Martes, 28 de agosto de 2018

Él, a la verdad, fue destinado desde antes de la fundación del mundo, pero ha sido manifestado en los últimos tiempos por causa de vosotros (1 Pedro 1:20). El punto de partida del apóstol Pedro es metafísico, es decir, él remonta su relato a un período anterior a la fundación del mundo, antes de la creación del tiempo. Recordemos que Dios no es afectado por el espacio-tiempo sino que hizo su creación sometida a esos dos conceptos y leyes. Al tener en cuenta el punto de inicio de la teología de Pedro, uno puede derivar con certeza ciertos elementos para realizar la debida hermenéutica del desarrollo del mundo.

Nosotros estamos acostumbrados a hacer teología a partir del hombre caído, desde el momento de la prueba fallida de Adán y su mujer en el Edén. Es un error suponer que Adán era un hombre con libre albedrío antes de la caída, equívoco con el que los teólogos diagnostican el tema de la responsabilidad humana y la libertad.  Algunos han llegado a sugerir que Adán tuvo libre albedrío pero en su caída la perdió; luego, aseguran que con la conversión o nuevo nacimiento el hombre redimido ha recuperado su libertad de decisión. Al mismo tiempo han dejado como un misterio el tema del pecado y su aparición en el mundo, dando a entender que Dios permitió el pecado (sin ser su Autor o Creador), como si una fuerza externa a Él lo hubiese compelido a que apareciera en el mundo. Pero el texto de Pedro nos asegura que Dios siempre ha controlado y dispuesto cada detalle de todo su plan.

Texto clave ese de Pedro para comprender el tema del pecado en forma global. Por supuesto, hay otros versos bíblicos que apoyan lo dicho por el apóstol, pero dado que ese escritor bíblico dibujó al Cordero de Dios como alguien preparado desde antes de la fundación del mundo, conviene mirar de cerca lo que implica. No hay nuevos consejos en Dios sino que sus decisiones han sido tomadas desde la eternidad. El tema de la redención de Jesucristo no fue un asunto que se le ocurrió al Creador al ver el terrible problema del pecado en su creación, sino que más bien el pecado y la redención fueron dibujados desde la eternidad. Muchas cosas nos fueron escondidas, por cuya razón Pablo habla de los misterios que le fueron revelados. El evangelio y la iglesia han sido tópicos del apóstol a los gentiles en relación a los misterios escondidos de Dios.

El Salvador del mundo fue provisto mucho antes de que ese mundo se convirtiera en ruinas de pecado. Asimismo, las obras humanas no fueron tomadas en cuenta en la eternidad, ya que solamente la gracia fue aprobada como el método que usaría el Todopoderoso para mostrar su misericordia. El Redentor y los redimidos forman un conjunto inseparable, estos últimos obsequiados por el Padre Eterno al Hijo como trofeo y gloria de su trabajo. Para siempre será su nombre; será perpetuado mientras dure el sol. En él serán benditas todas las naciones, y lo llamarán bienaventurado (Salmo 72:17).

La manifestación de Jesucristo fue hecha para el bien de personas particulares, para los que son llamados su pueblo (Mateo 1:21), para los que el Padre le dio (Juan 17:9), sea de entre los judíos o de entre los gentiles. Esa venida del Mesías anunciado se hizo para que creyésemos en él, para que tengamos nuestra esperanza y fe habiendo purificado nuestras almas en obediencia a la verdad, para tener un amor no fingido. La manifestación de ese Cordero se hizo en virtud de los que habríamos de nacer de nuevo, no de simiente corruptible (como la heredada desde Adán) sino de la incorruptible (en Isaac nos sería llamada descendencia, a través del nuevo Adán que es Cristo). Todo esto se ha hecho y se seguirá haciendo por medio de la palabra de Dios que vive y permanece (1 Pedro 1:23).

La Biblia nos habla del milagro de Jesús al hacer que un ciego de nacimiento pudiera comenzar a ver. Sin duda que ese texto nos dibuja la trágica condición del alma humana, muerta en sus delitos y pecados, que no puede ver a Dios ni buscarle, que no desea lo bueno sino que siempre estará inclinada al mal. Pero así como Lázaro que fue sacado del sepulcro, el ciego de nacimiento fue alejado de sus tinieblas naturales y traído a la luz.  Éste solo sabía que era ciego pero que ahora veía, un hecho que maravillaba a muchos y en especial a los fariseos que lo interrogaban para indagar en el milagro que ellos mismos trataban de negar.

El que anda en tinieblas no sabe adónde va, ignora las cosas espirituales porque no las puede discernir. Las tinieblas no comprenderán jamás la luz (Juan 1:5) por lo que el hombre en su estado natural manifiesta ignorancia. ¿Sabe acaso la humanidad que Jesucristo es el regalo de Dios que el hombre necesita? ¿Conoce acaso que ese regalo lo da Dios a quien quiere darlo? Porque no depende del que quiere ni del que corre (como si hubiera quien quisiera y quien corriera detrás del verdadero Dios); más bien la Escritura ha dicho que el Mesías sería sin hermosura ni atractivo para que le deseemos (Isaías 53:2). 

Ni judíos ni samaritanos, pueblos que conocían la ley de Moisés, tuvieron el conocimiento necesario para identificar al Mesías. Sospecharon algunos, como el maestro Nicodemo, quien también demostró crasa ignorancia en aquello de nacer de nuevo (Ezequiel 36:26). Aparte del desconocimiento que es producto del andar en tinieblas, una feroz antipatía natural existe en el hombre caído ante Dios, ante su Hijo y ante su palabra. Este mundo no ha querido recibir a Jesús, quien es el camino, la verdad y la vida, como tampoco el pueblo judío lo quiso pese a que conocía los libros del Antiguo Testamento que hablaban en gran medida acerca del Mesías anunciado. Judíos y Samaritanos tuvieron un estatus privilegiado frente al resto del mundo gentil y pagano, pero tuvieron ceguera, sordera y voluntad nula como para desear al Cordero que se manifestaba ante ellos.

La razón de esta ignorancia estriba en que aquel Cordero del que hablara Pedro se manifestaba ante ellos pero no por causa de ellos. El apóstol, judío también, fue muy claro en la revelación que escribió: que el Cristo fue manifestado en ese tiempo por causa de algunos (de ellos, de nosotros). Esa causa implicaba un orden preestablecido, una razón para la manifestación: la salvación de los escogidos de Dios. De entre los descendientes de Abraham, según la carne, solo el remanente sería salvo; los demás odiarían la luz, muy a pesar de haber tenido la posesión de la palabra de Dios con ellos como una tradición cultural.

Cualquiera puede mirar en la prensa cotidiana, en los noticieros del día a día, en las calles de su ciudad, para darse cuenta de la atracción natural hacia la maldad. Existe un odio sincero hacia la luz y un amor encantado hacia las tinieblas (Juan 3:19). El ambiente oscuro es el preferido de aquellas personas que tienen obras malas y no desean que sean exhibidas. También debemos reconocer que en estos últimos tiempos la maldad sería aumentada y el amor de muchos sería enfriado; por esta razón existe una exhibición exótica de la maldad en los hombres caídos. Ya pareciera que existiera el deseo de la exhibición de las obras malas, aunque nunca ante la luz de Dios.

El mundo ama lo suyo y exhibe como trofeos los hechos naturales de los hombres en pecado. Pero ahora el pecado no se llama pecado sino manifestación cultural de la idiosincracia de los pueblos, más bien las disciplinas científicas e humanísticas estudian como fenómenos antropológicos los hechos notorios que denuncian la oscuridad del alma humana. Una nomenclatura eufemística permite dar nuevos nombres a lo que antes era considerado bochornoso: la homosexualidad es llamada orgullo gay, el hurto y el robo es visto como cleptomanía, los incendiarios son ahora pirómanos, los borrachos alcohólicos, y seguiríamos con un gran etcétera. Estamos en presencia de una relatividad del pecado, cumpliéndose una vez más las Escrituras: lo bueno es llamado malo y lo malo es llamado bueno; se dice paz cuando no la hay.

La regla de la vida ya no es la aprobación de la ética divina sino el aplauso a los esclavos de Satanás. Cuando Jesús estuvo entre los hombres, a pesar de sus buenas obras, nadie quería hablar bien de él por miedo de los judíos (Juan 7:13), miedo a ser perseguido por una turba de ellos o por ser expulsado de sus sinagogas. Hoy día muchos guardan silencio cuando se trata de la vida y obra de Jesucristo porque siguen teniendo miedo de la mala publicidad a la que serán sometidos si dicen reconocer su autoridad como Señor. A muy pocos les interesa conocer el significado del pecado y su relación con la esclavitud a Satanás, a quien consideran un mito medieval. Pero sin duda que hay una adicción al pecado, a las obras de alguien que vino a ser el padre de todos aquellos que andan en la mentira (Juan 8:39-41).

La gente que está en la esclavitud de Satanás no puede entender el lenguaje del Hijo de Dios: no sabe nada de lo que es la libertad de la esclavitud de la mentira. Como aquel ciego de nacimiento jamás tuvo una referencia a lo que significaba ver, hasta que le fueron abiertos sus ojos, asimismo el hombre natural carece de discernimiento de las cosas del Espíritu de Dios. El que no es hijo de Dios es hijo del diablo, por imitación y bajo su autoridad e influencia. Sigue sus instrucciones y obedece sus órdenes y deseos. De la misma forma que aquellos judíos influenciados por Satanás ajusticiaron a Jesús, hoy día el hombre natural aborrece a los hijos de Dios. El verdadero creyente se ve sumido en una gran soledad frente al mundo donde vive como peregrino y extranjero, sabiendo que no pertenece al principado de Satanás.

Ese diablo del que hablara Jesús fue el asesino de Adán y Eva a quienes mató espiritualmente. Además, él fue un mentiroso desde el principio porque les dijo que no morirían si desobedecían la orden del Señor. El diablo no puede habitar en la verdad y no hay verdad en él; si el Hijo no libra de la oscuridad al hombre caído en pecado, éste perderá su alma por siempre. Satanás además de mentiroso es el padre de la mentira, y cuando habla mentira de sí mismo la habla. Muchas personas piensan que están salvando sus vidas cuando en realidad la están perdiendo: El que ama su vida, la pierde; pero el que odia su vida en este mundo, para vida eterna la guardará  (Juan 12:25).

Nuestra suerte ha sido echada con el Mesías como Cordero, preparado desde antes de la fundación del mundo por causa de los creyentes. El Señor conoce a los que son suyos, no seremos jamás avergonzados. Feliz el hombre que ha sido perdonado y cuyos pecados han sido cubiertos (Salmo 32:1). Sabemos que el pecado es una onerosa carga en la conciencia del pecador y su castigo es insoportable. Nuestros pecados fueron cargados en Jesús cuando pagó por ellos en la cruz, imputándonos su justicia con la cual Dios nos soporta y nos mira. Como el antiguo chivo expiatorio que cargaba con los pecados del pueblo de Israel, así también el Señor fue el sacrificio exigido por el Padre desde la eternidad. Su sangre derramada y su cuerpo flagelado son el testimonio del castigo sufrido en lugar de su pueblo al que vino a salvar (Mateo 1:21); no podemos con nuestros esfuerzos de justicia hacer nada por esos pecados. Sin embargo, la obra del Señor fue perfecta y ya fue consumada, al ser la paz entre Dios y su pueblo escogido. Feliz el hombre al que el Señor no imputa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32:2).

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

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