Jueves, 18 de octubre de 2018

La Biblia asegura que el Señor conoce a los que son suyos pero también nos dice que el Siervo Justo salvará a muchos por medio de su conocimiento. Es decir, hay un conocimiento recíproco, ya que a los que antes conoció Dios a éstos predestinó. Y ese conocer no es solamente un darse cuenta por la vía del intelecto sino que significa tener comunión, acercarse íntimamente, como Adán conoció de nuevo a su mujer para tener otro hijo. El Señor aseguró que de todos los pueblos de la tierra había conocido solamente a Israel, lo cual nos da otro ejemplo de su cercanía con los que había escogido para manifestar su propósito. La vida eterna consiste en conocer al Padre y a Jesucristo el enviado (Juan 17:3).

Juan 10:14 nos asegura que el Señor conoce sus ovejas y ellas lo conocen a él.  Es un conocimiento doble, recíproco, que exhibe una relación íntima, cercana. Aún no está nuestra palabra en la boca y el Señor la conoce en forma completa, de acuerdo al salmista; esto nos presenta al Dios Omnisciente, que sabe todas las cosas por cuanto las inspira, las motiva, de tal forma que podemos asegurar que en Él vivimos, nos movemos y somos.  La omnisciencia del Señor abriga confianza para nosotros y el conocimiento que tengamos de él nos asegura la salvación. Solamente los que son enseñados por el Padre irán hacia el Hijo, de manera que conocer la persona y la obra de Jesucristo trae su recompensa. 

No podemos huir de la presencia divina, por cuya razón nadie podrá ser libre de Dios. La libertad humana es una ilusión frente al Dios Creador. Aún aquello que es malo y no conviene ha sido ordenado dentro de la providencia de Dios para mostrar su juicio, ira y poder. En este punto la gente se incomoda y trata de huir de semejante Dios, pero ¿hacia dónde se huye? La Escritura ha dicho a Faraón que para ese propósito fue levantado como personaje histórico, para que Dios pudiera desplegar Su poder en él. Además, la tierra conocería el nombre de Jehová, con su poder y control absoluto sobre la voluntad humana. Así que a quien quiere endurecer endurece, pero mostrará misericordia a quien Él desee mostrarla.

Sabemos que las objeciones levantadas, las mismas esgrimidas a favor de Esaú, presentan tanta inutilidad como soberbia. La cosa formada no podrá decirle al que la formó ¿por qué me has hecho así? Es la potestad del alfarero con el barro la mejor metáfora para humillar la altivez humana, el engreimiento del hombre que se cree centro de todas las cosas. Pese a que Dios endurece a las personas y las encamina para que cumplan su propósito, como fue el caso de Judas Iscariote, la gente tiene que responder ante su Majestad. No es la criatura la que se muestra autónoma y se endurece a sí misma, ya que si nos movemos en Él debemos saber que todo lo ha inspirado (aún al malo para el día malo -Proverbios 16:4). Si el hombre endurecido se atribuye a sí mismo la causa de su endurecimiento, habrá que concederle la potestad de haberse creado a sí mismo. Pero esa ilusión no dura a la luz de las Escrituras con su metáfora del alfarero que modela el barro que él mismo ha creado.

El hombre no es la causa metafísica de su propio destino sino que debe rendir cuentas a su Creador. Precisamente, su falta de libertad es lo que lo obliga a comparecer ante el trono de Dios. Si los hombres fuesen independientes de Dios no tendrían que sentirse obligados a comparecer ante Él, pero aún no siendo libres tampoco pueden argumentar como válido que sus actos son hechos por obligación y no deberían ser juzgados. Tal es el caso de los objetores ante Dios por el alma de Esaú, endurecida y odiada aún desde antes de haber hecho bien o mal alguno, o de haber sido concebida. Dado que Dios controla aún los pensamientos humanos (incluyendo los del hombre más fuerte como el rey), el hombre no es libre de Dios.

La Biblia no enseña la soberanía de Dios por un lado y por el otro la libertad humana (libre albedrío), como si fuese válido afirmar los dos conceptos al mismo tiempo. Más bien al afirmar la soberanía de Dios se niega la libertad del hombre, en el entendido de que, si el hombre fuese libre de su Creador, Dios no sería soberano. Claro está, la tesis de Luis de Molina (siglo XVI) intenta llegar al justo medio (Scientia Media) aristotélico, al presentar el argumento de un Dios que voluntariamente se despoja de su soberanía para darle al hombre la libertad absoluta de decidir su destino. La influencia de Aristóteles en la Iglesia Oficial y Romana generó esta forma de pensar, la que años o siglos más tarde propició esa farsa argumentativa de la Contrarreforma.

La Biblia no trabaja paradójicamente sino que habla en forma muy clara al decir que Dios es soberano y hace como quiere, que todo lo que quiso ha hecho, que aún si hay algo malo en la ciudad eso ha hecho. Afirma igualmente que nadie podrá decir que sucedió algo que el Señor no haya mandado. Entonces, ¿de dónde sale esa ilusión de la libertad humana? La independencia ante el Creador es la proposición del dragón, la serpiente antigua, cuando le dijo al hombre que sería como dios. A partir de entonces el conocimiento ha envanecido a la criatura humana y lo ha envilecido, asumiendo el mito del libre albedrío.

Conocer a Dios implica indagar en su soberanía, en sus actos eternos, en sus decretos de siempre. Implica averiguar en la Biblia lo qué está escrito respecto a sus pactos con los hombres, en especial con su pueblo elegido. También se implica en ese conocimiento el llegar a darse cuenta de la imposibilidad de la naturaleza caída de la humanidad para acercarse a Dios. Sabemos que Jesucristo fue el que cumplió con toda la ley sin quebrantar ni uno de sus puntos, por lo tanto habiendo propiciado ante el Padre llegó a ser nuestra justicia. No que ahora estamos en capacidad de cumplir la ley (como algunos perfeccionistas sueñan y sugieren), sino que habiendo sido enemigos de Dios (como Saulo de Tarso) llegamos a ser voluntarios por el poder de Dios (en el día del poder divino, como cuando Saulo fue transformado en su camino a Damasco).

La enseñanza de Dios hacia nosotros implica que llegamos a conocer nuestra impotencia implícita de estos cuerpos de muerte. Ha sido una declaración judicial de parte de Dios la que nos ha hecho justos, habiendo sido justificados por la fe en Cristo Jesús. Somos llamados a cumplir con los mandatos de Dios, los cuales amamos y estimamos, pero no por ello dejamos de sentirnos miserables pecadores. Así le sucedió a Pablo (Romanos 7) pero agradeció a Dios por Jesucristo, el que nos librará finalmente de este cuerpo mortal. La ley del pecado habita en nosotros y somos llevados a hacer lo que no deseamos y a no hacer lo que queremos hacer. El que el Espíritu de Dios viva en nosotros y nos dé el entendimiento de lo que es correcto y el deseo de hacerlo, no nos hace perfectos en esta vida. La perfección es un deseo, un llamado, pero una referencia al Hijo de Dios.

El conocimiento de Dios nos hace entender que la sabiduría humana, aunque sea conocimiento teológico, no capacita al hombre para la redención. Los que sostienen que hay esperanza para los corazones humanos antes que para sus cabezas, son los mismos que alegan que se puede creer en Jesucristo con el corazón pero se puede ignorar a Dios con el entendimiento. Sí, estos son los que separan la doctrina de la fe, como si uno pudiera tener fe sin el conocimiento de Dios. La relación recíproca entre la oveja y el Buen Pastor obliga al conocimiento del Altísimo. Pero también es cierto que el conocimiento doctrinal no salva por sí mismo, si bien es un indicativo de la redención adquirida. No hay redimido que no conozca la vida y obra de su Señor, aunque muchos que profesan ese conocimiento jamás hayan alcanzado tal redención. Sin el conocimiento de la doctrina de salvación ¿cómo puede haber redención? Jesús no es una palabra vacía sino una referencia al Jehová que salva.

La fe sin conocimiento puede ser considerada como superstición, ya que es una fe en el vacío, en un dios que no puede salvar. La fe sin conocimiento niega el texto de Isaías que habla del conocimiento por el cual redime el Siervo Justo a muchos. Ese conocimiento de Dios pasa por reconocer que no somos libres de nada, que fuimos creados para uno u otro destino, más allá de lo que muchos intérpretes de la Biblia intenten demostrar con halagos para las masas. Si la libertad humana fuese eliminada, los hombres no serían capaces de virtud alguna. El Todopoderoso no podría hacer tal cosa como quitarle la libertad al hombre. El Dios de amor está deseoso de salvar a todas las almas que Él ha hecho, pero no las forzará para que lo acepten. Él les deja a ellas a su propio consejo y juicio (Wesley, John. The Works of John Wesley (Baker Book House, Grand Rapids, MI (1996); Volumen 7, p. 317).

Y así opinan los que sugieren que Dios no conoce todas las cosas sino que necesita averiguarlas en los corazones humanos. Aseguran que Dios miró a través de los siglos, desde la creación del mundo hasta su consumación, y vio en un solo momento lo que había en los corazones de los hijos de los hombres. Conoció igualmente lo que harían, quiénes creerían y quiénes no, pero ese conocimiento divino no ocasionó el creer o el dejar de creer. Y dado que Dios conoció lo que los hombres harían los predestinó para que lo hicieran. Sin embargo, justo es acotar que eso no es más que un sinsentido, ya que lo que va a acontecer de seguro ¿para qué predestinarlo?

El yelmo de la salvación del que habla la Escritura implica la cabeza, el centro del conocimiento en el cerebro, de manera que es allí donde hay que hacer énfasis. El conocimiento del Siervo Justo puede salvar a muchos, pero la ignorancia de los muchos les acarreará la destrucción y la debilidad. El pueblo que perece lo hace por falta de conocimiento, de manera que no es prudente desestimar el conocer al Padre y al Hijo.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 13:20
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