Martes, 11 de septiembre de 2018

Si en Adán todos mueren, en Jesucristo (el segundo Adán) todos viven (1 Corintios 15:22). Adán fue el primer hombre creado del barro pero Jesucristo es el postrer Adán vivificante (1 Corintios 15:45). Toda la humanidad fue declarada muerta en delitos y pecados pero en Jesucristo todos sus elegidos pasan a vida. Si bien todos pertenecemos al primer Adán por naturaleza, también es cierto que todos los elegidos del Padre pertenecen al segundo Adán por la nueva naturaleza implantada a través del nuevo nacimiento.

Resulta indudable que el texto fuera del contexto es un pretexto para delinquir contra la gramática, contra la sana y pública interpretación. Hemos de ver el versículo con sus textos inmediatos, después en referencia a todo el capítulo, más tarde con referencia al libro al que pertenece. Si esto fuera poco, nos queda toda la Biblia para mirar la debida interpretación del verso en cuestión. Es notorio que la justificación (dikaiosomá-δικαωμα) ha sido dada a todos aquellos por los que Cristo oró antes de su muerte (Juan 17:9), sin que se pretenda añadir o quitar uno más (no ruego por el mundo). Esas personas justificadas son las que el Padre envía hacia el Hijo (Juan 6:44) y los que el Hijo no echa afuera. Asimismo, los justificados son todos los descendientes espirituales de Isaac, los que pertenecen al segundo Adán.

Pero el don no es como la ofensa. La caída del primer hombre fue una transgresión que afectó a toda la humanidad, de manera que todos hemos sido concebidos en pecado, formados desde el vientre en iniquidad. El hombre es abominable y vil, que bebe la iniquidad como agua (Job), los impíos se enajenaron desde la matriz, se descarrilaron desde el vientre hablando mentira (Salmo 58:3). Esto nos da un indicio fuerte acerca de la depravación humana, acerca de la incapacidad para querer lo bueno. La ofensa humana contra la Divinidad hizo la enemistad del hombre con Dios, por cuya razón la humanidad entera yace bajo la ira divina a no ser que haya sido propiciada la amistad a través de Jesucristo.

Y el regalo de Dios es la gracia, es la reconciliación, es la paz y el perdón para todos aquellos que le dio al Hijo para que muriera por ellos en la cruz. Fue allí donde el acta de los decretos que nos era contraria fue clavada para siempre, de manera que Dios ya no se acuerda de nuestros pecados. Esa es la gracia en la que habitamos, una burbuja protectora contra las acechanzas del mundo y de su príncipe. Estando en ese santuario no seremos conmovidos y nadie nos podrá acusar con justo juicio. Fue la gracia de un solo hombre -el postrer Adán- la que cubrió la ofensa del pecado, gracia que se comprende mejor frente a la desgracia del mundo por el cual Jesucristo no rogó.

El juicio divino llegó por causa de una sola ofensa, la del primer Adán; la gracia surgió por razón de las muchas ofensas que fueron ya olvidadas. Porque si por la ofensa de uno reinó la muerte por aquel uno, cuánto más reinarán en vida los que reciben la abundancia de su gracia y la dádiva de la justicia mediante aquel uno, Jesucristo (verso 17).

Por causa del primer Adán reinó la muerte en el mundo, por causa del segundo Adán reinarán en vida los que reciben la gracia y el regalo de la justicia (1 Corintios 15:45). Esta expresión los que hace referencia a un grupo determinado, que en el gran contexto bíblico implica a los que reciben a Jesucristo (a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre), que no son otros sino los que el Padre envía hacia el Hijo. La Biblia siempre mantiene la referencia a dos grandes grupos de personas, los que son representados por la figura de Jacob y los que se engloban bajo el nombre de Esaú.

Así que, como la ofensa de uno alcanzó a todos los hombres para la condenación, así también la justicia realizada por uno alcanzó a todos los hombres para la justificación de vida (verso 18). El verso 18 es la conclusión del razonamiento expresado en los dos versos anteriores, si bien el verso 19 nos ha dado la clave para la interpretación del sintagma todos los hombres, los cuales son los muchos constituidos justos. Pablo no puede contradecirse a sí mismo, ni estar en contra de lo que el Espíritu le inspiró (tanto en este texto como en los demás); es por eso que la justicia de Cristo vino a ser la justificación de todos los hombres que le fueron dados a él (Juan 17:2, 6, 9). No nos podríamos imaginar ni por un momento la locura de una interpretación distinta, si se universaliza en forma absoluta y no relativa el sintagma todos los hombres, como si se pretendiera extender la justificación de Cristo para toda la humanidad sin excepción. Digo locura por cuanto ya ha quedado demostrado que Jesucristo agradeció por los que el Padre le dio del mundo, no por los que son del mundo.  Porque como por la desobediencia de un solo hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también, por la obediencia de uno, muchos serán constituidos justos (verso 19).

La ofensa se ha podido mirar a través de la historia de la humanidad, desde muy temprano cuando se nos habla de las razones del diluvio universal. Ya en el libro del Génesis uno puede leer que Dios vio que la maldad de los hombres era mucha. Después vemos el relato de la destrucción de Sodoma y Gomorra, lo que refleja la decadencia temprana de la humanidad. El germen del pecado brota como la mala hierba en forma fácil, incluso en los terrenos más áridos. Los diversos escritores de la Biblia han argumentado acerca del pecado, esa condición humana que a tantas personas molesta. A casi nadie le agrada oír que lo señalen de pecador, incluso muchos se han inventado el alegato de que la Biblia no es la palabra de Dios, o de que Dios no existe. Tal es la acusación ante sus conciencias que han comenzado a llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno, para evitar el señalamiento de la palabra divina.

Nadie puede decir que está limpio en su corazón y purificado de su pecado, no hay ni siquiera un hombre justo en toda la tierra, ni quien haga lo bueno y no peque (Eclesiastés7:20). Más bien todos somos como cosas inmundas, con nuestras injusticias exhibidas como trapos sucios, siendo llevados por doquier por nuestras iniquidades (Isaías 64:6). Jeremías refirió el corazón del hombre como algo confuso imposible de entender, imposible de cambiar por cuenta propia. Acostumbrado a hacer mal no puede el hombre hacer bien; aún la misericordia del impío es cruel, dice la Biblia. Habiendo muerto en delitos y pecados (Génesis 2:16-17), el hombre sufre la condenación por cuanto aunque haya tenido cierta luz en el mundo amó más las tinieblas.

El contraste entre la vieja vida y la regeneración nos hace ver el diferente corazón que tenemos. Pero no es que seamos mejores que los demás, o que pretendamos ser más sabios que los otros, simplemente fuimos transformados por medio de la palabra y del Espíritu. Esto sigue siendo una locura para el mundo que continúa sin poder discernir las cosas del Espíritu de Dios. Fue Jesús quien dijo que la gente no podía creer en él porque no formaba parte de sus ovejas que vino a redimir (Juan 10:26).

¿Y en qué consiste aquel regalo de Dios, aquella gracia? Es nada menos que en haber sido señalado como un pueblo santo (persona santa) para el Señor, como un pueblo especial (persona especial), más que todos los pueblos de la tierra (más que las muchas personas que son del mundo -Deuteronomio 7:6-8). Aquella gracia y aquel regalo se nos dio no por razón de nuestra bondad o simpatía, ni por ser menos inmundos que los otros, sino más bien por nuestra insignificancia. Pablo aseguraba que entre nosotros no había muchos nobles ni entendidos sino más bien muchos despreciados -lo necio del mundo- para avergonzar a los sabios, muchos débiles para avergonzar a los fuertes, lo vil y menospreciado del mundo para deshacer a lo que es (1 Corintios 1: 26-29). La razón fundamental de esa elección es para que nadie se jacte ante la presencia de Dios, como si se pudiera decir que fuimos más inteligentes que los que son del mundo, más sabios que ellos, o de mejor corazón que los que siguen en las filas del paganismo.

¿Y por qué nos escogió Dios? Si no fue por nuestra propia causa hemos de buscar la razón en las Escrituras. No hay otra base sino el hecho de que Jehová nos ama (Deuteronomio 7:8) por lo cual también nos rescató de Egipto (el mundo).

Tenemos el servicio de la alabanza, con el favor de gozar de ciertas ventajas en esta tierra y de muchas más en la vida venidera. Pero si en Israel no todos eran salvos, sino partícipes de una cultura religiosa privilegiada, de la misma manera hoy día la iglesia contiene gente que sin ser parte del remanente se beneficia de las cosas del Espíritu. El trigo y la cizaña están juntos en la congregación, como bien lo enseñara el Señor; hemos de dejar que los ángeles del cielo se encarguen de separar esas dos plantas en el día final. Sin embargo, los que sabemos que tenemos el Espíritu de Dios en nosotros disfrutamos con la debida conciencia del beneficio de la adoración de ese Dios especial. Hemos sido llamados a ser santos, a gozar la comunión íntima con Dios tanto en esta vida como en la venidera, a glorificar a Dios por siempre.

Aquellos que han sido amados por Dios con amor eterno, han sido escogidos por Dios en Cristo desde antes de la fundación del mundo. Somos una manada pequeña, el conjunto de los pocos escogidos. Somos los que fuimos librados de la tierra de la esclavitud, de las ataduras de la servidumbre del pecado, del reino de las tinieblas y de las manos del padre de la mentira. Pero el círculo se completa, le amamos a él porque él nos amó primero. Si un hombre ama a Dios es porque fue conocido (amado) por Dios; Pablo asegura que es conocido por Dios, en tiempo presente, lo cual no anula el tiempo pasado. El presente es una continuidad del pasado y precede el futuro; dado que Dios no es afectado por el tiempo, sino que éste es también una forma relativa nuestra para referirnos a los eventos que nos acontecen, sabemos que cuando Dios conoce es porque ha conocido y seguirá conociendo (amando). No en vano dice a Jeremías: con amor eterno te he amado (tiempo pasado) por lo tanto te prolongué mi misericordia (tiempo pasado). Aunque se hable en pasado, la acción de prolongar la misericordia toma su efecto en el presente y en el futuro del profeta, así como de todos sus hijos.

El regalo de Dios supera nuestra ofensa.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 14:54
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