Lunes, 20 de agosto de 2018

Muchas personas piensan que el evangelio es un anuncio de cosas por hacer y por dejar de hacer, para poder entrar al reino de los cielos. De igual forma sostienen que la gracia soberana que Dios nos da en materia de salvación puede desvanecerse. Como si las malas obras de un creyente pudieran deshacer la buena obra de redención hecha por Jesucristo, como si el creyente pudiera caer lejos del Dios que lo redimió. Para ello hablan con textos bíblicos fuera de contexto, como cuando dicen que el rey Saúl es un ejemplo de alguien que perdió la salvación.

Antes que nada conviene saber que Saúl fue enviado como castigo a un pueblo rebelde. Las palabras de Samuel al pueblo develan esta realidad: Así ha dicho Jehová Dios de Israel: Yo saqué a Israel de Egipto, librándoos de mano de los egipcios y de mano de todos los reinos que os oprimieron. Pero vosotros habéis desechado hoy a vuestro Dios, quien os libra de todas vuestras desgracias y angustias, y habéis dicho: ¡No! Más bien, constituye un rey sobre nosotros (1 Samuel 10:17-19).

El pueblo se había reunido con sus ancianos y declararon ante Samuel que ellos querían un rey como los demás pueblos, ya que Samuel había envejecido y sus hijos andaban en mal camino como para ser sus jueces. Ese argumento es común hoy día, cuando se apela a la mayoría (como los demás pueblos), o cuando se ofende al opositor como fue el caso de decirle a Samuel que él estaba viejo y que sus hijos eran injustos. Demuestran estas palabras que ya habían tomado la decisión en su corazón, ya que en lugar de pedir consejo al profeta lo desecharon. Pero Jehová le dijo a Samuel que ellos habían desechado por igual al Dios de Israel. Con este contexto uno puede inferir que el envío de Saúl como rey fue para castigo del pueblo y como engaño para el mismo.

Saúl tenía que profetizar, como una ironía de Dios ante los rebeldes hijos de Israel. Los signos que lo acompañaban eran parte del espíritu de estupor que suele enviar Dios ante los que no reciben la verdad sino que aman la injusticia. ¿Desechan al profeta? He aquí Saúl es ahora profeta; ¿me desechan a mí como rey? he aquí Saúl como rey ante ustedes. Jehová también envió palabra al pueblo a través de Samuel, diciéndoles que el rey que tendrían tomaría a sus hijos para que corrieran delante de su carro, para que arasen sus campos, para que fabricaran armas de guerra; tomaría a sus hijas como cocineras y panaderas, a lo mejor de sus tierras, el diezmo de los granos y del ganado, de los viñedos, para dárselo a sus funcionarios y servidores. Y, finalmente, en el día que ellos clamaren por causa del rey, Jehová no los escucharía (1 Samuel 8:11-18).

Aún con esa advertencia el pueblo prefirió tener a Saúl por gobernante antes que a Jehová. Por esa razón ese primer rey de Israel sería el extravío de esa nación rebelde, y sus profecías y señales no eran más que un reforzamiento para el engaño. Así le aconteció a Acab, a quien Dios le envió un espíritu de mentira para engañarlo y causarle la muerte. Es la misma actitud del Señor que fue dicha por Pablo a los Tesalonicenses, en referencia a que Dios les enviará a los que perecen un poder engañoso, para que crean a la mentira, a fin de que sean condenados todos los que, lejos de creer la verdad, se deleitaron en la injusticia (2 Tesalonicenses 11-12).

Para esta gente rebelde el evangelio no es una buena noticia ni la gracia de Dios es soberana. Esa gente puede estar imbuida de textos bíblicos que aprenden domingo a domingo en sus congregaciones, puede cantar alabanzas al dios en el que dicen creer, pero ellos no han sido preservados del todo porque no saben en quien han creído. Si Dios es el que comienza la salvación en su pueblo, Él mismo la terminará; pero aquella gente de Israel no sabía quién era Jehová, no habían tenido conversión alguna porque jamás se habían apercibido de la majestad a quien decían servir. Abraham, Aarón, Moisés, Isaac, Jacob, Josué, Caleb, Samuel y miles o millones de siervos de Dios fueron preservados en el Antiguo Testamento por la mano del Señor. Ellos supieron en quien habían creído, ellos fueron llamados con llamamiento eficaz.

Ninguno de ellos fue salvado en base a sus buenas obras, sino que habían creído a Dios y eso les contaba por justicia. Ellos tenían la esperanza de la promesa hecha por el Señor de que vendría la simiente de Dios para herir de muerte a la serpiente antigua (Génesis 3:15). Cuando sacrificaban a Dios lo hacían en memoria del que vendría como el antitipo de aquella sombra que les acontecía. Ninguno de los que Jehová salvaba se perdía, como también el Hijo dijo que ninguno de los que el Padre le daba dejaría perderlos (estarían guardados en sus manos y en las de su Padre, que es mayor).

No sería una buena noticia recibir la información acerca del Hijo de Dios que pone su vida en rescate por muchos si luego esos muchos anularan la redención por causa de sus pecados. El hombre no deja de pecar y eso vale para los creyentes; podemos llegar a sentirnos miserables, como se sintió Pablo por causa del pecado, pero las gracias serán dadas a Dios por Jesucristo que nos librará de este cuerpo de muerte. En ocasiones hacemos el mal que no queremos hacer más, incluso no hacemos el bien que deseamos. Eso sucede porque hay una ley en nuestros miembros que hace comparecer al pecado delante de nosotros, porque siendo carnales hemos sido vendidos a la sujeción del pecado. En realidad es el pecado que mora en nosotros el que hace las cosas que no queremos, porque en esa carne nuestra no mora el bien (Romanos 7: 13-21). 

El verbo griego que se emplea en la Biblia para salvar es SOZO (σῴζω) y significa mantener a salvo, preservar, mantener vivo, escapar de la destrucción, rescatar, salvar de la muerte. Por esta razón estamos seguros de aquellas palabras de Pablo, las que dicen que el que comenzó en nosotros la salvación la terminará hasta el final. Tenemos un caso en la iglesia de Corinto, de una persona que andaba en lascivia y fornicación notoria; Pablo recomendaba a la iglesia una disciplina particular a fin de que su espíritu fuese salvo en el día final. Y así aconteció, ya en su segunda epístola el apóstol recomienda reincorporarlo a la iglesia porque había aprendido la lección. Ese apóstol también escribió que la obra de cada creyente será probada como por fuego, de manera que los que construyeron con elementos más nobles tendrán obra que mostrar, pero los que utilizaron materiales perecederos no tendrán nada que exhibir, si bien estos últimos serían salvos como de un incendio. La razón de esa seguridad está en que todos los creyentes construyen sobre un mismo fundamento, Jesucristo, la justicia de Dios.

Esa promesa no vale para los que tienen otro fundamento, para los que no tienen la doctrina de Jesucristo y no viven en ella, para los que le dicen paz a los que no traen dicha doctrina. Poco importa la vida piadosa que se pretenda mostrar, lo que vale es el fundamento de la fe que tengamos. También estamos seguros de que las malas obras no podrán jamás deshacer la buena obra de redención hecha a favor nuestro por Jesucristo en la cruz. ¿No ha sido Jehová quien ha ordenado nuestros pasos? ¿No es el Señor quien sostiene nuestra mano? (Salmo 37 y Salmo 73). Si Dios ordena nuestros pasos, si todo nos ayuda a bien, si Él nos amó primero, si fuimos escogidos para salvación desde antes de la fundación del mundo, nuestra fe da testimonio de en quien hemos creído. De esta forma el evangelio sí que es una buena noticia para nosotros y la gracia soberana de Dios es un regalo inmerecido. El Señor nos enseña los pasos en los que debemos andar, nos corrige con su misericordia, nos azota porque nos ama. Sin embargo, para los que insisten en anteponer su propia justicia como válida, para los que reniegan de la soberanía absoluta de Dios, para los que sostienen que el evangelio es una oferta de salvación que se acepta en virtud del libre albedrío humano, para los que suponen que Jesucristo murió por todos por igual pero no salvó a nadie en particular, para los que creen que la sangre del Señor fue derramada por los que van al infierno eterno, el evangelio no es una buena nueva ni la gracia es un favor inmerecido.

Porque estas últimas personas señaladas sostienen que la gracia es en algún grado merecida, ya que si nosotros no la aceptamos la gracia sería inútil. Es decir, nuestra voluntad jugaría un papel importante en la redención lo que sería igual a una obra que aportamos. Eso invalidaría el sano juicio de Jesucristo cuando en la cruz exclamó que todo su trabajo había sido consumado en forma perfecta. De igual forma, ese criterio del evangelio extraño invalidaría la doctrina del Señor en cuanto a que nadie podría ir a él si el Padre no lo llevare, que todos los que son enviados por el Padre él los recibirá y no los echará afuera. ¿Cómo invalidaría el evangelio de las obras esa doctrina del Señor? La invalidaría en tanto que hay mucha gente que es condenada aunque supuestamente fueron enviados por el Padre al Hijo, ya que de acuerdo a lo que Jesús enseñó nadie puede ir a él si el Padre no lo envía. Querría decir que a pesar de ser enviados por el Padre el Hijo no los pudo salvar, negación absoluta de las palabras del Señor.

El evangelio extraño tiene demasiadas incongruencias, pero al igual que Jehová le advirtió al pueblo a través de Samuel acerca de que no pidieran rey, asimismo hoy se advierte contra las falsas doctrinas. Dios le dice a su pueblo que salga de en medio de la Babilonia engañosa, pero los que se deleitan en otra forma de doctrina, y se complacen en esa injusticia, recibirán un poder engañoso (y doctrinal) que los mantendrá extraviados para siempre.

César Paredes

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Tags: SOBERANIA DE DIOS

Publicado por elegidos @ 12:41
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