Mi?rcoles, 03 de octubre de 2018

Desde cualquier libro de la Biblia, del Antiguo o Nuevo Testamento, uno encuentra textos similares al de Jeremías que proclaman la absoluta soberanía de Dios sobre todo lo que ha hecho. Acá tenemos una cita del profeta que desafía a cualquiera que se atreva a decir lo contrario. Para el predictor inspirado por el Espíritu, el Señor ordena de su boca lo bueno y lo malo. En otras palabras, todo lo que ocurra en nuestra vida es consecuencia directa de la voz de Dios. Con esto en mente podemos seguir hurgando en los contextos históricos relatados en el Sagrado Libro acerca de la historia de Israel.

Un rey fue endurecido en su corazón por el Señor para que no permitiera al pueblo cruzar sus prados para ir en batalla contra otras naciones. Sehón, rey de Hesbón, no quiso que el pueblo de Israel pasara por su territorio, por la sencilla razón de que Jehová había endurecido su espíritu y había obstinado su corazón para entregarlo en las manos del pueblo y de sus líderes (Deuteronomio 2:30). "No hay ningún secreto en la manera en que Dios endureció activamente, controló y dirigió el corazón de Sihón. Dios impele en forma activa y endurece, como también hace que el corazón se endurezca en forma voluntaria a sí mismo. Dios endureció y ocasionó que Sihón pecara, para destruirlo. Dios no forzó a Sihón, ya que la palabra forzar implica resistencia, porque ningún hombre es capaz de resistir la voluntad de Dios cuando lo endurece" (Chris Duncan. https://agrammatos.org/2014/02/23/impotent-forcing/).

Ese relato nos recuerda los asuntos entre Faraón y Moisés, mientras el pueblo seguía en servidumbre ante los egipcios. Dios había ordenado a Moisés para que le dijera al Faraón que dejara ir a su pueblo, pero le había advertido que Él endurecería su corazón para que no lo dejara ir libre. De esta forma su nombre sería glorificado en toda la tierra, al mismo tiempo que castigaría la maldad de aquella nación que sometía día a día a su pueblo a terribles trabajos de esclavitud.

En realidad, Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla pero al que quiere endurecer endurece. ¿Y por qué actúa de esa manera si nadie puede resistir a su voluntad? He allí la gran pregunta que se hacen los que objetan la soberanía absoluta de Dios. A ellos les molesta lo que le ocurrió a Esaú, quien habiendo nacido de la misma madre y del mismo padre que su gemelo Jacob, habiendo crecido en un hogar con buenas enseñanzas teológicas y culturales, fue odiado por Dios antes de haber sido concebido. Sabemos que Esaú despreció el derecho de primogenitura que incluía la bendición especial del papá, mientras Jacob la procuró conseguir por medios pocos nobles, una negociación culinaria ante un hermano hambriento.

Antes de que aquellos gemelos naciesen o fuesen procreados, aún antes de que hubiesen hecho bien o mal, el propósito de Dios conforme a la predestinación se mantuvo. A Jacob amó pero odió a Esaú. Este es el punto álgido del río teológico que muchos no pueden atravesar, donde multitudes se ahogan y otros perecen golpeándose contra sus rocas. Este es el remolino del objetor, su lugar predilecto para hacer caer a los millares de personas que intentan levantar defensa a favor de Esaú.

En la elaboración de tal defensa los alegatos de sus argumentos son muy variados. Quizás el principal de ellos nos indica la protesta por el hecho de que la criatura es tan débil que sería incapaz de resistir la voluntad divina. De nuevo, siendo Esaú tan frágil, ¿por qué Dios lo inculpa? Pero no sólo eso, sino que si Dios lo odió desde antes de que hiciera lo malo (aún antes de vender su primogenitura por un plato de lentejas) ¿por qué hallará en él culpa? ¿Cómo se atreve el Dios soberano a incriminar a una criatura que no tiene la mínima capacidad de poner resistencia ante la voluntad Suprema? Eso no es justo, exclaman, eso es digno de un diablo o de un tirano.

Importa mucho el que todos los que se dicen creyentes en el Dios de la Biblia se examinen a sí mismos en este tema teológico tan evidente, el cual brota de las páginas bíblicas. Variados son los contextos en que aparece ese contenido, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Recordemos al menos a Romanos 9:18-19 y busquemos sus referencias a lo largo de la Escritura, pues nos permitirá valorar cómo actúa el Dios de la Biblia.

Cuando el profeta Elías hacía descender fuego del cielo contra los capitanes y sus cincuenta hombres, no se preguntó si ellos eran o no responsables de obedecer al rey Acab. Simplemente hizo conforme a lo que el Señor lo llevó a hacer. Degolló a muchos profetas de Baal, por haber engañado al pueblo y por hacer abominación a Jehová en la tierra de su pueblo. Y los osos que destruyeron a unos muchachos que se burlaban del profeta Eliseo no son una mancha para el Dios de la Biblia. Son más bien una prueba de su soberanía absoluta, de su justicia inmediata, de la providencia especial para su gente. No hay para Jehová tal cosa como los derechos del adolescente, como si tuviese que frenarse y dejar o permitir que hagan burla de su profeta. Mientras estos jóvenes le gritaban calvo, calvo, al profeta, Dios les tenía preparados los osos para que los destruyesen. Después subió de allí a Betel; y subiendo por el camino, salieron unos muchachos de la ciudad, y se burlaban de él, diciendo: ¡Calvo, sube! ¡Calvo, sube! Y mirando él atrás, los vio, y los maldijo en el nombre de Jehová. Y salieron dos osos del monte, y despedazaron de ellos a cuarenta y dos muchachos (2º Reyes 2:23-24).

Volvemos al texto de Jeremías y parafraseamos: ¿Quién es aquel que diga que salieron dos osos que Jehová no mandó? ¿No sale de la boca de Jehová lo bueno y lo malo? Fue bastante malo para aquellos muchachos el ser devorados por dos osos salvajes, pero es indudable que salió la orden de la boca de Jehová. Fue bastante bueno que Eliseo fuese liberado de la burla humillante de esta pandilla de 42 jovencitos que lo insultaban y lo desafiaban, pero eso bueno también salió de la boca de Jehová. Ese es el mensaje de Jeremías en sus Lamentaciones, que todo cuanto acontece en este universo tiene el firme propósito de ser un acto de Dios y de cumplir con el cometido de la voluntad divina.

Dios en su providencia enviaba a los cuervos para dar alimento al profeta Elías. Cuando llegó el tiempo lo alimentó junto a la viuda de Sarepta, haciendo que no les faltara ni la harina ni el aceite. Si todas estas historias y enseñanzas se escribieron por causa de nosotros, resulta obvio que nuestro deber es examinarlas. Hay gran doctrina en todo el recuento del Antiguo Testamento, gran motivación para conocer la soberanía de Dios. El Dios de la creación que hizo al primer hombre del barro, sin consultarlo a él para ver si quería venir a morar en estos parajes, de igual forma redime de la muerte eterna a los que Él ha querido redimir, si preguntar de antemano si queremos o no ver esa vida eterna.

Jesucristo lo corrobora en los evangelios, el Padre soberano hace como quiere: no cae a tierra un ave sin su voluntad y aún los cabellos de nuestra cabeza están todos contados. Eso demuestra el cuidado minucioso que Él tiene de sus hijos, pero exhibe también el control absoluto del destino de toda la humanidad. Si un ave cae porque Dios ordena que caiga (más allá de que utilice en su providencia y sabiduría el que algunos cazadores las derriben, cosa que también ha ordenado), aún los impíos no mueren sin su voluntad. No se habla de dos llaves del Hades y de la muerte, como si Satanás tuviese una copia para decidir quién perece de entre los suyos, sino que el Señor es quien decide cuándo, en qué modo y en qué lugar la persona fallece. Eso es lo que nos ha dicho Jeremías, que de la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo.

La ira de Dios se manifiesta desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que con injusticia detienen la verdad (Romanos 1:18), por lo cual la Escritura también dice que lo que el impío teme, eso le vendrá; pero a los justos les será dado lo que desean (Proverbios 10:24). El impío tiene una naturaleza permeada por el temor, aunque pretenda exhibir su poder en forma pública para hacer creer que anda tranquilo. El impío confía en sus armas de fuego, en sus armas blancas, en el compañerismo de sus vecinos; él coloca su confianza en las patas de los caballos y no en el que da la victoria. Teme calamidades y juicios, mientras prefiere creer en dioses diferentes al Dios de la Biblia. De esta forma le da varios títulos a sus divinidades, uno de los predilectos es el de Arquitecto del Universo, con lo cual intentan emular al Dios de la Biblia al que tanto desprecian. Pero el impío camina hacia su propia destrucción eterna, coronado de soberbia, religado con sus adláteres, proveyendo coyundas dobles para hacer sólida su vida. No se da cuenta de que la vida del hombre está en su alma, que lo que ésta cree eso confesará.

El juicio por sus pecados se aparece de repente, en algunos más temprano que en otros. Como ironía, la Torre de Babel fue pensada para reunir a los hombres de la tierra pero lo que les sobrevino a sus constructores fue el ser esparcidos por sobre la faz del planeta. Es torre y tierra de confusión donde se encuentran, porque lo que los impíos consiguen para prevenirse de los males suele convertirse en los males temidos o en sus causas. Así, alguien ama tener riquezas para garantizarse una vida de triunfo, pero el amor al dinero viene a ser la raíz de todos sus males.

De la boca de Jehová también salen los deseos de los justos y lo que éstos piden en su tiempo recogerán cuando sea oportuno, porque el Señor responde a todas sus plegarias y concede todas las peticiones y anhelos de los que buscan su reino.  En el Santuario de Dios se comprende el fin de los impíos, pero también se descubre la mano que nos ha sostenido. Así lo entendió Asaf cuando dijo: la soberbia corona al impío y el mismo es vestido de violencia. Su boca está dirigida contra el cielo y su lengua pasea toda la tierra, mientras están tranquilos aumentan sus riquezas. Sin embargo, Dios los ha puesto en deslizaderos y los hará caer en decepción consumidos por el terror (Salmo 73).  El justo es guiado según el consejo de Dios y después será recibido en gloria. Asaf se pregunta: ¿A quién tengo yo en los cielos? Aparte de ti nada deseo en la tierra. De igual manera nosotros repetimos sus palabras.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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