Domingo, 14 de octubre de 2018

La transgresión de Adán trajo como consecuencia la muerte espiritual y física de la humanidad. El pecado entró en el mundo por medio de un hombre, fue tomando fuerza hasta esclavizar por completo a la humanidad. Con el correr del tiempo el Creador se formó un pueblo para Sí mismo, a quien más tarde le dio la ley a través de Moisés. Era una ley moral, civil y ceremonial, que lo colocaba en un estatus diferente al resto de las naciones. El pueblo que surgió con esta norma divina pensó que le bastaba con ser una nación especial en medio de los gentiles, pero Pablo les escribió a los romanos para decirles que la razón de la aparición de la ley de Moisés fue fundamentalmente para que el pecado abundara (Romanos 5).

El apóstol para los gentiles ve dos posibles relaciones nuestras a partir de la introducción del pecado en el mundo. Adán puede seguir siendo nuestro representante y nuestra cabeza federal, por lo cual la humanidad entera verá crecer su pecado bajo la pena de muerte, o Jesucristo como Segundo Adán representará a los que creen en su nombre. No basta con Adán y la ley de Moisés, porque la norma divina trae la maldición para el que la viole. Desde esa perspectiva la ley no resolvió el problema de la humanidad, más bien lo complicó porque ahora el pecado se mostró en su forma más vil. Si existe una norma que prohíba la codicia, una fuerza interior nos llevará a la violación de la ley para codiciar más. De esa manera la ley aparece para que el pecado abunde, pero allí, dice Pablo, donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.

El que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la Ley para cumplirlas será maldito. Por esa razón nadie sale justificado plenamente por medio de la ley, sino que el que es justo vivirá por la fe. Recordemos que el fundamento de la ley no es la fe sino el conjunto de obras de hacer y de dejar de hacer. Esa maldición subyacente en la ley que nos condena fue quitada por el sacrificio de Cristo en la cruz, ya que Jesús llevó en sí mismo la maldición de la ley:  Maldito todo el que es colgado en un madero (Gálatas 3:13).

La ley vino a ser el Ayo que nos lleva a Cristo, el instrumento pedagógico que nos educa acerca de la necesidad de la gracia. Recordemos que aquellos sacrificios ofrecidos por medio del sacerdocio instaurado en la ley de Moisés no son un fin en sí mismos. Ellos eran una sombra de lo que habría de venir, del Cordero sin mancha que devendría en la justicia de Dios. Pero la ley no es del todo mala, más bien es buena; a pesar de que haya hecho que el pecado sobreabundara en nosotros, a pesar de que no salvó ni a una sola persona, nos mostró la excelencia del Dios Creador. Por medio de la ley nos damos cuenta de la necesidad de nuestra humillación ante un Ser que puede pisotearnos por causa de nuestras iniquidades.

Mírese en el espejo de la ley y verá cuánta inmundicia existe en su corazón, intente seguir su normativa y descubrirá la imposibilidad de permanecer un día sin faltas. Sin embargo, la ley muestra la belleza y la gloria de la rectitud, de la justicia divina, de la santidad de Dios. Esa ley nos enseña que debemos ser humildes ante el Todopoderoso, que debemos correr hacia la gracia sobreabundante que propició en favor de su pueblo escogido. A partir de la ley escrita la moral dejó de ser estimada como un asunto relativo, ya que por medio de la norma taxativa el corazón del hombre ha de guiarse en forma objetiva. Sin embargo, desde Adán hasta Moisés, el hombre supo igualmente que estaba errado y cuál era la vía correcta de hacer las cosas.

Estuvo malo que Caín matara a su hermano Abel, fue malo igualmente que surgiera Babel. Dios destruyó a Sodoma y a Gomorra por causa de su maldad, le envió el diluvio a la humanidad por causa de su pecado. Pero con la Ley escrita la norma fue más precisa y el pecado se mostró en su plenitud; por esa ley pudo el salmista pedir a Dios que lo librara de los pecados que le eran ocultos. El sacrificio exigido en la ley apuntaba hacia la gracia divina, enseñándole al hombre que un día se presentaría la forma única en que Dios aplacaría su ira contra los hombres pecadores. Esa es su gran pedagogía, su esfuerzo monumental de enseñanza: que el hombre mirara hacia Israel, el pueblo del libro de la ley, del Dios Creador, para aprender acerca de la gracia venidera.

Lo irónico sucedió cuando Israel que anunciaba la gracia no creyó en ella sino que se aferró a la forma de la ley. Agarrados de la letra de la norma quedaron muertos fuera de la gracia, olvidando la misericordia enseñada en el mandato. A Jesucristo lo criticaban por sanar en día de reposo, porque los celadores de la ley preferían la rigidez de la letra antes que el espíritu de la norma. Pablo nos dijo que el Espíritu de Dios vivifica, por lo cual también fue dicho en el Antiguo Testamento que el justo viviría por medio de la fe. Esa fe es la gracia anunciada a la cual se aferró Abraham, la que más tarde aprovecharon Moisés y todos aquellos que lograron entender que el sacrificio ordenado en la norma ceremonial apuntaba hacia el Mesías venidero. Estuvo igualmente propuesta en la serpiente de bronce del desierto y siempre hubo una manifestación especial del Dios Invisible que exhibía su gracia soberana. 

Pablo llegó a decir que él era el primero de los pecadores, el más grande de ellos. Con esa frase que pudo ser retórica quiso demostrar que la gracia de Dios supera todo pecado. No hay maldad humana que no pueda ser redimida por medio de la gracia divina; esa gracia es otorgada por el favor de Jesucristo para todos aquellos que son enviados por el Padre al Hijo. El que a mí viene no lo echo fuera, dijo el Señor, y Todo lo que el Padre me da vendrá a mí. No tenemos otro sitio adonde ir para huir del pecado y de su maldición, no podemos refugiarnos detrás de la ley porque ella nos desnuda hasta lo más íntimo. No podemos escondernos en las asambleas de las mayorías porque la humanidad está totalmente caída, de tal forma que solo nos queda la gracia.

La gracia nos dice que tengamos fe en el Hijo de Dios como Cordero de la expiación. Esa justificación por medio de la fe resulta en una gran paz para con Dios. Incluso en medio de nuestros sufrimientos cotidianos nos regocijamos, porque todas las cosas nos ayudan a bien. Y tenemos una esperanza para el futuro, la glorificación de nuestros cuerpos, la vida eterna que ya comenzó desde que fuimos redimidos. Esa vida consiste en conocer al Padre y a Jesucristo, el enviado (Juan 17).

El reino del pecado es algo horrible que conduce a la muerte espiritual, a la condenación eterna. El reino de la gracia es el de Jesucristo, el que supera al reino de Adán y el que supera al reino de la ley. Si la ley vino a ser nuestra enemiga común, ¿cómo es que algunos de los que habían creído en Galacia se habían vuelto hacia las obras? Pablo los llamó insensatos, seducidos y hechizados, porque habiendo comenzado por la gracia parecía que habían caído de ella. La estupidez presente de los Gálatas acerca de la justificación por medio de las obras es una gran locura en el mundo religioso. Dejar a Cristo por Moisés, abandonar la carrera de la fe por la de las obras, conduce a la muerte.

El abandono de los Gálatas insensatos demuestra que, por más bien que se predique la buena doctrina, la gente no va a creer si no le es dado de arriba. Los falsos maestros habían hechizado con sus doctrinas extrañas a estos cristianos de pura forma, quienes tenían un cristianismo semejante al de Simón el Mago. Con razón Jesucristo advirtió que los que se refugian en milagros y señales no garantizan nada del reino de los cielos, sino que más bien nuestro gozo debería centrarse en que tenemos nuestros nombres escritos en el libro de la vida. Así como Satanás se transforma en ángel de luz, sus ministros se hacen pasar por creyentes verdaderos. Apenas un poquito de doctrina desviada leuda toda la masa, toda la fe, de manera que en nada aprovecha la carrera cristiana.  Las ovejas siguen al Señor y no se van más tras la voz de los extraños.

Los falsos maestros son como los hechiceros que obnubilan a su audiencia y dejan sembrada en la mente de los que los escuchan la hierba mala. Son encantadores con sus falsas enseñanzas, aquellas doctrinas que contaminan la buena semilla. Ellos dicen que la muerte de Jesucristo es suficiente para toda la humanidad, que un Dios justo debe brindar la misma oportunidad a todos. Aseguran que Esaú se condenó a sí mismo, que Dios no endurece a nadie y que no hizo el pecado. Tal vez una fuerza extraña a Él hizo aparecer el mal en el mundo, pero lo dicen maltratando la Escritura que afirma: Hice al malo para el día malo (Proverbios 16:4) y ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad que Jehová no haya hecho? (Amós 3:6).

Fijémonos en que la recriminación de Pablo contra los Gálatas radicó en el hecho de que ellos sostenían la salvación por obras. Asumían la gracia por un lado pero colocaban algo de las obras por otro lado. Tenían un sinergismo patético como el que ahora se pregona en las sinagogas del mal: Jesucristo hizo su parte, ahora le toca a usted hacer la suya. Pero obedecer la verdad es mejor que muchos sacrificios (1 Samuel 15:22), como se le dijo a Saúl; de la misma forma traer las instituciones de la ley junto a la gracia es una rebelión contra Jehová. No hay otra justificación aceptada que no sea Jesucristo, la justicia de Dios. El falso maestro es un envidioso de los que poseen la gracia de Dios, por eso intentará siempre engañar y seducir para llevar al mismo pozo de caída a todos los que lo oyen. 

Pablo argumenta que separarse de la gracia es la mayor estupidez que se pueda hacer en materia de religión. La ley se introdujo para que veamos mejor nuestra debilidad espiritual, así como para exhibir públicamente nuestra incapacidad moral, por lo tanto nos queda solamente buscar el camino de la gracia. Los que habiendo oído el evangelio suman parte del esfuerzo propio a la justicia de Cristo, caen en el mismo error y en la misma locura que los Gálatas insensatos. Por la fuerza del hombre natural no se podrá jamás acatar todos los preceptos de la ley de Dios, por lo cual sumar a la justicia de Cristo la justicia propia es signo de andar perdido (Romanos 10:1-4).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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