíritu, por participar de la iluminación de las Escrituras, o por su moral religiosa serán librados de la vieja acusación de la ley. Les cuesta entender que Dios es absolutamente soberano en todos los renglones de la vida de las personas, en su universo creado, sobre todas sus criaturas. Les cuesta digerir que Él se propuso un plan desde la eternidad y todo lo que quiso hacer eso ha hecho, sin que nadie pueda estorbar su mano. Por razón de su entendimiento entenebrecido no pueden asimilar las palabras de Jesucristo cuando dijo que no rogaba por el mundo sino por los que el Padre le había dado (Juan 17:9).

De igual forma, todos aquellos que corren con el peso de su justicia ignoran voluntariamente lo que el Hijo de Dios dijo en esta tierra, que nadie podía venir a él a no ser que el Padre que lo envió lo trajere a la fuerza. Solamente los que son enseñados por Dios vendrán al Hijo y éste no lo echará afuera, sino que lo resucitará en el día postrero. Poco importa la magnitud del pecado que nos angustie, ya que el ladrón en la cruz fue una muestra de la capacidad de perdón que tiene Dios sin importar la obra que hagamos. Ese ladrón no tuvo tiempo alguno para realizar alguna buena acción humana, quien habiendo cometido maldad en grado sumo durante toda su existencia fue un ejemplo claro de la anti-ética cristiana. Ni siquiera pudo bautizarse en el Jordán.

La ofrenda por el pecado fue realizada por Dios hecho hombre, el Mediador que garantiza el favor del Padre. Si recordamos las palabras de Jesús acerca de lo que es la vida eterna, valoraremos lo que significa el conocimiento de Dios. El conocimiento que Dios exige apunta a Él como Padre y a Jesucristo como el enviado para alcanzar nuestra paz. Solamente la propiciación hecha por el Hijo satisface la justicia exigida en la ley de Dios, lo cual echa por tierra el sacrificio de los propios esfuerzos humanos. Pero hay quienes combinan muy bien ambos sacrificios, o ambas justicias; por un lado sostienen que Cristo los habilitó para estar vivos, aunque de ahí en adelante le toca a cada quien aportar su propio sacrificio. Esa tesis conlleva otra falacia paralela, que la habilitación del Hijo de Dios fue hecha por todo el mundo, sin excepción, de manera que muestra a un Dios justo que condena porque cada quien se condena a sí mismo. Dios tampoco salvaría del todo a nadie sino que haría posible la redención para todo aquel que la desee.

Y es así como nace la técnica muy variada de la predicación del evangelio, que no es más que la persuasión retórica para que las almas se acerquen a Cristo y reciban el don que está ofreciéndoles desde hace siglos. Por supuesto, los que no son alcanzados por esa súplica divina, manifestada por los predicadores voluntarios, han hecho del infierno el monumento al fracaso de Dios. Es un fracaso para un Dios que se ha dicho soberano, el enviar a Su Hijo a morir por toda la raza humana, sin excepción, y salvar apenas unos pocos. Pero digamos que salva a la mayoría, todavía seguiría siendo un fracaso por cuanto Su esfuerzo se hizo inútil en todos aquellos que se perdieron y que Él quería salvar.

Esa tesis torcida, que se hace por intervenir privadamente la Escritura, muestra que Judas Iscariote se perdió a pesar de que Cristo le daba la oportunidad de arrepentirse. Muestra igualmente que Jesús se equivocaba cuando dijo de él que era el hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese. Porque si Jesús quiso salvar a todo el mundo, sin excepción, dejó por fuera a Judas, a Faraón, a todos los réprobos en cuanto a fe, muy a pesar de haber derramado inútilmente su sangre por ellos. Su propiciación fue inútil porque ellos fueron duros en su corazón, lo cual demostraría que los que logró salvar fueron menos duros, más blandos y se dejaron persuadir por los predicadores de ese evangelio universalista. En otros términos, hubo un trabajo compartido entre Dios y los hombres, un sinergismo, una salvación en la que el hombre tiene de qué gloriarse (por cuanto aportó su voluntad, se desendureció, se ablandó por cuenta propia). Ese tipo de doctrina también convertiría en extrañas las palabras de Pablo cuando dijo que la salvación era por gracia, para que el hombre no tenga de que gloriarse (Efesios 2:8-9).

La expiación universal intenta ocultar en su espíritu democrático el orgullo y la presuntuosidad del esfuerzo humano. Es como si al presentar el fuego extraño ante Dios se ignorara lo que les aconteció a aquellos personajes del Antiguo Testamento que fueron consumidos por la ira divina. Dios abomina el fuego extraño, asimismo valora como profana la pretensión humana de la universalización de la redención. Dios es soberano y Todopoderoso, de manera que si no quiso salvar a toda la humanidad, sin excepción, esa fue su voluntad y ha de respetarse. Si en virtud de su poder y voluntad hubiese querido redimir a Caín, a Judas, a Faraón, a los que perecieron en el diluvio así como al resto de la humanidad, de seguro no hubiera destinado a ninguno para que tropezara en la roca que es Cristo. Eso hay que concedérselo, si pretendemos conocer lo que significa ser Todopoderoso y Dios Soberano. Nada le hubiera impedido redimir a toda la humanidad, excepto que no hubiera podido mostrar su ira contra el pecado y su justicia por el castigo del mismo. Por esa razón entendemos que esa no fue su voluntad, sino que más bien se ha escrito que solamente lo que el Padre le da al Hijo eso será salvo. El mundo, por el cual Jesucristo no rogó, no podrá ser redimido de ninguna forma o manera. La combinación de la pretendida justicia humana (que no es más que trapos de mujer menstruosa) con la justicia del Hijo como Cordero sin mancha, es una provocación a la ira de Dios.

Cristo no vino a abolir la ley sino a cumplirla, y habiéndola cumplido se ofreció como Cordero por todos los pecados de su pueblo. Él era y es el Siervo Justo que salvaría a muchos, el cual vería linaje de su esfuerzo; es el conocimiento que tengamos de él lo que puede conducirnos a la comprensión de su persona y su obra. ¿Cómo invocarán a aquel de quien no han oído? Para poder invocar su nombre se hace necesario conocerlo, pues de otra manera se perecería en la ignorancia. Caín no supo nada de lo que sería ese Cordero, de la necesidad de la expiación con sangre de sus pecados, por lo tanto pereció en su ignorancia. Abel, en cambio, ofrendó de su rebaño, en una sombra de lo que habría de venir. Es el Cordero de Dios el que nos quita este pecado que impide la relación con el Padre; es Jesucristo como nuestra Pascua el que se ofrece como nuestra justicia.

Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados (y no solo por los nuestros, escribe Juan, sino por los de todo el mundo: Judíos y Gentiles en tanto el mundo amado por el Padre). Esa propiciación significa la eliminación de la ira de Dios (por eso Dios no nos ha puesto para ira), aunque anteriormente éramos por la vieja naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás. Ahora tenemos el Espíritu injertado en nosotros, el cual es la garantía de la redención final; por eso el amor de Dios se ha manifestado en nosotros, al habernos enviado a su Hijo en propiciación por nuestros pecados (1 Juan 4:10). Pablo se pregunta quién podrá condenar a los hijos de Dios si Jesucristo es el que murió, el que resucitó e intercede por nosotros (Romanos 8:34). Si no hubiese una preservación de los santos nadie podría mantenerse en pie delante de Dios, pero el propósito inalterable de parte de Dios continúa firme, ya que todo en Él es un Sí y un Amén.

¿Quién puede arrebatar una sola de las ovejas de Cristo? El Padre y el Hijo las tienen escondidas en sus manos. Solamente los presuntuosos que se apoyan en su propia justicia podrán decir -como en efecto han dicho- que es posible perder la salvación, ya que si Esaú se perdió a sí mismo Jacob también pudo perderse. Ese es el absurdo de los universalistas, según los cuales Jesús no salvó a nadie en particular sino que hizo una redención en potencia. Y por supuesto, dentro de su lógica pervertida, los universalistas sostienen que los que definitivamente se salvan lo hacen porque Dios supo de antemano que ellos irían a perseverar. En fin, que del lado de los universalistas está el sinergismo, el trabajo conjunto del Hijo con el pecador que tiene buena voluntad. Es una asociación con la doctrina católico romana sintetizada en el adagio de Ayúdate que yo te ayudaré.

La sombra de lo por venir ya vino; esa sombra apuntaba a Jesucristo, a su sacrificio y su beneficio en favor de su pueblo. En él no hay ninguna expiación por toda la humanidad, sin excepción, sino solamente en favor de la manada pequeña, cuyos nombres ya están escritos en el libro de la Vida del Cordero desde la fundación del mundo. Incluso los sacrificios del Antiguo Testamento educan al respecto, siendo ofrecidos por la nación de Israel y no por el mundo pagano. Y con todo, no todo Israel sería salvo sino solamente los que eran descendencia espiritual de Isaac. Si aún en el Antiguo Testamento se ve la disposición de Dios de educar solamente a una parte ínfima de la humanidad en cuanto a la venida de Su Hijo, ahora el Nuevo Testamento, habiéndose mostrado al mundo entero, sigue el mismo derrotero de antes: solamente el remanente será salvo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 17:46
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