S?bado, 01 de septiembre de 2018

Solamente hay dos religiones en el mundo o dos evangelios diferentes. La religión o el evangelio del libre albedrío humano y el evangelio o la religión de la gracia absoluta y soberana de Dios. Todo lo demás es variación de lo mismo, llámese como se llame. Nos interesa hablar de la profesión cristiana, de la evangelización que debe hacerse, de la única forma de ser salvo. Para ello hemos de acudir a la doctrina enseñada por Jesucristo, que es la misma doctrina del Padre. Él dijo que había venido a enseñar lo que el Padre enseñaba, por cuya razón nadie vendría al Salvador a no ser que el Padre lo trajere. Agregó lo que antes había señalado en el Antiguo Testamento, que seríamos enseñados por Dios, de manera que todo el que ha oído y aprendido del Padre irá a él (Juan 6:45; Isaías 2:3; Isaías 54:13; Jeremías 31:33-34; Miqueas 4:2; Efesios 4:21-22; Hebreos 8: 10-11; Hebreos 10:16).

Son abundantes los textos que refieren al mismo tema, si bien no son los únicos los apuntados en la lista. Hay un énfasis del Espíritu Santo al inspirar las Escrituras en que nos sea reiterado el hecho de que el Padre es quien enseña para que acudamos a Cristo. Al mismo tiempo, dado que el Padre y el Hijo son uno, es decir, no se contradicen, Jesús agregó que nadie iría al Padre a no ser que lo hiciera a través del Hijo. Pero el hecho es que nadie puede ir al Hijo si el Padre no lo envía, por lo cual existe una comunión absoluta entre el uno y el otro, a la cual se suma la voluntad del Espíritu cuando da vida a los que el Padre eligió. El nacimiento de lo alto, del que le refiriera Jesús a Nicodemo, depende de tres voluntades: la del Padre que eligió desde la eternidad a su pueblo, la del Hijo que hizo expiación por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21) y la del Espíritu que es quien aplica esa redención en el nuevo nacimiento.

La otra religión o el otro evangelio enseña que la redención es una tarea  absolutamente humana o en conjunción con Dios. Quizás no hay muchas franquicias de la primera, si bien en su momento Pelagio sostenía que el hombre podía redimirse solo, ya que tampoco había heredado el pecado de Adán como para considerarlo muerto en sus delitos y pecados. La ley y Jesucristo constituían para el monje del siglo V un simple ejemplo de conducta. Al ser criticado fue expulsado de la iglesia oficial aunque volvió años después con su doctrina transformada. Decía entonces que Jesucristo sí que era necesario para la salvación pero que la libertad humana continuaba siendo libre, ya que si no hay libertad tampoco hay responsabilidad. Esa tesis fue suscrita por la iglesia del papado y siguió su curso hasta el presente tiempo.

Al tener lugar el Protestantismo o la Reforma, hubo una reacción contra la tesis del libero arbitrio de Roma. Se habló de la pura gracia para ser salvo, de la soberanía de Dios en materia de redención como enseñaba la Biblia. El Concilio de Trento, el cual fue una reunión en contra de la Reforma, aprobó varios cánones con maldiciones contra la doctrina protestante. En aquel Concilio se afirmaba que debería ser considerado maldito todo aquel que negare que el hombre es libre para decidir su destino eterno. En otros términos, se sustentaba una vez más la práctica de las obras para contribuir a la salvación del alma. También fue creada entonces como enemiga de la Reforma la Compañía de Jesús, conocida como el universo de los Jesuitas, una especie de soldadesca religiosa que luchaba y aún continúa haciéndolo contra las doctrinas de la gracia.

El debate había comenzado pero con los jesuitas al frente, en una conspiración que buscaba minar las filas del protestantismo con las ideas de Roma. Para ello apareció Jacobo Arminio, un holandés que dijo seguir las doctrinas de la gracia de acuerdo a la Biblia pero que enseñaba ocultamente la doctrina del libre albedrío humano. A esto se le conoce hoy día como arminianismo, una especie de droga extendida en las filas protestantes. Se dice que hoy día más del 90% de las sinagogas protestantes son de corte arminiano, en cualquiera de sus múltiples variaciones. De esta forma tenemos personajes muy pintorescos que han blasfemado el evangelio del Señor, como es el caso de John Wesley junto a sus seguidores. Este llegó a decir que si el evangelio de la gracia absoluta fuese la verdad bíblica, él mismo dejaría de adorar a ese Dios porque tal divinidad no sería sino el diablo. Es decir, su reticencia contra la soberanía absoluta de Dios fue de tal magnitud que negó de hecho que ese Dios fuese bueno, más bien sería el diablo mismo.

Y aún dentro de los defensores de la gracia absoluta de Dios hay quienes se molestan al grado de sentir rechazo y repulsión por aquellos que colocan la sangre del alma de Esaú a los pies de Dios. Con esto señalan que Esaú se condenó solo, que Dios no tuvo nada que ver en eso. Dios solo se metió en la salvación de Jacob pero no en la condenación de su hermano. Esto niega de frente lo que la Escritura afirma en varios de sus textos, en especial el archiconocido de Romanos 9 que dice que Dios amó a Jacob pero odió a Esaú, aún antes de que hiciesen lo bueno o lo malo, aún antes de haber sido concebidos. Quien sintió tal disgusto y dijo que su alma se rebelaba contra tal idea fue Spurgeon, el famoso príncipe de los predicadores protestantes. Puede verificar lo acá dicho en Internet, bajo la entrada del Sermón de Jacob y Esaú de ese predicador.

Vivimos en un mundo que sostiene que cualquiera puede ir hacia Dios cuando le plazca, sin que importe si lo hace a través de una u otra religión. Se afirma que Dios no mira la religión de la persona sino solamente su buena voluntad y sinceridad. En otros términos, como también afirmara el famoso predicador protestante Billy Graham, un arminiano que mostró su desvarío por la libertad humana, poco importa si alguien es musulmán o ateo, basta con que Dios vea si su corazón es sincero. Esto, por cierto, niega lo que afirmara Jesucristo acerca de que nadie puede ir al Padre sino por él. Por otro lado, hay quienes aseguran que hay que hacer ciertas cosas para no perder la salvación, una salvación que jamás fue alcanzada por obra humana y de la cual Jesucristo es su autor y dador.

Jesucristo vino a hacer la voluntad de quien lo envió, y parte de esa voluntad fue el esconder las cosas del reino de los cielos de los sabios y entendidos y darlas a conocer a los niños. Así, Padre, pues así agradó en tus ojos (Mateo 11:25-26) -por eso el Señor hablaba en parábolas. Pero también era parte de la voluntad del Padre el que su Hijo no perdiera nada de lo que le diera (Juan 6:39), por lo cual estamos escondidos en las manos del Padre y del Hijo. Mayor seguridad que esa no puede existir, de manera que nada podemos hacer ni para perder ni para ganar nuestra salvación. Simplemente ha sido un regalo que debemos cuidar con temor y temblor, por pura reverencia al Dios Eterno e Inmutable. Y si la voluntad del Padre no cambia, los efectos de su promesa tampoco. Por supuesto, no se niega que el hijo desobediente sea sometido a castigo y azote, ya que esa es otra prueba del amor de Dios para con los suyos. Pero ciertamente no nos ha puesto el Señor para ira sino para misericordia.

Agregamos que en la verdadera religión del verdadero evangelio tenemos la seguridad eterna, y si fuera poco el conjunto de promesas debemos reconocer que aún el Espíritu de Dios mora en nosotros. El nos guía a toda verdad, nos ayuda a pedir como conviene, interpreta la mente de Dios, gime dentro de nosotros con gemidos indecibles. Asimismo, el Espíritu se contrista en medio de nosotros cuando nos damos al pecado por esa vieja ley de nuestros miembros. Pero de la misma manera es noble con nosotros y nos devuelve el gozo de nuestra salvación cuando somos corregidos. Al igual que el Salmista Asaf, sabemos que cuando caemos el Señor sostiene nuestra mano, que cuando entramos en su santuario comprendemos el fin de los impíos. Los que no tienen congoja por su muerte sino que engrosan su vida con placeres cotidianos, dando rienda suelta al apetito de sus corazones, han sido puestos en desfiladeros para ser menospreciados por Dios. En realidad, ellos han sido colocados para ira y serán el objeto del eterno juicio de Dios.

¿Qué tenemos que no hayamos recibido? Esa es la pregunta de Pablo y nuestra respuesta es también bíblica: aún la fe que poseemos ha sido un regalo de Dios (Efesios 2:6), pero sabemos que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2). La fe propia de los hombres se posa en las cosas, en el poder de la mente, en la creencia voluntaria, es una fe temporal e incompleta. Pero la fe salvadora es el regalo de Dios, que por cierto no da a todos. El arrepentimiento viene como resultado del nuevo nacimiento, ya que el volver a la vida o el nacer de lo alto es por obra divina y no humana (Juan 3:6-7).

Pero el arrepentimiento que da Dios a su pueblo no es como el de Acab o el de Judas, que manifestaron tener la mente con problemas por sus errores. Judas fue y se ahorcó y Acab siguió en servicio a los baales. Un pecador puede estar asustado por la consecuencia de sus pecados, pero no estará debidamente arrepentido si su preocupación no es por el pecado mismo. Y es que el arrepentimiento dependerá siempre de un corazón cambiado (el de piedra por uno de carne, Ezequiel 36:26). El hijo pródigo volvió en sí (Lucas 15:17) y emprendió el camino de regreso a casa; es decir, se vio a sí mismo como pecador absoluto; de la misma manera debemos volvernos a Cristo, sabiéndonos pecadores empedernidos. El Salmista dijo que él lamentaría su pecado (Salmo 38:18), se amargaría el alma; David aseguró que había sido concebido en maldad y formado en iniquidad. Con ello daba una descripción de la humanidad nuestra, convertida al pecado por derecho natural. Añadió el rey: Los sacrificios a Dios son el espíritu quebrantado y el corazón contrito y humillado (Salmo 51:17).

Nuestro arrepentimiento habrá de incluir el deseo de no volver a cometer los pecados confesados. El Faraón de Egipto reconocía su error pero cuando pasaba la prueba y era suspendido el castigo volvía al viejo camino. Ese era un corazón que había sido endurecido por el mismo Jehová; por eso es bienaventurado el que ha sido perdonado y cubierto su pecado (Salmo  32:1). De la falsa religión el hombre ha de volverse hacia la verdadera religión, al evangelio de Jesucristo. Estudien la Biblia y averigüen que allí está la vida eterna, que en ella está el testimonio de Jesús. La verdadera libertad la da Jesucristo, pero cuando eso ocurre uno reconoce que nuestra liberación es la sujeción que le debemos a él. Cuánta vanidad ostentan los defensores del libre albedrío, el mito de la religión humanista por excelencia. Cuánta lejanía manifiestan los que siguen tras ese derrotero, dando coces contra el aguijón de la soberanía absoluta de Dios, sirviendo a un dios que no puede salvar (Isaías 45:20).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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