Mi?rcoles, 17 de octubre de 2018

Pablo plantea un problema serio en su carta a los Gálatas, dando por entendido que el sistema evangélico perverso es dañino en forma absoluta. La explicación del apóstol no iba centrada contra lo que era obvio, el evangelio diferente, sino contra las personas que lo predicaban y contra los que lo seguían. Que los tales sean anatemas, esto es, malditos. Esa es la misma expresión encontrada en 1 Corintios 16:22, cuando se refería a los que no amaban a Jesucristo.

Somos conminados a probar los espíritus, para ver si son de Dios. Con la expresión los espíritus Juan hace referencia a las personas, porque muchas veces vienen con un rostro de cordero pero ocultan la ferocidad del lobo. Lo que la gente confiesa creer define su espíritu, comprueba si es de Dios o si no lo es; así como el árbol bueno no da fruto malo, ni el árbol malo puede dar fruto bueno, el espíritu que no es de Dios no podrá confesar el verdadero evangelio. Fue Jesús quien dijo que de la abundancia del corazón hablaba la boca, cuando hacía referencia al ejemplo de los dos árboles. Siempre habrá un giro argumentativo, una palabra que denuncia, una alegría o rabia manifiesta, para que el creyente pueda conocer mejor con quiénes interactúa.

No debemos creer a todo espíritu sino tenemos que probarlos, porque muchos falsos profetas han salido por el mundo (1 Juan 4:1). Más adelante (en el verso 6) Juan nos dice que se habla por el Espíritu de Verdad o por el espíritu de error: el que es de Dios nos oye, pero el que no es de Dios no nos oye. Esa es la clave para conocer si alguien trae la doctrina de Jesús y habita en ella, ya que si no es de Dios no querrá escuchar la verdad que proclama la Biblia. Siempre saltan como objetores de Dios en la defensa de Esaú, con el argumento de que Faraón se endureció a sí mismo y Dios no tuvo ni arte ni parte en ese asunto.

Lo que Pablo nos plantea en Gálatas es muy oportuno en nuestro tiempo, cuando los que pregonan mentiras aducen que debemos diferenciar entre el sistema de creencias y las personas que lo creen. Es decir, se ha de condenar la herejía pero no a los herejes. Con ese argumento muchos han seguido la disolución de su entendimiento, cayendo en el absurdo de pretender que el veneno es dañino pero que ingerirlo no hace daño. Fijémonos que el apóstol para los gentiles no nos dijo que el sistema teológico era dañino o anatema pero que los creyentes eran inocentes. Más bien dejó en claro que el sistema era conocido abiertamente como otro evangelio, como el evangelio diferente, que ya por ser distinto es condenable; sin embargo, agregó que los que participan de ese sistema teológico diferente (sea que prediquen, sea que sigan la predicación) deben ser tenidos como malditos.

En otros términos, Pablo condena la herejía tanto como a los herejes. Es  más, la herejía la da por descontada en su condenación, ya que es de sentido común el ver la diferencia entre los dos evangelios planteados; más bien se afinca en la condenación de los que reconocen al otro evangelio como si fuera verdadero. La acusación que hace Pablo pone al descubierto el cuento de  distinguir entre creer con el corazón y creer con la razón. Muchos sostienen que aman a Cristo con su corazón, si bien en su cabeza no lo comprenden del todo. Como si esa aseveración les permitiera la indulgencia de la ignorancia respecto a la vida y obra del Señor.

La palabra Jesús no es un referente vacío, más bien está lleno de significado: pondrás su nombre Jesús (Jehová salva) porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). ¿Cómo puede alguien amar a ese Jesús y no saber que es parte de su pueblo? ¿Cómo puede decir que ama al Señor y al mismo tiempo desentenderse de a quiénes vino a salvar Jesucristo? La expiación hecha en la cruz se hizo en beneficio de su pueblo, no del mundo, solo de los que el Padre le dio y no de los cabritos (Juan 17:9; Juan 10:1-5). No es aceptable que alguien sostenga creer en Jesucristo pero ignora el propósito de la crucifixión del Señor.

Decimos que no es posible por cuanto ese es el mínimo del contenido del evangelio que ha de predicarse, el mínimo de la doctrina de Cristo en la cual hay que habitar (2 Juan 9-10):  Todo el que se extravía y no permanece en la doctrina de Cristo no tiene a Dios. El que permanece en la doctrina, éste tiene al Padre y también al Hijo. Si alguien va a vosotros y no lleva esta doctrina, no le recibáis en casa, ni le digáis: ¡Bienvenido!  Entonces, ¿Cómo es posible que alguien sostenga que ama a Jesucristo en su corazón pero que su cabeza no entiende la doctrina que enseñó? Porque si no entiende la doctrina del Padre (que es la que predicó el Hijo) no puede permanecer en ese cuerpo de enseñanzas. Fijémonos que el vocablo doctrina  refiere a un cuerpo de enseñanzas, no solamente a una enseñanza en particular. Doctrina es el conjunto de ideas o principios básicos que se enseña respecto a la religión, a la política, a la ideología o a una ciencia.

Hacer distinción entre la persona y el sistema, para otorgarle indulgencia a la primera condenando al segundo, se corresponde con la separación entre corazón y cabeza. Como si alguien pudiera argumentar como verdadero el razonamiento de que cree en Jesucristo con su corazón, si bien el sistema de creencias enseñado por él no lo digiere. Eso es incoherente, sin importar el grado intelectual de la persona; Juan el Bautista era un creyente cuando fue apenas un feto, reconociendo al Señor por el Espíritu de Dios. No debemos esperar menos de nosotros, sino reconocer al Señor con sus doctrinas, alegrándonos en ellas tanto como en su persona.

Simón el Mago creía en Jesucristo, se había bautizado, seguía a Pedro y a otros apóstoles como si aprendiera de ellos. Conocía que se hablaba de Jesús como el Hijo de Dios, que había resucitado al tercer día de ser crucificado, que había muerto en expiación por los pecados de su pueblo. Pero Simón el Mago quería más, amaba el comercio espiritual, y habiéndoles ofrecido dinero a los discípulos recibió una reprimenda de Pedro: que su dinero pereciera con él. Tal vez -para decirlo en tono irónico- Simón el Mago creyó solo con el corazón pero no con la razón.  En otras palabras, ¿cómo creer en Jesucristo e ignorar sus enseñanzas?

Ah, pero en este punto muchos falsos maestros salen al encuentro del argumento diciendo que se puede ser salvo a expensas de la confusión. Como si la ignorancia en relación al Hijo de Dios permitiera redimir a las almas que desconocen su persona y su obra. A causa de la angustia de su alma, verá la luz y quedará satisfecho. Por su conocimiento mi siervo justo justificará a muchos, y cargará con los pecados de ellos (Isaías 53:11). Fue Jesús quien nos dijo que debíamos escudriñar las Escrituras porque allí nos parecía estar la vida eterna y ellas daban testimonio de él. Es el conocimiento de Cristo por el cual se llega a creer en él. La Biblia dice que serán todos enseñados por Dios e irán al Hijo. Está escrito en los Profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oye y aprende del Padre viene a mí (Juan 6:45). ¿Y qué es lo que enseña el Padre sino la doctrina del Hijo? ¿Y qué es lo que enseñó Jesús sino la doctrina del Padre? (Juan 7:16).

La Biblia advierte contra la ignorancia, al decirnos que el pueblo perece por falta de conocimiento (Oseas 4:6), texto en el cual se amenaza contra los que rechazan el conocimiento de Dios. Conocer al Señor deriva en tener fe en él, de manera que por medio de esa fe somos justificados. Así como Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia, el Siervo Justo justificará a muchos (que no a todos), los cuales son los pocos escogidos de quienes hablara en su ministerio en esta tierra. Tenemos el privilegio de conocer la justificación del pecado a partir de la muerte sustitutiva de Cristo (pongo mi vida por las ovejas), de saber que fuimos comprados por precio de sangre. Asimismo conocemos que Jesús intercedió por nosotros (Juan 17:9) pero no lo hizo por el mundo, haciendo una clara distinción entre los que el Padre le había dado como tarea de salvación (Mateo 1:21) y los cabritos que enviaría a condenación (Mateo 25:33). Sabemos igualmente que muchos perecerán en sus pecados, motivo de alegría por la suerte que hemos tenido en él (Efesios 1:11, versión Antigua de la Reina Valera). A los que él les dio la vida son justificados y llamados oportunamente, dándoles igualmente la fe, la gracia y la salvación (Efesios 2:8); por eso la fe es el conocimiento de Cristo, al tener la certeza de que sus palabras son verdaderas. El Siervo Justo del que hablara Isaías es la justicia de Dios, por el cual somos justificados gratuitamente todos los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz, los que hemos llegado a creer por su gracia.

Volviendo a Gálatas y retomando a Juan, pero esta vez en su Segunda Carta, entendemos que es anatema o maldito todo aquel que pregona otro evangelio. Pablo habla de anatemas mientras Juan les dice mentirosos y anticristos (2 Juan 7 y 9).  Se resume que tanto el sistema de creencias erróneo (herejías) como los que caen en ellas (herejes) son condenados al ser probados. Igualmente es entendible que para poder probar los espíritus hay que conocer el tabulador del examen, que no es más que la Escritura y la doctrina del Señor apuntada en ella. En síntesis, juzgamos a la gente por su sistema de creencias, por lo que confiesan con su boca, con la clara advertencia de que el árbol malo no dará fruto bueno, ni el buen árbol dará fruto malo. Los que separan el corazón del pensamiento deben dar cuenta de lo que Jesús dijo: Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las inmoralidades sexuales, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias (Mateo 15:19).  El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón, presenta lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón, presenta lo malo. Porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). No se puede amar a Jesús con el corazón y desconocerlo en la razón o con el pensamiento.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 9:32
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