Mi?rcoles, 17 de octubre de 2018

En una civilización que se ha denominado como cristianizada es difícil para muchos descifrar las distintas formas de sentido en cuanto al evangelio. Como es tradición en los bancos de dinero, los billetes falsos se detectan mejor por la mano de los que conocen bien los billetes verdaderos; así también conviene acercarse al evangelio bíblico para comprender las imitaciones hechas por los extraños. La buena nueva de salvación es también una mala noticia, porque Pablo dice que ha de ser maldito todo aquel que no ama a Jesucristo. Es decir, la buena noticia conlleva un mal anuncio para aquella persona que no la acepta, que prefiere la mentira antes que la verdad.

Pero la buena noticia de salvación viene restringida como grato olor de vida en Cristo para los que son salvados, y como grato olor de muerte en Cristo para los que se pierden. Al leer la Biblia uno puede aprender la manera como actúa el Dios que la inspiró, un Ser sobrenatural que labora soberanamente sin consultar al hombre como consejero. Su voluntad es inamovible, su disposición de ánimo es constante y su amor es eterno. Asimismo, se dice allí que Él es fuego consumidor, que aborrece la maldad y castiga al impío, contra el cual está enojado todos los días. De igual forma leemos que los creyentes fuimos en otro tiempo hijos de la ira, lo mismo que los demás, por cuanto andábamos en la vanidad del mundo, en la ignorancia de la Divinidad y desconociendo el propósito de la vida.

Hay una esfera en la que el Autor Supremo se mueve, fuera del tiempo, en la cual nosotros no estamos. En cambio, nos toca el espacio-tiempo como sitio de acción, con todas las limitantes de su sintaxis. Una cosa viene después de la otra, no todas al mismo tiempo. Muchos se preguntan cuál será la manera en la que Dios conoce todas las cosas, por lo cual llegan a decir: ¿Cómo sabe Dios? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? La Biblia responde que Dios sabe todas las cosas, que aún antes de que nuestra palabra sea pronunciada Él la conoce. También asegura que Él anuncia desde el principio lo que ha de venir, dado que tiene el firme propósito de que suceda. Su alma deseó e hizo, todo lo que quiso ha hecho; Él hace el bien y hace el mal, crea la luz y la adversidad, mata y da vida, condena y redime.

Por lo antes descrito la deducción obligada es que Dios hace el futuro. Él no llega a conocer el futuro como alguien que pretende indagar a través del tiempo, o mirando en los corazones de los hombres. Él crea el futuro por cuanto todo lo hizo en cuanto lo pensó, sin dejar lugar para la divagación o incertidumbre. Además, en materia de redención ha insistido en que la misma no se da en función de las obras humanas, como para que alguno se gloríe, sino que ella es de pura gracia. Y si no es por obras, Él no tuvo que mirar en el tiempo o en los corazones humanos para ver quién habría de creer. Por otro lado, se ha definido al hombre como carente de bondad (no hay quien haga lo bueno), carente de deseo por Dios (no hay quien busque a Dios) y carente de justicia (no hay justo ni aún uno).

Si la humanidad caída en Adán no puede percibir las cosas del Espíritu de Dios, sino que más bien le parece que los asuntos espirituales son locura, ¿cómo podría Dios haber mirado en los corazones humanos para conseguir a los redimidos? De ninguna manera, ya que el hombre habituado a hacer el mal no podrá jamás querer el bien. Es por ello que la Biblia insiste en que los que creen en el nombre de Jesucristo y son salvos lo son por haber sido predestinados desde antes de la fundación del mundo. Esa predestinación se hizo por el amor eterno de Jehová sobre los que eligió, a los cuales ha llamado su pueblo, su iglesia, sus amigos.

Hay algo que no gusta a muchos de los que intentan comprender los asuntos del evangelio. Algunos la llaman lo predestinación negativa, o el pasar por alto; lo cierto es que en la Biblia se menciona que Dios endurece a quien quiere endurecer. Y tal vez muchos se levanten de inmediato diciendo que el endurecimiento divino se hace en virtud del auto endurecimiento de la humanidad, pero nosotros encontramos el texto de Romanos capítulo nueve que dice que Dios odió a Esaú aún antes de hacer bien o mal. Es decir, las obras malas quedan por fuera de la condenación, si bien cada uno que es condenado tiene una sumatoria de castigo en virtud de sus malas obras. La peor obra es rechazar el evangelio de Cristo, aunque tal vez usted piense ¿cómo no rechazarlo si Dios ha endurecido a los que Esaú representa?

Esa es la objeción levantada en Romanos nueve, por medio de las personas que se colocan del lado de Esaú, de Faraón, de Judas Iscariote, de todos los réprobos en cuanto a fe. Bien, parece lógica la protesta, pero la Biblia responde de inmediato diciendo que el hombre no es más que una olla de barro en manos de su alfarero. El derecho del alfarero sobre el barro para hacer lo que desea con él es incuestionable. El poder de Dios como Ser Supremo aplasta cualquier objeción que se pretenda como lógica, dando lugar solamente para el incremento de la ira mutua. Por un lado los que objetan se aíran contra el Dios de las Escrituras, aduciendo que no es justa esa manera de actuar. Por otro lado, suman ira para el día de la ira todos aquellos que ofenden voluntariamente al Dios del cielo y de la tierra diciéndole que no tiene derecho a hacer lo que ha hecho.

Es en este punto donde aparece la humildad en el hombre, del lado opuesto de los soberbios. Sin embargo, esa sencillez de espíritu para aceptar los designios divinos es también un don de Dios. El hombre por naturaleza no puede producir sino soberbia contra su Hacedor, ya que menosprecia lo espiritual, repudia la palabra revelada y la tiene por invención cultural de los pueblos. El que oye la voz de Dios que no endurezca su corazón, aunque muchos leerán solamente parábolas en la Escritura. Jesucristo dijo que hablaba en parábolas para que no lo entendieran y así no pudieran arrepentirse, añadió que nadie puede ir a él a no ser que el Padre lo traiga a la fuerza.

Estos asuntos del evangelio son difíciles de asumir por los corazones endurecidos, acostumbrados a ver a un Dios romántico que ruega a la criatura para que le entregue su alma. No hay tal Dios en las Escrituras, más bien es llamado el Soberano que hace como quiere y ordena todos los caminos del hombre. Tal vez alguno desespera y no sabe qué responder en este momento, pero en lugar de levantar el puño contra Dios debería caer humillado ante tal soberanía.  Cuando el hombre llega a creer descubre que había sido ordenado para vida eterna (Hechos 13:48); no se puede descubrir antes de creer, de manera que nadie podrá saber si fue o no ordenado para obtener esa salvación hasta que crea. Por supuesto, después de esta vida no hay oportunidad, pues ha sido determinado para los hombres que después de la muerte vendrá el juicio. Hay un mandato general divino, creer y arrepentirse, pero en el estado natural humano se hace imposible esa tarea. Para eso apareció la ley de Moisés, para mostrar la imposibilidad de los seres humanos en materia de la redención de su alma. La ley apuntaba con sus sacrificios y holocaustos hacia Jesucristo, el Cordero de la expiación por excelencia. Es por esa razón que se anuncia su noticia, para que lleguen a creer los que han sido ordenados para vida eterna. Los que no lo han sido rechazarán el llamado, pero no podrán aducir ¿por qué, pues. Dios inculpa, si nadie puede resistir a su voluntad? La respuesta es la misma: ¿Quién eres tú, oh hombre, para discutir con Dios? (Romanos 9:20).

Pero quiso Dios salvar al mundo por medio de la locura de la predicación. Este mecanismo ha sido el que se ha dispuesto, de manera que el anuncio ha salido una y otra vez desde hace siglos, mientras algunos (los integrantes de la manada pequeña) lo han aprovechado al máximo, el mundo lo ha menoscabado en grado sumo. Algunos quedan casi convencidos, como el rey Agripa, pero por poco o por mucho quiera Dios que lleguen al entendimiento de la verdad. La lectura de la Biblia no es tiempo perdido, hay una enorme complejidad cultural dentro de sus páginas. Allí podemos encontrar respuestas para la gran diversidad de preguntas que suele hacerse el alma inquieta. El problema del mal es  tratado en forma abierta en sus páginas, como lo demuestra el libro de Job. Dios le pregunta a su siervo Job dónde estaba él cuando el Creador fundaba la tierra, diciéndole también si él era el que había enseñado al águila volar.

Los asuntos del evangelio pasan por entender la idea de un Dios soberano que ha hecho como ha querido. Y ese es un buen anuncio por cuando si Dios no controlara cada partícula del universo, si no tuviera dominio absoluto sobre las disposiciones del corazón humano, ¿cómo podría cumplir las promesas de redención que ha hecho? La redención junto con sus enormes bendiciones se vendrían abajo si el hombre a su propio arbitrio hiciera de las suyas. Pero es Dios el que hace todo, es el que ha hecho la luz y ha creado la adversidad. Él conoce el corazón de cada ser humano creado, por lo tanto sabe como hablarle para que cumpla lo que Él ha querido.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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