S?bado, 20 de octubre de 2018

Los que tiemblan ante la declaración bíblica acerca de que Dios endurece y odia eternamente a quienes ha escogido como vasos de ira, a fin de manifestar su poder y justicia junto con su ira, normalmente sostienen que el hacha mueve la mano para cortar el leño. Ellos intentan por un lado salvar a Dios de la acusación que se le viene encima, pero por otra parte suponen que existe una maravillosa contradicción en la Escritura que debemos asumir por fe. Es decir, hablan de paradojas bíblicas, para poder defender el principio idolátrico que los mueve en la religión de siempre, el libre albedrío humano.

En otros términos, los que son movidos por el hacha (lo cual sí que es una paradoja) se abrazan al libero arbitrio desde que Adán fue engañado en el huerto. La promesa satánica de ser como dioses les afectó el entendimiento a los primeros hombres, de tal forma que siglos después casi toda la humanidad sufre del mismo mal que sus padres. ¿Qué mayor libertad que ser como Dios? Al ser semejante al Altísimo uno podría hacer lo que le plazca sin tener que ir a un juicio de rendición de cuentas. Esa era la meta de Lucifer aunque falló por la falta lógica de su proposición, ya que al haber un Dios Inmutable no podrá coexistir a su lado ninguna otra divinidad real. Dioses imaginarios hay muchos, de tal forma que la humanidad caída se abraza a cualquiera de los que encuentra en la multiforme variedad idolátrica que encuentre.

La salvación de Dios (el que Dios no sea condenado), dicen los teólogos desviados de la Escritura, estaría fundamentada en el hecho de que el hombre sea libre por naturaleza. Eso implicaría que Dios no sería juzgado si condenara a Esaú aún antes de que naciera o de que hiciera bien o mal. En otros términos, Esaú se condenó solito, a sí mismo, por su propio endurecimiento. Claro está, como todavía les queda el verbo odiar (MISEO) con su objeto Esaú, en la proposición de Romanos 9, resolvieron asegurar al lector lego que su significado es amar menos. Con esa osadía filológica sacan su carta bajo la manga para hacer creer que Esaú fue amado por Dios, así como Judas Iscariote, si bien ellos continuaron con su propio endurecimiento hasta perderse. Y afirman que no fue la intención divina el que se perdieran, porque para eso vino el Hijo de Dios a morir por toda la humanidad sin excepción.

Incluso los más insignes teólogos no se salvan de regodear esa teoría, ya que aún Calvino sostenía que cuando Jesús le lavaba los pies a sus discípulos (la última vez que lo hizo) le estaba brindando la oportunidad de arrepentimiento a Judas Iscariote. Como si el Señor no supiera lo que estaba haciendo, o lo que había dicho, que Judas era el hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese. La Biblia es clara como el agua, pero hay textos que son mucho más claros que otros. El texto de Romanos 9, donde Pablo nos habla de Esaú y Jacob, es uno de los más despejados que encontramos en las páginas bíblicas. Sin embargo, es uno de los más odiados, de los más angustiosos para muchos doctrinarios que se sacuden al encontrar esas palabras que les desdibujan el dios romántico que se han forjado durante siglos.

No les es posible encontrar salida en la metáfora del alfarero y el barro, ya que el poder absoluto del constructor de vasos es temerario. Él es dueño del barro, pero algo más grande aún es el hecho que haya creado el polvo y el agua para la mezcla. El destino que le dé a cada vaso es de su absoluta incumbencia, nunca del vaso mismo. Si así no fuera, la figura irónica de Isaías sería una aseveración antes que una figura retórica que pretenda decir lo contrario de lo que se quiere dar a entender. Es decir, el hacha movería la mano para cortar el leño. El profeta y escritor bíblico plantea un mundo insólito y al revés, donde los objetos mueven las manos de quienes los sostienen, dándoles orden y control para forjar su propio destino. La mano que sostiene el objeto ya no tendría ningún poder sobre el mismo, lo que implicaría que se convertiría en un objeto más pero el antiguo objeto movido ahora sería un objeto con voluntad, un dios o un ser humano.

La inversión es clara, Dios dejaría de ser soberano si Esaú se hubiese forjado su propio destino. Esaú, en cambio, al ser divinidad o independiente de Dios no sería tan tonto como para condenarse a sí mismo y hubiera cambiado los códigos legales para evitar cualquier acusación. Eso, claro, en el caso de que el hacha mueva la mano o de que el vaso se forje a sí mismo y se dé su propia ubicación y destino. Precisamente, en este mundo bizarro no habría responsabilidad alguna. Los objetos (los seres humanos) no tendrían que responder ante el alfarero (Dios) porque serían tan independientes de la Divinidad que poseerían su propio código moral por el que no podrían ser juzgados. Dios quedaría como alguien que nos hizo el favor de crearnos, pero a quien podemos despedir cuanto antes para que no nos estorbe en la consecución de nuestras metas.

En ese mundo hipotético e irónico dibujado por Isaías, Esaú es su propia causa metafísica, el que elabora su propio destino. El papel de Dios en la teología sería por consiguiente irrelevante, confinado solamente al hecho de Creador y tal vez reverenciado por eso.  Aquellos teólogos han supuesto resolver lo que jamás existió, la dicotomía o la paradoja entre soberanía de Dios y libertad humana. Al ser el hombre libre por definición, Dios seguiría siendo soberano (no se sabe cómo) y quedaría establecido el conjunto de dos verdades opuestas: Dios soberano y libertad humana. Esa paradoja habrá quedado en apariencia resuelta en la medida en que cada ser humano decide su futuro o su destino. Aunque lo más cierto es que haya habido una permutación de roles: Dios entrega su soberanía al hombre libre y éste se entroniza en su propio código moral.

De nuevo, recordemos con exactitud las preguntas retóricas de Isaías: ¿Se jactará el hacha contra el que corta con ella? ¿Se ensoberbecerá la sierra contra el que la maneja? ¡Como si el bastón manejase al que lo levanta! ¡Como si la vara levantase al que no es madera! (Isaías 10:15). Esto recuerda las palabras del rey de Asiria que creía haber cortado no pocos pueblos por su propio poder e inspiración. No reconocía el rey que él era simplemente un hacha en las manos del Todopoderoso, como un Nabucodonosor cualquiera. Al no reconocer el poder soberano de Dios en todo lo que hagamos, lo que acontece de inmediato es lo mismo que le sucedió a ese rey: se ufanó, se engrandeció, se atribuyó a su voluntad todo cuanto hizo. Porque sigue siendo insulso y ridículo coger para uno lo que le pertenece al Señor, de quien somos un simple instrumento en sus manos eternas. Ah, pero cuidado, no espera el Señor que vayamos hacia Él para que seamos usados, como si Él necesitara nuestra aprobación o permiso.

Es a nosotros mismos que nos conviene ese reconocimiento de la soberanía absoluta de Dios, porque de otra manera no podemos avanzar en el cometido de la vida eterna (Juan 17:3). Por medio de la ironía expuesta por el profeta Isaías resulta insultante contra Dios que atribuyamos al hombre lo que Dios hace. Si Él dice que endurece a quien quiere endurecer, no hay ningún derecho teológico que adjudique al hombre la capacidad de forjar su destino. Esaú fue odiado por Dios, desde antes de ser engendrado. De esta forma las obras no mediaron en su destino final sino sólo la voluntad divina. Por esa razón es que se levantó el objetor de inmediato, como figura interpuesta por el apóstol inspirado por el Espíritu: ¿Hay injusticia en Dios?...¿Por qué, pues, inculpa?...¿Quién puede resistir a su voluntad?

Fijémonos en que la objeción no hubiese sido necesaria si Pablo hubiese escrito lo que cada teólogo objetor hubiese deseado leer: que Esaú se condenó a sí mismo a pesar de que Dios lo amaba; que él se condenó por vender su primogenitura pese a que Dios quería bendecirlo a través de ella. Si eso hubiese sido escrito de esa manera o en forma similar, de seguro la figura del objetor hubiese sido inútil incorporarla al texto. El Espíritu fue claro y quiso colocar esa objeción donde muchos tropiezan, para que sean puestos al descubierto aplastados por la roca de la eternidad. Y es Pedro quien nos dirá finalmente que esa gente fue destinada para tal fin, para tropezar contra Jesucristo.

Una vez que el Señor hizo su obra por medio del impío rey de Asiria, lo destruyó. Es así como Dios trabaja con los impíos y su impiedad, ya que aún al malo lo hizo para el día malo. Todos somos instrumentos en sus manos, no hay ni siquiera un alma que se le resista. El corazón del rey es llevado a hacer lo que Dios dispuso, aunque piense que lo hace por sí mismo. Cuando predicamos esta palabra es Dios quien quiso que lo hiciéramos, de manera que Él también tendrá el fruto que espera recoger a partir de esta obra. Algunos serán movidos a arrepentimiento, mientras otros son endurecidos para acumular ira para el día de la ira.

Asaf dejó reflejada esta idea en su Salmo 73, cuando cuenta acerca de lo que le sucedió teniendo envidia de los arrogantes, al ver la prosperidad de los impíos. Al entrar en la presencia de Dios supo que Dios un día menospreciaría los rostros de los que habían sido colocados en desfiladeros. Como cualquier creyente, Asaf comprendió que él se sostenía de la mano de Jehová y que su Dios sostenía igualmente su mano. En esa perspectiva del salmista podemos ver la seguridad de las ovejas que siguen al Buen Pastor, alejadas del extraño de quien no conocen su voz. En el Santuario Divino descubrimos que el hacha no se mueve a sí misma ni tampoco mueve la mano del que la sostiene, sino que Dios hace como quiere y desde siempre lo planificó como acontece.

Hoy día, los que objetan cuentan con la revelación completa de las Escrituras para darse cuenta de lo vano de su objeción. Tan solo si tuercen las palabras inspiradas de la Biblia podrán hacer decir aquello que sostiene a sus ídolos, podrán intentar engañar -si les fuere posible- aún a los escogidos. Pero en forma muy plana la Escritura continúa brindando su sabiduría a los que aman a Dios, a los que conforme a Su propósito han sido llamados. Los demás, el mundo por el cual Jesús no rogó (Juan 17:9), seguirán a los ciegos guías de ciegos, caerán en sus propios lazos de confusión acumulando ira para el día de la ira.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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